Volví a Bilbao para ver morir a mi padre. Hacía 4 años que no pisaba el País Vasco. 4 años atrás una discusión con mi madre hizo que decidiera, por mi salud mental, apartarme de ella. Cuando discutí con ella, me di cuenta de que jamás haríamos las paces. No era tan complicado, en realidad. Bastaba con darle la razón en todo, con anularme, con pedir perdón aunque, una vez más, como siempre desde que podía recordar, no supiera cual era mi delito. A mis hermanos no parecía suponerles mayor problema. En cuanto a mi padre, aparentemente, tampoco sufría especialmente por convivir con ella.
Pero yo ya no podía más. Cada verano, los 15 días que iba a visitarles eran una tortura de principio a fin. Mi madre era Dios y contradecirla era impensable. Antes de ir a la que había sido mi casa (nunca lo calificaría de hogar) llamaba. Mi madre necesitaba siempre saber a qué hora iba a ir, si pensaba comer en casa. En fin,todo. Una visita espontánea estaba fuera de su mente. Ir los fines de semana,en que ella trabajaba,era inimaginable. Aunque el resto de la familia estuviera en casa, ella lo hubiera tomado por un desprecio hacia ella.
Tuviéramos la casa de vacaciones a una hora o más de casa era indiferente. Llegar 5 minutos tarde, delito de lesa majestad.
Era tal la angustia que me provocaba intentar acertar en mis reacciones con ella que finalmente opté por considerar esos 15 días en casa un infierno que sólo podía salir bien si me limitaba a quedarme sentada en el sofá de su casa las 4,5,6 horas que la «visita»durara. Tampoco me atrevía a irme muy pronto. Aunque si me quedaba hasta muy tarde, tenía la clara impresión de molestar.
En resumen, no sabía cómo acertar. Sabía que estaba condenada a fracasar con mi madre. Así que intentaba pasar desapercibida y salvar los 15 días de vacaciones. Porque sabía que el día que el frágil equilibrio que me mantenía unida a mi madre se rompiese sería para siempre. Y sabía también que perdiéndola a ella,también me quedaría sin mi padre y sin mis hermanos, acostumbrados a ser simples satélites de ese planeta rey que mi madre representaba.
Así que aquel día en que discutí con mi madre, supe, desde el primer momento que me había quedado sin familia. De un plumazo.
Entonces supe que algún día mi madre o mi padre caerían enfermos y yo no me enteraría. Empezó a obsesionarme la muerte. Aquella ruptura tan completa se parecía,en mi mente, a la muerte.
Por eso cuando supe que mi padre estaba enfermo, sólo sentí que, lo que yo tanto temía, sucedía. Operaron a mi padre un 14 de marzo y quise verle. Me enfrente a la actitud digna de mí madre, a los enfados de mis hermanas. Tenía que verle. Y fui a verle cada vez que pude. Y el 25 de mayo, mi padre murió.
Volví a Bilbao a ver morir a mi padre. Mi padre se iba, dejándome huérfana, ahora sí, para siempre.