Siempre he sabido del poder de las palabras. Siempre he dado mucha importancia a las palabras. Siempre.
Sé que las palabras pueden sanar. Y sé también que las palabras pueden matar. Pueden hacerte tanto daño que destruyen tu autoestima. Si tienes la suerte de ser adulto,tu mente y tu amor propio harán que cuestiones a quien te lanza palabras que te dañan. Pero ¿y si eres un niño?.
Si eres un niño y las palabras te las dice tu madre o tu padre,no hay defensa posible. Para un niño,sus padres tienen la verdad absoluta. Tú no puedes,no sabes cuestionarles. Es más,si pudieras,tu sentido de la lealtad te lo impediría. Así que tampoco quieres cuestionarles.
Si tus padres dicen que eres feo o tonto o torpe o malo, tú,como niño que eres, es que eres feo o tonto o malo.
Cuando yo era niña,oía a mi madre decir que los hijos éramos un lazo al cuello. La atábamos a mi padre,al que no amaba. Naciendo,como hija mayor que era,había provocado que mi madre fuera infeliz. Luego,yo era culpable. Nunca pensé que yo era inocente. Que yo no había pedido nacer. Y sobre todo,nunca se me ocurrió pensar que mi madre había hecho algo con mi padre y que de ese acto había nacido yo. Puede que yo fuera el resultado no deseado. Pero no era la causa.
Desde niña oí decir a mi madre que yo no tenía sentimientos. Que ni sentía ni padecía.
Pero,sobre todo,yo notaba que mi madre era fría,lejana y distante. Que yo era una carga para ella. Y que no era bienvenida en su vida. Mi madre estaba allí. Pero yo adivinaba que hubiera preferido estar en cualquier otra parte.
Aunque yo era buena estudiante,jamás me alabó por ello. Las palabras que se dicen son importantes. Y las que no se dicen,también. Pero cuando un profesor mandó mi redacción a un concurso y vio la entrevista al niño ganador,ella dijo que yo hubiera sido incapaz de hablar. Decía a las pocas visitas que teníamos que yo era patológicamente tímida. Presumía ante la gente del miedo que la teníamos.
Yo tenía 9 años cuando operaron a mi madre de cáncer. Ella dijo que se había quedado muda por nuestra culpa. Con 9 años tenía sobre la espalda la culpa de su matrimonio y la responsabilidad de su cáncer.
Tengo un amigo al que su padre golpeaba siendo un niño. Las palabras golpean de forma diferente. Pero hacen daño. Recuerdo que con 14 años,en catequesis,una niña dijo que su madre era su mejor amiga. Yo tenía muy pocas amigas. Pero pensé:mi madre no es mi amiga. Eso,desde luego.
Cómo iba a ser mi amiga si me odiaba. Si me culpaba. Si me acusaba. Si se burlaba de mí. Cómo iba a ser mi amiga si no era capaz de ser mi madre. Si no era capaz de ver que era una niña. Que la necesitaba. Y que sin su amor,solo podía sentirme sola. Terriblemente,desesperadamente sola.