El 11 de marzo de 2004 me desperté,puse la televisión y empecé a ver imágenes del atentado de Atocha. Miré el televisor y lloré. No entendía nada. Sólo lloraba.
Mi marido veía la tele en la cocina. De pronto,como si se le acabara de ocurrir algo,dijo:»mi hermano Antonio coge ese tren». Y llamó a su madre,que vivía con su hermano,para preguntarle. Pero su madre no estaba en casa. Había ido a la comisaría a preguntar.
No estábamos asustados. Uno nunca piensa que algo así vaya a tocarle nunca. Nosotros,al menos,no lo pensamos.
Sin embargo,fuimos al 12 de octubre a preguntar. Y llamamos a los teléfonos que aparecían en pantalla. Nada. Antonio no estaba en ninguna lista de heridos.
Pero seguimos sin preocuparnos. Probablemente,pensamos,no tienen la información tan completa en una situación tan terrible.
Entretanto,Tomasa,mi suegra,seguía yendo de hospital en hospital,acompañada o sola.No podía parar quieta.
Rafa y yo trabajábamos por la tarde. Y fuimos a trabajar.Como si no pasara nada. Para entonces,en Telefónica,donde Antonio trabajaba,ya nos había dicho que no había llegado al trabajo. Pero pensamos que podía haber recibido un golpe,que podía estar desorientado quién sabe dónde. Que había decidido no ir al trabajo ese día.
Pero cuando yo llegué al trabajo,después de una mañana de llamadas,de un movimiento sin descanso y sin pensar,de pronto,sin pensarlo,le dije a mi compañero Aitor:»esta vez nos ha tocado a nosotros».Su niña había muerto en diciembre,después de una vida breve y dolorosa. Yo no pensé. Solo sentí o presentí.
Le conté lo de Antonio. Y habló con mi jefe. Sin embargo,salí a tomar café con mis compañeros. Como si nada pasara. Es curioso cómo nos aferramos a la rutina cuando todo a nuestro alrededor se desmorona. Rafa me llamó. Él trabajaba cerca del IFEMA y había rumores de que allí podía enterarse de algo. Al cabo de un rato,una compañera me llevó al IFEMA.
Había montones de gente. Todos esperando, no sabíamos muy bien qué. Recuerdo que una periodista me preguntó. Pero no recuerdo ninguna pregunta suya. Ni ninguna respuesta mía. Lo que sí recuerdo es que me dijo:»pero vosotros sabéis por qué estáis aquí,no?». No teníamos ni idea.
Estuvimos allí,esperando,sin que nadie nos dijera qué esperábamos ni nosotros preguntáramos. Quizá no queríamos saber la respuesta.Mientras esperábamos, manteníamos la esperanza. Después,sin embargo,muchas veces me he preguntado por qué no nos informaron. De algo,de lo que fuera. Pero qué esperar de aquel Gobierno de Aznar que,a 3 días de las elecciones generales,estaba más preocupado de si aquello le haría perder votos que del dolor de las familias que había allí.
Empezaron a circular por allí los psicólogos. Aún así,ninguno de nosotros pensó » psicólogos,¿ por qué?».
Y luego,los famosos. Recuerdo a Belinda Washington y a Parada. Pero sobre todo,recuerdo a Rosana,la cantante. Llevaba un cesto con chocolatinas. Unos minutos antes,Belinda se las había ofrecido a mi suegra. Y ella contestó «yo sólo quiero que aparezca mi hijo». La presentadora se quedó sin palabras. Apenas pudo decir «pero eso…». Tampoco eso nos dio qué pensar. Cuando Rosana le ofreció la chocolatina a mi suegra y ella dijo nuevamente que no,Rosana bromeó «venga,mujer,hazlo para quitarme peso a mí». Mi suegra cogió el chocolate. Y yo admiré a Rosana,no como cantante,no como famosa (nunca he sido mitómana)sino como persona. Su simple gesto encerraba cariño,humanidad y cercanía. Tan distinta de algún otro famoso que daba vueltas en círculo sin acercarse a nosotros. Qué hacían allí.
Había muchas familias. Muchas. De todas clases. Llevábamos mucho tiempo allí,ajenos a lo que pasaba fuera. Un paríente nos dijo que había rumores de que no había sido ETA. ¿Quién,entonces?
«Moros»,dijo. Yo me sentí aliviada,como si el hecho de ser vasca me convirtiera en responsable de aquellas imágenes que me habían hecho llorar por la mañana. Al lado de nosotros,familias árabes esperaban. Como nosotros. Ni ellos ni yo somos culpables del fanatismo de nuestros compatriotas.
Cada cierto tiempo,una voz en los altavoces llamaba a algunos familiares. Ya sabíamos lo que eso significaba. A las 6 de la mañana, esa misma voz dijo «familiares de Antonio Marín». Y,entonces,mi suegra gritó. Un grito que era un quejido,un lamento profundo. Alguien la agarró. Nos levantamos sin poder creer lo que pasaba. Entonces alguien dijo que había que entrar a identificarle. Sólo recuerdo haber dicho a Rafa «pasa tú,no dejes que pase ella». Y eso hizo.
Luego sentí un frío atroz. Alguien me puso una manta por encima. Pero no podía dejar de temblar,de tiritar.
Habíamos pasado la noche en el IFEMA. La siguiente,la pasamos en el velatorio.
Antonio murió el día que se incorporaba al trabajo después de una baja. Ese día se había levantado temprano,a tiempo,desgraciadamente a tiempo,para coger su tren. El tren que le llevaba a su trabajo. Sólo una parada tenía. Murió en la calle Téllez.
Antonio era » católico,apostólico y romano»como me dijo cuando me conoció,sabiendo quizá por su hermano de mi ateísmo. Yo sonreí y dije sólo «me parece muy bien».Porque sólo vi la mirada limpia,pura y transparente de una persona buena.
Pero su Dios no le acompañó aquel 11 de marzo.
Antonio murió el día que se incorporaba al trabajo después de una baja. Ese día se había levantado temprano,a tiempo (desgraciadamente a tiempo),para coger su tren. El tren que le llevaba a su trabajo. Sólo una parada tenía. Antonio Marín tuvo toda la peor suerte del mundo aquella mañana del 11 de marzo de 2004.
Antonio Marín murió en la calle Téllez la mañana del 11 de marzo de 2004. Y Rafa,su madre y yo,los mismos que no preguntamos nada aquel terrible día,los que esperamos callados,sin rebelarnos, ante una espera innecesaria de 12 largas horas, con los muertos al lado de nosotros desde el primer momento,con el dolor amortiguado por la espera, deliberadamente anestesiados para no hacer ruido,encerrados para no preguntar,reunidos como ovejas que van al matadero,sólo supimos ir a votar. Votar a Zapatero,sacar al PP del Gobierno fue nuestra única manera de protestar.