Este verano fui a Ferrol a visitar a mi prima Ana. Quedamos a comer en un chiringuito en la playa. Cuando vi a su hijo, de 15 años, leyendo un libro, me quedé asombrada. Y es que ver leer a un chaval resulta cada vez más infrecuente. Si, encima, como en este caso, el libro lo está leyendo en la playa, en vacaciones, y el libro es en formato papel, ya podemos decir que la ocasión que era para inmortalizarla en una fotografía, como mínimo . Lástima que a Andrés le gusten más bien poco las fotografías. En eso se parece más a todos los adolescentes ( al menos, a los que yo conozco, que huyen de las cámaras fotográficas como si les fueran a robar el alma o algo por el estilo)
Está claro que la competencia que tiene hoy en día la lectura es mucha. Y más, para un joven. Son una generación preparada para usar la tecnología, acostumbrada a Internet y que usa de forma habitual toda clase de artilugios electrónicos. Manejan como nadie de nuestra generación haría cualquier Tablet, IPAD, móvil u ordenador que se ponga en su camino. Han crecido con ellos y les encantan, además. Nada que ver, por ejemplo, conmigo. Cuando empecé a usar la máquina de escribir ( los más jóvenes, mirad en Google qué diablos era eso) lloraba cada vez que me equivocaba al escribir. Rompía folios y folios con mis errores. Por si alguien va a crucificarme, hay que aclarar que entonces tampoco éramos tan ecológicamente correctos. Usábamos folios limpios, blancos, inmaculados. Yo, desde hace unos años, reciclo todo el papel que he escrito por una cara sólo. Creo que no necesitaré usar un folio en blanco hasta el año 3000, tirando por lo bajo. Vamos, que me voy a quedar con las ganas.
Además, leer es un trabajo. Requiere un esfuerzo que no conlleva navegar por Internet. Según un artículo publicado por Nicolas G. Carr, ensayista experto en Tecnologías de la Información y Comunicación, el uso prolongado de Internet disminuye «nuestra capacidad de concentración, reflexión y contemplación» , con lo que «perdemos nuestra capacidad para mantener una línea de pensamiento sostenida durante un periodo largo»
¿Cuál es el resultado?. No es que leamos menos. De hecho, devoramos lo que se publica en Facebook, los tweets de Twitter, vemos las noticias en nuestros móviles, nos «abrasamos» los unos a los otros a correos electrónicos y mensajes de wasap.. . No hay más que viajar en cualquier transporte público y ver cuánta gente va leyendo, ya sea en libros electrónicos o en papel.
Leemos de forma más superficial, eso sí. Ahora echamos vistazos más que leer de cabo a rabo los textos. Así lo han confirmado varios estudios. Damos saltos, leemos por encima, en diagonal. O nos quedamos con el título y, si acaso, vemos las imágenes, si se trata de noticias. Y cuando vemos un texto largo, a más de uno se nos escapará un «¿todo esto me tengo que leer?» o, si hay confianza con el que nos ha mandado el escrito, le pedimos, sin mayores disimulos, que nos lo resuma.
Pero leer libros ya es otra cosa. La literatura implica sumergirse en un mundo distinto. Requiere concentración y reflexión. Requiere pararse. Y como Leemos por encima, sacamos conclusiones a menudo erróneas. En los periódicos, los titulares se hacen para atraer a la lectura del texto completo. Pero, al final, hemos preferido quedarnos en el título. Como mucho, en los resúmenes. Con lo cual, a menudo entendemos justo lo contrario de la noticia real.
La realidad es que nos hemos acostumbrado a quedarnos en la superficie de las cosas, a no profundizar. Hay páginas en Internet para casi todo. De hecho, hay algunas que te «explican» cómo leer un libro e incluso cómo terminar de leerlo. Hasta a eso hemos llegado.
Yo, que recuerdo como la Navidad más feliz de mi vida aquélla en que leí, absorta, «A sangre fría» , escucho preguntar a mi sobrina ( 7 años), cada vez que me ve con un libro entre manos, que por qué leo, que leer es «aburrido». Y pienso: no sabes lo que te pierdes: meterte entre los personajes de un libro, querer avanzar y, a la vez, tener miedo de que se acabe, si te gusta mucho.
¿Leer best sellers? Por qué no. Si te acostumbras a leer, llegará un día que tu gusto no soportará leerlos más. Te lo digo yo, que empecé leyendo historias de pasión de Harold Robbins y hasta las fotonovelas que, en aquellos tiempos, regalaban con el detergente marca ESE.
Hay gente que lee libros técnicos. Un amigo dice que eso es como el que hace el amor para tener hijos y no por placer. Se pierde lo mejor. Cómo explicarles que una sola página de Dostoievski eleva tu alma y hasta te vuelve mejor persona. Cómo podría yo olvidar a Nastasia Filíppovna, el personaje de «El idiota». Imposible. Forma parte de mi familia literaria.Aunque me pase como a Patrick Süskind y de un libro de 800 páginas recuerde sólo que había un disparo en alguna parte y, a veces, haya leído o incluso me haya comprado, el mismo libro varias veces.
Gracias a Internet. Eso, por descontado. Pero encontrar la información de forma fácil no implica que renunciemos a profundizar. Y, sobre todo, no significa que renunciemos a PENSAR.
Igual que el hecho de usar el wasap no significa que uno deba renunciar a la comunicación cara a cara o a hablar por teléfono, siquiera. Qué decir de los hijos que envían wasap a su madre desde la habitación ( ella en el salón) pidiendo que les traiga agua o lo que sea. O los amigos que estando juntos, los ojos fijos en sus móviles, se envían wasap. O los compañeros de trabajo que se comunican así, aunque estén sentados uno frente a otro. O los matrimonios, uno en la cocina, el otro, en el salón que se escriben wasap.
Lo siguiente es enamorarse por Facebook. Ya está pasando. Al margen de que cualquiera ofrece su mejor perfil en las redes, es más de lo mismo. Me leo toda la información sobre esta persona y ya lo sé todo sobre ella. Para qué que conocer a una persona poco a poco, irla descubriendo. Menudo trabajo. Hasta para buscar el amor nos hemos vuelto vagos. Lo queremos, también, a un clic de ratón.