
El amor de tu vida está más cerca de lo que crees. Siempre ha estado ahí, junto a ti, en realidad. Cuando, de niña, leías cuentos de hadas sobre pobres muchachas en busca del príncipe de sus sueños, él ya estaba ahí, contigo. Y ahí estuvo, también, cuando te empeñaste, ya adulta, en encontrarlo en cualquier chico en el que te fijaras y al que querías meter con calzador en la imagen que te habías forjado del amor de tu vida.
Joaquín Sabina dice en su Pongamos que hablo de Madrid que «las niñas ya no quieren ser princesas». Pero es mentira. Las adolescentes devoran novelas románticas muy parecidas a los antiguos folletines de Corín Tellado. Son la lectura preferida, también, de muchas mujeres de mediana edad que, aunque no son lectoras de otro tipo de libros, devoran las actuales novelas rosas. Las películas americanas que relatan historias de pareja que siempre terminan sospechosamente bien baten récords de taquilla. Eso, por no hablar de la sospechosa invasión de telefilmes alemanes que se emiten los fines de semana y sus historias, tan rosas como iguales y previsibles e invariablemente felices en sus finales. Y muchas mujeres encuentran un modelo a seguir en la patética Bridget Jones, en su busca desesperada del amor/pareja/matrimonio, como su única meta en la vida. En la televisión, programas como Mujeres y Hombres y Viceversa o Granjero busca esposa repiten la misma vieja historia, en versión falsamente actualizada, del antiguo cuento. Mujeres que pelean como gatas en celo por la atención del hombre, independientemente de lo alejado que esté de cualquier príncipe, por muy desesperada que esté la aspirante a su reñido amor. Ahora, en lugar de encontrar el guisante debajo de una pila de edredones ( prueba irrefutable de que eras merecedora del amor del príncipe), tendrás que acompañarle al gimnasio, o, al menos, ser dulce y complaciente y no ser más lista que él, que eso, según la sabiduría popular que me repetía mi abuela de niña, «ahuyenta» a los príncipes más deseados.
Así que no es extraño que, esperando como estabas algo parecido, no te hayas dado cuenta de que ya tenías el amor de tu vida ahí, contigo. Y es que no has tenido esa revelación, ese flechazo que te hace ver, de buenas a primeras, que lo has encontrado, que ese es el amor de tu vida. No, no ha aparecido ese alguien con el que todo encaja maravillosamente desde el primer momento. Ese ser destinado a salvarte de la vida, a rescatarte de todo peligro, a darle sentido a todo. Ese Richard Gere que te saca de la fábrica y te lleva en brazos, como en Oficial y Caballero, liberándote de tu aburrida y triste vida. O que te saca directamente de la calle, y te lleva de compras sin una protesta, tirando de talonario de cheques como si no hubiera un mañana, como en Pretty Woman.
Ese salvador no existe. Mejor dicho, está frente a ti, en el espejo. Tú eres tu propia salvadora. Porque, si quieres amar de verdad y que te quieran de verdad, necesitas enamorarte de ti, primero. Tú eres la persona con la que más tiempo vas a pasar. Toda la vida. La única persona sin la que, de verdad, no puedes vivir. Antes de buscar el amor ahí fuera, acéptate. No digo que no intentes ser mejor. Eso, por supuesto. Pero quiérete, con tus luces y tus sombras. Si eres capaz de perdonar los errores ajenos, por qué no hacerlo con los propios. No hace falta que te busques tantos defectos. Por eso no te preocupes: ya habrá, ahí fuera, quien lo haga por ti. No seas tu peor enemigo, tu juez más duro.
Ese final feliz de los cuentos, siento decirlo, culminaba con un » y se casaron y fueron felices». No sé por qué, pero los cuentos no iban nunca más allá del matrimonio, que se convertía en la meta. No era el amor la meta, no. Lo que pasaba después, por si acaso, no te lo contaban. Porque es probable que el pobre príncipe azul destiña. O quizá sólo era un pitufo. Tú verás si quieres seguir esperando a que te pruebe esos zapatitos de cristal que, la verdad, no tienen pinta de ser muy cómodos.
