A veces, ser positivo no es fácil. Y, sin embargo, hoy en día, la obsesión por ser positivos se ha convertido, casi casi, en una obligación. Una especie de mantra peligroso ( Sé positivo, piensa en positivo, actúa en positivo) que nos hace sentirnos fuera de lugar cuando estamos tristes o cuando la realidad, terca, se empeña en no ser positiva.
La vida no siempre es bella, nos digan lo que nos digan los pensamientos positivos. A veces, los amigos nos traicionan o, simplemente, nos sentimos traicionados. Los amores nos abandonan o se terminan, sin más. La familia nos da de lado o no es lo que habíamos imaginado: el refugio perfecto, el hogar que calma nuestras ansiedades y angustias. Se nos muere la gente que queremos, o nos echan del trabajo.
No hay por qué esconder el malestar. No es pecado estar triste, a veces. Que hay que intentar ser positivo, eso, por supuesto. Pero no nos creemos la presión de ser positivos siempre, hasta cuando no podemos. Porque la obligación de ser positivo se acaba convirtiendo en una dictadura, en una tiranía que nos imponemos, en la que no siempre vamos a poder encajar.
Reivindiquemos el derecho a estar mal, a sufrir, a llorar cuando nos toca. No nos pongamos fecha de caducidad a los duelos. Porque no podemos ser positivos a tiempo completo. No podemos ser positivos siempre. Hay un tiempo para todo: un tiempo para reír y un tiempo para llorar. Y, a veces, para poder reír fuerte, primero hay que llorar cuando nos toca. Llorar hasta que no nos queden lágrimas. Llorar todo lo que tengamos que llorar. Llorar hasta que nos quedemos secos.
Tengo una amiga que cuando le preguntas cómo está, responde, invariablemente: «bien…¿o te cuento?». Porque cuando preguntamos al otro cómo está, esperamos un «bien» protocolario, el «bien» de rigor que nada cuenta, en realidad, sobre su estado real . No queremos, en el fondo, que nadie nos cuente sus penas. No queremos saber. Nos disgusta la gente que se queja continuamente. Se nos escapa, involuntariamente, un «todos tenemos problemas«, que tiene muy poco de comprensivo hacia el dolor ajeno y que, traducido, viene a decir: «anda, no te me quejes, que a todos nos pasan cosas y no andamos lloriqueando por ahí«.
Adoramos a la gente positiva. Mi compañera Beatriz es el ejemplo perfecto. Siempre ríe. En su casa, se le ha acoplado un ex cara dura que vive a su costa como un marajá, convive con dos hijas más cerca de los 30 que de los 20 que la tratan como a su criada, y su madre tira de ella con el egoísmo que da el ser mayor y requerir cuidados y darlos por hechos, sin un simple «gracias» de vez en cuando. Pero Beatriz siempre ríe. Como ríe, está bien. Hasta ella dice que está bien. Hasta ella ha acabado por creer que está bien. Es adicta al Prozac, eso sí. Y concilia el sueño a base de orfidales. Pero está bien. ¿Qué hace Beatriz cuando está mal?. No va a trabajar, no nos cuenta sus penas. Estupendo. Para nosotros, quiero decir. Para ella, sería mejor contar, de vez en cuando, lo que le pasa, y enfadarse con los parásitos de su vida o cabrearse con su bondad, que la convierte en la víctima perfecta de todos los abusos imaginables. Pero Beatriz prefiere «esconderse» cuando está mal y mostrarse sólo cuando está bien. ¿Acaso no tiene derecho a mostrar sus tristezas igual que sus alegrías?. ¿O entonces ya no sería nuestra querida Beatriz?
Tenemos derecho a la tristeza. Y a leer libros de autoayuda, si nos da la gana y nos sirve. Y a ir al psicólogo, si lo creemos preciso. Y a atracarnos de programas de «telerealidad» que tienen poco de reales, pero que nos ayudan a olvidar nuestros días tristes. Y a hacernos una carta astral para distraernos. Y a creer en Dios, si eso nos ayuda. Tenemos derecho a encontrar nuestro camino hacia la alegría. Y, aunque te parezca mentira, a veces, es preciso sufrir para ser feliz. Y, después, pero sólo después, renacer. Mejores personas, más sabios y, por qué no, más positivos. Porque nos habremos permitido estar tristes cuando teníamos que estarlo. Porque ser positivo siempre se puede convertir en una obligación, en un trabajo a tiempo completo, agotador.
