
Lo confieso. Estoy harta de la corrección política. De esa particular forma que tenemos de usar el lenguaje para ocultar la realidad, de esa falsedad que nos impide llamar a las cosas por su nombre. Y es que, como dijo Quevedo hace ya alrededor de 400 añitos de nada:
«Por hipocresía llaman al negro, moreno; trato a la usura; a la putería, casa; al barbero, sastre de barbas y al mozo de mulas, gentilhombre del camino».
Usamos los eufemismos para disfrazar la realidad, para volverla más agradable en apariencia. Poco nos importa mejorar los actos. Lo esencial es que la verdad, la cruda realidad, suene más bonita. En general, «nos la cogemos con papel de fumar», lingüísticamente hablando.

Lejos quedan los tiempos en que se podía llamar a las cosas por su nombre sin temor a ofender a cualquier colectivo. Un anuncio como éste sería impensable en nuestros días. Subnormalidad, hoy día, es un término políticamente incorrecto y prácticamente en desuso, por eso mismo. Preferimos usar eufemismos, aunque la realidad que hay debajo del nombre siga idéntica.
Cierta ministra socialista ocupó la ya inexistente cartera del Ministerio de Igualdad y su mayor aportación en el Ministerio fue sugerir a la Real Academia que se admitiera en el diccionario la palabra miembra. Aunque la propuesta no prosperó, ha quedado en el lenguaje castellano, permanentemente, el uso de ciudadanos/ciudadanas. Bibiana Aido actuó, proponiendo semejante perogrullada, como si eso borrase la desigualdad real entre hombres y mujeres o como si transformar el lenguaje convirtiera la realidad, para las mujeres, en mejor. No sé lo que pensarán el resto de mis conciudadanas, pero personalmente me preocupa más que haya mujeres muertas por maltrato, por poner un ejemplo, que cambiar el género en las palabras, tan innecesario como redundante y absurdo.

Dijo Ana María Matute que «lo políticamente correcto casi nunca es literario». Yo iría más allá: ninguna historia, ninguna novela, sería posible si se usara ese lenguaje. Habría que reescribir, también, los cuentos de nuestra infancia, tan incorrectos ellos, por temor a ofender a cualquier colectivo.

Aún peor, el lenguaje escrito es cada vez más lejano del real, del que usamos al hablar. No hay más que leer cualquier periódico para observar por dónde van los tiros. Los periodistas han acabado por llamar flexibilidad laboral a los despidos y crecimiento negativo al descenso del crecimiento. Los políticos, genios en disfrazar la realidad, llaman movilidad geográfica al éxodo de los jóvenes en busca de trabajo a otros países. Eso, por no hablar de los equilibrios que hacen telediarios y medios de difusión nacionalistas en general por evitar usar la palabra España. Se prefiere usar el eufemístico Estado español, como si la sola palabra España quemara y su uso impidiera las reivindicaciones nacionalistas.

En prensa, ya es tabú escribir la palabra suicidio. Decimos que la gente se quita la vida, como si se quitara una camisa. Dicen que mencionar la palabra tiene un «efecto llamada», aunque ignoro qué suicida ha declarado antes de matarse que no podía más y se mataba porque había visto la palabra escrita en un periódico. Esto me recuerda el caso de una niña vecina a la que, por suavizar la noticia, le dijeron que su madre «había perdido» el hijo que esperaba. Muy razonable, la chiquilla preguntó que dónde lo había perdido y se ofreció para ir a buscarlo.

La corrección política ha hecho que se pierda claridad en el lenguaje. Y también que los humoristas tengan cada vez más difícil su trabajo. No hay día que una página web no tenga que eliminar un simple chiste porque un colectivo aduce sentirse ofendido por la alusión. Así que, además de claridad, estamos perdiendo el sentido del humor. Y eso, no podemos perderlo. Faltaría más.
