Trabajas fuera de casa y eres independiente. Dicen, y te dices a ti misma para autoconvencerte, que te has liberado, que, por fin, eres una mujer realizada. Libre, al fin, del yugo del hogar y libre, por qué no, también, del imperio masculino. Pero miras a tu alrededor y algo no termina de encajar. No puedes evitar la sensación de que algo falla, que te han estafado con la excusa de la igualdad. Ah, pero la liberación ¿era esto?. Trabajar fuera de casa y, después, llegar a casa y seguir trabajando. Pues vaya negocio.
Nos hemos liberado, somos independientes económicamente, qué duda cabe. Somos, por fin, iguales en obligaciones. En cuestión de derechos, en cambio, la cosa cambia. Hemos logrado dar el paso y salir a la calle a trabajar Lo que no hemos conseguido es que los hombres entren en la cocina. Salvo excepciones dignas de enmarcarse, por lo infrecuentes.
Las españolas hemos avanzado, y mucho, en los últimos 30 años. Crecimos en familias en que nuestras madres, en el apartado profesión de su DNI, decía labores del hogar. Nuestros padres, mientras tanto, trabajaban fuera. En apenas 30 años, nosotras, hemos salido a la calle a ganarnos el pan ( con algo más, a poder ser). Hoy son ya muy pocas las que sólo son amas de casa ( apenas un 16% y en su mayoría mujeres mayores)
Ya no existen programas como el de Elena Francis, con anticuados consejos para las mujeres. Y los consejos de Pilar Primo de Rivera, como el de la ilustración, hoy, nos provocarían risa. Pero la mentalidad no ha cambiado tanto. Ahora, eso sí, todo es más sutil. Sin embargo, nos sigue delatando el lenguaje.

Se sigue invitando a los hombres a colaborar, a contribuir en las tareas de la casa. Y yo me pregunto dónde está escrito que las labores del hogar sean cosa de mujeres: que los hombres no puedan planchar, sean alérgicos a hacer las compras ( excepto al Leroy Merlin o el Bricomart), no sepan encender la cocina ( Bertín Osborne presume en todos los programas de Mi casa es la tuya de no saber hacerlo) o que, si limpian el polvo, corran el riesgo de sufrir de urticaria. No sé dónde está escrito. Pero, si está escrito en alguna parte, habrá que borrarlo.

Compañeras que se quiebran la cabeza cada día pensando qué poner de comer al día siguiente, preocupación que, me arriesgo a intuir, rara vez es una prioridad entre los hombres. Mujeres que no optan a puestos de más responsabilidad porque ser madre es un trabajo a tiempo completo. Hasta hay un Club que se autodenomina de las Malas Madres. Sabes por qué. Porque las mujeres siempre sienten que tienen que renunciar a algo: o a su carrera o la infancia de sus hijos. No son malas madres, pero el mundo las considera así porque, como dice su manifiesto, «tienes metas en la vida y planes en los que no entran tus hijos». Y acaban asumiendo la definición. Hoy por hoy, ningún hombre tiene que elegir. Ni se lo plantea.
Si tu casa no está lista para la visita del próximo inspector de hogares ( figura que no existe pero que bien puede ocupar tu suegra, tu madre o cualquier pariente convencido de que la limpieza del hogar es una tarea esencialmente femenina); si tus hijos no tienen las notas mejores del mundo o no son buenos deportistas, la culpabilidad acecha a las mujeres, como un perro de presa, dispuesto a hacerte sentir mal. No se lo consientas.
Juraría que ellos no se sienten culpables. Te tocará oír a muchos hombres quejarse de no poder leer ni el periódico cuando sacan a pasear a sus hijos, en su contribución grandiosa y generosa a la paternidad. La custodia compartida, en casos de separación, sigue siendo una excepción. Sabrás que muchos hombres presumen de hacer a propósito mal las tareas de la casa , para conseguir de sus inocentes mujeres un: «déjalo, anda, ya lo hago yo«. Y te consta que muchos padres, si se despierta el bebé en medio de la noche y lo oyen, automáticamente dan un codazo a su mujer para que se levante.

No es extraño que, obligadas a ser Súpermujeres, a la vez mujeres/ esposas/amantes/ madres/amas de casa/ cuidadoras de enfermos y ancianos , muchas veces frustradas y casi siempre agotadas, las españolas corremos el riesgo de acabar decidiendo volvernos a casa. Como empiezan a hacerlo las japonesas. Una de cada 3 ha decidido que, en vista de lo ocurrido, es mejor ser, directamente ama de casa. Un error que obliga a las mujeres a retroceder a la dependencia total del hombre. Volver al redil no es muy buena idea. Es un debate innecesario y peligroso. Pregúntate si algún hombre querría ser amo de casa a tiempo completo. Se consideraría a sí mismo un mantenido.
Y mientras nos ocupamos de naderías como si nos llaman ciudadanos o ciudadanas, miembros o miembras, nos olvidamos del fondo de la cuestión. Porque no son los nombres de las cosas los que las transforman. Es la realidad la que hay que cambiar. Que hombres y mujeres seamos distintos , que no enemigos, no significa que las cosas no puedan cambiar y tengan que ser eternamente como han sido hasta ahora.
Han cambiado los tiempos. Indudablemente. Pero todavía queda mucho, mucho, camino por recorrer. De momento, la frase que más veces tendrás que oír, resígnate, es el ¿Pero no queríais igualdad?, como argumento para no invitarnos ni a un triste café.
