
El corazón se equivoca. Muchas veces. Igual que el amor, el corazón, a menudo, es ciego. No es verdad que seguir a tu corazón a ciegas sea bueno. Seguir a tu corazón sin que el cerebro le acompañe convertirá tus actos en los mayores errores de tu vida. Actuarás por impulso, por instinto. Y te equivocarás. Y, muchas veces, tus equivocaciones no tendrán remedio. La vida no te va a dar segundas oportunidades, por más que te arrepientas de lo que has hecho, por sincero y doloroso que sea tu pesar.
El mundo está lleno de advertencias. Manténgase fuera del alcance de los niños. Pregunte a su farmacéutico. En las plantas, incluso, hay innecesarios y absurdos consejos de no ingerir, como si uno acostumbrara a comerse los claveles. Cuando eres ludópata y quieres curarte, te apuntas en una lista para que no te dejen entrar en los salones de juegos. Los niños tienen control parental para que no vean lo que no deben en la televisión o en el ordenador. Los adolescentes descarriados, Hermano Mayor. ¿Has visto el programa Hermano Mayor alguna vez.? Adolescentes cuyo principal problema es controlar sus emociones, su impulsividad y, sobre todo, su agresividad, y un adulto que les ayuda a darse cuenta de lo que hacen, por qué lo hacen y a impedir que lo sigan haciendo, por su bien y por el del mundo que les rodea.
Pero el mensaje más importante, el que nadie ha sabido crear, es el que protege a los seres humanos adultos de sí mismos. ¿Alguna vez has sentido tanta furia, tanta rabia, que todo a tu alrededor aparece de un terrible color rojo? Si eres impulsivo, sabrás de qué hablo. Un amigo en quien confiabas te decepciona, por el motivo más nimio del mundo; tu psicóloga intenta explicarte que no puede ser tu amiga en Facebook ( y tú sabes que se dice que eres más falso que un amigo de Facebook, pero da igual, te está rechazando, y punto) y te enfureces. De pronto, tu inteligencia se nubla. Sólo sientes dolor y lo que quieres es devolver el golpe. Como si eso aliviara el dolor. En ese momento, no puedes pensar. Literalmente, no piensas. Menos que nada, en las consecuencias. No piensas pero actúas. En el peor momento, de la peor forma posible, compulsivamente. ¿Qué haces cuando tú mismo eres tu peor enemigo?. Sigues tus impulsos, eres literalmente incapaz de controlar tus impulsos, pensando que eso te convierte en una persona íntegra y honrada y asestando mandobles a tus semejantes a diestro y siniestro. A veces, con las palabras; otras, con los actos. No sabes hacer otra cosa, crees que los que te quieren lo aceptarán todo de ti y te querrán incondicionalmente. Mentira. Se alejarán para protegerse de ti, que no piensas antes de actuar o de hablar.
Si eres impulsivo, como yo, lo primero, darte el pésame. Bueno, quiero decir si te arrepientes de las consecuencias de tu impulsividad. Puede que no, que estés convencido de estar en posesión de la VERDAD. Bendito seas. Yo soy impulsiva y me arrepiento. No sé contar hasta 3. Me arrepiento porque mis impulsos de furia hacen daño a los demás. Y, sobre todo, me hacen daño a mí. Creeréis que soy egoísta por decir que, sobre todo, me hacen daño a mí. Os lo explico. Los demás, simplemente, se alejan de mí y asunto resuelto. Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero ¿qué hago yo? Tengo que convivir conmigo misma.
Necesitamos algo que nos proteja de nosotros mismos, en esos momentos en que la ira no nos deja ver claro, y golpeamos creyendo que nos protegemos y, sin embargo, haciéndonos más daño cada vez. Luego, vuelve la calma. Recapacitas. Pero, detrás de ti, a tu alrededor, en ti mismo, todo es tristeza y dolor. No quieres ser así. Por qué eres así. Por qué no hay un botón en ti, algo así como un control parental, que te impida hacer aquello que es puro impulso.
Nuestros impulsos, nuestras emociones y nuestro dolor, nuestro inmenso dolor, nos gobiernan, nos arrastran. Nos convierten en marionetas de nuestra parte menos racional. De ese corazón, de ese instinto puramente animal que, una vez más, se equivoca.
Porque no, no aprendemos de los errores. Y seguimos, una y otra vez, presos de nuestro dolor, marionetas de nuestras emociones más primarias, tejiendo y destejiendo nuestra desgracia día tras día, año tras año. No es espontaneidad. No es sinceridad. No es naturalidad. Es tu lado más animal, tu peor yo.
No queremos perder a más gente querida, o trabajos que nos gustaban, o amigos que nos apreciaban. Necesitamos algo que nos haga ver el después, ese después en el que, invariablemente, llega el dolor y el arrepentimiento. Y las consecuencias. Las nefastas, las terribles consecuencias. Cuando ya sólo quisieras gritar ( tarde, como siempre): Por favor, ayudadme. Yo sola no puedo.