El cartero ya no llama 2 veces o de cómo Correos, convertido en un mensajero más, no nos trae ya cartas.


Hace algunos años, abrir el buzón de casa era una ceremonia casi mágica, llena de esperanza e ilusión. Entonces, todo era posible: recibir postales veraniegas de tus amigos que pasaban las vacaciones en el pueblo, encontrar felicitaciones de Navidad de familiares y amigos que vivían lejos, hallar cartas de amor de pretendientes tímidos, incapaces de declararse en persona. Por eso mismo, por la ilusión de encontrar la carta que esperabas, recibir al cartero se hacía, siempre, con alegría. Esos tiempos han cambiado. Ya ni enviamos ni recibimos cartas. El 63,1% de los individuos no ha recibido ninguna carta de otro particular en los últimos seis meses y parecido porcentaje tampoco ha enviado ninguna carta.

El uso de los servicios postales cada vez es menor, como consecuencia del efecto sustitutivo de las comunicaciones electrónicas, léase mensajes de texto, whatssap y correos electrónicos, tal y como refleja el Panel de Hogares de la CNMC (Comisión Nacional  de los Mercados y la Competencia).

El cartero, hoy, se ha convertido en un mensajero más: alguien que nos trae, si acaso, paquetes. Y, si nos trae cartas, podemos echarnos a temblar, directamente. Porque esas cartas no son, precisamente, de amor. Facturas que nos remite nuestro fiel Banco, multas de Tráfico o notificaciones de Hacienda, son las más habituales cartas que recibimos, cuando tenemos alguna en el buzón. O, con suerte, simple y llanamente, publicidad.

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Fuente: CNMC

Las cartas, hoy en día, se han convertido, al igual que las postales, en arcaicos objetos, dignos de ser coleccionados, por lo raro de su existencia. De hecho, salvo en los concursos epistolares, las únicas cartas que escribimos son la que enviamos a los Reyes Magos. Por lo menos, hasta que a alguien, en Correos, se le ocurrió la brillante idea de despejarnos las dudas respecto al destino de estas cartas, poniendo un cartel  en  los buzones de los Reyes Magos, aclarando innecesariamente que se destruyen  de forma inmediata. Lo último que nos faltaba por oír, francamente.

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Correos, dispuesto a acabar con nuestra última ilusión epistolar

 

En un mundo donde reina el inmediato whatssap, donde hemos convertido en poco tiempo en obsoleto al SMS, la paciente espera de una carta no cabe. Cada vez se envían menos cartas. En sólo un año, los envíos postales han descendido un 4%. Mientras los de paquetería han aumentado casi un 21%, por obra y gracia de nuestra afición a comprar por internet. Y Correos se ha modernizado, qué duda cabe. Qué remedio. Y, en su afán de modernidad, el señor Cuesta, presidente de Correos (y curiosamente apellidado igual que el presidente de comedia de la comunidad de La que se avecina) ha metido a Correos en las redes sociales, al modo de quien se dice «si no puedes con el enemigo, únete a él«. Y desde hace unos años, Correos tiene Facebook, Twitter Instagram y está en Google plus y tiene canal de YouTube.

Pero echamos de menos el antiguo Correos, por qué no decirlo. Añoramos aquellos carteros del antiguo Correos, que, sin necesidad de recurrir a Google,  nos entregaban las cartas casi sin datos. Porque el cartero de antes, el de toda la vida, nos conocía a todos los vecinos y hasta sabia nuestros horarios, cuándo pillarnos en casa y cuándo no íbamos a estar. El de ahora, no. Y no es culpa suya. Como casi siempre, como en todas las empresas modernas, la modernidad no ha implicado aumentar las plantillas de trabajadores. Y Correos, como empresa moderna que es, ha decidido lo que todas: no sustituir a los carteros que se jubilan o caen enfermos o se marchan de Correos.

Así, el cartero de hoy,  obligado a repartir rutas cada vez más largas y no siempre por las mismas calles,  se ve obligado a ir deprisa, de la mano de un carro que se parece cada vez más a una lavadora y al que, además, se unen una riñonera, una cartera de refuerzo y Dios sabe cuántas cosas más para poder abarcar todo lo que reparten, a modo de un moderno kiosko repleto de mercancías. El  repartidor va cargado hasta arriba de cien mil tipos de productos, cada uno con sus diferentes características y diversos sistemas de entrega; mezclada correspondencia ordinaria y urgente muchas veces, y acompañados de sus inseparables paquetes. Sí, los carteros, en lugar de libro de certificados, llevan PDA.

Ese cartero que, publicidad y marketing al margen, va cada día más cargado, cada vez más deprisa, va perdiendo el amor por trabajar en lo que siempre fue su Casa. Y sí, Correos se anuncia en televisión y en radio, y en vallas publicitarias.  Y tiene Facebook y Twitter. Pero el señor Cuesta, quizá, ha olvidado que el primer comercial de Correos, el mejor, el que llevaba el nombre y la buena fama de Correos por todas partes, era el carteroSólo queda decirle, como si de una carta se tratara: «Estimado señor Cuesta: no pierda la esencia de Correos por convertirlo en una empresa de mensajería más. De esas, ya hay muchas, más rápidas y mejores.» 

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