
Hace 17 años, una convencidísima Mercedes Milá nos presentaba Gran Hermano como un experimento sociológico. Era, nos dijeron, la realidad en estado puro ante nuestros ojos. Se trataba de ver cómo gente encerrada en una casa, hombres y mujeres que no se conocían entre ellos, convivían. Para ello, no tendrían contacto con el exterior durante el tiempo que permanecieran encerrados.
Más de 9 millones de espectadores vieron la final de Gran Hermano 1. Visto el éxito, la fórmula del reality no podía más que repetirse. El nexo en común está claro. Gente encerrada, personas que no se conocen entre ellos, sin contacto con el exterior, conviviendo y grabados 24 horas al día en cada uno de sus movimientos. Difícil que salga de ahí nada bueno. Es una mezcla lo suficientemente explosiva como para que surjan los conflictos. Porque de eso se trata, de que, como decimos ahora, los participantes den juego : si no, pondríamos en marcha la lavadora y veríamos cómo centrifuga la ropa, ¿no?

Y, 17 años después, ya podemos decirlo: la fórmula se ha aprovechado hasta la saciedad. Cada vez en más entornos. En todas partes, con todas las posibilidades, en todas las situaciones. Todo, casi todo, vale, para convertirse en un «reality»: de casas a hoteles, pasando por islas, autobuses, restaurantes. Con desconocidos que conviven en una casa, con gente que se casa y no se conoce, o gente que pone a prueba su fidelidad metiéndose con auténticas tentaciones para unas y otros en una casa (¿cómo olvidar el memorable y malísimo programa «Confianza Ciega«?) o conviven y cantan o conviven y bailan. Las posibilidades son casi infinitas. Y por lo que parece, vamos a verlas todas.
17 ediciones lleva sin despeinarse GH (sin contar los hijos, como Gran Hermano VIP, que le han ido saliendo con los años o las secuelas, como Gran hermano VIP o El reencuentro) y lo máximo que se le echa en cara al programa es el nuevo presentador, no la fórmula. Hoy, Gran Hermano es ya uno de los programas más antiguos en toda la historia de la televisión.
En los últimos 20 años, 2 programas que corresponden al formato del «reality» están en la lista de los 6 más vistos: Gran Hermano y Operación Triunfo. Programas que, por si fuera poco, a las cadenas les sirven para realimentar el resto de su programación, con resúmenes diarios, y debates semanales, y 24 horas en directo.
Pero, seamos francos, cualquier parecido de un programa de telerrealidad con la realidad es pura coincidencia. Vamos, que no es precisamente en busca de la pura realidad por lo que vemos los realities. Si queremos la verdad, ponemos los informativos. Quizá andamos, precisamente, sobrados de realidad. De la realidad que está en Siria, de Donald Trump, del Gobierno que tanto ha costado formar, de Cataluña, de las peleas en los partidos políticos, de la corrupción y hasta de Brad y Angelina, también ellos empeñados en mostrarnos la cruel realidad, por rosa que a veces nos pareciera desde fuera.
Definitivamente, nos gusta más esta realidad televisada que nos ofrecen los «realities», como un pequeño teatrillo que se desarrolla ante nuestros ojos. Así, nos hemos convertido en mirones, «voyeurs» que han elegido mirar por la ventana del televisor en lugar de husmear por la clásica mirilla de la puerta, como haría la vieja del visillo de José Mota. Pero lo que vemos poco o nada tiene que ver con la realidad. No deja de ser puro entretenimiento que nos distrae de la triste realidad.Entretenimiento más o menos elaborado, más o menos cutre.
Los concursantes, preferentemente exhibicionistas o personas con alguna particularidad que provoque nuestro morbo: transexuales, gays y lesbianas, exprostitutas, calvos secretos dispuestos a salir del armario de la calvicie… Y, todos sin excepción, un pelín narcisistas, modelos o aspirantes a modelos o pseudo-actores o actrices, con afición al drama cotidiano. Concursantes que se exhiben, que se dejan ver, en busca de un premio. Participantes que jamás echan de menos un libro, pero lloran si se ven sin tinte de pelo o maquillaje. Imposible sobrevivir sin el pelo teñido o sin maquillaje.
Concursantes que han pasado un cásting. La realidad no tiene cástings, ni concursantes, ni ganadores al final. Mostrarse tal cual es uno mismo, por lo demás, debe ser bastante complicado, si estás siendo grabado las 24 horas del día. Y eso también es difícil de olvidar para quienes llevan la petaca de sonido y el micrófono colgados de la mañana a la noche.En la vida real, participamos todos, y ni estamos encerrados ni nos graban 24 horas al día, afortunadamente. Tampoco hay premio para el ganador, al final.
Todos los días ( y si no, mira la programación) encontrarás un reality entre los programas que se te ofrecen. Se quedó antiguo el pan y circo. Ya no nos sirve el pan y fútbol. Queremos pan y telerrealidad. Todos los días, nuestra ración de realities está servida. Adiós, realidad. Hola, telerrealidad.