Por el derecho a la pereza: el dulce placer de no hacer nada.


Vivimos rodeados de deberes. De planes. Si los niños están saturados de colegios, deberes y actividades extraescolares, qué decir de los adultos. Desde la mañana hasta la noche, nuestra vida está llena de obligaciones. El mensaje del mundo actual es: tienes que estar, siempre, haciendo cosas. La inactividad está prohibida. Il dolce far niente, ese dulce placer de no hacer nada, nos lo han convertido, casi casi, en un pecado.

Te dirán que la ociosidad es la madre de todos los vicios. Habrá hasta quien te diga que ya descansarás cuando estés muerto. Parecen olvidar que eso no es descansar, más que nada porque no recuperas fuerzas para una improbable vuelta a la vida activa (hasta la fecha, todavía por demostrar). Incluso hay coaches (los gurús de nuestros tiempos) que se empeñan en repetirte que duermes demasiado,  que te sobra con 5 o 6 horas de sueño, que durmiendo nunca vas a convertirte en una persona de éxito. Eso sí, o él o tú tendréis que explicárselo a tu cuerpo, que no lo acaba de entender y siempre te pide 5 minutitos más a la hora de levantarse. El muy perezoso.

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Te asaltarán los anuncios de productos que te ayudan a reducir el cansancio, mejorando tus defensas. Los spots de complejos vitamínicos para disminuir la fatiga. No sentir frío, no acatarrarse, y, sobre todo, no parar. Estar siempre en pie, siempre en forma, siempre activo es el lema, la consigna de nuestro tiempo. Hacer, hacer, hacer sin parar. Hacer sin descansar. El tiempo sólo se mide en actividades. ¿Qué has hecho hoy?; ¿qué has hecho el fin de semana?; ¿qué has hecho en vacaciones?

 

Actividad los días laborables y más actividad, los fines de semana. Y aún más actividad en vacaciones, no sea que nos perdamos algo.  Visitarás una ciudad, cualquier ciudad, y querrás recorrerla de arriba abajo en 3-4 días. Cosa que, probablemente, no has hecho en la tuya en 20 años que llevas viviendo en la misma, pero da igual. A veces, terminarás las vacaciones con la sensación de que necesitas vacaciones para descansar de las vacaciones.

La tecnología, también, conspira en nuestra contra. Siempre disponibles. Siempre localizados.  Siempre trabajando, hasta cuando no trabajamos. A cualquier hora del día o de la noche, hablamos por teléfono. ¿Cómo vivíamos antes sin móvil? Ya ni lo recordamos. Eran los tiempos pretéritos y descansados de las cabinas de teléfonos. Hoy, hablamos por teléfono constantemente; mandamos y recibimos wasap a todas horas. Nuestras cabezas nunca desconectan del todo. La lucecita azul del móvil nos mantiene permanentemente despiertos, siempre alertas, durmiendo con un ojo abierto, por si acaso.

La vida se ha convertido en una competición estresante y delirante, contra ti mismo y contra los demás. Confiésalo. Empiezas a estar siempre cansado, como si tu cuerpo ya no pudiera más y te susurrara que necesita reponer fuerzas. Necesitas resetearte. Como un ordenador cuando falla y se atasca y no das con la solución. Hay que apagar y volver a encender. Es el menos científico de los métodos pero resulta infalible la mayoría de las veces. Permítete descansar, no tener una agenda siempre llena.

Párate a pensar. Si tener alma de triunfador significa dormir menos de lo que necesitamos,  la mayoría somos triunfadores a la fuerza. Pero me da en la nariz que Isabel Preysler no debe su éxito al hecho de  levantarse a las 5 de la mañana, ni su cutis de porcelana al frío que se coge esperando el tren en una estación a las 7 de la mañana o el autobús en la gélida parada.

A lo mejor, sólo a lo mejor, para algunos de nosotros, triunfar es poder descansar más. Tener más tiempo libre. No poner el despertador o, si acaso, ponerlo a las 11 de la mañana , que es una hora muy prudente como para poder afirmar que ya te estás levantando como un auténtico triunfador. Precisamente, no tener que levantarte pronto por obligación, no tener que andar siempre corriendo, no tener que competir. Continuamente, constantemente. Siempre. Eso de los que nos hablaban en los años 80 cuando nos decían que las nuevas tendencias eran que cada vez íbamos a tener más ocio y menos trabajo, y en las que nunca nos hablaron del paro, que es, precisamente, el ocio menos deseado. Está claro que prediciendo no somos muy buenos.

No queremos tener que descansar en el cementerio. Entonces no descansaremos: estamos muertos. Mientras tanto, disfrutemos del camino. Después de todo, es lo único que tenemos.

 

 

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