El 9 de noviembre de 1989, fue derribado el muro de Berlín, después de 28 años en pie, separando las 2 Alemanias. Algunos lo llamaron muro antifascista; la mayoría, simplemente, muro de la vergüenza.
El muro alemán medía algo más de 200 kilómetros. Nada que ver con el que pretende construir Donald Trump, curiosamente 28 años después de desaparecido el alemán. Normal. A los americanos, ya se sabe, les gustan las cosas a lo grande.
El flamante presidente americano, como un faraón del siglo XXI, mandará vallar montañas y pantanos; pueblos, rocas y ríos. Porque de todo eso hay en los más de 3.000 kilómetros de frontera de Estados Unidos con México en los que Donald Trump quiere levantar su muro. El presidente de Estados Unidos firmó este miércoles la orden ejecutiva para dar comienzo al proyecto y la construcción comenzará «en unos meses«, según sus propias palabras. Cuándo acabe, dada la envergadura de la obra, es otra cosa.

Hay quien se ha empeñado en mostrarle a Trump la complejidad de la obra. El cineasta Josh Begley y la documentalista Laura Poitras , con el irónico título de «Buena suerte con el muro», han creado un vídeo de seis minutos en el que recorren, con más de 200.000 imágenes de satélite, todo el territorio que Trump quiere amurallar.
En cualquier caso, la obra es monumental, pero no imposible. Lo imposible es que el muro cumpla con el fin que Trump busca. En su empeño de amurallar América, Donald Trump no se da cuenta de que está intentando poner puertas al campo. No entiende, quizá porque no lo ha vivido el que es fácil heredero de la empresa familiar, o porque le falta empatía para ponerse en el lugar de otros más maltratados por la vida que él, que la desesperación siempre será mayor que todos los obstáculos que nadie pueda poner a la huida de un mal destino.
No hay muro ni valla suficientemente alto, señor Trump, para detener a quien quiere vivir. No hay mar suficientemente ancho ni profundo que impida escapar de un futuro incierto. El ansia de vivir, la desesperación del presente y la esperanza de un futuro mejor, es más fuerte que todos los muros y vallas que el mundo entero pueda construir para frenarlos.
El que quiere irse de su país, el que quiere vivir mejor (o, simplemente, vivir) lo hará como pueda. Escondido en las ruedas de un camión o agazapado en una maleta; arriesgando la vida subido en una endeble patera; o saltando una valla, haya o no cuchillas en ella.
No hay muro lo suficientemente alto, ni lo suficientemente ancho, ni lo bastante largo como para impedir que los mejicanos o no mejicanos que quieran entrar en EEUU lo hagan. Aunque el muro cubra los 3.000 kilómetros de frontera entre EEUU y México. Aunque tape todos y cada uno de los ríos y los pantanos que encuentre en su recorrido; aunque amuralle los pueblos que halle en su camino, seguirá habiendo “espaldas mojadas”. Da igual la altura de la valla (que se lo digan a los ceutís o a los melillenses, acostumbrados a los saltos); da igual las cuchillas que se pongan en ella. A valla más alta, escalera mayor, simplemente. Será más peligroso el intento. Serán más los que mueran en el camino. Pero no dejarán de intentarlo.
Y es que, señor Trump, el ser humano está por encima de patrias, banderas y, sobre todo, de fronteras artificialmente creadas. Patrias, banderas y fronteras que se usan como excusa, como arma para desunir, para dividir, para separar a los hombres ricos de los hombres pobres. Porque, en el fondo, reconozcámoslo, esa es la patria de la que hablan Donald Trump y todos los que, como él, levantan muros: la patria del dinero. Al final, la frontera única, la más poderosa es la que separa, la que quiere separar, pobres y ricos, como si la pobreza fuera una enfermedad contagiosa y peligrosa.
Mientras haya pobres, mientras la gente necesite escapar y tenga adonde hacerlo, lo hará. El sueño americano, la América sobre la que escribió Kafka, la tierra de las oportunidades que sueñan todos los infelices, está del otro lado. Cómo renunciar a esa vida, a la VIDA. Imposible. Cueste lo que le cueste. Por alto que sea el muro, señor Trump.
Ni Donald Trump, ni nadie, puede detener la historia, la tendencia natural, lógica, comprensible del ser humano a escapar de donde malvive para buscar una vida digna. No se puede impedir.
Pero la pregunta es: ¿acaso es ese el mundo que queremos? ¿O queremos, por el contrario, un mundo en el que todos vivamos mejor, sin fronteras, donde no siga habiendo gente que se muera de hambre y gente que tire la comida que le sobra?. ¿No sería mejor un mundo sin gente que no vivirá lo suficiente como para gastar todo el dinero que ha acumulado en una carrera de avaricia sin fin, y gente que no tiene lo suficiente ni para vivir un día?
Hoy, con la noticia de la orden de la construcción del muro, sólo Donald Trump y los fabricantes de cemento pueden estar contentos. No los seres humanos. Nunca, jamás, los seres humanos.