Anciano mata a su mujer y se suicida después, ahorcándose. Ella, enferma de Alzheimer. Él, cuidador y desesperado. No es la primera vez que leemos una noticia así. Refleja muy gráficamente la realidad del Alzheimer. Igual que en el resto de las demencias, como en todas las enfermedades mentales, en el Alzheimer son las familias las principales sufridoras de la enfermedad. El cuidado recae a cargo de la familia en esta enfermedad progresiva, incurable. Una enfermedad que se prolonga durante años, décadas, con un enfermo cada vez en peor situación, cada vez más dependiente. Y a cargo de un familiar cada vez más cansado, cada día más sobrecargado.

En España, el Alzheimer afecta a más de un 1.250.000 personas y en un 96 por ciento de los casos, son las familias las que asumen el cuidado y los gastos que la enfermedad causa. Las secuelas para el familiar del agotamiento físico, psíquico y emocional de ser cuidadores a tiempo completo de enfermos sin cura y que están en una situación cada vez peor son claras. Un 75% de los familiares cuidadores sufre estrés y un 50%, acaba con depresión. Es el cansancio de vivir una vida reducida las 24 horas del día al papel del cuidador de alguien que se va alejando en vida, día a día, convirtiéndose en un extraño. Uno de cada 4 hogares españoles tiene un enfermo de Alzheimer en la familia: un enfermo al que dar de comer, vestir, medicar, pasear y atender día y noche.
El Alzheimer es una enfermedad que destruye no sólo al enfermo. Además, deja solo al familiar que lo cuida, casi siempre mujer, casi siempre ella sola en la tarea. La enfermedad mantiene con vida, una vida desprovista de sentido racional, durante 10 años, 15 quizá. 10 años o 15 que pueden ser un infierno para la familia, que sobrevive entre el recuerdo de quién fue su padre o su marido y lo que es hoy, convertido en apenas la cáscara sin contenido de un ser humano.

Porque quien atiende al enfermo de Alzheimer tiene junto a él a alguien que es la persona que quiso, pero, al mismo tiempo, no lo es. Porque te mira como si le resultases familiar, pero no te conoce, o te confunde, o sabe que te conoce, pero no está seguro de por qué o de qué. O que pregunta, extrañado, quién es ese hombre que la besa tanto, sin reconocer a su hijo. Una enfermedad en la que, al enfermo, se le borran años enteros de la mente. La abuela se convierte en madre y el padre, en hijo, en una mezcla confusa de parentescos, personas, tiempos y lugares.
El engranaje del cerebro falla. La cara, la expresión, de los enfermos de Alzheimer refleja una confusión, un vacío, casi constante. La confusión de no saber dónde están, quiénes les rodean y, lo peor, no saber quiénes son ellos mismos. Lo que recuerdan es lo lejano; lo inmediato lo olvidan. Se confunden tiempos y espacios.
A veces, en su incomprensión, se volverán agresivos. Todo se vuelve amenazador cuando no se comprende lo que nos rodea y ellos, ya no entienden casi nada. Hay en su gesto algo del sentimiento de ser ajenos a lo que hay a su alrededor, que les delata. Un ceño de extrañeza y una mirada perdida Dios sabe dónde. O estarán inquietos, incapaces de parar. Como si su energía se duplicara a medida que su razón merma.
Pero no sufren sólo ellos, que han perdido toda orientación. Alrededor, las familias que conviven con ellos, sufren. Se dicen a sí mismos que siempre hay alguien que está peor. Pobre consuelo. El enfermo es como un niño absorbente que requiere atención todo el tiempo. Un niño que en lugar de aprender, olvida y cada día olvida algo, nuevo o antiguo, da igual. Un niño cada vez más dependiente, en lugar de un niño que aprende a ser cada día más independiente.
Con todo, lo peor del Alzheimer es lo que tiene de condena. Porque no otra cosa puede ser una enfermedad de la que no se conoce cura y que sólo puede empeorar, hasta llegar al final fatal. Y ese padre o ese marido que al principio sólo tiene pequeños olvidos, acabará olvidando lo que ha dicho de un segundo al siguiente. Literalmente. Y será incapaz de mantener una conversación coherente. O de seguir el argumento de una película, por simple que sea.
El enfermo de Alzheimer olvidará los sabores, los colores, las palabras. Lo olvidará todo. Pero seguirá teniendo sentimientos. Y es que el cerebro, en su penúltima broma fatal, lo último que pierde es la memoria afectiva. Intuitivamente ellos sabrán quién les quiere y quién no y se agarrarán a ese amor, a la persona que les da ese amor, a ese cariño que se convierte en la única forma posible de terapia, como a un clavo ardiendo, como si fuera la salvación. Quizá porque sienten que cuando ya nada puede curarles, sólo el amor puede salvarles.