ALCOHOLISMO, LA ENFERMEDAD INCONFESABLE


«Me llamo x y soy alcohólico». El primer paso hacia la curación que dan en Alcohólicos Anónimos es reconocer que se tiene un problema con el alcohol, reconocer la enfermedad. Porque se trata, quizá, de la única enfermedad que cuesta asumir. Y es que el alcoholismo es esa enfermedad que se vive de forma oculta, secreta.  No se habla de ella y se vuelve, así, inconfesable. Nadie dice «mi marido es alcohólico» con la naturalidad con que contaría que es diabético, por poner un simple ejemplo. La enfermedad más vergonzosa se oculta entre eufemismos. Decimos, como máximo, «Bebe mucho» o «Bebe demasiado». Nunca hablamos de dependencia del alcohol o de adicción al alcohol. Que ser alcohólico se vive como algo que estigmatiza lo demuestra que no se le cuenta ni al médico a la hora de hacerte un historial clínico. Es una enfermedad que avergüenza, porque late debajo la creencia, no muy escondida y albergada por casi todos, de que es un vicio, una enfermedad que uno mismo se ha buscado, en todo caso.  Les llamamos borrachos y no podemos evitar que se nos escape un nada ligero desprecio.

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Dicen que hay 3 millones de alcohólicos en España. Cómo saberlo. Imposible. Las estadísticas se hacen, siempre, sobre quienes buscan ayuda. Pero los alcohólicos no siempre lo hacen. De hecho, 9 de cada 10 no sigue ningún tratamiento. O no se consideran enfermos, o viven su enfermedad como una simple afición, no como una adicción. Así que los alcohólicos son, muchas veces, anónimos.

¿Son 300.000 o 3 millones, los alcohólicos en España?. Así de oscilantes son las cifras que se manejan.  Aunque no hay datos ciertos sobre el número de alcohólicos y hacer cálculos es poco menos que imposible, lo que sí se sabe es que cada año 20.000 españoles mueren por enfermedades provocadas directamente por el alcoholismo.

¿Dónde está el punto, la frontera entre el que bebe mucho y el alcohólico?. No es en la cantidad, sino en la dependencia. Es el necesitar beber a diario, la imposibilidad de dejarlo,  lo que le convierte a uno en alcohólico. Es, en suma, la vida

Y si la vida del alcohólico gira alrededor del alcohol, la de su familia lo hace en torno a su adicción. Ellos viven tras la bruma que proporciona el alcohol mientras, alrededor, los problemas se acumulan. Para ellos, la vida es más fácil, menos dura, después de unas copas. Los problemas parecer diluirse con el alcohol. Hay quien bebe para solucionar algunos de sus problemas y, por el camino,  encuentra otros nuevos y peores. Olvida sus obligaciones familiares y laborales. Miente. No disfruta de la bebida, simplemente la necesita. No puede vivir sin el alcohol. Come y cena en vaso. A veces hasta desayuna en vaso. La vida alrededor de un alcohólico no es, precisamente, fácil. Le escrutas a la vuelta del trabajo, de la calle, buscando pistas de si, ese día, ha bebido o no. Las relaciones de pareja se complican. Se vuelven inexistentes, caóticas, llenas de discusiones.

El alcohol es la primera causa de enfermedad y muerte en los países de renta media y baja, seguido del tabaco. Se calcula que el alcoholismo reduce en un 8% los años potenciales de vida. Están médicamente demostrados los daños que provoca en el cerebro. Dicen los médicos que el alcoholismo impide que se formen neuronas, destruye las conexiones neuronales y hace que determinadas zonas cerebrales en formación nunca se desarrollen. En suma, destroza el cerebro; sobre todo los jóvenes, aún por formar.  Neuronas que se destruyen sin remedio. Al mismo ritmo que las relaciones familiares. Porque el alcohol daña el cerebro. Y la vida familiar y el trabajo.

En España no te escondes para beber, pero sí se esconde el hecho de ser alcohólico. Alcohólicos, casi siempre anónimos. Se confiesa una diabetes o los problemas con el colesterol o la tensión, pero no el alcoholismo. Se vive con vergüenza. Se siente como una enfermedad de la que se es, de alguna forma, culpable.En este país, tocamos a un bar por cada 175 habitantes. Y dejar de beber allí donde todo se celebra bebiendo y el alcohol está por todas partes no es fácil. Si no bebes, no encajas, eres raro. Un médico vasco propuso, en su momento, cerrar los bares como método para acabar con el alcoholismo. Este talibán anti alcohol de los años 80 olvidaba, quizá, que hay países sin bares donde sigue habiendo alcohólicos o mujeres alcohólicas que beben en casa. Y que, en Estados Unidos, con la ley seca aumentó el consumo de alcohol ( quizá por el hechizo de lo prohibido) y con la destilación ilegal, además, se creó un problema de salud pública. Por no hablar del contrabando, del mercado negro y del aumento de las mafias. Conviene recordarlo a quienes creen que cerrar bares por decreto es algo así como un «muerto el perro, se acabó la rabia«.

Enfermedad o adicción, el caso es que el hecho de ser alcohólico no se menciona cuando a alguien le preguntan sus  dolencias. El alcoholismo es la enfermedad más difícil de confesar. Y la única que requiere de voluntad para curarse. Igual que cualquier adicción. La adicción más aceptada socialmente requiere de voluntad para su curación. Sin voluntad, no hay curación posible, por mucha pastilla para que tu cuerpo rechace el alcohol que tomes. Si, hay pastillas para aborrecer la bebida. Y existen terapias. Y grupos de ayuda. Pero no hay nada si no existe la voluntad, el deseo de alejarse del alcohol.

Y alejarse para siempre, además. Porque un alcohólico nunca deja de serlo. Como mucho, pasa a ser ex-alcohólico. Pero no puede convertirse en un bebedor social. Es incapaz de beber moderadamente porque ha perdido la libertad de no beber. Los pacientes de Alcohólicos Anónimos cuentan por días los que llevan sin beber. Y es que la batalla contra el alcohol se libra día tras día.

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