Mi abuela, vaya eso por delante, era una mujer muy superficial. A mí, con 16 años, eso me parecía el mayor pecado del mundo. Con todo el hambre que hay en el mundo, con toda la injusticia por combatir y ahí estaba ella, preocupada de su tinte de pelo, sus arrugas y comprando ropa y bolsos como si no hubiera un mañana.
Como era tan superficial, yo pensaba que era inmensamente feliz. No sé de dónde saqué la idea de que se necesitaba ser superficial para ser Feliz, pero estaba convencida de que era así. Naturalmente alguien como yo, intensa y profunda hasta la náusea, consecuentemente sólo podía ser infeliz.
Por eso me extrañó tanto saber que un día mi abuela había pensado en el suicidio. Pensar en eso volvía su figura luminosa y feliz en alguien con algún claroscuro, por pequeño y breve que fuera. Sucedió que mi urbanita abuela, un día, decidió que la felicidad estaba en apartarse del mundo. Suele suceder eso a quienes se cansan del ajetreo y estrés de la ciudad, que realizan el campo como sólo los que no han vivido en él puede hacerlo. Y entonces se fue a una aldea gallega. Y parece que la experiencia fue lo suficientemente deprimente como para desear volver a Madrid como alma que lleva el diablo.
La aldea gallega con su oscuro y amenazador cielo era todo lo contrario de su Madrid, con sus cielos altos y su sol perpetuo y contundente, que caía a plomo, Nada que ver con el tímido sol gallego, que asomaba a ratos y no se atrevía a calentar.
Ahí fue donde mi abuela pensó en el suicidio. Por suerte, aunque superficial, no era tonta y encontró una solución menos definitiva : volver a Madrid. Alejarse de aquellas nubes que se metían en su alma y la oscurecían. De ese frío húmedo que calaba los huesos. De esa Galicia que le recordó el puro infierno, tan negra y oscura era.