Lo importante es saber lo que es importante.


Nada más acabar de sonar las campanadas, con las uvas casi sin digerir, mi ojo izquierdo quiso recordarme que existía y que seguía siendo el dueño absoluto de mi vida. De pronto, mi visión se cubrió de arañas negras. Poco después, mi vista se nubló y apenas veía más que moscas negras en un enorme enjambre sobre un fondo de nieve gris y sucia. Bonita forma de empezar el 2019, me dije.

En toda mi vida jamás me he acostado pronto el día de Nochevieja. Este año, a la 1, estaba en la cama. Como deseo de Año Nuevo, pedí despertarme bien. Sobre todo porque encontrar un médico el 1 de enero me parecía imposible.

Mi deseo no se cumplió. Amaneci con la visión del ojo izquierdo totalmente borrosa y enmarañada. Y me dirigí al único hospital de Asisa con urgencias oftalmológicas ese primer día del año.

En la sala de espera, me di cuenta de que había más gente que empezaba el año con mala pata. La sala de espera no estaba vacía precisamente. Mujeres, hombres, parejas, bebés , niños y ancianos. Había de todo.

Seguro que hace una horas estábamos la mayoría brindando, felices o intentando estarlo a toda costa como lo estamos en estas fechas navideñas casi todos. Obligarse a ser feliz acabará siendo una causa más de infelicidad, tiempo al tiempo. Y encima, llenos de falsos buenos deseos que nos duran como máximo hasta el día 6.

En aquella sala de espera, todos serios y cariacontecidos, lejos de los confettis y las serpentinas, de los brindis y los buenos deseos, supe, con total certeza, por primera vez en mi vida, que no hay nada tan valioso como la salud. Por más que nos ríamos cada vez que hay un sorteo de lotería y no nos toca. Porque la tenemos, dejamos de valorarla. Asi de necios somos.

En aquella sala de espera, en todos los hospitales, en las camas de algunas casas con enfermos, en las residencias con ancianos olvidados o sólo recordados en estas fechas, en las calles donde habita la gente que no tiene casa, en las estaciones de trenes y en los cajeros donde duermen los sintecho,a todos esos sitios, a toda esa gente, no le llega la Navidad. Pocas cosas son realmente necesarias en la vida. Un techo para cobijarse, alguien que nos quiera y a quien querer, y buena salud. Todo lo demás son añadidos. Y sí, lo importante es darse cuenta de lo que importa de verdad.
Ojalá no necesitéis estar en la sala de espera de un hospital un 1 de enero para daros cuenta.

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