Amancio Ortega, sí; Amancio Ortega, no.


Amancio Ortega ha donado 320 millones de euros a la sanidad pública. En realidad, fue en marzo de 2017 cuando ese dinero llegó a distintas administraciones públicas para adquirir equipos de última tecnología para el diagnóstico y tratamiento del cáncer. Sin embargo, justo en plenas elecciones, la polémica sobre estas ayudas a la Sanidad pública ha llenado de artículos de opinión y reportajes los medios de comunicación y las redes sociales. Casi todos a favor, todo hay que decirlo. De hecho, en España, últimamente, opinar de forma diferente se está convirtiendo en un deporte de alto riesgo. Por desgracia, empieza a reinar el pensamiento único. Y ese sí que es peligroso.

Antes de empezar, voy a dejar varios puntos claros. Punto número 1: a todos nos gusta el dinero; sobre todo, porque el dinero es imprescindible en este mundo nuestro. Punto número 2:  las donaciones son siempre bienvenidas. Punto número 3: a todos nos asusta o nos preocupa el cáncer. Dichas estas 3 perogrulladas en las que creo que todos estaremos de acuerdo, en las donaciones de Amancio Ortega, como en casi todo en la vida, nos guste o no, hay matices. Muchos y ricos matices.

Las asociaciones en defensa de la Sanidad pública han criticado las donaciones de Amancio Ortega. Por qué. Porque dicen que el principal problema de la sanidad pública no es la ausencia de equipamiento de alta tecnología, sino los recortes en personal. Sin personal, los equipos existentes se infrautilizan y acaban por no servir de nada. Dicen estas asociaciones  que

«El sistema sanitario solo es responsable en un 11% de la calidad de nuestra salud. El resto depende de la biología humana, el ambiente o el estilo de vida, la alimentación, la vivienda, el trabajo, las ayudas sociales, etc. Todos esas condiciones están cada vez más deterioradas con las políticas de recortes y con la creciente desigualdad producida por las políticas neoliberales. 

Y , ahí, Amancio Ortega tiene su parte de responsabilidad. Ahí van algunos datos sobre Amancio Ortega que, quizá, conviene recordar:

  • Amancio Ortega emplea a 80.000 personas en la India. Cobran entre 20 y 66 euros al mes. Trabajan 12 horas diarias. Y lo hacen en condiciones inhumanas.
  • En una fábrica de Bangla-Desh que fabricaba ropa para Inditex, hubo un incendio. En él murieron miles de trabajadores y resultaron heridos otros miles más. Las condiciones de trabajo allí eran infrahumanas.
  • Amancio Ortega ha sido condenado en Latinoamérica por tener trabajadores en condiciones de esclavitud. Esclavitud en pleno siglo XXI.
  • Amancio Ortega contrata menores. Niños que trabajan 12 horas diarias por sueldos  de miseria.
  • Las costureras marroquís de Tánger que trabajan para Amancio Ortega cobran 175 euros al mes por jornadas semanales de 65 horas.

Nadie puede negar que el hombre que es el dueño del imperio Inditex  podría emplear parte de su dinero en mejorar las condiciones de trabajo de sus empleados.  Pero también puede que parte de su fortuna se deba a malpagar a sus trabajadores o, directamente, a explotarlos. Amancio Ortega, en suma, aprovecha la miseria ajena para engordar su riqueza. No por casualidad, es hoy uno de los hombres más ricos del mundo. Quizá, sólo quizá, lo sería un poco menos si sus trabajadores vivieran un poquito, sólo un poquito, mejor.

¿Vale nuestra occidental vida más que la de un bengalí o que la de un indio? Yo no creo que mi vida, por haber nacido en el primer mundo, valga más que la de aquellos que han tenido la mala fortuna de nacer en el tercero. Más que nada, porque no quiero creer que haya vidas de primera y segunda clase.

Pero, está bien: Marruecos nos pilla algo lejos. Latinoamérica, mucho más. Y no digamos Bangla-Desh y La India. Quedémonos más cerca, entonces. Digamos, en Galicia. Las trabajadoras de Inditex lo han expresado en una frase: «Nuestra miseria es su fortuna«, repiten. Cuando se atreven a dar la cara.

Recordar todo esto estos días se ha convertido poco menos que en pecado. En un delito de lesa majestad, tal es el reinado indiscutible del señor Amancio Ortega, en estos momentos. Las redes se han llenado de agradecimientos sin medida a Amancio Ortega. Y los que osamos matizar o ponemos algún pero a las donaciones nos hemos convertido en  los «malos» de la historia. Gente insensible, gente egoísta, gente sana. Peor aún: comunistas o podemitas. Eso, cuando no se nos convierte en receptores de bonitos deseos por parte de algunos de estos seres buenos partidarios de las donaciones, del tipo de «ojalá seas tú quien tenga cáncer«. Preciosa maldición gitana donde las haya.

Tampoco es esta una guerra entre sanos y enfermos. La salud y la enfermedad cambian de barrio muy a menudo y nadie estamos libres de estar enfermos algún día. Hoy se cumplen 3 años de la muerte de mi padre. Murió de cáncer de esófago. Mi madre tuvo cáncer de garganta con sólo 29 años. Y dos de mis abuelos han muerto de cáncer, también. Estos hechos no convierten mis opiniones en más valiosas que las de alguien cuya familia no haya tenido que cruzarse con esta enfermedad jamás. Sufrir cáncer no convierte mi voz-ni la de nadie- en la única voz autorizada para opinar sobre las donaciones de Amancio Ortega. Ni la opinión de quien ha sufrido la enfermedad es experta, por definición. Y, por otra parte, permítanme dudar de que todos los enfermos de cáncer estén de acuerdo en todo. Después de todo, un enfermo de cáncer puede ser de derechas o de izquierdas, católico o ateo, feminista o machista, y así hasta el infinito.

Todos tenemos derecho a opinar. Como bien dice Clint Eastwood , «las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene el suyo». Si no, seremos como los tertulianos de la televisión, expertos en todo pero que a menudo hablan sin ningún conocimiento o, simplemente, de forma sectaria o visceral. Y, sobre todo, podemos opinar esperando no recibir insultos por pensar de forma distinta a la mayoría. En eso consiste, en parte, la democracia. Conviene, quizá, recordarlo. ¿O sólo vamos a ser demócratas con los que piensan igual que nosotros? Demasiado fácil.

¿Está bien que Amancio Ortega haya donado 320 millones de euros para esos equipos de última generación para diagnosticar y tratar el cáncer, a los que ya hay quien llama «los amancios«? Sí.

¿Está bien el dinero, venga de donde venga? ¿Todo vale por dinero?No. Más de uno de nosotros se llevaría las manos a la cabeza si el donante fuera un violador o un asesino.  El Padrino no era buena gente porque quisiera a su familia o acariciara a su gato con ternura. Amo a mi familia y me gustan los gatos, por si alguien lo duda. Pero eso no se hace olvidarme que El Padrino era un mafioso y un asesino. Amancio Ortega no es un ciudadano ejemplar. Mucho menos, un santo. No lo elevemos  a los altares. Todavía no, al menos.

Vivimos tiempos en que necesitamos héroes, quizá. Por eso, nos gusta quedarnos en la superficie de las cosas, no ahondar demasiado. Leemos mucho, pero nos quedamos en los titulares, en la letra gorda. No profundizamos. Nos nos interesa ir más allá.

Los millones donados por Amancio Ortega se han convertido en el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura y, sobre todo, que todo lo tapa. Amancio Ortega y sus empresas no necesitan publicidad directa. Donar dinero para contribuir a la cura del cáncer le sirve, sin duda, para lavar su imagen y ser calificado de filántropo. Pero su bondad conoce límites, qué duda cabe.

Tengo un compañero que se llama Javier. Cada vez que pasa delante de alguien que pide limosna, se la da. A menudo, veo con asombro que otros colegas de trabajo le critican por hacerlo. Algunos de ellos son los mismos que, hoy, alaban a Amancio Ortega por sus donaciones. Javier da limosna por pura bondad. Otros nos apuntamos a ONGs o ayudamos a nuestros semejantes siempre que podemos, ganándonos el mote un tanto irónico de «ongs ambulantes».  Tranquilizamos nuestras conciencias, conscientes de que el mundo nos trata mejor a unos que a otros. Y de que eso no es justoSólo aspiramos a que el mundo sea mejor. Y lo hacemos a nuestra manera. Sin condiciones. Sin publicidad. Sin esperar nada a cambio. Y, sobre todo, procurando causar el menor daño posible a nuestros semejantes. Y todos lo son. Sean de donde sean. Vengan de donde vengan.

No aspiro  a convencer a nadie. Tampoco quiero que nadie me convenza. Esto es sólo mi opinión, una más de tantas. No es la verdad. ¿La verdad? Cada uno tiene la suya.

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Imagen de una tienda Zara. Fuente: El mundo

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