LENGUAJE INCLUSIVO: ¿NECESIDAD O NECEDAD? DE CÓMO EL LENGUAJE INCLUSIVO SE ESTÁ ABRIENDO CAMINO


En el mes de octubre de 2020, la Real Academia Española creó un Observatorio de palabras. En él, pretendía recoger los términos novedosos que se escuchan en la calle con el fin de estudiar si incluirlos o no como nuevas palabras aceptadas en la siguiente edición de su diccionario. Para estrenar el Observatorio, la RAE decidió someter a su escrutinio algunas palabras como “brillibrilli“, “porfa” o”veroño“. Pero la palabra más polémica que la Academia examinó antes de darle su bendición para incluirla en el diccionario, resultó ser el término “elle“. Y decía “el pronombre ‘elle’ es un recurso creado y promovido en determinados ámbitos para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno los dos géneros tradicionalmente existentes. Su uso no está generalizado ni asentado”. Apenas 4 días después de incluir la palabra en su Observatorio, la RAE la eliminó. Para evitar confusiones, dijo.  Si la noticia de la posible entrada de “elle” en el diccionario había despertado el alborozo de los partidarios del lenguaje inclusivo, su expulsión del paraíso de lo correcto y aceptado en tan poco tiempo fue un jarro de agua fría y la confirmación, una vez más, de que la RAE no está por la labor del lenguaje inclusivo.

Días atrás, saltó a la prensa una noticia sorprendente. 3 empleadas de una fábrica de aceite de Lucena (Córdoba) no cobraron los atrasos que la empresa les debía porque, según el empresario, el convenio colectivo sólo habla de “trabajadores” y no de “trabajadoras”.  La respuesta de la RAE no se hizo esperar. La culpa no era del empresario, sino del lenguaje inclusivo. Le faltó, solamente, decir que las responsables de no cobrar eran las propias mujeres.

la fábrica

 

Son algunos ejemplos de la guerra que se libra, desde hace varios años, entre 2 contendientes. Por un lado, quienes afirman que el masculino genérico no  incluye  a las mujeres y piden que nuestro idioma sea más inclusivo. Dicen que “el Diccionario de la Real Academia nos trata como ciudadanas de segunda”.  Del otro lado de la trinchera, está la RAE que cree que “tenemos una lengua hermosa y precisa. ¿Por qué estropearla con el lenguaje inclusivo?”. Por ahora, la guerra la va ganado la Academia pero lo cierto es que el lenguaje inclusivo es cada vez más frecuente en todos los ámbitos. Aún no sabemos si acabará por implantarse del todo o no. Es cuestión de tiempo averiguarlo. 

Confieso que la primera vez que oí que a alguien decir “ciudadanos y ciudadanas”, en lugar de ciudadanos a secas, pensé que eran ocurrencias de políticos en campaña electoral.  ¿Nos hemos vuelto locos o qué?, casi grité, poseída del espíritu del castellano correcto, como si fuera yo un académico más. En la siguiente ocasión que  escuché una expresión similar, pensé que algunas feministas habían perdido el norte y que no decían más que tonterías. Entonces,  me pregunté: “¿pero qué invento es éste?” y la María Moliner frustrada que llevo dentro de mí estuvo a punto de estallar, harta de tanta sandez.  En resumen, que lo viví casi como una agresión personal a mis oídos, a mi lengua e incluso al sentido común. A ver, razoné, qué tendrá que ver que se hable usando el masculino genérico para hombres y mujeres, con que la mujer conquiste un mejor lugar en el mundo real.  En todo caso, me dije, esto era sólo una moda que no tardaría en desaparecer.

El masculino genérico siempre ha existido y eso no tiene nada que ver con el machismo. Para mí, eso estaba claro. Era cuestión de que los demás aceptaran lo que a mí me parecía tan sencillo y olvidaran este empecinamiento en pervertir nuestro querido idioma castellano.  Eso sí, una vocecita dentro de mí se preguntaba, a ratos; ¿por qué lo hacen? ¿Era una batalla más de la interminable corrección política? Si era eso, sólo podía significar que, al final, hablar iba a ser cada vez más complicado y que el lenguaje, inevitablemente, iba  a ser menos natural.

La verdad es que yo no sabía qué estaba pasando. El lenguaje se movía. A algunos, como a mí, nos parecía que todo había ocurrido de pronto. Aunque quizá no era así. Pronto descubrí que a aquella nueva forma de usar el castellano lo llamaban lenguaje inclusivo. Yo no me sentía incluida. Mejor dicho, no me sentía excluida por el masculino genérico. Pero ¿y el resto de las mujeres? ¿Y los hombres?

Me parecía que alguien había creado de la nada, y por simple capricho, un lenguaje artificial, casi de laboratorio. Un lenguaje para no ofender a las mujeres, a algunas mujeres, que creían que los diccionarios o la Real Academia, las estaban ninguneando. O, como dicen algunas, las volvía “invisibles” a fuerza de usar el masculino genérico. Así descubrí que el lenguaje inclusivo pretende que las mujeres seamos más visibles. ¿Cuál es su caballo de batalla primordial? El uso del masculino genérico. Para muchas de nosotras, es sólo una fórmula, algo que no tiene mayor trascendencia. Simplemente, siempre ha sido así. El argumento es pobre, lo reconozco, pero yo nunca me he sentido ignorada cuando un profesor decía “chicos” incluyéndonos en el mismo saco a hombres y mujeres. Y me consta que no soy la única mujer que siente lo mismo. Pero, de un tiempo a esta parte, hay mujeres que sienten que nuestro castellano, al no nombrarlas siempre y en todo lugar, las está ninguneando.

Para luchar contra esta tendencia del castellano, algunas mujeres y hombres empezaron a duplicar los géneros de las frases para nombrar a los 2 sexos.  Así que todos, desde hace ya algún tiempo, recibimos correos electrónicos, cartas e invitaciones a cualquier evento o convocatoria encabezados con un “queridos y queridas”. Vale, cuestión de acostumbrarse. Ya se les pasará, me dije.

Cuando por fin habíamos aceptado que estos desdoblamientos se habían generalizado ya en el castellano, la gente nos empezó a llamar “querid@s  o Querid@s compañer@s”. Así fue cómo la arroba se convirtió, por arte de magia y de la noche a la mañana, en una letra. Impronunciable, eso sí, pero una letra. A ver, chicos, escuchad, que dice la RAE que la arroba no es una letra. Ya, ya, lo sabemos. Pero, entre paréntesis, tampoco lo son los emoticonos y eso no le ha impedido escribir una guía para seguir las normas de la ortografía cuando se usan.

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The Queer Community LGBTQ vector illustration

Poco después, algunos decidieron que la equis era una letra útil para el lenguaje inclusivo. Esa equis, tan poco utilizada en castellano y que se destapó como la consonante de todxs. Y en ese punto me tenéis, “queridxs”, usando una letra que suena extranjera pero a la que abrazamos, dando la bienvenida al nuevo castellano inclusivo. Tampoco sé cómo leerla, pero, de momento, con saber escribirla, ya me vale.

Nos estamos actualizando continuamente me dije. Pero esto no puede seguir dando vueltas. ¿O sí? Pues sí. Sí, “querides amigues”, aquí tenemos a la letra “e”, hasta ahora reservada al bable, abriéndose paso en este nuevo universo inclusivo. Una ventaja tiene respecto a la equis y a la arroba: ésta sabemos leerla todos. La RAE dice que usarla es innecesario y nos repite, por si lo habíamos olvidado, que para eso tenemos el masculino genérico.. Innecesaria, puede que sea, pero ¿vamos a tener que recordarle a la Academia las palabras de otros idiomas que ha metido en el diccionario con calzador y sin necesidad? Algunas, castellanizados a duras penas, como táper o espónsor; otras, ni eso, como fair play, máster, airbag….

Pronto percibí que a casi todos nos cuesta ya decir sólo “compañeros” sin , al ratito, añadir, como en un olvido involuntario, que empieza a ser imperdonable, …”y compañeras”. Lo queramos o no, nos guste más o menos, esto empieza a ser lo habitual. Quizá porque luchar contra lo que se va imponiendo por sí solo, contra lo que se generaliza rápidamente, es como poner puertas al campo.

Acepté, pues, que este extraño lenguaje se estaba abriendo paso. Sólo tienes que abrir los ojos y las orejas y darte cuenta de que este idioma nuevo está, ya, por todas partes. El cambio existe y un nuevo modo de expresarse se ha abierto camino. Independientemente de que a algunos les guste más y a otros, menos.  Los intentos de crear un nuevo castellano más feminista chocan con memes burlones y académicos reticentes. Pero el lenguaje inclusivo sigue abriéndose paso. En el discurso político y en el lenguaje administrativo. En la prensa, las redes sociales y, sobre todo, en la calle. Por todas partes, sin casi darnos cuenta, el lenguaje inclusivo se ha colado. (Y cuando no se cuela el lenguaje inclusivo, lo hacen las discusiones sobre él)

En esta revolución inusitada en nuestro idioma que se ha ido abriendo paso, feministas y académicos están en distintos lados de la trinchera. Y el asunto empeoró en septiembre de 2018. Entonces, el Gobierno, de la mano de la socialista Carmen Calvo, solicitó a la Real Academia la elaboración de un informe sobre el buen uso del lenguaje inclusivo en la Constitución española. Decía Carmen Calvo que la Constitución está escrita “en masculino”. Y pedía a los académicos que el texto se reescribiera teniendo en cuenta el lenguaje inclusivo.  La RAE preparó el informe. Entre amenazas de algún académico, como Arturo Pérez Reverte de dejar la Academia si se revisaba la Constitución para adecuarla al lenguaje inclusivo. Al final, la Academia declaró que la Constitución estaba bien como estaba, que usaba un castellano correcto, y ahí acabó la cosa.

Qué dice la RAE sobre el masculino genérico

Además, la RAE alegó que ese era un debate político que no les correspondía los académicos. Pero, primero, leamos qué dice su Libro de Estilo sobre el masculino genérico:

“Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas.

El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino.  Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones.”

Lo que los académicos piensan lo sabemos todos. Es lo que nos enseñaron en el colegio a muchos.

Pero el mundo cambia continuamente y el lenguaje no es ajeno a los cambios. Y, en el caso del género, lo que a algunos nos parecía claro, sencillo e incuestionable ha empezado a complicarse.  Así que lo que habíamos aprendido, quizá, ya no nos sirve. De hecho, en algunos colegios, dicen que empieza a ser un problema decidir cómo se habla a los niños. mejor dicho, a los niños y las niñas. Porque algunas niñas empiezan a no darse por aludidas cuando la profesora dice “niños” solamente.

Es verdad que, en el caso del lenguaje inclusivo, los académicos se revuelven con brío, como si les arrancaran la Tierra bajo los pies.  Arturo Pérez Reverte, por ejemplo, dice que” El mundo ha cambiado, la mujer tiene roles que antes no desempeñaba, y es evidente que la lengua debe adaptarse a ello, lo que pasa es que hay límites y el límite es la estupidez“, Vargas Llosa va más allá y califica el lenguaje inclusivo de aberración.  Otros, más prudentes, como Pedro Álvarez de Miranda, lo llaman lenguaje duplicativo.

Hablemos de las guías de lenguaje inclusivo

Sea o no una moda, de la mano del lenguaje inclusivo parece haber aflorado un nuevo género literario: las guías para usarlo. Hoy, cualquier organismo que se precie tiene su Guía de lenguaje inclusivo. Las hay  de todo tipo, con propuestas que van de proponer la eliminación total del género masculino en el lenguaje a las que apuestan por el uso de palabras que eviten usar el género para sortear el habitual masculino genérico, convertido en el enemigo máximo del lenguaje inclusivo.

Pero que ni las propias guías se pongan de acuerdo en qué es lo que hay que cambiar y, sobre todo, en cómo hacerlo, también significa algo: que, antes de cambiar, hay que decidir qué es lo que se cambiará y qué se pondrá en su lugar. Criticar la lengua, incluso destruirla, es fácil. Construir algo aceptable, en su lugar, de momento, no lo es tanto.

Así que ¿qué vamos a hacer con el castellano, que es la lengua nativa de 489 millones de hablantes? La segunda más hablada en esta modalidad después del chino mandarín, según datos del Instituto Cervantes. A algo tendremos que atenernos ese 6,3% de la población mundial que hablamos español.

  • ¿Usaremos el femenino como genérico? Vendría a ser como desnudar a un santo para vestir a otro. Si algunas mujeres no se sienten incluidas en el masculino genérico, el mismo derecho tendrían algunos hombres de no sentirse incluidos en el femenino genérico. Unidas Podemos suena, por ahora, como si se refiriera sólo a las mujeres, excluyendo a los hombres.
  • ¿Duplicaremos y seguiremos diciendo los hombres y las y mujereslos jueces y las juezas. y así hasta el infinito? Complicado, farragoso y, sobre todo, poco práctico. En el lenguaje escrito, a lo mejor podría hacerse; hablando, sería complicadísimo. Eso sí, las conversaciones se alargarían por fuerza.
  • ¿Sustituiremos las palabras con género por términos que incluyan a todos? Es decir, empezaremos a decir “el alumnado, la ciudadanía”…Posible, en el lenguaje escrito, con la inigualable ayuda del diccionario de sinónimos. Pero ¿en el oral?  Reconozcamos que tener que pensar qué decimos y qué no complicaría un poco  la comunicación.
  • ¿Usaremos la arroba o la equis para sustituir la temible y odiada “o” masculina? Para el lenguaje escrito, sirve. Pero ¿ y cómo se leen las palabras en voz alta? Si elegimos esa opción, habría que ponerse de acuerdo, al menos, en eso.
  • ¿Usaremos la “e” cuando queramos incluir a hombres y mujeres? En Argentina, hay ya quien lo está haciendo desde hace unos años. No todes, pero sí algunes.  Será, casi, como aprender un nuevo idioma. En todo caso, habría que ponernos de acuerdo si con la “e” nos referimos a mujeres y hombres juntos o a un posible tercer sexo, como hacía la RAE con el caso de “elle” que os conté al principio.

La batalla entre feministas, gobernantes y académicos va más allá de una pelea por una letra más o menos. Detrás de ella, late el deseo de las mujeres de reivindicar su sitio en el mundo. Pero empezar por el lenguaje quizá sea como comenzar la casa por el tejado o, como dice Reverte, “cambiar las desinencias antes que los derechos”. A lo mejor es sólo cuestión de tiempo y, cuando la realidad cambie, lo hará el lenguaje detrás.

El lenguaje evoluciona por el uso.  No lo marcan los diccionarios de la RAE. Preguntar a la RAE por la conveniencia del lenguaje inclusivo es como preguntar a tu madre, siendo adolescente, si te deja que te tatúes: el “no” lo tienes prácticamente asegurado.

Pero nuestro idioma tampoco lo van a cambiar las guías de lenguaje inclusivo. Serán el tiempo y el uso, los que digan que quedará del lenguaje inclusivo y qué se dejará de lado. Dejemos, pues, que el tiempo, ponga cada cosa en su lugar. Porque el idioma es de todos. Y de todas.

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