Hoy es 19 de marzo, el Día del Padre. Otro Día del Padre sin ti, papá. Es normal que me acuerde más de ti hoy que en otras épocas del año. Quizá porque, en nuestra casa, eran muy pocas las fechas del año en que tú eras el protagonista. En realidad, sólo eran 2: el 19 de marzo y el día de tu cumpleaños, el 15 de mayo. Los demás días seguías estando allí, pero siempre como personaje secundario. En realidad, en casa, todo giraba alrededor de mamá, así que todos nosotros éramos, de una forma u otra, satélites que girábamos en torno al Planeta rey, que era ella.
Pero esos días, por fin, eras el protagonista. Entonces, me gustaba ver tu cara al recibir nuestros regalos. Eras poco expresivo en aquellas ocasiones, como si te diera vergüenza ser tú el homenajeado. Yo solía regalarte ropa: camisas, cazadoras y, sobre todo, zapatos. No sabía por qué te gustaban tanto los zapatos. Me daba por pensar que quizá no hubieras tenido demasiados de niño. Pero no lo sabía. Sí sabía que los cuidabas mucho, todos esos pares que limpiabas y dejabas relucientes, siempre como nuevos. Y, por eso, cuando veo zapatos de hombre, siempre, siempre, me acuerdo de ti. Y, todavía hoy, casi 5 años después de tu muerte, sigo parándome en los escaparates de los estancos, pensando en qué mechero te gustaría, por ejemplo. Acto seguido, me entristezco al darme cuenta de que ya no tiene sentido que los mire, recordando, otra vez, que ya no estás.
Hoy, te recuerdo especialmente. Y recuerdo tu último Día del Padre. Ese que pasaste en el hospital, en Basurto. Llevabas ingresado desde enero y, aunque entonces aún no lo sabíamos, también pasarías en Basurto el día de tu cumpleaños, el que sería tu último cumpleaños. Los dos días los viviste ( si a eso se le puede llamar vida) sin enterarte, sin saber la fecha que era, sin poder abrir unos regalos que se quedaron, envueltos y guardados para siempre, en casa de mamá.
Mi hermano Luis me mandó un wasap. Fue así cómo me enteré de que mi padre estaba enfermo. Me lo dijo como de pasada, con un «¿sabes que papá está enfermo, ¿no?» No sabía nada. Llevaba 4 años sin tener ninguna relación con mi familia. Por aquel entonces, lo poco que sabía de ellos, lo conocía por él, por mi hermano. Entonces, lo único que pensé es que quería ver a mi padre, que necesitaba volver a verle. Pero no quería volver a casa. No podía volver a casa. Creeréis, quizá, que no ir a casa de la familia fue por orgullo. No. Sabía que no sería bien recibida en casa, la casa de mi madre. Porque aquella era, por encima de todo, la casa de mi madre. Sabía que mi madre y mis hermanas vivirían el hecho de que yo fuera por allí como si les impusiera mi presencia. La frase se la debo a mi madre, que me la escribió en una preciosa y entrañable carta, escrita a medias con una de mis hermanas. Esa carta la conservo. Si no fuera así, seguiría pensando, incrédula, que es imposible haber recibido tales palabras de mi madre. Porque yo también era de esas personas que pensaba que esas cosas no las dice una madre.
Sabía que, si volvía, todos pensarían que yo no era más que una extraña que, de pronto, se inmiscuía en los asuntos de la familia. Esa familia de la que, ya, no formaba parte. Porque no me querían en ella. De hecho, incluso recibí un wasap amenazándome con que «cobraría» si me acercaba por allí. Pero yo quería ver a mi padre. Y tenía derecho a ir. Sólo mi padre podía decir: «vete, no quiero verte«. Y, entonces, yo me hubiera ido. Pero no lo hizo.
En aquellos momentos, lo tuve claro. Ellas no eran las protagonistas, aquel no era su momento. Era mi padre y eso, ninguna palabra suya podía cambiarlo.
Mi padre estaba enfermo e iban a operarle. Tenía cáncer de esófago. Mi padre, que nunca había estado enfermo, que yo supiera o recordara, tenía cáncer. Necesitaba verle. Así que esperé a que le ingresaran para ir a visitarle. Sólo quería verle. En ningún momento pensé que fuera a morir. Tampoco quería tranquilizar mi conciencia. No tenía por qué hacerlo. Jamás hice daño a mi padre, así que no tenia nada que reprocharme. No le había visto durante 4 años, pero ese camino tiene 2 direcciones y ninguno de los 2 habíamos hecho nada para acercarnos al otro en todo ese tiempo, tan largo y perdido. Él estaba enfadado. Yo, dolida. Mientras tanto, 4 largos años habían pasado sin que ninguno de los 2 fuéramos capaces de dar un paso en dirección al otro.
Cuando mi padre enfermó, ya lo he dicho, llevábamos 4 años sin vernos. El último día que estuve de visita en casa tuve una discusión con mi madre. El motivo, aparentemente, fue una tontería. Pero a mí me sucedió como cuando has ido acumulando rencor, reproches y cansancio a lo largo de toda una vida. Simplemente, llega un día en que no puedes más. El vaso se desborda. Estaba cansada de ir de visita verano tras verano, Navidad tras Navidad y ser mal recibida. Cansada de las constantes críticas por lo bajo de mi madre. Críticas por lo que hacía y críticas por lo que no hacía. Harta de sus continuas pullas, a las que yo jamás osaba responder. Así que la discusión por una tontería se convirtió en la pelea definitiva. Ya entonces supe que nunca haría las paces con ella. No me compensaba: era demasiado el dolor y muy poca la alegría de esos días en común. No voy a decir que ese día dejé de querer a mi madre, porque no fue así. Ojalá se quisiera o se dejara de querer a las personas por un ejercicio de voluntad. Simplemente, elegí mi supervivencia como persona a la relación con ella.
Mi familia era como una secta. A lo mejor, a lo peor, todas las familias lo son un poco, pero en la mía, aquello estaba muy claro. En esa secta, mi madre era la líder, la que dictaba las normas, y mi padre, el seguidor más fiel. Los 5 hijos oscilábamos entre la obediencia ciega de mi hermana Susy; la complicidad interesada de Marta y la relativa independencia de Itziar, aparentemente libre pero que, por si acaso, nunca se aleja demasiado de los preceptos maternos. Mi hermano Luis no reniega de la fe, aunque, a veces, tenga relámpagos de rebeldía, dentro de un orden. Porque negar la verdad absoluta de madre, desobedecer, implica ser expulsado de la familia. Y es complicado aceptar ser dado de lado por toda tu familia, la verdad. Desde el día de la discusión, yo soy la oveja negra.
La discusión. Fue en mi primer día de mis vacaciones en Barakaldo. Iba todos los años: en verano, 15 días; en Navidades, en todas las fiestas, salvo Reyes. Para mí, era una forma de mantener el contacto, consciente siempre de un frágil equilibrio que podía romperse en cualquier momento. Aquel día, mi sobrino Sergio me pidió que le acompañara a su casa a ver a su madre, mi hermana Susy. Recuerdo sus palabras con toda precisión : «ven a mi casa, no la de la abuela«, dijo . Primero, dudé. Dudé porque mi madre soltó un contundente «no», que me dejó parada, clavada, en el sofá. Estaba tan acostumbrada a obedecerla, que actué como siempre, como si siguiera siendo una niña. Pero la segunda vez que el niño me lo pidió, simplemente me levanté y me fui con él. Sabía que eso enfadaría a mi madre. Porque sabía que todo lo que no fuera seguir sus órdenes sin más la enfadaba. También pensé que era absurdo, que ella misma era ridícula en sus exigencias. Así que corrimos escaleras abajo Sergio, mi otro sobrino Urko, mi marido, Rafa, y yo. Todos igual de ansiosos de escapar de aquel ambiente opresivo, irrespirable, lleno de normas y horarios para todo. En lo alto de la escalera, mi madre gritaba a Urko para que subiera. Era como si necesitara poder hacer obedecer a alguien. Urko, obediente, subió y seguimos solos Sergio, Rafa y yo.
Por el camino, Sergio estaba feliz y me contó que así conocería al novio de su madre. Supongo que ese era el «misterio» que mi madre quería que yo no descubriera y que el niño, de forma tan natural, acababa de revelarme Cuando llegamos a casa de Susy, mi pobre hermana ya estaba al teléfono, atendiendo una llamada de mi madre. La avisaba de nuestra inminente y amenazante llegada. Por qué nuestra visita debía ser avisada a mi hermana, ni lo entendí entonces, ni lo comprendo hoy.
El caso es que cuando, tras una breve visita, volvimos a la casa de mi madre, ella me recibió con un melodramático «cuando yo digo que no vayas, tengo mis razones«. Mientras me hablaba, conteniendo la furia a duras penas, mi madre golpeaba un pobre cojín. Quizá deseaba que ese cojín fuera mi cabeza y pudiera golpearme, como hacía con él. Entonces, la observé, incrédula. Yo tenía casi 50 años y mi madre me daba órdenes como si tuviera 10. Muy tranquila, muy lejos de su enfado, apenas contesté: «tus razones no tienen por qué ser las mías.» A falta de más argumentos, me espetó un «a una madre hay que tenerle respeto«.
Jamás osé faltar al respeto a mi madre. No me hubiera atrevido, no soy tan valiente. Sin embargo, después, esa frase de mi madre me ha hecho reír a menudo. Me ha sonado a algo con tintes a medias folklórico, a medias de una de esas rancheras excesivas a las que tan aficionada ha sido siempre. Aquel día, con esa frase grandilocuente, mi madre me despertó del largo letargo en que siempre había vivido. Me hizo darme cuenta de un sometimiento, el mío, del que apenas era consciente, de tan interiorizado que lo tenía.
No me importó perder a mi madre para siempre. La lucha por mantenerme a su lado, por mantener la relación con ella, me había llevado años. Toda una vida. Ese día, claudiqué. Me percaté de que la nuestra era una relación enfermiza, hecha de sus constantes exigencias y reproches y mis continuas renuncias y silencios. Nada había servido. Y era hora de rendirse ante la realidad. También era, por qué no, un descanso tras una vida entera en tensión. Y descubrí que hay derrotas que son, a pesar de todo, una gran victoria. Porque otorgan libertad.
Mi padre.
Sin embargo, el día que perdí a mi madre, perdí también a mi padre. Con todo el dolor de mi corazón, inesperadamente. Sin entender nada. Me convertí en la mala oficial de la historia familiar. Y lo acepté. Pero mi padre y yo no habíamos discutido. Y, sin embargo, por alguna razón que jamás entendí, estaba enfadado conmigo. ¿Cómo lo sabía? No era la primera vez que yo discutía con mi madre. En otra ocasión, la visita de Rafa, que entonces era mi pareja ( hoy, mi marido) enfadó tanto a Merche que me pidió que me fuera. Dijo que no podía soportarlo, que él tenía sus 15 días de vacaciones y que estos eran los suyos, los de ella, y Rafa se estaba metiendo en esa parte que le correspondía a ella. Me sentí como una hija con unos padres que comparten su custodia: dividida y sin saber cómo actuar. Ella no sabía que era yo quien había llamado a Rafa. Desde que vivía en Madrid, yo soportaba a duras penas las vueltas a casa o, lo que para mí era ya, la cárcel familiar. Así que le pedí que viniera, le llamé para sentirme acompañada. Por aquel entonces, yo lloraba continuamente, diariamente, impotente y dividida entre el amor a mi madre y el deseo de ser libre, imposibles de compatibilizar. Si un fin de semana, yo no iba de visita a casa, mi madre desconectaba el teléfono, incapaz de aceptar que no quisiera pasar todos los fines de semana en casa, con ella, castigándome, a su particular manera, dejando de hablar conmigo.
Pero no, me niego a que mi madre sea, otra vez, la protagonista de la historia de mi vida. Ese tiempo ya pasó. Estamos hablando de mi padre.
Mi padre y yo no habíamos discutido. En realidad, jamás en la vida reñimos. Ni yo daba motivos para peleas ni mi padre era hombre de discusiones. Además, nuestra relación tampoco era muy profunda. Nos conocíamos muy poco. Yo apenas sabía nada de él, ni de su vida antes de convertirse en mi padre, con apenas 24 años. Tampoco supe nunca cómo acercarme a él. Es extraño pero, a menudo, los seres más cercanos a nosotros resultan ser completos desconocidos. Mientras están vivos, apenas nos tomamos la molestia de averiguar nada sobre ellos. Están ahí y nos comportamos como si siempre fueran a estarlo. Luego, cuando mueren, ya no podemos hacer nada. Es tarde. Y apenas puedes hacer otra cosa que lamentar el tiempo perdido, sin haberles preguntado tantas y tantas cosas.
No fueron fáciles aquellos 4 años para mí. No sé cómo lo serían para él. Nunca perdí la esperanza de que, un día, mi teléfono sonara y fuera él quien llamaba. Pero eso nunca sucedió. Yo no podía llamarle. En casa, nadie me hubiera cogido el teléfono. Y él no tenía móvil, no quería tenerlo. Supongo que pensaba que, si ya apenas podía escapar del control de mi madre sin teléfono, con la ayuda del móvil, él hubiera estado totalmente preso.
A veces imaginaba que mi padre venía a verme a Madrid. Con esa esperanza, incluso amueblé una habitación pensando en el día que eso sucediera. Con una vez, una sola, me hubiera conformado. Pero eso nunca ocurrió a pesar de que, cuando murió, yo llevaba más de 20 años en Madrid. Y la cama que compré para él acabé por llevármela a otro piso, como símbolo de un fracaso más en mi relación con él. También imaginaba que llamaba y me pedía que volviera a Bilbao. Nunca pasó. Y la realidad es que sólo volví a verle en un hospital, en lo que serían sus últimos meses.
De una forma un poco absurda, también, creía que él me ayudaría a recuperar el contacto con mi familia. No sé por qué esperaba eso de él. Mi padre nunca había hecho nada así. Nunca había tomado partido por ninguno de nosotros. Si alguna vez le preguntábamos algo, buscando una complicidad por su parte, sólo decía: «lo que diga vuestra madre«. Pero supongo que uno nunca deja de ser un niño con sus padres y les atribuye cualidades mágicas y poderosas que rara vez tienen.
Cuando llegué al hospital, mi padre me guiñó un ojo. Me sentí aliviada. Creí que no querría verme y había tenido miedo. Estaba muy delgado, parecía haber menguado desde la última vez que le vi. No podía tragar, llevaba tiempo sin comer en condiciones. Fue la primera vez que me di cuenta que mi padre era, ya, un anciano. Aunque tenía 76 años, yo nunca había pensado en él como si fuera mayor.
Mi padre estaba en la UCI. Recuerdo que hacía frío y que mi padre estaba vestido con el liviano pijama hospitalario y cubierto apenas por una sábana ligera. Los médicos dijeron que la operación había sido un éxito. Supongo que el concepto médico de éxito es distinto al mío. Entonces no lo sabíamos, pero papá permanecería en la UCI 50 días.
Mi padre estaba desorientado. Eso pensé en el primer momento. Dicen que los hospitales y los ancianos son una mala combinación, así que aquello podía ser algo pasajero. Decía que estaba en un castillo y hasta miraba al techo, señalándolo y diciendo que oía las goteras. Miraba, extrañado, a las enfermeras que controlaban su situación mientras estaba en la UCI y nos preguntaba ¿todas esas son hijas?.
La memoria le jugaba malas pasadas. Mi padre recordaba cosas de su infancia en Toques, transcurrida más de 60 años atrás. Y, en una ocasión, una de sus hermanas, mi tía Adita dijo «me está hablando de gente de hace un montón de años«. Feliz ella, que podía entenderle, porque, en aquellos momentos, volvió al gallego, el idioma que siempre usaba cuando hablaba con los Varela, y abandonó el castellano que llevaba usando más de 60 años, todos los que llevaba viviendo en Bilbao.
A los pocos días de la operación, mi padre sufrió una neumonía y le hicieron una traqueotomía para ayudarle a respirar. Pasaron 50 largos días y, sin mejoría visible, le subieron a planta. Entonces, ya hubo alguna enfermera que nos dijo que debía haber seguido en cuidados intensivos. Por efecto de la traqueotomía, no podía hablar y se expresaba con gestos enfadados y comprensiblemente impotentes. Comunicarse con él se volvió casi imposible.
Papá sólo quería escapar de aquel imaginario castillo en el que estaba. Cuando tenia aún fuerzas, mi padre levantaba sus flacas piernecillas alzándolas por encima de los barrotes y repetía a quien quisiera escucharle: «sácame de aquí». Una noche, rabioso, tiró toda la parafernalia hospitalaria que le rodeaba y le sujetaba por todas partes. Tubos y máquinas cayeron al suelo con gran estrépito.
Yo lo entendía. Mi padre nunca estaba quieto. En casa, hasta cuando estaba en el sofá, se movía continuamente, como si tuviera el baile de San Vito. Iba moviéndose poco a poco y acababa, a veces, en el suelo, a fuerza de dejarse deslizar hacia abajo. Cuando éramos niños y nos acompañaba a la playa, nos llevaba cerca del mar. Pero esa era solo la primera ubicación. Cuando la marea iba subiendo, nos íbamos retirando hacia atrás. No le recuerdo tumbado en la arena jamás, ni siquiera sentado. En mi recuerdo, está siempre de pie. Así que, ¿cómo no iba a vivir como una prisión verse en una cama de hospital día tras día, inmóvil?
Físicamente, mi padre empeoraba día a día. Mentalmente, todavía estaba peor. Mi padre acabó por no reconocer ni a mi madre. Un día, estrechó su mano y se presentó con un educado «encantado de conocerla«. Otro, cuando le preguntaron quién era ella, la miró con extrañeza y dijo: «Aniceta.» Uno de mis tíos se llama Aniceto y vaya usted a saber por qué, en aquel momento, aquel nombre le vino a la cabeza y lo asoció con aquella señora que estaba al lado de la cama y que acudía a visitarle un par de horas todos los días.
La reacción de mi familia, de mi madre y mis hermanas, era asombrosa para mí. Porque llegó un momento en que mi padre ya sólo era un cuerpo. Un cuerpo, además, que fallaba por todas partes. Mi pobre padre nunca pudo volver a comer con normalidad, ya no podía hablar, y razonar le estaba vedado. Sin embargo, ellas se pasaban el día controlando sus niveles de saturación, colocándole en el dedo el aparato que la medía, como si teniendo buenos niveles de saturación todo estuviera solucionado y se fuera a recuperar.
A mí me preocupaba cómo iba a recuperarse de la cabeza. Me parecía imposible. Le recuerdo apretando en un puño las sábanas, concentrado, en un movimiento continuo, repetitivo y absurdo, que yo trataba de descifrar sin ser capaz de hacerlo. Alguien me explicó, entonces, que esos balanceos se producen cuando el cerebro se ha perdido y la mente retrocede a un estadio casi fetal, anterior al nacimiento. También le recuerdo arrojando una zapatilla a mi hermana Itziar, completamente furioso. Y agarrándome a mí de la pechera, enfadado porque no le entendía lo que decía.
Sin embargo, ellas decían: «hoy se ha sentado«, olvidando que hacía falta una grúa y la colaboración de varios enfermeros para levantarle de la cama. Y mi hermana pequeña, Itziar, nos traducía lo que él decía, según ella. Y yo pensaba:¿hablar?, ¿cómo va a hablar con la tráquea abierta?.
Era como si se negaran a aceptar la realidad. Sólo mi madre, tan lúcida como cruel, exhaló un «ahora te me vas a quedar tonto«, que me heló la sangre. Como si pensara en voz alta, como si fuera ella la que había perdido la cabeza. Sólo pude pensar: espero que él no la haya oído. Mi madre, tan lozana y lustrosa, hacía un contraste tan marcado con mi padre, tan delgado y reducido a la mínima expresión, que me hacía pensar que era como si, al final, ella se lo hubiera tragado.
Todo sobre mi padre.
En el funeral por mi padre, me di cuenta. Fue al oír las palabras del cura. En esos momentos, el cura hace una biografía, breve pero favorecedora, de la persona que acaba de morir para homenajearla. Como todos sabemos, aunque vivos no hayamos sido precisamente ejemplares, muertos lo somos todos: una de las propiedades que se adquiere al morir, quizá la única. No fue así con mi padre. Las palabras del cura no decían nada sobre quién fue mi padre. Nada relevante, quiero decir. Las escuché, preguntándome quién había hecho ese pequeño retrato de mi padre, tan lejano, superficial y pueril. El cura sólo dijo que mi padre había emigrado a Bilbao muy joven y que era una persona muy servicial. Un hombre que paseaba al perro y hacía los recados. Entonces, pensé en Luna, la perrita que murió casi a la vez que él. Seguramente, ella le habrá echado mucho de menos.
Sin duda, alguien debió dictar al párroco esas ideas que trazaban ese pobre semblante de mi padre. Mi padre no era de visitar mucho a la iglesia. Nuestra casa en Barakaldo estaba prácticamente encima de la parroquia. De hecho, los curas vivían en un piso, justo en el portal de al lado. Un día, uno de ellos dijo a mi padre que no le veía mucho por la iglesia. Mi padre no era de esas personas a las que dejas sin respuesta fácilmente, así que improvisó rápidamente una mentira y dijo que él era de otra parroquia, de San José. Y todos contentos.
Pero también pensé «qué pequeña es la lista de cosas que sé sobre mi padre«. Sabía, desde luego, más que el cura y lo que decían aquellas parcas palabras que se le dedicaban en esa ceremonia fría y extraña, en ese raro funeral sin muerto. Pero me percaté de que, a menudo, sabemos muy poco sobre la gente con la que convivimos y a la que queremos. No preguntamos, o no nos cuentan, o ambas cosas a la vez. O, también, imaginamos que nuestros padres nacieron tal como los conocemos y no nos paramos a pensar que alguna vez fueron niños o jóvenes, con parecidas inquietudes a las nuestras.
Pero ¿era ese mi padre? Mejor dicho, ¿sólo eso era mi padre? No, que mi padre era mucho más que eso. Y, en ese momento, me negué a verle como el personaje secundario que fue a lo largo de toda mi vida. Oscurecido por la fuerte personalidad de mi madre, mi padre había acabado por debilitarse y desaparecer poco a poco de nuestras vidas hasta hacerlo de forma definitiva. Muriendo. Sentí mucha pena por él. Y por todos nosotros.
Mi padre no era sólo eso, pensé. ¿El hombre que hacía los recados?¿El que bajaba al perro? Hasta los niños que se pararon a leer la esquela en la calle parecían saber más de él. El señor simpático que siempre saludaba, así le describieron.
Es verdad que mi padre hablaba poco en casa. Sin embargo, en la calle, Varela era un hombre alegre y comunicativo. Totalmente distinto al Varela familiar, acostumbrado a callar, a veces por voluntad propia; otras, porque mi madre, directamente, le hacía callar, menospreciando agriamente cualquiera de sus comentarios.
Ese también era mi padre: un hombre alegre, que reía a carcajadas, al que se le saltaban las lágrimas de risa con facilidad. Le recuerdo viendo a Gila o a Tip y Coll y resbalando poco a poco del sofá hasta casi caer al suelo sin parar de reír. Porque mi padre se sentaba al borde del sofá como si estuviera a punto, siempre, de salir corriendo.
Yo crecí con la idea de que la labor de mi padre era, única y exclusivamente, trabajar. Trabajar sin parar, traer el dinero a casa. Y mi padre trabajaba todos los días, desde la mañana temprano hasta muy tarde, ya casi de noche. A veces, hasta trabajaba en vacaciones. En realidad, mi padre nunca tuvo vacaciones.
Mi padre no tenía tiempo. Estaba siempre trabajando. ¿Y quién puede culpar a alguien que madruga y vuelve a casa tarde, casi de noche, de no estar en su vida? . El siempre estuvo allí, presente. Pero nunca pintó demasiado. No decidía acerca de nada y eso valía tanto para la decoración de la casa como para nuestra educación. Quien no tuvo tiempo ni para vivir su propia vida, ¿cómo iba a tenerlo para ayudarnos con la nuestra?
Así que era poco lo que yo pedía de mi padre. Tan sólo le pedía, en mi interior, en voz tan baja que ni yo misma la oía apenas, que siguiera allí, que no desapareciera del todo. Nunca pensé que mi padre, algún día, moriría. Nunca, excepto en aquellos últimos días en el hospital.
Yo había estado muy pocas veces en ese hospital, el de Basurto. Resultó que a mi padre cuando le subieron a planta, ocupó la misma habitación que una de mis tías, Gabi, que murió en ella. La innecesaria información nos la dio mi madre, en cuanto subieron a mi padre a planta. Pero en aquellos meses en que mi padre estuvo ingresado, del 15 de enero al 27 de mayo, cuando murió, odié aquel lugar con toda mi alma. Aborrecí el sitio, los médicos y enfermeras que, sin la menor delicadeza, decían «¿sabéis que este hombre está agonizando,¿no?» y, sobre todo, odié la situación. Porque los últimos meses de mi padre fueron, sólo, sufrimiento innecesario. Un dolor que se habría podido ahorrar. Una operación de cáncer, una neumonía y una traqueotomía. Casi 2 meses completos en la UCI. Apenas hubo días que respirara por si solo, sin ayuda. Pocos, que pudieras comer, sin ayuda de los tubos. En total, 4 meses en una cama de hospital, luchando, sin esperanza, contra la muerte.
Retrato de mi padre
Una vez, alguien me dijo que los Varela eran todos locos o borrachos. Mi padre no estaba loco. Pero sí bebía. De hecho, era alcohólico y, siguió siéndolo durante toda su vida, a excepción de unos pocos años que estuvo en tratamiento para dejarlo. Recuerdo la conversación con una enfermera en Basurto. Me contó que papá había sufrido síndrome de abstinencia en el hospital, estando en la UCI. Cuando era niña, no podía evitar juzgarle. Como si, en lugar de una enfermedad, tuviera un vicio y se empeñara, manteniéndolo, en hacernos infelices a todos. A pesar de todo, cuando volvió a beber, temí que mi madre lo descubriera. Por eso, intentaba, a mi pobre manera, protegerle, ocultar lo poco que sabía de él y creía que podía perjudicarle. Era mi padre, pero yo me comportaba como si tuviera que cuidarle. Tenía miedo de que mis padres se separaran y que él se viera en la calle, solo. Con el tiempo, comprendí que dejar una adición no es sencillo y que, quizá, aquella era su forma de escapar del lugar hostil y triste que era nuestro hogar.
Mi padre no era un santo. Y dudo mucho de que quisiera serlo, además. Tampoco era perfecto. Pero siempre que le recuerdo está sonriendo o riendo, y eso me gusta. Quiero pensar que, a su manera, fue feliz. Es verdad que me hubiera gustado que fuera más fuerte, que ejerciera de contrapeso en el inflexible reinado absoluto de mi madre. No pudo hacerlo, ni por él mismo, ni por nosotros.
Mi padre vivió la vida como su mujer quiso que la viviera. De él aprendimos a no llevarle la contraria a mi madre. Después de todo, si él, que era el padre, no se atrevía, ¿cómo íbamos a hacerlo nosotros, que éramos apenas unos niños? Si alguna vez, él quería hacer algo diferente, lo hacía. A escondidas, eso sí. Eso incluye escaparse algún domingo a Bilbao para ver a uno de sus hermanos. O ir a un recado y encontrar un bar, o más de uno, por el camino, que le alejara un poco del férreo control de ama.
Sólo pude despedirme de mi padre y llorarle en su aldea, en Toques.
A Toques llevaron las cenizas de mi padre sus hermanos y allí le enterraron, junto a sus padres. Y pude llorarle sin que nadie me juzgara. Allí estaban los Varela y, aquel día, me di cuenta de todo lo que me había perdido: una familia llena de tíos y primos. No sé en qué momento los Varela dejaron de existir en mi familia. Hubo un tiempo en que existieron. 2 de los hermanos de mi padre vivían en Bilbao, a apenas 8 km de donde nosotros vivíamos. Otro más vivió un tiempo aún más cerca, en el mismo Barakaldo.
En la misa en su aldea natal, el cura, al nombrarle, le llamó Alfonso en lugar de Antonio. Alfonso es el nombre de uno de sus hermanos, el que ha vivido siempre en Toques, el lugar donde todos los hermanos nacieron. En aquel momento, sin embargo, mi mirada no se fue hacia Alfonso, al que nombraron como si hubiera muerto, sino hacia Lidia, la nieta de Alfonso. Me di cuenta de que si yo estaba espantada de que mi padre, en su final, hasta hubiera perdido el nombre, la mirada de Lidia fue de asombro pero, sobre todo, de horror y sobresalto al oír el nombre de su querido abuelo como si fuera él el muerto.
Quién iba a decirme, papá, que en tu pueblo iba a sentirme más acogida que en el mío. Cómo iba a imaginar que una familia a la que apenas había visto en años me haría sentir más querida que la mía propia.
El día del entierro, mi tía Adita me acogió en su casa, sin haberme visto apenas en su vida. Ni siquiera me criticó cuando me acosté, agotada física y emocionalmente, nada más llegar del funeral. En aquel momento imaginé a mi madre criticándome, porque lo consideraría impropio o inadecuado o incorrecto o qué sé yo qué. Decidiendo, siempre, lo que había o no que hacer en cada momento. En todo caso, como siempre, calificando o, más bien, descalificando mi dolor
Un día, mi padre me dijo que su palabra preferida era libertad. Me sorprendió. Después, comprendí que, quizá, era una palabra que representaba algo que nunca había podido tener. Sólo puedo decir: lo siento, papá. Lo siento mucho.