Estaba en la sala de espera del médico. Por suerte, no había demasiada gente, esta vez. La última vez que vine la cola salía hasta la calle y tenía, al menos, 10 personas delante. Iba a pedirle el alta para volver al trabajo, aunque la perspectiva de ir a trabajar sin ver del todo bien me aterraba. Acababan de operarme de cataratas y, de momento, apenas había sido capaz de salir de la cama y ver la tele un rato. No había leído en papel ni, mucho menos, me había puesto enfrente del ordenador no ya un día, ni tan siquiera un rato. Teniendo en cuenta que, en mi trabajo, tenía que pasarme el día delante de él, iba a pasar de 0 a 100 en un día. Yo lo llamaba «terapia de choque».
De momento, en el escaso rato que llevaba en la sala de espera, ya me había preocupado de comprobar mi visión de varias formas: en los letreros de las puertas, mirando las caras de la gente. Estaba obsesionándome, lo sabía de sobra, pero es mi manera de ser y no sé cómo salir del círculo vicioso una vez que éste empieza. Es decir, cuanto más tranquila esté, mejor veré y, a la vez, cuanto mejor vea, más tranquila estaré. Menudo bucle.
De momento, para conseguir que mi pierna dejara de temblar ( a lo que, además de mis nervios, contribuía el frío que hacía siempre en aquella maldita sala de espera) empecé a fijarme en la gente que me rodeaba. Bueno, más que en la gente, en cómo veía yo a la gente y en cómo percibía yo, a su vez. su vista. De momento, los perfiles de la gente aparecían rodeados de un halo poco menos que celestial. De esto de los halos ya me había advertido el oftalmólogo antes de la operación: lo de que fueran o no celestiales lo añadía mi calenturienta imaginación. En realidad, ya cuando me operé de miopía, vi a Rafa con halo, aunque él me juró que era normal, porque lo tenía de verdad. De los halos, de hecho, es casi de lo único que me había avisado, el muy insensato del cirujano. En cambio, no me había contado que, al ponerme unas lentes trifocales que, además, corregían el astigmatismo, mi cerebro tenía que hacer un esfuerzo adicional para adaptarse a ver de una forma distinta a cómo lo hacía con los ojos. Para empezar, para ver de cerca, tenía que arrimarme el papel o el móvil… justo cuando había empezado a acostumbrarme a ver más o menos bien simplemente alejándome los objetos, como casi todo el mundo cuando empieza a tener vista cansada por efecto de la edad . Un inciso: eso sí es efecto de la edad y no todas las cosas que atribuyen a ésta los que no asumen que se van haciendo mayores y las cosas cambian. Eso, ya digo, para empezar. Para continuar, mis 2 ojos tenían una visión individual, por ahora, y tenían que acostumbrarse a trabajar en equipo, es decir, a formar una imagen única que me permitiera ver de una forma, al menos, aceptable.
Y ahora os preguntaréis por qué decidí ponerme unas lentes tan sofisticadas y, además, más caras que unas monofocales. Yo, que nunca he querido ponerme gafas progresivas, porque estoy convencida de que, igual que pasa con todos los artefactos que en teoría sirven para varias cosas, al final, no hacen completamente bien ninguna de las múltiples funciones que harían bien si se empleara un objeto para cada utilidad por separado. Pues os lo cuento: el doctor me dijo que esas lentes, maravillosas, serían las que él se pondría si tuviera que operarse. No me habló de nada más. Y tampoco yo le pregunté. Después de todo, es el jefe de Oftalmología de uno de los hospitales más renombrados de Madrid y lleva hechas tropecientas operaciones de cataratas.
Pero, ya digo, esos detalles, como que mis ojos tenían que adaptarse a ver a través de las lentes o que en ese trabajo mi cerebro debía colaborar para acabar viendo bien ( neuroadaptación, lo llaman), había olvidado comentármelos el oftalmólogo que , muy alegremente, lo único que me había dicho es que ya no iba a necesitar gafas para nada. Si acaso, añadió, «unas pequeñitas para ver de cerca«. Tampoco, por lo demás, la publicidad de su clínica ( ni de ninguna que yo hubiera visto) hablaba de otra cosa excepto de la maravilla de volver a ver sin gafas y de lo rápido que se recuperaba la vista tras la operación. Vamos, que, como él me dijo, «te opero el jueves y el lunes ya estás lista para volver al trabajo». No sé en el caso de otras personas, pero en el mío, me he operado del ojo izquierdo hace casi 2 meses, el 9 de septiembre, y el derecho, el 7 de octubre y, a estas alturas, me conformo con ver bien. Con o sin gafas, por el amor de Dios.
Pero estábamos en la sala de espera, que me he desviado de la historia un poco. Prosigamos. Detrás de mí, iba un señor que llevaba unas gafas oscuras. Estaba mirando el móvil y se lo alejaba ligeramente, justo como hacía yo antes de la operación. Empezaba a añorar esta forma de ver, aunque. obviamente, cuando sólo era miope, lo que tenía que hacer era arrimarme para ver de cerca. Mi vista ha cambiado tantas veces a lo largo del tiempo que , a estas alturas, podría escribir un libro sólo con ese tema. Lástima que la historia sería muy poco interesante.
De pie y también detrás de mí, hacía lo mismo, consultar el móvil, otro hombre que también se lo alejaba para leer. Otro que ya no cumplía los 40, me dije. Ahora soy más capaz de calcular la edad de la gente por su vista que por sus rasgos, vaya por Dios.
Pero el que realmente me preocupaba era un señor que había justo enfrente de mí. Era mayor que yo , fuera su vista como fuera. Le calculé, por lo bajo, 70 años. Pues el hombrecillo ( lo digo porque era muy pequeño y menudo) tenía ante sí un periódico y¿ acaso ya no es indicativo de cierta edad seguir leyendo el periódico en papel, hoy que casi todos lo consultamos en el móvil o lo vemos en el ordenador? Pero eso no es lo que me inquietó. Después de todo, se supone que alguien debe seguir comprando la prensa en papel. Si no, ni los kioskos existirían. Bueno, no sé, porque, hoy día, estos establecimientos parecen una feria, con la cantidad de cosas que venden. ¿Os habéis fijado? Ya tenían poco con la historia de los fascículos que casi todos empezamos a comprar y más temprano que tarde acabamos por abandonar la colección dejándola a medias. Otro inciso: me dan lástima los kioskeros a las 5 de la mañana ( o cuando abran, que seguro que es bien temprano) colocando toda la ristra de colecciones formando poco menos que un fuerte que rodea el kiosko por delante… A lo que iba, el señor este mayor y con un periódico ante sí, no llevaba gafas, lo cual, a cierta edad, ya me empieza a dar envidia…y no precisamente sana, que llevo siendo miope desde los 14 años, caramba…A pesar de ir «desgafado», lo que me parecía casi una provocación, tenía el periódico a considerable distancia de sus ojos y lo leía tranquilamente. Tengo que añadir que, además, la sala de espera estaba a oscuras o, para ser más precisa, no tenía la luz encendida, con lo cual sólo se veía en ella gracias a la tenue luz de la calle que se filtraba, en un día más bien oscuro, a través de una ventana que, encima, no es totalmente transparente, sino apenas traslúcida. A estas alturas, entre lo que tardaba en salir el señor al que la doctora atendía y mis nervios por volver al trabajo al día siguiente, estaba a punto de sufrir un ataque de pánico, una crisis de ansiedad o a coger de la pechera al maldito hombrecillo y preguntarle cómo lo hacía para ver así, a pelo, a sus años. Ni que él tuviera la culpa. ya te digo, pero estaba histérica y empezaba a cabrearme además, que la gente se ahorrara el psicólogo contándole su vida al médico de cabecera. Al menos, debería haber 2 filas aparte: una, para los que íbamos a consultar problemas físicos y otra, para los que van a desahogarse,
Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que, en ese estado de nervios, difícilmente iba a aguantar 8 horas seguidas en el trabajo y, encima, sin ver bien. También fue cuando me percaté de que tenía que hacer algo para tranquilizarme y enfrentarme al problema real ( mi visión ) antes de volver al trabajo. Racionalmente, sabía que si me limitaba a dormir, ni mi vista ni mi cerebro podían habituarse a nada. Emocionalmente, de momento, el miedo me mantenía paralizada. Todo me asustaba porque, por si no lo sabíais, todo implica usar la vista y, por tanto, en mi caso, estar permanentemente comprobando qué veo y qué no. Así que no salgo a la calle por miedo a no distinguir las caras o a no leer los letreros. Si miro la tele, soy incapaz de relajarme sin más, o sea, sin verificar lo que soy capaz de ver y lo que no. Y si leo, como de momento, sólo soy capaz de hacerlo en el móvil, ya tengo otro motivo para más preocuparme. El ordenador, de momento, ni a encenderlo me atrevía.
Justo en ese momento, el hombrecillo motivo de mis desvelos, el señor cuya vista, para mí, era sobrenatural, se levantó de su sitio y se sentó justo a mi lado. A estas alturas, yo ya estaba tan acomplejada por haber sido operada de cataratas, una dolencia de persona mayor, que me sentía una auténtica anciana. Así que a pesar de que el hombre tenía, al menos, 104 años, si en ese momento intenta ligar conmigo, le hubiera dicho que no soy ninguna «asaltacunas». No sé si he comentado que yo estaba sentada justo debajo de la ventana y allí es donde el hombre vino a sentarse. Entonces, desplegó el periódico y dijo : » a ver si aquí veo algo«. No lo creeréis pero es la frase más bonita que he escuchado en meses, tal vez en años. El hombre no dijo nada más, pero, al cabo de un rato, le vi doblar el periódico y acercárselo, para poder leerlo. Ese día, os lo juro, no necesité más para ser completamente feliz.
Diréis que soy malvada, quizá. Porque pensáis que me alegro de la mala visión ajena. Simplemente, en aquellos momentos, recuperé un poco la perspectiva. Aún no soy una anciana. Falta poco, pero falta. Lo que soy, he sido y seré, hasta que me muera, es miope. Una miope que quiso olvidar que lo era operándose hace más de 20 años con láser. Cuando las gafas ya no me servían para ver bien ( ay, esa visión periférica que los cristales no recogen). Cuando las lentillas empezaban a ser un problema, porque las llevaba tanto tiempo puestas que acabaron provocándome una queratitis. Y ahí tienes a mi madre, convertida em improvisado médico merced a la colección de la enciclopedia de la salud que constituía toda su sabiduría en esa materia ( para que os hagáis una idea, venía a ser como internet hoy en día. Por cierto, os recomiendo no consultarlo demasiado si tenéis algún problema de salud, salvo que queráis asustaros más de lo que ya estáis) gritando que a este paso, me iba a quedar ciega. Como si fuera culpa mía o como, si con eso, fuera a tranquilizarme, qué sé yo, Ella, que cuando me ponía las gafas a cada momento, me había animado a quitármelas con un simple «¿hace falta que las lleves puestas todo el rato?». Yo creo que, en realidad, lo que quería decir es «¿no ves que así estás muy fea?» Ella, que cuando accedí a llevarlas solo de vez en cuando por no oír sus comentarios, si me acercaba demasiado para ver los títulos de los libros en una librería, soltaba un «hija, disimula un poco«. Imagina tener 14 años y ser capaz, en plena adolescencia, de dar más importancia a ver bien que a tu apariencia y tener una madre que parece más preocupada por las apariencias que por ninguna otra cosa, menuda cruz.
Pero, demás, mis ojos no son sólo miopes. Uno de ellos, el izquierdo, ha sufrido un desprendimiento de retina y, supongo, que mi vista algo sufriría por ello. Sin embargo, cuando me operaron del desprendimiento, ni pensé en eso. Entonces, como el peligro fue, ahí sí, quedarme ciega, no pensé en lo que había perdido, sino en lo que había ganado. Veía algo y eso era lo importante. Así es la mene humana. Al menos, la mía.
En la historia de mis ojos. decir que en los 2 me han dado láser, aunque más veces en el izquierdo, en el que he tenido un par de desgarros. Los 2 sufrieron, en su momento, un par de conjuntivitis víricas salvajes, con sus inevitables secuelas; siempre peores, conjuntivitis y secuelas, en el ojo izquierdo.
Mi vista ha cambiado tantas veces que mi cerebro se ha acostumbrado a ver de formas distintas bastante a menudo, Y aquí me tienes, tras más de un año y medio de pandemia, sin casi salir de casa más que en vacaciones y, desde este mayo, al trabajo, intentándolo de nuevo. Hoy tengo que estar 3 horas en el ordenador. Es una tarea que me he impuesto antes de volver al Ministerio y, sobre todo, antes de volverme loca del todo. Empecé hace unos día ( no a volverme loca, sino a ponerme ante el PC), con media hora y lo voy subiendo media hora cada día, excepto 2 días que he estado tan mal que hasta levantarme ha sido un esfuerzo digno del mismo Sísifo.
A lo largo de estos casi 2 meses que han pasado desde mi primera operación, ha habido temporadas en que he ido al trabajo recién operada y víctima del falaz optimismo del oftalmólogo. Otras, en que el médico me ha dado la baja dada mi ansiedad y en que apenas me he levantado de la cama. Y las más recientes que, aunque no lo parezca son un avance, en que estoy asustada por cómo quedará mi vista pero cada vez más lista para asumirlo. Con o sin gafas, que eso es secundario a estas alturas. Y no, no soy ninguna víctima del pensamiento positivo. De hecho, el último libro que he leído y os recomiendo es uno de un psicólogo, Buenaventura del Charco, que se titula «Hasta los los cojones del pensamiento positivo«. Porque yo, como él, también creo que no siempre se puede ser positivo y que serlo cuando no toca, además de no ayudarte y ser algo forzado, te impide pasar el duelo o sufrir tu tristeza hasta que éste o aquella, de verdad, pasen.
Lo mismo pasa con mi vista. Acostumbrarme a ver de otra forma, con esas gafas internas que llevo ahora, me llevará tiempo. Y, aunque la paciencia no está entre las virtudes que me adornan ( tampoco son tantas) tendré que esperar. Y valorar los días en que estoy bien y dejarme estar triste cuando lo esté. Tampoco pasa nada.
No sé si alguien más se habrá operado, como yo, de cataratas, y se habrá sentido un fracaso por no ver desde el primer minuto perfectamente sin problemas. Si es así, que sepáis que eso puede pasar. Doy fe. Y espero que mi breve historia os sirva de ayuda. Ojalá hubiera encontrado a alguien que me lo hubiera contado a mí. No me habría asustado tanto. Hay un proceso, al menos, lo ha habido en mi caso. Y seguro que no soy la única.