Mi padre era un hombre muy coqueto, muy presumido. Regalarle ropa o zapatos ( los zapatos eran para él una auténtica pasión) y ver con cuánto amor los cuidaba era una parte más del regalo que yo le hacía y que él me hacía, con su nada fingido placer poniéndoselo.
El día del tanatorio, mi padre llevaba una camisa muy fea. Me acuerdo de que la miré y pensé:» nunca se la he visto puesta» Era una camisa blanca y la llevaba abotonada hasta arriba. Mi padre jamás llevaría así de atada una camisa, pensé. Y después, me fijé en que estaba sucia por la zona del cuello y, entonces, ya no me cupo la menor duda: o la camisa no era suya o se la había puesto una sola vez y había olvidado echarla a la lavadora.
Mi hermana pequeña, Itziar, estaba cerca, mirando a mi padre, también. Murmuraba: » no me gusta nada cómo le han dejado«. Supuse que se refería al maquillaje o algo así. En todo caso. me sorprendió que, en un momento así, ella y yo pensáramos en cosas tan poco importantes. En realidad, ¿qué más daba la camisa que llevara mi padre o el maquillaje que le hubieran puesto? Lo realmente importante es que nuestro padre estaba muerto. Y que esa era la última vez que le veíamos.
Me di cuenta, entonces, de que en momentos en que el dolor es muy fuerte, insoportable, la mente se distrae pensando en otras cosas, aspectos que podemos manejar mejor o que nos causan menos pena. Generalmente, por lo mismo, la cabeza divaga en banalidades, trivialidades sin mayor importancia. Quizá por eso, hay a quien le da por reír en los entierros, me dije. Supuse que aquello nos distraía de pensar que el hombre que yacía allí, en una caja, era nuestro padre. Y cualquiera de nosotras sabía que solo estando muerto mi padre podía estar quieto. Si ni siquiera viendo la tele aguantaba sin moverse delante y detrás en el sofá.
Mi hermana pequeña, Itziar, siempre quiso mucho a mi padre. Yo creo que era, entre todos nosotros, la que más lo quería, si es que el amor puede cuantificarse. En todo caso, siempre me pareció que ellos 2 se entendían de verdad, que conformaban un pequeño mundo familiar hecho de pequeñas complicidades y bromas que, de alguna manera, sólo ellos 2 entendían, que era sólo suyo.
Alguien me contó que fue ella quien le había llevado al médico al ver que estaba enfermo, muy enfermo. No me sorprendió. Mi madre nunca ha sido muy hábil en los momentos de crisis. Y esta cualidad la ha heredado su hija favorita, Marta. Las 2 se refugian en su propio dolor quizá no de forma buscada, quizá sólo es que la pena les impide actuar, pero el caso es que se convierten en inútiles. En momentos así, lo cierto es que no se puede contar con ellas para que hagan cosas, para que actúen, para que resuelvan los problemas. Tiempo después, alguien me contó que uno de mis sobrinos, Urko, había llamado por teléfono a alguno de nuestros tíos, en Galicia, para decir «mi abuelo está muy mal y nadie le hace caso».
La camisa blanca, fea y sucia que llevaba mi padre tenía poca importancia, es verdad. Pero yo no podía dejar de mirarla. Porque, aunque fueran a quemarla, junto con su cuerpo, mi padre tenía un armario lleno de camisas:¿por qué no ponerle, pues, una más bonita?. Después, como le habían tenido que hacer una traqueotomía durante su estancia en el hospital, me dio por pensar que quizá era la única que habían encontrado que tapara la cicatriz de la garganta. Pues, en ese caso, el remedio había sido peor que la enfermedad. Habían ocultado la cicatriz pero habían dejado a la vista el poco cuidado en la elección de vestuario. Naturalmente, el muerto no pudo opinar y a mí nadie me había dado vela en ese entierro. Eso, seguro.
La posible explicación alternativa al último vestuario de mi padre me parecía horrible, lo confieso. Era pensar que nadie había dado importancia a la última apariencia de mi padre. Suponía aceptar que, para los que le habían elegido su última ropa ya habían decidido que la ropa del armario ya no era suya, que él ya no podía elegir y, sobre todo, que estaba muerto mucho antes de ese día. Y me dio por pensar en mi abuelo Arne. Había pedido que le incineraran, pero le enterraron. Está claro que las promesas que se hacen en vida no rigen con los muertos. Al menos, en mi familia. El único consuelo es que, después de todo, tampoco se enteran, así que da igual. Eso quiero pensar.
En el tanatorio había mucha gente de su familia. De los Varela, quiero decir. Sus hermanos y algunos de sus sobrinos. Recuerdo que una de mis primas, Sonia, se acercó de forma cariñosa a mi madre, sentándose en el brazo de un sillón, a su lado, y ella se apartó. Hizo lo mismo, alejarse pero esta vez de forma más obvia, cuando uno de mis tíos se arrimó a ella. Algunas veces he llegado a pensar que mi madre no soporta el contacto humano, no lo sé. Se la veía tan fuera de lugar, entre tanta gente, que casi sentí lástima por ella y hasta quise pensar que, después de tantos años juntos, inevitablemente iba a echarle de menos. A mi padre, quiero decir. Aunque sólo fuera por la costumbre que, a veces, pesa más que el amor.
Mi madre llevaba entre sus manos los recordatorios y los sostenía algo incómoda, como si no supiera qué hacer con ellos. Parecía que fueran naipes y estuviera barajándolos continuamente. Cuando algún familiar se acercaba, el recordatorio parecía servirle de tabla de salvación, el único hilo que podía unirla a aquella gente a la que tan ajena parecía sentirse.
Yo también estaba incómoda, aunque por motivos distintos. Mi madre y mis hermanas no me querían allí, como tampoco querían que fuera al hospital en su momento, y no se esforzaban por disimular su disgusto con mi presencia. Itziar se comportaba con una cordialidad semejante a la que podría haber tenido con una vecina o con una prima lejana a la que apenas conociera. Marta y Susy me ignoraban directamente, casi como si yo fuera invisible. Yo no entendía muy bien la causa de su enfado conmigo. Era el entierro de nuestro padre y sabían que era la última vez que tendrían que compartir espacio conmigo. Chicas, me daban ganas de decirles, disimulad un poco, que en peores plazas habréis toreado. Anda que no tiene uno que aguantar a gente que no soporta, a diario. Si hubieran podido poner en la puerta del tanatorio» reservado el derecho de admisión» lo hubieran hecho, no me cabe duda. Les costaba aceptar que mi padre no era una propiedad suya, ni de mi madre, ni mía, ni de nadie. Por lo demás, también a mí me hubiera gustado despedirme de mi padre sin sus caras de enfado alrededor. Por desgracia, la sala del tanatorio era muy pequeña y no podíamos estar demasiado lejos los unos de los otros.
Desde aquel día, el día que nos despedimos de mi padre, no he vuelto a ver a mi madre ni a mis hermanas. Las vi un rato en la misa, pero tampoco allí hablamos. Así que aquel día no enterré sólo a mi padre. Lo de enterrar es una forma de hablar. En realidad, allí no lo enterramos. Para mi sorpresa, uno de mis tíos, creo que fue mi padrino Carlos. le pidió las cenizas a mi madre y al final, mi padre descansa junto a los suyos, en un nicho en la pequeña aldea en que nació, Toques. Yo casi podía imaginar a mi madre aliviada al oír la petición de mi tío Carlos desprendiéndose, como si le quemaran, de las cenizas de su marido.
Con la muerte de mi padre, murió todo lo que quedaba de mi familia de origen. Ya sólo me queda mi hermano Luis. Pero la comunicación entre nosotros no se puede decir que sea muy fluida. Vivimos demasiado lejos (él en Barakaldo y yo en Madrid) y, sobre todo, para mantener los lazos ,sean familiares sean de amistad, hay que hacer un esfuerzo que no siempre es sencillo. De hecho, muchas familias se encuentran en bodas, bautizos, comuniones y entierros y poco más. Mi hermano Luis sigue viviendo allí, en Barakaldo, y, por pequeños que sean los hilos que le unen a su madre y a sus hermanas, son más gruesos y fuertes que los que tiene conmigo. No es culpa suya, ni mía. Simplemente, es un hecho, contra el que haría falta mucha voluntad por ambas partes para poder contrarrestarlo.
La verdad es que cuando dejas de compartir lo que te importa con la gente que te rodea, cuando a la gente no le importa lo que te pasa, ni tú te preocupas ya por lo que les sucede a ellos, todo vínculo se ha roto. Eso de que la sangre tira mucho es mentira: lo que de verdad unen son las cosas vividas juntos y nosotros, en eso, andamos escasos desde hace muchos años. Yo ya no sé nada de mi familia. Ni ellos nada de mí, ni de la mía. Y, creo que está bien que sea así.
Pero esto viene de atrás, de muy atrás. Esta distancia, este desapego, empezó mucho antes de que mi padre falleciera. Cuando yo aún iba por casa todas las Navidades y todos los veranos, lo hacía en parte porque sabía que, de no haberme esforzado yo por mantener algún lazo, nadie más lo hubiera hecho. Jamás nadie de mi familia me visitó en Madrid, una vez que quedó claro que me había instalado allí. Nunca nadie me llamó por teléfono, ni me felicitó un cumpleaños, ni me contó nada que sucediera en la familia. Cuando mi hermano tuvo un accidente en la cementera en la que trabajaba, un mes de noviembre, lo supe en la cena de Nochebuena casi por casualidad. En el pasillo, mi madre me dijo, simplemente:¿sabes que tu hermano ha estado a punto de morir?. Le dije. «no, ¿cómo voy a saberlo?» Yo hablaba con mi madre por teléfono todas las semanas y me contaba absolutas trivialidades que le habían sucedido a sus animales o a los vecinos o cotilleos vistos en un programa del corazón, y, sin embargo, esto había olvidado contármelo. Mi madre manejaba la información a su antojo. Ella decidía qué contar y qué no. Supongo que por eso le enfurece mi blog, porque ahí no puede decidir lo que se cuenta y lo que no.
El 11M también debería haberme servido de aviso, de advertencia de lo poco que yo o lo mío les importaba a los que, ya más por inercia que por sentirlo realmente, seguía llamando familia. Por aquel entonces, la relación con ellos era normal. Lo que entiendo por normal es que no habíamos discutido, y mi madre y yo hablábamos con regularidad. El 11M, mientras todos mis conocidos que tenían familia en Madrid recibían llamadas para ver si les había sucedido algo en los atentados, a mí nadie me llamó. Recuerdo estar en el IFEMA desde la interminable tarde de aquel jueves horrible hasta la madrugada, esperando que nos dijeran qué había pasado con Antonio, el hermano de Rafa. Antonio había salido a trabajar por la mañana, había cogido un tren para acudir al edificio de Telefónica donde trabajaba, en la zona de Ríos Rosas, y jamás había llegado allí. Aquella tarde y la noche que siguió, parte de la familia de Rafa nos llamó por teléfono. Los móviles de todos los que estábamos allí, en aquella fúnebre espera, no paraban de sonar y, desde entonces, el sonido de los teléfonos siempre me sobresalta. Otros familiares, amigos, se acercaban por el enorme pabellón donde las familias nos amontonábamos esperando novedades y algunos más, a ratos, iban de hospital en hospital a ver si averiguaban algo, consultando las listas de heridos. No había listado de fallecidos. Los que estábamos allí, esperábamos que algo extraño hubiera sucedido, que Antonio no hubiera cogido aquel tren maldito. La alternativa, la muerte, no queríamos ni imaginarla. De madrugada, un altavoz dijo el nombre de Antonio y se confirmó lo peor, lo que ninguno queríamos esperar ni saber: Antonio estaba muerto.
Después de que Rafa y uno de sus hermanos identificaran a su hermano muerto, fuimos a casa a lavarnos, cambiarnos de ropa y a prepararnos para velarle en el tanatorio toda la noche. Cuando llegué a casa, no olvidé llamar al telefono fijo de mi familia y prepararme para contarle lo sucedido a quien cogiera el teléfono, en este caso, mi padre. No habían llamado en todo el día. Tampoco lo hicieron para darle el pésame a Rafa. Nadie.
Son apenas 2 pinceladas que revelaban la falta de interés de mi familia por todo lo que pudiera sucederme a mí o a los míos. ¿Y si hubiera muerto yo? Hubiera sido igual, me consta. Creo que, sólo al cabo del tiempo, al llamar mi madre para contarme cualquier nadería, hubiera cogido el teléfono Rafa y hubiera tenido que contestar.»¿Ana?Pero si Ana murió el 11M, ¿no lo sabíais?». Da lo mismo, seguro que de eso también hubieran encontrado la forma de culparme. A ver, cómo se le ocurre morirse sin avisarnos o, como dice mi hermana pequeña con las visitas, la que se muere es la que tiene que avisar. Algo de ese estilo.
Lo que intento decir es que, ya antes de la ruptura definitiva, los lazos que me unían a mi familia eran muy débiles. A su modo de ver, como era yo la que me había ido de casa, si quería seguir viéndoles, era yo quien debía hacer todos los esfuerzos, todos los intentos de aproximación, todas las visitas. Naturalmente, yo sabía que no era así en las demás familias, pero, por desgracia, en la mía, sí, así era. En otras familias, a veces visitan los padres y otras, lo hacen los hijos. Aquí no hay opción. O visitas tú o te vas olvidando de que tienes familia.
Madrid fue, para mí, la libertad. Como me dijo una psicóloga una vez «si no puede poner distancia emocional, póngala física». Y eso hice. De otra forma, aún estaría atrapada en la tela de araña de las kafkianas normas familiares. Pero ni en la lejanía me he librado de esa red, ese hilo rojo que me une a quienes ya no busco.
Este verano de 2021 tuve un penúltimo capítulo de este enredo familiar indeseado. Uno de mis sobrinos, Sergio, me mandó, vía Messenger, un mensaje. Decía que quería recuperar el contacto conmigo. La frase me sonó un pelín peliculera ( a mi madre le encanta el cine así que…) pero, vale, me dije, «se acepta pulpo como animal de compañía«. Le contesté, ingenua de mí, creyéndole. Quiero decir que pensé que me echaba de menos, así de inocente soy. Ni siquiera me paré a pensar que era un adolescente de 17 años al que no veía desde que era un niño. O en que todo era muy repentino. Tampoco pensé en si eso supondría retomar el contacto con mi familia. Eso es, ya, tierra quemada. Fui tan básica que sólo pensé que, quizá, el chaval había razonado por sí solo y había decidido oír la otra parte de la historia. Por llamarlo de alguna forma.
El caso es que Sergio quería verme y, de repente, parecía tener mucha prisa. No reflexioné, no me pregunté nada ni le pregunté a él. Le dije «nos vemos donde y cuando quieras«. Sin más. Rafa y yo estábamos en un pueblecito de Huelva de vacaciones y, después, nos iríamos 15 días a Sagunto, al piso que tenemos desde 2004, el año del atentado. Prefirió que nos viéramos allí, en Valencia. En un principio, quería que fuéramos a buscarle a Barakaldo (» me viene bien así«, dijo), como si Rafa condujera un Uber o un taxi , pero gratis. Puesto que estábamos en la otra punta del país, yo me ofrecí a pagarle el avión. Facilidades, todas. Además, como es menor, me informé con AENA y le dije que necesitaba el consentimiento materno para viajar. Por mi parte, no había ni una sola intención de ocultar nada, ni un intento de hacer las cosas a escondidas. Por la suya, no puedo decir lo mismo, visto lo visto. No puso objeción alguna. Pero a mí me extrañó un poco, lo confieso, que las cosas hubieran cambiado tanto en la familia. O sea, que su madre, Susy, esa mujer que resoplaba a cada momento cuando me veía acercarme a mi padre en el hospital, esa que ni contestaba a mi saludo, había ampliado sus miras hasta aceptar que su hijo pasara unos días de vacaciones junto a mi. Raro, ¿no? ¿Y si el niño, simplemente, aburrido en un verano más en Barakaldo, planeó una escapada a espaldas de su madre pensando que esta no tenía por qué enterarse? Después de todo, el chaval sabe que no me relaciono con la familia, hasta ahí llega. En todo caso, da igual. Pronto descubrí que la vida seguía igual. Cuando ya me había pedido que le reservara el vuelo, mi recién recobrado sobrino me mandó un wasap. Decía: «hola, Ana he estado hablando con mi madre de que voy contigo y me ha contado todo lo que pasó que yo no lo sabía, todo lo que has hecho a mi familia y no quiero ir ni saber nada»(sic). Naturalmente, le pregunté a mi sobrino qué era lo que yo había hecho a la familia pero sólo respondió con un lacónico y despectivo» no tengo más que hablar contigo» y, después, sin más, me bloqueó. Y esto no dejaba de ser absurdo, porque era él quien se había puesto en contacto conmigo, no yo con él.
¿Qué sentí en aquel momento? No sé si fue dolor. Fue, mas bien, como si un desconocido, en la calle, de pronto me diera un golpe en el estómago. Inesperado, sin venir a cuento. Me quedé estupefacta, paralizada. Ni siquiera fui capaz de enfadarme, de pensar ¿quién se cree este niñato para juzgarme sin ni siquiera conocerme? No en ese momento, después sí lo pensé. Le leí el wasap a Rafa y me contestó: «pues estaba justo reservando el vuelo» o algo parecido. «Ya no hace falta«, respondí.
En aquel momento, me sentí como el personaje de Kafka, el de «El proceso«. Ya sabéis, aquel al que un día levantan de la cama y le dicen que está acusado de un delito, pero no le cuentan de cuál. Después de aquello, durante días y días, repasé toda mi vida con mi familia y lo hice con lupa. Desde el principio, desde la infancia. En busca, podríamos decir, de mi «pecado» original contra los míos.
Empecé a analizar mi infancia. Tengo poquísimos recuerdos de ella. Sé, por los boletines escolares, que fui una niña estudiosa, responsable y obediente. Así que no puede haber sido en esa época cuando hice tanto daño a la familia. Además, salvo que hubiera sido una psicópata asesina, ¿ qué daño puede hacer una niña cuya mayor característica era el deseo de hacerse querer? Si acaso, la molestia que se causa en quien no puede o no quiere amarte. De hecho, recuerdo con toda claridad 2 frases de mi madre que delatan su inmenso y profundo amor por mí: «no me impongas tu presencia«, era una. La otra, «necesito descansar de ti«.
Con la misma minuciosidad, pasé a examinar mi adolescencia, aquella época en que, a menudo, ni me atrevía a salir a la calle, por no dejar sola a mi madre. Por lo que yo recuerdo, me sentía responsable de la soledad, incluso de la felicidad de mi madre. Cuando llegué a los 15 años, me temo que seguí siendo igual de aburrida y predecible. Fue mi madre la que, viéndome escribir en un diario, se burló con un ¿ tan interesante es tu vida que tienes que plasmarla en el papel?»
Pude haber protestado, pude haber dicho «interesante o no, es mi vida». Pero yo era lo más lejano que te puedas imaginar a un concursante de «Hermano Mayor«. Callaba, porque no me atrevía a decirle nada, temerosa de sus palabras duras, que tanto daño me hacían. Así fue como crecí con un hermoso mostacho que me acomplejaba y que hasta ya era motivo de burlas entre los compañeros de instituto. No pasa nada: iba a juego con los pelos que adornaban mis piernas y sobacos. Cómo pedirle ayuda en algo así, si no osaba ni decirle que ya era mayorcita para bañarme sola y lo máximo que hacía era tapar mi ya oscuro pubis con el estropajo de esparto con el que me frotaba.
Por no ser, ni siquiera fui rebelde en la época en que suele serlo la mayoría de la gente. De hecho, mi madre solía quejarse conmigo de lo » malísimo» que era mi hermano Luis. Yo callaba, incapaz de defender a mi hermano con un simple » pues yo no veo qué tiene de malo«, pero más incapaz aún de discutir con mi madre. No fuera a ser que me acabara convirtiendo a mí en la mala, Dios nos libre. Por aquel entonces, empecé a salir algunos fines de semana; a veces, sola. Iba a discotecas. Sin embargo, jamás fumé ni un solo pitillo, nunca bebí , ni mucho menos me emborraché ( lo que me valía las burlas de los amigos que sí lo hacían). Tampoco probé los porros ni nada que se le pareciera. Y, por lo que respecta a mis prácticas sexuales, eran nulas. De hecho, fui virgen hasta más allá de los 30 años. Jamás mi sentido de la responsabilidad me hubiera permitido relajarme hasta el punto de tener un hijo con el primer imbécil( o no) que se cruzara en mi camino. En resumen, no di ningún motivo de preocupación jamás a mi familia. Si algo me preocupaba, me lo guardaba para mí, sin más… A no ser que llegar después de las 10 de la noche un día a casa sea algo que daña a la familia irreparablemente, cosa que dudo.
Luego estudié una carrera, Periodismo, porque era lo más cercano a leer y escribir que se me ocurría, y en la Facultad, tuve un noviete que apenas me duró un par de meses, Gonzalo. Cuando acabé la carrera, con buenas notas, hasta conseguí trabajar en un periódico. No era cualquier periodicucho, sino el más vendido en Euskadi por aquel entonces. Me echaron de «El Correo» al cabo de unos meses, más por mi culpa que por la de ellos, todo hay que decirlo. El tipo de trabajo que hacía no se parecía nada a mi sueño de lo que era el periodismo y yo no tuve paciencia ni inteligencia para esperar y aprender.
Después, mi vida se volvió confusa. Ya no sabía qué quería hacer, ni hacia dónde iba o, al menos, adónde quería ir. Pasé una temporada encerrada en casa todo el día, leyendo, escribiendo y haciendo punto de cruz para intentar tranquilizarme. Estaba angustiada y empecé a sentir atrapada, como si mi vida no tuviera salida. En suma, empecé a deprimirme. Levantarme de la cama y hacer las pocas tareas que debía llevar a cabo en todo el día (un par de recados, acudir a algún curso de idiomas, sellar, sin esperanza, la tarjeta del paro un mes más, consultar los anuncios por palabras de trabajo del periódico)me costaba muchísimo. Contaba las horas, que se me hacían eternas, y anhelaba que llegara, al fin, la hora de poder acostarme de nuevo. La cama era mi refugio. Sólo allí me sentía a salvo, segura. Tampoco entonces conté a nadie mis inquietudes, mis tristezas. Si acaso, lo plasmaba en los cuadernos en los que escribía sin descanso en las largas tardes.
Al final, un día igual que tantos, intenté quitarme la vida. Ni siquiera me acuerdo de nada, excepto de que era verano. Había sobrevivido al año 88, en que mi madre se había detectado un bulto en el pecho que, por suerte, resultó ser sólo un quiste. Como ya había sufrido cáncer de garganta con apenas 29 años, esta vez las pruebas y la biopsia fueron muy rápidas. Sin embargo, para mí fue una época horrible. No sé qué me pasó, pero me sentí culpable de lo que le sucedía. ¿Por qué? Quizá porque ella, en su momento, nos acusó a mi hermano y a mí de haberla dejado muda por gritarnos. Quizá porque empezaba a ahogarme con sus normas y a sentir que mi vida no me pertenecía. En todo caso, me juré a mí misma que si mi madre no sobrevivía a aquello, yo me mataría. Ya veis que la muerte o el suicidio me ha ayudado a veces a «salvarme» de forma paradójica, siquiera porque no dejaba de ser un recurso, aunque sea el último, una situación que me desbordaba.
Aquel intento de suicidio no fue más que una tentativa fallida que se encargó de frenar mi mente preguntándose: ¿por qué tengo que morir?, ¿Qué he hecho yo? Lo de querer morir, digo yo, me lo hice a mí misma, en todo caso, no a la familia. Así que tampoco es eso lo que tanto daño ha hecho a la familia, qué desilusión intentar llamar la atención y no conseguirlo ni siquiera así.
En cualquier caso, empecé a dudar de mi lucidez y, después de un día acostada pensando y sin saber qué camino tomar, acudí sola al ambulatorio de Barakaldo, a la Unidad de Salud Mental. Creía que estaba loca. Sentía que los pensamientos en contra de mi madre que había empezado a tener por aquella época no eran míos. Definitivamente, no podían serlo: yo la quería, así que esos sentimientos que me asaltaban, de vez en cuando, y me llevaban a hacerme daño pellizcándome o arañándome para intentar pararlos, no podían ser míos. Hoy pienso que prefería pensar que estaba loca antes de aceptar que una parte de mí se sentía anulada por mi madre. Pero la psiquiatra que me atendió, María, sólo necesitó 2 minutos para saber que estaba cuerda y decírmelo. No me sentí aliviada: en aquel momento hubiera preferido la locura antes de asumir que, a veces, me quería más a mí misma que a mi madre. Después, cuando me derivaron a la psicóloga de Osakidetza, Isabel, dijo » el problema es su madre » y me revolví como una culebra diciendo: «mi madre no tiene nada que ver con esto«. Pero seguí yendo a terapia. Y empecé a conocerme y aceptarme. Por primera vez en mucho tiempo, gracias a la terapia y a los calmantes, sentí paz.
Un poco más adelante, abandoné los reportajes periodísticos que hacía y que me publicaban en «El Mundo», asumiendo que nunca podría ganarme la vida con ellos, y empecé a preparar unas oposiciones. Las aprobé y me fui a vivir a Madrid.
Entre medias, me dio tiempo a abandonar mi obsoleta virginidad con más pena que gloria. Pero también sin cicatrices, sin recuerdos y, sobre todo, sin traer a casa ningún regalo en forma de ser humano diminuto.
Durante mucho tiempo, cuando llegué a Madrid, cada fin de semana iba a casa de visita, trabajara o no el sábado. Si trabajaba ese día, cogía el autobús a las 2 o 3 de la tarde y el lunes por la mañana volvía, directa, de nuevo, al trabajo. Si el sábado libraba, viajaba a la 1.30 de la madrugada del viernes. Nunca me quejé, nunca dije «hoy no me apetece viajar». Simplemente, no me atrevía. Temía las consecuencias. Fíjate qué absurdo: pasé la vida intentando evitar alejarme de mi familia para no conseguirlo jamás. Para que veas que no siempre querer es poder. Malditas frasecitas engañosas.
Un tiempo después de irme a Madrid, mi madre vino a visitarme para ayudarme a elegir piso. En más de 20 años, es una de las escasas visitas que me ha hecho en mi casa . Entonces, me dijo, con un deje de decepción, «pareces muy instalada. ¿Y si te tienes que quedar?» Y respondí » pues me quedo«. Creo que fue la primera vez en mi vida en que empezaba a saber qué quería en mi vida, a ser yo por fin . Como tampoco creo que ese sea el motivo del inmenso mal causado a mi familia (Sergio dixit), me dispuse a seguir examinando mi vida con la minuciosidad de un entomólogo aplicado.
Después llegó mi primer año de vacaciones y las dividí, salomónicamente, entre Rafa y mi familia: 15 días para cada parte. Pensaba que dedicando a mi familia de origen y al que era mi pareja espacios equivalentes y separados, evitaría el conflicto. Error y gordo. Durante las vacaciones en familia, saltándome mi propia y autoimpuesta norma, llamé a Rafa: me empezaba a resultar opresivo convivir con mi madre y quería que él estuviera conmigo. Así que alojé a Rafa en una pensión, más parecida a un picadero que a otra cosa, y permanecí en casa, con mi familia. Rafa venía a buscarme y salíamos. Yo no sabía cómo compatibilizar las cosas. Él no era invitado a mi casa y yo no le había llamado para dejarle solo todo el día en la pensión aquella de mala muerte . Cuando salía con él, nunca sabía cuándo y cómo volver a casa: si volvía a la hora de la comida, pensaba que se me acusaría de «gorrona». Si no lo hacía y pasaba más tiempo con él, me llamarían «descastada». Pasados unos días, mi madre solucionó, a su manera, mis particulares problemas de conciencia o de lealtades divididas, según se miré. Mi madre dijo que Rafa no había respetado su parte de las vacaciones ( pobre Rafa, que sólo había venido porque yo le había llamado) y que ella no soportaba la situación y, sin más, nos pidió que nos fuéramos. Vamos, que nos echó.
Después de aquello y durante 4 años, mi familia y yo dejamos de vernos. En aquel periodo, mi padre y mi hermana Susy siguieron en contacto conmigo y hasta fui de vacaciones por allí, para verles uno, 2 días a lo sumo. Esperaba que alguno de los 2 me ayudara a retomar la relación con mi madre, pero no lo hicieron. Un cumpleaños, le mandé un regalo a mi madre y volvimos a relacionarnos. Lo que yo tomé como un posible nuevo comienzo, con renovadas pautas en la relación con ella, ella lo tomó como una rendición incondicional por mi parte. Yo había dado el primer paso, así que ella había ganado, debió pensar.
Así pues, Rafa y yo nos resignamos a pasar cada Nochebuena y Navidad, cada Nochevieja y Año Nuevo, y 15 días de vacaciones en casa de mi familia. Aún recuerdo las Fiestas en que nuestro perro Golfo, recién operado y enfermo, tuvo que quedarse con mi suegra. Fueron sus últimas Navidades y aún me pesa no haberlas pasado a su lado. Por cobardía.
A cambio de esas concesiones insalvables, mi vida seguía siendo mía el resto del año. Aún así, aceptar pasar 15 días de verano en el sofá de la casa de mis padres, confieso que no era mi sueño veraniego. E intuyo que tampoco el de Rafa. Porque lo cierto es que jamás fuimos incluidos Rafa y yo en los planes de la familia. Es más, si tenían pensando ir a la playa o a las «barracas» durante las fiestas de Bilbao o Barakaldo, nosotros no podíamos ir de visita. Si nos invitaban a comer y llegábamos tarde porque, por ejemplo, ese año la casa de vacaciones estaba a más de una hora de viaje, me esperaba, infaltable, el reproche de mi madre. Nunca me sentí, en suma, bien recibida por su parte. Nunca pensé que se alegrara de verme. Y, como siempre, no había nada espontáneo, todo estaba sujeto a normas, avisos y horarios que ella decidía. A menudo pienso que hay algo de enfermizo en esa forma de aferrarse a las rutinas que tiene mi madre.
Hasta que, nuevamente, el frágil hilo familiar volvió a romperse. Esta vez, ni Susy ni mi padre mantuvieron el contacto conmigo. Eso a pesar de haber presenciado la discusión entre ambas y comprobar, una vez más, que mi madre había hecho una montaña de un grano de arena, convirtiendo el hecho de que yo saliera de casa para visitar a mi hermana Susy, porque Sergio me lo había pedido, sin su permiso en un motivo de bronca más. Y en la segunda petición de que me fuera de su casa.
Pero esta vez, todo había cambiado. Estaba más cerca de los 50 años que de los 40 y que mi madre supusiera que le debía la misma obediencia que llevaba observando desde la niñez, esta vez me dio más risa que pena. Confieso que, por primera vez en mi vida, mi madre me resultó patética, un poco al estilo de Gloria Swanson en «El ocaso de los dioses.«
Yo ya no quería volver a recuperar a mi familia: no de esa manera. Me di cuenta de que mi familia no era como otras: todo pasaba alrededor de mi madre, así que era imposible relacionarme con mi padre, o alguno de mis hermanos, a espaldas de ella. Por si tenía alguna duda, Susy me negó la posibilidad de que siguiera viendo a mi sobrino en adelante con un «yo no quiero líos, ahora estoy muy tranquila«. Así que me planteé que nunca más iba a verles. Y lo supe, con total lucidez, en aquel instante. Si yo no hacía las paces con mi madre, ella no iba a hacer nada, añadió Susy, y de una forma absurda me preguntó, ese primer día de mis vacaciones de verano, qué iba a pasar en Navidades. Me pareció increíble que me preguntara aquello mientras arrastraba una maleta llena de libros viejos míos que mi madre le había dado para entregarme, un día después de la discusión, en un gesto teatral de los suyos. Entonces me pregunté algo a mí misma: ¿durante cuánto tiempo puede alguien seguir empeñado en que le quiera alguien que ha demostrado que no puede ni quiere hacerlo día a día, año tras año? No sé cuánto tiempo podrán resistir otras personas, pero mi tiempo para insistir había expirado. Estaba agotada emocionalmente. Además, como solía decir mi bisabuela Facun, » las buenas obras hacen querer; las malas, aborrecer«. Hasta el amor más grande del mundo se borra a fuerza de desprecios.
Pese al análisis exhaustivo de mi vida, ya veis, no encontré absolutamente nada que reprocharme, ni de niña, ni de adolescente, ni de adulta. Nada que justificara esa frase tan de melodrama barato, tan excesiva, que un chaval de 17 años que apenas me conocía aceptara como motivo para despreciarme desde lo que sólo puedo denominar como la inmensidad de su ignorancia y una característica que ya me resultaba familiar: ni una pizca de espíritu crítico, ni una duda sobre lo que le contaban. Una vez más, el muro. Otra vez, yo me quedaba con la curiosidad. Si nunca he hecho nada: ¿ qué se cuentan entre ellos? ¿ qué les cuentan a los demás? Imposible saberlo.
No me estoy justificando, porque no tengo motivos para hacerlo. Pero la verdad es que no recuerdo haberle hecho nada a mi familia. Jamás. Mejor dicho, si lo he hecho, en todo caso, ha sido contando mi vida. Si es eso lo que tanto daño les hace, que cuenten ellos la suya. Amor con amor se paga. Después de todo, a mí no me preocupa lo que cuenten: las cosas que he hecho y de las que me arrepiento, que las hay, no tienen nada que ver con ellos.
A lo mejor, lo que no les gusta es lo que cuento. Indudablemente, en toda historia hay luces y sombras. Hay cosas peores que me he guardado, por ellos y por mí. Uno nunca lo cuenta todo. Si es así, si creen que he dado una visión parcial y negativa de ellos, ¿por qué no dan ellos la suya?. Simplemente, porque no la hay, quitando las frases melodramáticas que sólo ocultan su rabia inmensa por aquello de «dar tres cuartos al pregonero» . Durante mucho años, me sentí anulada, sin derecho a expresarme. Quizá por eso, cuando he empezado a hacerlo, he sido como una olla a presión. Cómo me hubiera gustado decir, sin más,» mamá, no siempre tienes razón; mamá, haces daño con las cosas que dices; mamá, no sólo tu dolor importa».
Es curioso, por otra parte, que a mi madre le moleste ( que no lo sé) que cuente mis cosas. Ella, que no conoce el concepto de intimidad. La misma que, sabiendo que mi hermano Luis o yo escribíamos, rebuscaba en cajones y armarios hasta leer la poca parte de nuestra vida que se le pudiera escapar. Cuando mi madre decía «ojalá pudiera veros por un agujerito«, no era una metáfora. Hubiera querido leer nuestros pensamientos, si tal cosa fuera posible. Para qué . Supongo que porque, así, sentía que tenía el control. Y vaya si lo tenía.
Todos los demás, los de afuera, eran un obstáculo: los amigos, los novios, hasta el resto de la familia. Y, si no, que se lo digan a Susy, que se echó una amiga cuando ya tenía 30 años, y tuvo que irse a dormir al coche, tan insoportable fue la presión que mi madre ejerció sobre ella. Porque mi madre tiene espíritu de esponja, tal es su deseo de absorberte, de no dejar que ni una parte de ti escape de su vigilancia. Mi hermana pronto olvidó su «rebeldía» y a su amiga, y volvió a casa, con el rabo entre las piernas, castigada con el silencio materno hasta que recapacitó y le dio a mamá el lugar que merecía en su vida, es decir, todo. De esa forma, Susy pasó de ser la rebelde que se había ido de casa 2 veces ( una cuando era niña pequeña y se fue con una amiga, hasta que se acordó que había ensaladilla para cenar y regresó) a lo que es hoy día: la más feroz guardia pretoriana/ defensora de las esencias maternas que lo excusa todo bajo el socorrido mantra de «ya sabes, ella es así» o » mejor que no se lo contaras a mamá, que sufriría mucho«. Eso fue lo que me dijo cuando le conté un abuso sexual del que había sido víctima yo, por parte de alguien muy cercano, a los 15 años. «Ya eras mayorcita«, me espetó ( se ve que mi madre era más joven , naturalmente).
Mi hermana Susy aprendió, sin embargo, de sus breves huidas y lo siguiente que hizo, muy sensatamente, fue comprarse un piso para poder vivir a sus anchas o para tener donde meterse si las cosas se torcían de nuevo, que eso nunca se sabe. ¿Cómo iba a olvidar que, mientras durmió en el coche, tuvo que asearse en los baños del centro comercial, Max Center, donde trabajaba limpiando?
En todo caso, mi madre se lo agradeció con un amor sin límites. Alguien me dijo que Andrés, el padre de Sergio, la maltrataba y, antes de hablar con ella, lo hice con mi madre. Esa costumbre de hablar siempre primero con ella, ese gran error de no refugiarnos unos hermanos en otros, dejándola a ella aparte, como tantos hijos hacen con sus madres… El caso es que mi madre sólo dijo: «bueno, si es así, ya nos enteraremos». Supuse que se refería a que iríamos a visitarla al hospital o, en el peor de los casos, al cementerio. Tiene Merche una forma particular de querer, sin duda. Una psicóloga me comentó una vez que había gente muy enferma que no sabía querer. Quizá ella sea así. No lo sé, no soy psicóloga.
Ay, la intimidad y mi madre. Algunas madres, como la mía, parecen creer que darte la vida supone que son propietarias de sus hijos y les asfixian. Pero hoy me doy cuenta de que todos somos culpables de estas enfermizas relaciones familiares. Mi familia era , y es, «madrecéntrica»: todo giraba en torno a mi madre. Así que, como sólo ella importaba, tampoco entre los hermanos, o con mi padre, encontrábamos escapatoria o, simplemente, desahogo a «sus cosas«. Podíamos haber estado unidos entre nosotros, pero, por desgracia, nunca fue así. A veces, parecíamos estar todos en una absurda competición por el amor, siempre inalcanzable, de mi madre. Así que se nos olvidó crear lazos entre nosotros, tener una relación auténtica con los demás por separado, es decir, sin pasar por el filtro de mamá.
Ahora ya es tarde. Ya la vida nos ha separado definitivamente y permanecemos cada uno, en un lado de la trinchera, sin posibilidad de hablar. Pero, si escribo también es porque he temido siempre convertirme en alguien como Rocío Carrasco y que la gente a mi alrededor pensara » tiene a toda la familia en contra, por algo será«, dejando de lado que las mayorías no siempre tienen la razón. Y yo, tras una vida de silencio, he necesitado hablar. Quizá el dolor me ha hecho ser dura, a veces. Puede ser. Pero ante el muro familiar que siempre me he encontrado, ante el silencio, me he negado a resignarme. Podéis bloquear todos vuestros teléfonos y redes sociales, podéis contar todas las mentiras del mundo a los pocos que tenéis alrededor ( que tampoco son tantos, la verdad) y decir que «es la realidad» mientras yo pienso en la verdad paralela que os habréis contado unos a otros para justificaros, sin explicaros jamás. Da igual. Vivid vuestra vida, que yo viviré la mía. Pero, por favor, no inventéis historias que no han sucedido. Sólo somos una familia más que no se entiende, que no se quiere. Es una lástima, quizá. Pero no somos un caso único.
Tu madre parece un clon de la mía. También fui su marioneta durante 4 décadas. Estas personas padecen un trastorno narcisista de la personalidad y sus efectos impregnan en toda la familia pues no es posible con su trastorno hacer otra cosa distinta que una familia emocionalmente enferma y disfuncional. Las ovejas negras somos, padrece ser, los más sanos de todos. Los que “vemos”. Los que podemos conseguir alejarnos y llegar a sanar.
Ellas/os: https://es.wikipedia.org/wiki/Progenitor_narcisista
Los roles de los hijos (verás a tus hermanas): https://es.wikipedia.org/wiki/Familia_disfuncional
Un saludo
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Me siento menos sola. ¡¡¡Gracias, Pilar!!!
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