Hace mucho tiempo que descubrí que a las mujeres mayores no les gusta hacer cola en los supermercados. No es que a los demás nos guste, que seguro que todos preferimos pasar nuestro tiempo haciendo otras cosas, qué duda cabe. Pero ellas, por alguna razón que desconozco, dan por hecho que no tienen que hacerlo. Esperar, quiero decir. Así que con la excusa manida de que sólo llevan una cosa, te sueltan un «¿me dejas pasar, maja?» Y tú, sin ganas de discutir, simplemente dejas que se cuelen. Aunque tengas mil cosas qué hacer o te hayas escapado al súper entre tarea y tarea.
Nunca he entendido a qué vienen las prisas de estas mujeres, la verdad. La mayoría de nosotros, hombres y mujeres, esperamos la cola que nos toca, llevemos 1, 2 o 4 cosas. Ellas no. Como si algo desconocido se lo impidiera, vaya usted a saber qué. Me pregunto qué cosas tan importantes tienen que hacer que les impiden esperar, como hacemos los demás. Y, sobre todo, me pregunto por qué piensan que su tiempo es más valioso que el nuestro, por lo cual nosotros podemos perderlo en una fila pero ellas no. A lo mejor piensan que, como están en la tercera edad, no hay tiempo que perder. Como si los demás supiéramos el tiempo que nos queda de vida y aceptáramos que pasarlo en una cola de supermercado es la mejor opción de vida. Va a ser que no. A nadie le sobra el tiempo, por lo demás.
En cualquier caso, a menudo dejo pasar a alguien delante de mí en la cola porque me lo ha pedido y es una señora mayor. Sin más.
Pero hoy, en el Lidl, sólo había una caja abierta. La cola era considerable, pues. Al cabo de un buen rato, han abierto otra caja, advirtiéndonos a través de la megafonía que nos fuéramos trasladando, respetando la fila anterior. Ha sido entonces cuando una mujer mayor se ha abalanzado hacia la caja recién abierta, sin tener en cuenta si había gente esperando en la otra caja. Esa es otra caracteristica muy destacable de las mujeres mayores. Corren como gamos cuando les conviene, tanto en las colas recién abiertas de los súper como para coger asiento en el transporte público. Curiosísimo.
En fin, el hombre del que se ha colado ha protestado. Naturalmente, creo. Después de todo, llevaba una hora esperando para ver cómo, brotada de la nada, una veloz mujer mayor le adelantaba limpiamente por la derecha, arrebatándole su ansiado puesto al lado de la caja recién abierta.
Pues el caso es que el pobre hombre,que sólo aspiraba a que le atendieran cuando le tocaba, se ha llevado una bronca de otro señor por no dejar pasar a la anciana. Alegaba este que las personas mayores «tienen preferencia», como si en lugar de en un mercado,estuviéramos en un cruce de caminos que marcara la prioridad del coche( en este caso, carro) de la señora. El cliente, convertido en repentino defensor de los ancianos, ha llamado sinvergüenza al otro pobre, que miraba a su alrededor esperando, quizá, una solidaridad del resto de los que esperábamos, que no ha llegado.
El frutero de mi barrio, cuando vivía en Barakaldo, y veía a esas señoras mayores levantarse tan temprano para ir a la compra solía decir: ¿para que se levantan tan pronto?.Y se contestaba él mismo: para estar más tiempo sin hacer nada. Era un hombre ácido, este frutero.
Yo no me atreví a decir nada. Nadie lo hicimos, en realidad. Mientras la señora se colaba y se iba a su casa tan fresca, el cliente al que le «habían robado la moto», como coloquialmente se dice, se siguió defendiendo un rato, educadamente, de la lluvia de insultos del otro, el «escudero» de la mujer. Ella, a todo esto, se había ido sin decir ni oxte ni moxte a ninguno de los 2 tras la gresca que dejaba montada a sus espaldas, ya sin ella presente.
Entonces, recordé que estábamos en el Lidl. Y que en plenas Navidades, unos cuantos clientes del supermercado se lanzaron a apresar a un pobre hombre que había robado una caja de gambas. En aquel momento, sobre el incidente, hubo todo tipo de opiniones. Desde los que decían que robar gambas no es robar por necesidad. Seguramente, no se dan cuenta de que hace falta ser muy pobre como para no tener los 10 euros que cuestan las gambas en el Lidl. Y muy mezquino, para reprocharle a alguien que quiera llevarlas a su casa para su familia en semejantes fechas.
También los había asombrados del empeño de los clientes en defender la mercancía del súper. Y te daba por pensar: ¿realmente creen en esa defensa de lo establecido o es que piensan, egoístamente: pues yo tampoco quiero pagar? Si es lo primero, me cuesta pensar que ninguno de ellos haya robado nunca nada en un centro comercial o, simplemente, se haya ido sin pagar de un sitio porque tardaban en traerles la cuenta o se les haya «olvidado» pagar unas cremas en un Eroski. Por poner un ejemplo. Si es lo segundo, una cosa es no querer pagar y otra, no poder. Y muy distintas, por cierto.
Asi que hoy, en la cola del Lidl, a mi conocimiento ancestral sobre lo poco que les gusta a las señoras mayores hacer cola, he añadido otro: las señoras mayores tienen prioridad. ¿En qué? Mejor no preguntes, so pena de ser insultado por algún adalid de las mujeres mayores en las colas de supermercado. Sólo ahí, me temo, porque durante la primera ola de la pandemia, hubo dirigentes que «olvidaron» mandar a los ancianos de las residencias a los hospitales y que, sin embargo, después arrasaron en las elecciones. Paradojas de la vida.
Quizá habría que trasladar el sentido de la justicia de la cola del Lidl a la vida real. No me hagáis caso. Es sólo una ocurrencia.
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