LO FATAL DE CUMPLIR AÑOS.


Lloré cuando cumplí 17 años. Sentía que ya no era una niña y aquello me aterró. Yo no tuve que esperar a cumplir 30, 40 o 50 años, ya ves, para empezar a preocuparme por el paso del tiempo. Quizá mis lágrimas os parezcan, a la mayoría, precipitadas pero fui consciente, desde bien pronto, que uno cumple años pero jamás los «descumple«. Y aquello me dio terror. Pronto empezamos, que diría aquel.

Mi hermana Marta estaba conmigo cuando lloraba y le pareció increíble. Como esa niña marisabidilla que siempre fue, me preguntó:¿lloras por cumplir 17 años? Así que, además de llorosa, al cabo de un rato, además, estaba avergonzada. Marta fue siempre una niña sensata. Por aquel entonces, ella apenas tenía 7 años pero daba igual. Es de esas personas que parecen no cuestionarse nunca, que todo lo tiene claro. La recuerdo mirándose en el espejo del ascensor, bien niña, y diciendo: «voy a tener muchas arrugas en la frente«. En definitiva, ella entonces era una niña un pelín repelente que, cuando iba a las casas de las vecinas, venía contando cómo tenían las cocinas las madres para contárselo a a nuestra madre, que apenas salía de casa. Ya empezaba mi hermana a ser la fuente de inspiración de ama.

Pero no estábamos hablando de ella, sino de mí. Yo me hacía mayor. Y no quería. Había gente que estaba deseando cumplir años o ser mayor de edad. Yo jamás tuve esas inquietudes y me hubiera gustado elegir una época en la que pararme y no avanzar ya más. Esa imposibilidad me aterrorizaba.

Mi padre, entonces, me soltó una de sus acostumbradas perlas de sabiduría y me dijo que aquel era el día que más joven iba a ser del resto de mi vida. Lejos de aliviarme o darme que pensar, la frase de mi padre me angustió todavía más. Si mi hermana había conseguido avergonzarme brevemente, mi padre consiguió deprimirme definitivamente. Porque eso era, precisamente, lo que me angustiaba: pensar que, por bonita que fuera mi edad, el tiempo transcurría sin detenerse jamás.

Desde entonces, aunque sigo celebrando mis cumpleaños, aquel pensamiento me persigue. Cumplir años es una suerte, lo sé. Pero lo es porque ya sabemos cuál es la alternativa.

No sé si os pasa lo mismo. El caso es que yo, siempre he sido consciente del paso del tiempo. Y de cómo ese paso me acercaba, sin remedio, indefectiblemente, a la muerte. Ojalá no ser consciente. Pero Rubén Darío lo expresó mejor que yo en su poema «Lo fatal«. Juzgadlo, si no:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber a dónde vamos,
ni de dónde venimos!…

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