Historia de un suicidio: cuando callar te mata o de cómo hablar puede salvarte la vida


Me despertó el sonido del teléfono. Mi amigo Jesús me llamó y me dijo: «Santi ha muerto» Aún medio dormida, pregunté, «¿cómo?, ¿estaba enfermo?,¿ha tenido un accidente? «. Las preguntas se me atropellaban, una tras otra. «Se ha suicidado«, respondió Jesús. Me desperté de golpe, incrédula.

El último día de Santi amaneció como cualquier otro. Esa mañana, se despidió de su mujer, igual que siempre, y se encaminó a casa de su cuñado a «arreglar unas cosas«, según dijo. Allí le encontró su cuñado, cuando volvió a su casa, horas después. Ahorcado, colgado del picaporte de una puerta. Ya estaba muerto. Santi se mató en una casa que no era la suya. Para que no fuera su mujer quien le encontrara, quizá.

El día que eligió Santi para morir no era un día cualquiera. En la misma fecha, unos años atrás, murió su hija. La niña de sus ojos, su chica preferida, enfermó en su luna de miel en las Islas Mauricio. Falleció unos pocos meses después, en el hospital. La enterraron vestida de novia. Quién iba a imaginar el día de su boda que el traje que usó para casarse acabaría siendo su mortaja sólo un poco de tiempo después.

Mientras otros trataban de entender cómo se había matado Santi, a mí me preocupaba el porqué. No entendía nada. En cuanto me enteré de su muerte, intenté recordar todo lo que sabía de él. En una búsqueda frenética y absurda, quería que encajara su decisión final con lo que conocía de él. Quería encontrar la pieza que completara el puzzle de su inexplicable muerte. Pero no lo conseguí.

Conocí a Santi hace años, más de 20. S. fue mi jefe durante un tiempo. Entonces, yo era cartera y la única chica en la sucursal en que trabajábamos, en la calle Orense, cerca de la Castellana. No sé si porque era la única mujer entre tantos hombres, por un sentido de la caballerosidad que agradecí, el caso es que siempre se portó muy bien conmigo. Unos años después, me lo encontré de nuevo y ya no era jefe. Nada raro: en Correos, es tan fácil llegar a jefe como dejar de serlo, porque el ascenso, igual que la caída, poco o nada tiene que ver con los méritos personales. Cuando me reencontré con él, me alegré mucho y le dije que era el mejor jefe que había tenido. Por suerte, no se suma al dolor por su muerte la pena de no haberle dicho en vida lo que pensaba de él. Por lo que sea, vivo consciente permanentemente de que podemos morir en cualquier momento y creo que no vale la pena regatear el cariño, como si fuéramos eternos y tuviéramos todo el tiempo del mundo. Así que no tengo la mala costumbre de encontrar virtudes en las personas sólo cuando están muertas.

Lo poco que sabía de Santi era eso: que el tiempo que habíamos coincidido me hizo sentirme protegida y segura. En mi retina, su imagen permanecía con una sonrisa permanente y una risa incontenible, con la que se ponía coloradote, casi como si le diera vergüenza disfrutar tanto de la vida, de todo. Eso es lo que recordaba de él. Y era un buen recuerdo, sin duda: el que corresponde a una buena persona, risueña y disfrutona. Y así se quedó en mi memoria. Hasta que se ahorcó.

Ahora, ya lo único que me viene a la memoria cuando pienso en él es cómo murió. Y recuerdo que un mal día, aquel hombre sonriente, risueño y bonachón, se fabricó una polea y calculó la altura y la distancia a la que la cuerda debía estar. Para morirse con certeza, Para no fallar. Y, sin más, se colgó del picaporte de una puerta.

Yo quería entenderlo. Como si, a esas alturas, sirviera de algo comprender. Como si eso pudiera devolverle la vida. Sabía, todos lo sabemos, que una persona feliz no se suicida. Quizá por eso, no podía quitarme de la cabeza su sonrisa. Mi torpe cerebro se decía, una y otra vez, » parecía feliz«. Claro, me contestaba mi escéptica cabeza, como Verónica Forqué, como Robin Williams. Me empeñaba en descubrir qué había entre mi alegre recuerdo de Santi y su terrible y tristísima muerte.

No lo he descubierto. No sé qué le pasaba a Santi. Hay quien dice que tenía deudas. Que se había jubilado y no quería hacerlo. A pesar de haber trabajado durante toda su vida, compaginando incluso un trabajo matutino con uno vespertino. O, quizá, precisamente era eso lo que le ocurría: que no sabía hacer otra cosa, que sin trabajar se sentía perdido. No sé qué le sucedía. Tampoco su familia lo sabe. Pero lo peor es que ya nunca nadie podrá averiguarlo.

Entonces, me di cuenta de que Santi sonreía, sufría y callaba. Porque los hombres suelen ser así. «Los chicos no lloran«, les han dicho toda su vida, y se lo han creído. Peor aún, los hombres no hablan. No han aprendido a compartir sus sentimientos. Porque creen que pedir ayuda les convierte en débiles. No saben, no han aprendido todavía, que compartir el dolor ayuda a hacerlo más pequeño. Quizá por eso, precisamente, se suicidan más que las mujeres. El doble, nada menos.

Pero el poder de las palabras es muy grande. Hablar del dolor ayuda. Y mucho. Hasta la ciencia lo dice. Contar lo que te angustia, hablarlo, puede ayudarte a vivir. Porque el dolor que no se cuenta acaba estallando, de la peor manera posible. Shakespeare te lo dirá mucho mejor que yo :

«Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe».
William Shakespeare

Hasta la ciencia lo dice:»si compartes tu dolor, sólo duele la mitad«

El día antes de matarse, Santi le dijo a su mujer:»¿Sabes qué? He pensado que, si me suicido, se arreglan todos nuestros problemas«. Su mujer apenas respondió. No tomó en serio sus palabras. Ojalá alguien le hubiera dicho a S. que la muerte no soluciona nada. En todo caso, para los que quedan, añade un dolor a los problemas, que siguen ahí. Pero no desaparecen. Ningún suicidio soluciona nada. No, querido Santi.: no son los problemas los que desaparecen, sino tú.

El día que murió Santi comprendí 3 cosas fundamentales. La primera, que apenas sabemos nada de los que nos rodean. La segunda, que detrás de la sonrisa de una persona puede esconderse mucho dolor. La tercera, que hablar de lo que te sucede puede salvarte la vida. Por desgracia, es muy tarde para Santi, que ya forma parte de la atroz estadística de los 10 españoles que se suicidan al día, convirtiendo el suicidio, desde hace 11 años, en la primera causa de muerte no natural en nuestro país.

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