Familias tóxicas: cuando tu casa no es un hogar


Está de moda hablar de gente tóxica. Psicólogos, psiquiatras, expertos en autoayuda, y  tu propio sentido común, te aconsejan que te alejes de la gente tóxica, de esa gente dañina que saca lo peor de ti y consigue que dejes de crecer como persona, como a ti te gustaría.

Pero ¿qué haces cuando es tu familia la tóxica? Y, sobre todo, ¿cómo sabes si las personas que te rodean, las que te han criado, las que se han criado contigo, son tóxicas?.

Diferenciar una familia sana de una que no lo es es bastante sencillo. En una familia sana, un niño encuentra reconocimiento y amor y eso le ayuda a crecer seguro y feliz. Para él, su familia es el sitio donde se encuentra a salvo de todo peligro. El sitio en el que, como en aquel juego infantil, dices «casa» porque sabes que allí nada malo te puede pasar. Los peligros, en todo caso, están afuera, lejos de ese entorno familiar y cálido.

Cuando creces en una familia tóxica, tu casa es una casa, pero no es un hogar. Aquello que debería ser tu refugio, el lugar donde hallar seguridad, se convierte en el sitio más inseguro del mundo, y creces apocado, inseguro, desconfiado. Vives, sin saberlo, en una cárcel. Una cárcel que te encarcela por fuera pero, peor aún, te aprisiona por dentro.

En una familia tóxica como en la que yo crecí, mi madre reinaba de una forma total. Nadie se enfrentaba a ella. Ni siquiera mi padre. Ella dirigía la casa, los pensamientos y los sentimientos de quienes convivimos en ella, como el líder de una secta. Desde el mando de la televisión (que sólo manejaba ella ) hasta los gustos personales ( también en eso decide). Desde lo que está bien y lo que está mal, hasta lo que se debe hacer o no en todas y cada una de las circunstancias de la vida, todo está bajo su control. Nada escapa a su control. Hay una rutina para todo, que funciona como el engranaje de un reloj suizo. Cuando yo vivía en casa, a las 8 de la tarde, se pelaban las patatas. Y punto. Todos los días. A esa hora, se acostaban los niños. Fuera verano o invierno. Siempre. A las 10, todos sentados y viendo la televisión. Encajar, pues, es relativamente fácil: sólo tienes que dejarte llevar, anularte, y asumir como propios los criterios de otra persona. (Que, por muy madre que sea, sólo es eso: una persona más).

Si en una familia sana, recurres a los tuyos  en busca de ayuda y consuelo, en la familia tóxica,  es mejor que no lo hagas. Aquí el peligro, el daño, está dentro. Fuera ( lo que tu madre, lo que tu familia, llama fuera y que abarca incluso primos, tíos, abuelos ) puede ser un lugar acogedor. Sólo que tú no lo sabes. Cómo vas a confiar en los de fuera si son , por definición, el «enemigo». Es más, cómo vas a confiar en nadie, si quienes te debían dar paz y seguridad, te han hecho desconfiar hasta de tu sombra.

En una familia tóxica , las normas no siempre están escritas y, desde fuera, de cara a la galería, no parece haber demasiadas. Para saber las normas, tienes que haber vivido dentro de una familia así. Eso sí, las consignas son muy claras: «los trapos sucios se lavan en casa«. Contar cualquier cosa fuera del círculo familiar ( un círculo cerrado en que sólo entra el matrimonio y los hijos ) es delito de lesa majestad. Que alguien de fuera entre en el círculo ( ese círculo cerrado, estrecho, asfixiante ) es poco menos que misión imposible.

A tu alrededor, por lo demás, todos obedecen. Tu padre podría haber servido de contrapeso a la dura figura de tu madre, a la que él llamaba «sargento de hierro». Pero él también obedece. A lo sumo, hace las cosas a escondidas ( y ver a su propia familia era una de esas cosas que hacía a hurtadillas).  Y tú eres un niño. Vives en una cárcel, sin saberlo. No sabes que hay familias distintas. Para ti, todas son así. Es lo normal, lo que has vivido siempre. Así que obedeces y punto. Igual que harán, después, el resto de tus hermanos.

Y si la comunicación con la gente de fuera está prohibida, entre los miembros de la familia es enfermiza. No se habla. Hay horarios para todo, y comunicarse no es precisamente una prioridad. Puede, incluso, que sea otra de las prohibiciones y tú no lo sepas, tan desquiciante es todo a tu alrededor, tan poco tranquilo es tu entorno.

Tu madre es el centro de la familia. Eso, en una familia sana, supondría un nexo de unión, algo así como un «uno para todos y todos, para uno«. Pero en una familia tóxica, se trata más bien de un «divide y venderás«. Todos sois rivales, contrincantes para conseguir su amor, el amor de la madre. Sólo existís como satélites que giráis a su alrededor, no tenéis entidad propia. Y ella, entretanto, os manipula, usa ese poder para enfrentaros entre vosotros. Consciente o inconscientemente, concedámosle el beneficio de la duda .Ella es el botín, su amor es el premio. Y a ninguno de vosotros se le ocurre pensar en refugiaros los unos en los otros y dejarla a ella de lado. Ni una sola vez. Tanta es su influencia. Tan interiorizado tenéis todos que las cosas son como deben ser. Tan adaptados estáis todos a vuestro particular papel en el teatro familiar.

En una familia tóxica, la intimidad personal no existe, la individualidad está mal vista. Si has intentado encontrar un escape, siquiera mínimo, a la asfixiante atmósfera familiar escribiendo, rebuscarán en tu mesilla para leer lo que has escrito. No existe el respeto. Te dirán que » a una madre hay que tenerla respeto» pero si tú lo pides, te encontrarás con una respuesta sentenciosa y contradictoria, digna de enmarcar: » el respeto hay que ganárselo«. La conclusión, por si no la has visto, es clara. Ser madre, otorga, por sí sola, la respetabilidad. Tú debes, sin embargo, obtenerla. Y conseguirla, en un mundo sin reglas y en que las normas las pone siempre la misma persona, va a ser imposible. (Y, encima, no eres madre, que ya sabemos que da puntos).

Si, pese a todo, intentas ser una persona; si te niegas a ser un componente de un conglomerado en que todos pensáis y sentís como un solo ser, pagarás las consecuencias. Has roto la imagen que pretenden dar, de cara a la galería, de familia unida, perfecta y feliz. Y como les importan las apariencias mucho más que a ti, conseguirán que, tarde o temprano, pierdas los papeles, ahogada a fuerza de recriminaciones medio dichas, de reproches en voz baja y de una lista infinita de desprecios y desamores acumulados a lo largo de los años, en silencio. Llorarás, no entenderás nada. Querrás morir. Y te convertirás en la loca de la familia. Un punto para ellos.

El castigo, si desobedeces, si te mueves del marco, ya lo conoces: ser expulsado de la familia. Literalmente. Se te arrancará de las fotos de familia, se recortará tu imagen del álbum familiar, te mandarán tus fotos en un sobre para no verlas siquiera. Quieren borrarte, quieren que desaparezcas. No te contarán nada. Y nada es nada. No esperes un poco de humanidad, ni siquiera si tu padre está en el hospital, agonizando. Nada de eso. Si habías imaginado que, en una ocasión así, la reconciliación (o una simple cordialidad) era posible, olvídalo. En el hospital, tu padre es propiedad familiar, es un rehén, secuestrado por una mujer acostumbrada a mandar siempre y unas hijas que, incluso ahora, están más preocupadas por el bienestar de su madre que por su padre enfermo.

Por lo que a ti respecta, has sido juzgada y condenada. Tu familia ha sido fiscal y juez. No hay defensa posible para ti. Además, en una familia tóxica, no se te permitirá saber cual es tu delito. Serás, eso sí, permanentemente acusada, por medio de indirectas y pullas. Nunca se te dirá directamente de qué eres culpable. Porque, en realidad, no has hecho nada. Salvo que pensar por ti mismo sea un delito.

Tu condena es clara: ya no formas parte de la familia. Lo que piense tu padre, por lo demás, poco importa. Ni siquiera en este momento, puede él ser el protagonista. Sus hijas y su mujer están demasiado ocupadas echándote de su lado como para ocuparse de lo que realmente importa, de quien importa de verdad. La protagonista, una vez más, es ella. Es su marido. Que sea también vuestro padre ha pasado a segundo plano.

En el pequeño mundo familiar, has perdido todos tus derechos, si alguna vez los tuviste. Y te lo harán ver: se las arreglarán para que jamás estés a solas con él, para que no puedas despedirte. Decidirán sobre él.  La rutina, la sagrada rutina de la familia, eso que funciona como una amalgama que les une como el mejor pegamento, no puede romperse ni en estas circunstancias. Y pretenderán, en el colmo del absurdo, poner horarios para dormir a quien ya no sabe ni dónde está, ni quién es, a quien ya sólo delira.

En una familia tóxica, no eres una persona. Eres una pieza en un puzzle que alguien quiere montar a toda costa. Las piezas tienen que encajar. Y si hay que usar un martillo, pues se usa un martillo.

Yo, simplemente, quise ser más que una pieza de un rompecabezas. No quiero ser el apéndice de nadie. No puedo ser feliz si me anulan. La única salvación, para mí, es alejarme. El 25 de mayo, mi padre murió. Ya no espero nada de mi madre ni de mis hermanos. Hace tiempo que dejé de esperarlo. Es duro. A pesar de todo, el destierro familiar es duro. Pero no puedo renunciar a ser yo misma para encajar. Simplemente, no puedo. Y, la verdad, tampoco quiero.

Un comentario sobre "Familias tóxicas: cuando tu casa no es un hogar"

  1. Mi caso es muy similar al tuyo. Y extrapolable a otros ámbitos externos a la familia. Mi autencididad les jode, a los de casa y a los de fuera de casa. No soportan a una mujer libre, independiente y que destaca en todo. Que les dice lo que piensa a la cara sin pestañear. En el fondo me dan lastima. Ignorantes rebozandose en su ignorancia, y dando lecciones. Mi rebeldía nació del yugo que me impusieron. Mi éxito, del no ser nunca suficiente para ellos. Mi independencia, de haber tenido que aprender todo sola. Doy gracias a mi familia tóxica.

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