Buscar la aprobación de los demás: el camino más rápido para dejar de ser tú mismo.


neruda

Un día te despiertas , te miras al espejo, y te das cuenta. No sabes qué esperas, qué quieres de la vida. Ni siquiera sabes quién eres. Ese día, la máscara que te ocultaba cae ante tus propios ojos. Y te preguntas si hay algo debajo de la careta, o eres simplemente un molde hueco,, barro que los demás pueden seguir moldeando a su capricho, a su imagen y semejanza. Te has convertido en la cáscara de ti misma. Llevas tanto tiempo siguiendo el paso de los demás, caminando a un ritmo que no es el tuyo, que ya ni te acuerdas de si tienes un paso propio.

No has necesitado viajar a La India para encontrarte a ti mismo. Ni hacer meditación. La ansiedad ha sido tu particular gurú: ella te ha hecho despertar de un largo letargo. El desasosiego, el  deseo de salir corriendo siempre, las ganas de huir de ti misma, te dieron la primera pista. Tu cuerpo se ha rebelado, te ha avisado, y tú, por una vez en la vida, le has escuchado. Tu malestar continuo, tus estados de ánimo siempre entre el enfado y la tristeza, tu sentimiento perpetuo de no encajar, de estar representando un papel ante los demás, hace tiempo que te vienen avisando. El esfuerzo de adaptarte al personaje que has creado para que te acepten te ha roto. Y lo acabas aceptando: no puedes renunciar a ti, no puedes ser otro que el que eres.

Has renunciado a ti misma buscando la aprobación, el amor de los demás. Y te preguntas cuándo fue la última vez que pensaste por ti misma. Que fuiste TÚ de verdad. Y cómo empezó todo. Has intentado gustarte a ti misma través de los otros. Por el camino, sin darte apenas cuenta, te has perdido a ti misma. Cómo no van a quererte si todo es tan fácil contigo. Eres una amiga complaciente. Una hija entregada. Una pareja sumisa. Una empleada modelo. Una alumna obediente. Nunca dices lo que piensas. Nunca llevas la contraria. Todos están un poco enamorados de ti. Mejor dicho, están enamorados de su propio reflejo en ti. Porque en eso te has convertido: en un puro reflejo en el que los demás se ven mejores.

Quizá  empezó todo con tus padres. Querías que te quisieran. Tu amor era incondicional. Y aprendiste a callar tu voz. De niño, callas, aunque no entiendas. Callas, aceptando, simplemente, la verdad de otros como propia. No discutes. No puedes discutir. Crees que si discutes, dejarán de quererte. ¿Qué importa callar, entonces?.

Quizá siguió con el amor. Eres adolescente y estás con quien quiere estar contigo. No cuestionas: si quieren estar contigo, significa que te quieren. Y puede que continuara con aquel compañero de trabajo al que le gustabas tanto cuando sonreías, olvidada de ti misma, complaciente siempre. Quería que estuvierais juntos, lo estabais. No quería, no lo estabais. A tus ojos, el amor lo justifica todo. El amor a los demás, porque el amor a ti misma lo vas perdiendo por el camino. «Buscas amor y, como mucho, encuentras sucedáneos como el sexo o la compañía», dice una vocecita a la que te niegas a escuchar.

Quizá siguió con ese jefe al que idealizaste.  Observabas todos y cada uno de sus gestos, todas y cada una de sus palabras eran el evangelio, la palabra de Dios. Si no le gustaba que rieras, simplemente dejabas de reír. Si le molestaba tu tono de voz, lo bajabas. Te morirías si no te aceptara, él, tan distinto y siempre tan distante.  «Tampoco pasa nada por no ser siempre uno mismo», te dice tu voz, que se niega a callar, por más mordazas que le pongas.

Y te entregas al trabajo. Y, un buen día, te encuentras a la 1 de la mañana, sola en la oficina. Nadie te lo pide, nadie te obliga. Y no, te dices, no tiene nada que ver que esperes su aprobación, la aprobación de ese jefe que a esas horas duerme plácidamente, cómodamente ignorante de que estás llegando al límite.

Tampoco importa si  se adueña de tu trabajo y lo vende como suyo y se pone medallas a tu costa. Él es tan especial y tú, tan poca cosa, tan insignificante, que todo vale la pena con tal de no perderle. Qué importa que muchos días ni te dé los buenos días, que más da que os crucéis con su mujer en una reunión de trabajo y ni te la presente. Tú sabes cómo es y le aceptas. «Respiras el aire que él respira, date por contenta», se burla tu voz interior.

Sientes que no puedes fallarles. Pero, sin darte cuenta, te traicionas a ti misma día tras día. Te anulas para gustarles, para conseguir su aprobación.  Terminas por no saber qué parte de ti eres tú realmente. Te vuelvas tan pequeñita como Alicia, pero no estás en El País de las Maravillas. Y corres el riesgo de desaparecer del todo.

No has conseguido anularte. Lo has intentado con todas tus fuerzas pero no has podido. Renunciaste al orgullo y al amor propio. Pero tu yo, ese yo siempre sonriente,  se ha cansado del teatro. Has tratado de hacerlo a la manera de otros y has fracasado.  ¿De verdad crees que has perdido? Párate y escucha tu voz, tu propia voz. Si no has podido acallarla, merece que la escuches. Ya no puedes mentirte más. Ya sólo te queda encontrar tu propio camino y seguirlo. Ser, por fin, tú mismo. Solamente. Nada menos. Aspira a ser fiel a ti mismo. A partir de hoy, quien te quiera, te querrá por ti mismo. Pero primero, vas a tener que aprender a quererte un poquito TÚ. Que falta te hace.

 

Un comentario sobre "Buscar la aprobación de los demás: el camino más rápido para dejar de ser tú mismo."

Deja un comentario