Del vestido de Cristina Pedroche y de la libertad de las mujeres… a elegir seguir siendo objetos


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Cristina Pedroche es libre, qué duda cabe. Libre de vestirse o desnudarse como quiera. Faltaría más. Estamos en España, vivimos en Europa. Cristina Pedroche sólo se representa a sí misma. No faltaba más. Nadie puede pedirle que se convierta en representante de todo el género femenino. Ni podemos ni debemos.

Pero algo me dice (llámalo intuición femenina) que a  nadie se le ocurriría que las campanadas de Nochevieja las diera Frank Blanco, pongo por ejemplo, en taparrabos. Y digo Frank Blanco porque ver en bañador de trapecista a Alberto Chicote o a Carlos Sobera no creo que nos apetezca a ninguna, la verdad. Una mujer en bañador, sí. Y lo llamamos libertad de elección. La Pedroche es libre y, como es libre, elige vestirse en bañador y transparencias (llamar vestido a lo que llevaba  es , como poco, exagerado). Normal que a los hombres les apetezca ver desnuda o semidesnuda a la Pedroche (o a cualquier mujer que esté buena, sin más). Pero, por favor, no lo disfracéis, hipócritamente, de libertad. Porque, vistiéndose así, Cristina Pedroche no es más libre: en todo caso, es más libre de seguir siendo un objeto. Cristina Pedroche, cualquier mujer,  será libre el día que le sigan ofreciendo presentar las campanadas de Nochevieja, aunque lo haga con un vestido de fiesta o con un traje chaqueta, por poner un ejemplo.

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Cristina, en otra Nochevieja

 

La pregunta es: ¿realmente es libre así?. Si necesita batir récords de transparencia año tras año para seguir presentando las campanadas, su libertad es relativa. ¿Qué hará el año que viene?, ¿un desnudo integral?. Lo de Cristina Pedroche es sólo una anécdota, una más, pero es un símbolo de la realidad que reflejan los medios de comunicación.

Los hombres que presentan los programas de televisión no son necesariamente  atractivos. Sin embargo, no encontrarás una sola fea entre las chicas. Y no digo chicas por casualidad.  Las mujeres que aparecen en la televisión son más jóvenes que los hombres y, casi sin excepción, irremediablemente guapas. De Sandra Sabatés a Irene Junquera, de Lara Álvarez a la misma Pedroche. No se trata de defender  la fealdad a ultranza, que conste. Sí el derecho a la igualdad. El derecho, al menos, a que los medios de comunicación reflejen la realidad: una realidad con hombres y mujeres de todas las edades y aspectos físicos y donde una mujer no deje de ser actriz o presentadora por el hecho de tener determinado aspecto o de haber cumplido años. El derecho a que una mujer pueda parecerse a El Gran Wyoming , Carlos Sobera o Alberto Chicote y no por ello dejar de aparecer en los medios, o ver cuestionada su profesionalidad. El natural derecho a cumplir años o a tener arrugas, como Jordi Hurtado o Matías Prats o  Jesús Álvarez, sin que sus equivalentes, en mujer, sean siempre Sara Carbonero o Mónica Carrillo o Raquel Martínez. El simple derecho a que los medios reflejen la realidad. Y la realidad es que las mujeres envejecemos y engordamos, igual que los hombres. Y eso no debe ser un delito que condene a las profesionales, a partir de cierta edad, al ostracismo.

El problema es si todo vale, con tal de tener audiencia. La pregunta es si las mujeres tenemos que aparecer siempre como adornos, como meros objetos decorativos, sin nada más que ofrecer que nuestro físico. La cuestión es cuándo las mujeres vamos a  ser algo más que una cara o un cuerpo obligado a ser eternamente joven, eternamente bello, o si no ser, desaparecer de la vista.

Sí, Cristina, ahora estás del lado de las ganadoras. De las efímeras, de la fugaces vencedoras. Pero el tiempo pasa. Y, como todas, engordarás o, simplemente, envejecerás. Y aspirarás a ser algo más que un póster en las cabinas de los camiones. Y te darás cuenta de que, antes que mujer, eres un ser humano.  Pregunta, si no, a Paula Vázquez que con 42 años da por finalizada su carrera televisiva..

 

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