
Psiquiatras, psicólogos y demás especialistas en salud mental dicen que aprender a decir adiós es crecer. Lo llaman cerrar etapas y forma parte de la esencia de la vida. En la vida, todo acaba. La misma vida termina. A veces, la vida te obliga a despedirte llevándose a la gente de tu lado. Sin más. Se nos van los seres queridos y así vamos, sobreviviendo de duelo en duelo.
Porque también sufres un duelo cuando la gente se aleja de tu vida. O tú de la suya. Una pérdida más, otro duelo. Diferente, quizá, pero igual de doloroso. La gente no se te muere pero va alejándose. Quizá eran amistades circunstanciales y, un día, las circunstancias os alejan geográficamente. Nos decimos que no tenemos tiempo ( fácil y mentirosa excusa) y vamos haciendo una selección natural. El mero hecho de no tener tiempo uno para el otro hace que sin darnos cuenta, nos hayamos ido alejando. Las citas, los encuentros cada vez más escasos. Poco a poco, esa persona desaparece de tu vida.
Otras veces, igual que se acaba el amor, termina la amistad. Desencuentros, decepciones, enfados. El cambio asusta. Pero sucede continuamente.
A veces, por no aceptar que toca despedirse, aceptamos o mantenemos al lado compañías insoportables, por puro miedo al adiós. Amores que nos maltratan o que nos tratan mal. Amistades que te usan o que te alejan de tu camino, de ti mismo. Gente a la que sólo interesas si le sirves para sus fines particulares. Jefes que son amistosos hasta que dejan de necesitarte. Amigos que nunca lo fueron y para los que sólo fuiste una inversión, por tus amistades ( que, para ellos, eran «contactos» ). Padres fríos, poco afectuosos, siempre críticos, ante los que te examinas a diario, sin conseguir jamás el ansiado aprobado. O gente que son tu familia y con la que, quizá, sólo compartes sangre. Dicen que el roce hace el cariño. Sin roce, sin vivencias compartidas, sin preocupaciones comunes, qué afecto puede haber. En suma, personas, todas, que te apartan de la vida que quieres y buscas: luminosa y abierta. FELIZ.
Decir adiós duele pero, a veces, es necesario. Sin embargo, nos aterra la soledad. Pero nacemos solos y solos morimos. Hay que saber decir adiós a lo que se ha acabado. A lo que no te llena. A lo que no te convence. Hay que darse cuenta cuándo uno estorba o dónde no es querido. Aunque duela, hay que marcharse de donde uno sobra. Aunque cueste, hay que decir adiós a lo que murió hace tiempo y dejar de esperar eternamente que resucite. Toca despedirse de un amigo que, con el tiempo, ha dejado de serlo. Es tiempo de separarse de un amor que ya no es tal amor y sólo te hace sentir desgraciado.
A veces la gente se va del todo y tienes que asumirlo. Sin remedio. Otras, simplemente, van dejando de formar parte de tu vida. Relaciones que no aportan nada, que no suman. Que no te hacen sentir bien. En las que uno pone todo, se entrega y el otro se deja querer.
Aprende a decir adiós. Con o sin portazo. No sólo a los muertos, sino a lo que está ya muerto en tu vida. A lo que no te aporta alegría ni paz, ni felicidad. Compañeros negativos, gente perpetuamente triste, quejosos profesionales, que murmuran que la vida no vale la pena y se lamentan a cada paso. O personas que arrastran sus vidas, siempre esperando el futuro, incapaces de disfrutar el presente. Semanas esperando el viernes. Meses esperando las vacaciones. Años anhelando la jubilación. Que contagian su tristeza, su malhumor, su cansancio vital.
Aprende a bajar el telón. A colocar el cartel de FIN. A cerrar puertas y ventanas al pasado, a lo que fue, pero ya no será nunca más. No dejes que el pasado te atrape, que lo que ya pasó sea protagonista de tu vida por más tiempo. La representación ha acabado. O lo ha hecho, simplemente, tu papel en la vida del otro.
Muy bueno 🙂
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Gracias. No sólo cuento penas,¿ves?
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