LA MULTA A GOOGLE, EL DIOS DE NUESTRO TIEMPO.


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A 2.424 millones de euros (nada más y nada menos) asciende la multa que la Comisión Europea de Competencia ha impuesto a Google por abuso de posición de dominio. La sanción es la mayor que la autoridad europea ha puesto jamás a una empresa por este concepto.

La posición de dominio de Google, la tenemos clara todos. El 90% de las búsquedas que hacemos en Internet las realizamos con la inestimable colaboración de Google. Google ha sabido convertirse en nuestro referente, ese Dios de nuestro tiempo que lo sabe todo.  «Pregúntale a Google» es una frase que oímos a diario varias veces. No decimos pregunta  a Internet: decimos pregunta a Google. Existen otros buscadores, claro que sí. Y, a veces, los usamos sólo para buscar a Google, el buscador por excelencia, el nuestro, el de todos.

Pero ¿qué ha hecho Google para merecer esta multa?. Por lo visto, las búsquedas que hacemos en Google para comparar precios nos conducen en primer lugar, a Google shopping, es decir, a una compañía de su grupo. Vamos, que Google favorece sus propios servicios.  Para la mayoría de nosotros, la pregunta es ¿cuál es el problema?. Es bastante lógico que una empresa que ha logrado convertir su buscador en el buscador  saque algún beneficio de él, ¿no? ¿Que ha creado un algoritmo (vaya palabreja)que nos muestra sus servicios en primer lugar?.  Llaman a eso abuso de posición de dominio, olvidando que Google ha logrado ser el rey de los buscadores por méritos propios. La Comisión Europea no  le puede pedir, además, que nos conduzca adonde ella quiere. Después de todo, aunque lo parezca, Google no es un servicio público, sino privado.  Y otra pregunta (y esta vez no se la voy a hacer a Google) ¿qué ganamos los usuarios con esa multa?. ¿Sinceramente? Nada de nada.

A los que nos gusta Google (que  somos legión)  no nos cae bien esta multa. Somos muchos los que no la comprendemos ni la compartimos.  Hay leyes para defender la competencia. Hasta ahí, todos de acuerdo.   Bienvenidas sean, si existen para conseguir que las empresas no se pongan de acuerdo en fijar precios en contra de los pobres usuarios. Y hasta pueden ser buenas leyes, si colaboran en que algunas grandes empresas no bajen los precios con la sola intención de hundir a la pequeña competencia y, una vez solos en el mercado, poner los precios que les sale de las narices. En estos casos, los consumidores salimos ganando. O esa es la idea, al menos. Pero ¿ganamos algo con la multa a Google? Permitidme que lo dude.

Reconozcámoslo: Google, nuestro Google, nuestro bendito Google, es de las pocas cosas gratis buenas que nos quedan. Y no hay que descartar que, en visto de lo ocurrido, Google nos cobre por cada búsqueda que hagamos usando su buscador. Y no son pocas. Porque a San Google se  lo preguntamos todo. Absolutamente todo. Nos sirve para preguntarle cómo ser felices ( nuestra pregunta favorita) y para cotillear qué dice Internet sobre los conocidos que despiertan nuestra curiosidad. (Curiosidad que, todo hay que decirlo, la Ley de Protección de Datos, a veces, no nos deja satisfacer, ocultándonos información). Ni diccionarios ni enciplopedias pueden competir con el sabelotodo Google. Ahora, con un golpe de clic, encuentras toda la información que necesitas

El cambio que ha producido Google en nuestras vidas ha sido de tal magnitud que la vida, en los tiempos modernos, debería indicarse con un a.g. y después g. Porque lo de antes y después de Cristo se ha quedado, ya, obsoleto. Google es el Dios de nuestros días. Para los que no creemos en Dios, es más, a qué negarlo. Así las cosas, poner una multa a Google nos huele a herejía. Y es que, hoy día, todo todo todo está en Google.

 

 

La comisaria europea de Competencia, explicando la multa a Google. Dice que lo que ha hecho Google es ilegal…no habla de la justicia de la ley, cosa bien distinta…

 

 

 

2 comentarios sobre “LA MULTA A GOOGLE, EL DIOS DE NUESTRO TIEMPO.

  1. La multa a Google es una ridícula excusa para robar al gigante lo que no le pueden robar a impuestos. Y también es un abuso de poder para evitar que una empresa consiga más poder y sobre todo más aceptación que un estado. Lo que menos soporta un estado es que una empresa alcance a base de ofrecer sus excelentes productos y servicios el poder y sobre todo la reputación que él jamás conseguirá a base de robar descaradamente a sus castigados ciudadanos el dinero que tanto les cuesta ganarse con la excusa de gastarse una parte en el pienso que les echa en el pesebre para que agachen la cabeza y no protesten.

    Google nos facilita enormemente la vida sin cobrarnos un céntimo, y las empresas pagan voluntariamente por sus servicios porque obtienen valor. Lo único que obtienen del estado es impuestos y el cuento ese de que si no pagaran todos esos impuestos no habría carreteras ni sanidad. La única forma que conoce la UE de contrarrestar el abismo que existe entre el estado esquilmador y clientelista y la empresa excelente creadora de servicios innovadores aceptados y preferidos por sus voluntarios clientes es el miserable uso de la coacción. El poder de la coacción contra el poder del servicio innovador voluntariamente demandado. La coacción ganará precisamente porque es coacción, pero a los ojos de los ciudadanos que dicen proteger van quedando en el subsuelo.

    Al final se resume en clientelizar al perdedor a costa de robarle al ganador. Después de toda la batalla legal contra Netscape, otro perdedor, que Microsoft tuvo que soportar a cuenta de su explorador, le tiene que haber sentado muy mal a Microsoft que Google Chrome haya conseguido a base de mejorar el producto y sin gastarse un sólo centimo en tribunales lo que no consiguió Netscape con ayuda del estado experto en subsidiar al perdedor con el dinero de los demás. Y aquí Microsoft ha encontrado su venganza. Y eso que por entonces Google casi no existía. El estado que dice regular la competencia convertido en herramienta de la depredación entre gigantes. Y es que es imposible que un estado pueda regular la competencia cuando él no conoce otro medio de financiarse que la imposición (por eso se llaman «impuestos») El poder del estado al servicio de su propia envidia y del resentimiento del perdedor. De ahí no puede salir nada bueno.

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