
«Por favor, ayúdenme». Con este grito desesperado, se dirigía Juana Rivas en una carta al Presidente del Gobierno, al Fiscal General del Estado y al presidente del Tribunal Constitucional. Juana Rivas estaba en paradero desconocido desde hace casi un mes. El 22 de agosto Juana Rivas ponía fin a su desaparición voluntaria y se presentaba ante el Juzgado de Instrucción número 2 de Granada, el que emitió la orden de detención contra ella. El 26 de julio, en cumplimiento de una resolución judicial, Juana Rivas debía haber entregado a sus hijos a su padre para que los tres volvieran a Italia, el último domicilio familiar. De allí, huyó Juana el verano pasado con sus dos hijos. A salvo, ya en Granada, denunció a su marido por malos tratos. La denuncia no ha sido enviada a Italia hasta un año después, hace apenas unos días, por lo que las autoridades italianas, en su solicitud de cooperación a España, sólo han podido conocer una parte de la historia: la que ha contado el padre, denunciando a Juana por «sustracción» de sus hijos.
Pero Juana Rivas no es una secuestradora. Tampoco una heroína. Juana Rivas es sólo una madre asustada. Una madre que cree que sus hijos están en peligro. Y que ha hecho lo que consideraba mejor para ellos, porque quiere protegerlos. Porque, como ella dice, «Esconderme es la única forma que he encontrado a mi alcance como madre para proteger las joyas más preciadas de mi vida«.
La verdad, la triste verdad, es que, en su huida hacia adelante, Juana tiene todas la de perder. Se arriesga a perderlos para siempre y a ir a la cárcel. Porque Juana estaba hasta el 22 de agosto en busca y captura. Porque el caso se está juzgando en Italia y no en España. Porque, en su intento de recurrir a los tribunales españoles, éstos se han limitado a sentenciar que Juana debe devolver los dos niños a su padre. Porque sólo le queda recurrir a Estrasburgo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Da igual que la del año pasado no fuera la primera denuncia de Juana Rivas contra su marido. Ya le había denunciado en el 2009 . Entonces, el fallo del Juzgado número 2 de lo Penal de Granada consideró probado que el 7 de mayo de ese año, Juana llegó a casa y su marido, «tras pedirle explicaciones de dónde había estado esa noche» la golpeó repetidamente, causándole lesiones que requirieron una asistencia facultativa. Y sí, también es verdad que volvió con él y tuvieron un segundo hijo. También lo es que muchas mujeres dan oportunidades a sus maridos maltratadores una y otra vez.
Las leyes, hoy por hoy, no están de su parte. Ninguna ley dice que un maltratador no pueda ser un buen padre. Juana Rivas recogió firmas para cambiar esto. Pero se necesitan 500.000 y su iniciativa sólo obtuvo 150.000. (Eso, por no hablar de que, de todas las iniciativas legislativas populares presentadas en España, sólo dos han llegado a convertirse en ley).
Da lo mismo que Facebook arda con grupos de apoyo a Juana y que en Twitter el #JuanaEstaEnMiCasa se haya hecho viral. Una vez más, las redes se han convertido en una batalla campal. De un lado de las barricadas, los que sólo ven una madre indefensa y un marido maltratador. Del otro, los que repiten como un mantra que las leyes hay que cumplirlas.
No. Juana Rivas no está en mi casa. Ni en ninguna de las casas de los que comparten la solidaridad fácil de las redes sociales. Esa hueca solidaridad de las redes que, seamos sinceros, no compromete a nada ni a nadie y, sobre todo, que no nos cuesta nada. Nuestra solidaridad se limita a las palabras, ésas que se lleva el viento. Porque, habría que ver en qué quedaría la solidaridad de la mayoría sabiendo que ahora mismo, cualquier persona que ayude a Juana, incurrirá en una cooperación necesaria o, en su caso, en una complicidad en el «secuestro». Triste, ¿no?
Juana estaba escondida. Pero no podía estarlo eternamente. Y ella lo sabía. Quizá por eso, hoy, 22 de agosto, ha acabado por entregarse. Queda, ahora, confiar en la justicia.
meraviglioso
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