No es país para discapacitados: las ciudades españolas, cárceles de hormigón para los que sufren alguna discapacidad.


El 4 de diciembre de 2017 acababa el plazo establecido por la ley. El objetivo del Real Decreto Legislativo 1/2013, por el que se aprobó el Texto Refundido de la Ley General de las Personas con Discapacidad y de su Inclusión Social, era claro: lograr que los edificios en régimen de propiedad horizontal fueran accesibles para todos. Era el primer paso para conseguir que los discapacitados vivieran una vida plena. Conscientes los legisladores de que se trataba de un grupo vulnerable, excluido, con derechos y libertades restringidos, se fijaron una meta: convertir los edificios españoles en accesibles para todos, eliminando las barreras arquitectónicas.

La meta de la accesibilidad total no se ha cumplido y hoy por hoy ( y ya no hay fecha de fin de plazo) las ciudades siguen siendo cárceles de hormigón para los discapacitados. Sitios hostiles, incompatibles con la discapacidad, y que convierten a los discapacitados en presos. Prisioneros que, muchas veces, ni salir de casa pueden, porque las escaleras se vuelven enemigas insalvables con el portal y la calle como inalcanzable meta. Si tenemos en cuenta que sólo el 2% de los portales tienen rampa de salida a la calle, nos damos cuenta de la realidad. Cada día, un discapacitado libra contra la ciudad la carrera de los 100 metros valla. Pero al final del camino diario, lleno de obstáculos, a ellos, ninguna medalla les aguarda. Salir a la calle supone salvar el escalón que siguen teniendo el 98% de las viviendas. Los propietarios olvidan a menudo colocar la rampa que facilitará la vida a los discapacitados. Los edificios tendrán, quizá, cámaras de vigilancia o mármol en las paredes, pero no rampas.

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La mayoría de los españoles, igual que del resto de los europeos, vivimos en ciudades. Esas ciudades en las que vivimos alrededor de un 75% de los españoles deberían servir para que convivamos todos: personas sin discapacidad y personas con discapacidad. Después de todo, nada menos que el 8,66% de la población española, según datos del IMSERSO, sufre alguna discapacidad. Más de 4 millones de personas que pueden decir cada día eso que repetía Paco Martínez Soria en una de sus películas:» la ciudad no es para mí«. Porque para un ciego, un sordo, alguien que necesita muletas para caminar o que debe ir en silla de ruedas, vivir en la ciudad sigue siendo una carrera de obstáculos diaria. Como dice Pablo Echenique, «para muchos discapacitados, el techo no es de cristal, es de hormigón«. Porque a su discapacidad física, que los vuelve más frágiles, más vulnerables, se une un entorno que contribuye a su falta de independencia. ¿Cómo ser independiente cuando moverte por tu casa o por tu ciudad es tan difícil?

Las ciudades no están hechas para los discapacitados, no cabe duda. Se comportan como sus enemigas, olvidándoles en el diseño de sus calles y sus casas y hasta en los medios de transporte. El mundo no está preparado para moverse en silla de ruedas o con muletas. Ni para ser ciego o sordo, no cabe duda. Las ciudades, casi siempre, son hostiles para ellos. Ciudades insolidarias con los discapaces que se ven obligados a vivir en un entorno que les es hostil.

El 77% de los edificios urbanos de España sigue teniendo barreras. Y las hay de todo tipo. Desde inevitables e inabordables escaleras, sin rampa alternativa, a edificios sin ascensor. Y son más de los que imaginas: más de un millón de viviendas en España no tiene ascensor. O ascensores donde no cabe la silla de ruedas. En cuanto a las sillas salvaescaleras, sólo las vemos en los anuncios y en algún privilegiado portal.

Todos los transportes, sin excepción, te indicarán, muy amablemente, dónde y cuándo puedes acceder si eres discapacitado. Traducción triste, rápida y simultánea: no todos lo medios son accesibles.

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Quizá las ciudades no son solidarias porque nosotros tampoco lo somos. No sabemos ponernos en el lugar de un discapacitado. Eso que algunos llaman sensibilización y que es, simplemente, ponerse en el lugar del otro, empatizar con él. En mis viajes diarios en transporte público he podido comprobar algo muy curioso: la gente cede el asiento con más celeridad a un niño que a un ciego o alguien con muletas. No somos siempre solidarios y respetamos los asientos reservados, las plazas reservadas. A veces, toda nuestra solidaridad se limita a retirarnos para para dejar paso a un ciego y puede que incluso a regañadientes. Otras veces nos empeñamos en ser, nosotros mismos, un obstáculo más., al no apartarnos de su camino. Imagina, por un momento, que no oyes. Imagina, por un instante, que no ves. O que vas en silla de ruedas, o con muletas. ¿Por qué no? Una discapacidad le puede sobrevenir a cualquiera. Y, si no, que te lo cuente Patricia.

Ana no nació discapacitada. Tras un embarazo y un parto muy difíciles, tuvo que adaptarse a vivir con una parte de su cuerpo prácticamente inmóvil. Desde entonces, sus problemas de salud son permanentes. El dolor físico la acompaña casi siempre con una fidelidad indeseable, y, en el futuro, acecha la posibilidad de acabar en una silla de ruedas. Pero cuando la conozcas, no será eso lo que verás. Lo primero que te llamará la atención es su alegría y una sonrisa como carta de presentación permanente que te hará preguntarte de dónde saca la fuerza.

Ana vive en Madrid, una ciudad donde el metro, el tren o el el autobús se conjuran en su contra cada día. El metro de Madrid, el mejor medio de transporte de la capital, le está vedado. La publicidad dice, orgullosa, que la mitad de las paradas de metro están adaptadas para las sillas de ruedas. Nos obligan a darle la vuelta a la frase: la otra mitad, no. Además, las estaciones adaptadas no son siempre las más céntricas. Tampoco se puede acceder a todos los autobuses con ella. Y, encima, parece que permitir las sillas de gemelos ha ido en contra de que las personas con movilidad reducida puedan ir en autobús.

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¿De qué sirven puertas que se abren para permitir el acceso al metro si después, no hay ascensores? Como dicen ellos: «botoncitos para abrir puertas y unas escaleras preciosas«. «Ni rampa ni ascensor ni un gigante de 2 metros que te suba a hombros«. Así las cosas, viajar en metro es impensable. En autobuses, según el que te toque, porque no todos están adaptados. Que le pregunten, si no, al Langui, que en 2016 bloqueó el paso de varios autobuses que le impedían subir con su silla de ruedas motorizada.

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El Langui, protestando porque no puede acceder con su silla de ruedas al autobús

Sin embargo, para Ans, la cosa no mejoró este verano, cuando fue de vacaciones a Cádiz. En las estrechas y encantadoras callejuelas de Cádiz, Patri tuvo ocasión de comprobar que tampoco Cádiz le daba la bienvenida a su discapacidad. A Ana, sus vacaciones en Cádiz le costaron que se rompiera un pie. Unas calles estrechas y llenas de locales que ocupan acera y carretera. Un bar que hace esquina. Y un carrito de bebé, atravesado en mitad de la acera, y que nadie aparto para que Patri pudiera pasar. Y Ana acabó en el suelo, con el pie roto.

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Baldosas pododáctiles

¿Te has fijado alguna vez en esas baldosas de algunas calles de tu ciudad? Sí, esas con desniveles incomprensibles para ti, irregulares. Quizá has pensado que son obra de algún diseñador extravagante. Pues no. Se llaman baldosas pododáctiles y sirven para ayudar a los ciegos a guiarse por la hostil ciudad.

El mundo no está hecho para sufrir una discapacidad. Los luminosos en los medios de transporte no siempre funcionan. El mensaje que transmiten, no haciéndolo es «mala suerte si no oyes». La megafonía no siempre va bien, lo que es un problema, y gordo, si no ves. Los semáforos, si no suenan con ese piar de pájaros, no guían a los ciegos.

¿Te has preguntado de qué puede disfrutar un minusválido? Las televisiones deben estar adaptadas para ellas. ¿Cumplen la ley? Juzga tú mismo:entre las 2 y las 9 de la mañana emiten en lenguaje de signos. Si eres sordo, ese es tu horario para ver la televisión. ¿Conoces algún cine, algún teatro, pensado para la gente que se mueve con dificultad, o para los que no oyen o no ven? Te lo cuento yo. Hace apenas un par de meses fui a ver una obra de teatro. Contaba el testimonio de una operación nazi, la T4, en la que el final de muchos discapacitados fue la cámara de gas. Sobre el escenario, personas con discapacidad interpretaban los papeles. Entre los espectadores, muchas sillas de ruedas. Colocarlos en su butaca se convirtió en una parte más de la obra, como si la obra se trasladara al patio de butacas. Metafórico, ¿no?

Hoy día no somos tan crueles como en la época nazi. Ya no consideramos a los discapacitados como cáscaras vacías. Hasta hemos creado la eufemística expresión diversidad funcional para hablar de ellos, como si hacerlo cambiara la realidad: casi todo sigue siendo inaccesible para ellos. Las cifras cantan. En España, sólo 1 de cada 4 tiene trabajo. Eso, pese a una ley que habla de que las empresas con más de 50 trabajadores deben tener, al menos, un 2% de discapacitados, entre sus empleados. Además, sus menores cualificaciones suelen llevar aparejados sueldos menores, un 15.7% inferiores. Cuando consiguen empleo, pueden dar con un jefe tan comprensivo y empático como el que tuvo Ana, que quiso despedirla cuando llegó la hora de renovarle el contrato con un «después, de todo, tiene 5 dedos, como todos, así que no venga con historias, que esto no es una ONG«. Le exigía una igualdad que sus limitaciones le impedían, a pesar de que se esforzaba más que nadie. Y a pesar de las ayudas que recibía su empresa por contratarla. Por suerte para ella, el superior de ambos renovó su contrato porque «para despedirla a ella, antes tengo que hacerlo con otros que pueden trabajar y no quieren«.

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Protagonistas de la obra Cáscaras vacías

Dicen que España es un referente en turismo accesible. Será, pues, una accesibilidad de salón, de cara a la galería. Un discapacitado puede ir a Ávila (que fue nombrada ciudad accesible por la Red Europea de Turismo Accesible en 2011), y hasta podrá visitar el museo Thyssen, preparado para recibirle. Pero, en su barrio, en cualquier calle de su ciudad, le seguirá esperando el mismo panorama de todos los días. Escaleras por doquier, bolardos inoportunos, baches insalvables, baldosas levantadas y un largo etcétera de barreras por todas partes. Vallas que le impiden disfrutar de esa vida plena a la que tiene derecho y que la Ley le prometía. Porque ser discapacitado no debería ser un impedimento para ser feliz. Y sin barreras, esa meta de la felicidad a la que todos aspiramos, es más fácil.

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