Cómo seguir viviendo cuando tu madre no te quiere


Mi madre nunca me quiso. No por algo que yo hiciera o dejara de hacer. Mi único pecado original fue nacer y en eso, de los 3 seres implicados, yo fui la única que no decidió nada. Simplemente, nací( me nacieron) en un mal momento, momento que yo tampoco elegí , y mi madre me vivió como parte de la cárcel en la que convirtió su vida casándose con mi padre. Pero yo no construí esa prisión y mucho menos, la convertí en una cadena perpetua. Ella solita fue poniendo barrote a barrote, año tras año, hijo tras hijo. Por cobardía, por miedo, por haber sido hija y nieta de madres solteras, por lo que fuera, decidió casarse. Casándose rompía una pequeña tradición familiar quizá triste para ella. En todo caso, fuera por lo que fuera, fue decisión suya y de mi padre. Nadie les empujó a tomarla. Y si alguien lo hizo, desde luego, no fui yo, que ni había nacido siquiera y fui de polizón invitada a la boda de mis padres.

Mi madre fue incapaz de quererme. Quizá debía hacerlo, pero no pudo. Yo no había hecho nada, ni malo ni bueno, para ser querida u odiada. Pero sabía que mi madre no me quería. Lo supe muy pronto. Cuando naces en un ambiente hostil, todos tus sentidos se agudizan. Al menos, yo viví y crecí observando a mi alrededor. Siempre con miedo a no acertar. Siempre con el temor de desbaratar el frágil equilibrio familiar.
De mi padre, sólo sabía que toda su capacidad de amar empezaba y terminaba en mi madre. Al menos, así lo sentía yo, como a alguien totalmente anulado por ella. Trabajaba demasiado y le veía muy poco, así eran entonces los padres. Extraños seres que aparecían para cenar y en los que las madres depositaban la autoridad en forma de veladas amenazas: «ya verás cuando se entere tu padre».

En medio de esos 2 extraños entre sí,  yo sólo era una niña terriblemente consciente de no ser amada.
Pero, hoy, me doy cuenta de que no se puede obligar a nadie a que te quiera. Así que he aprendido a aceptarlo. Con tristeza, hasta con envidia hacia esos hijos que fueron deseados y/o son queridos.

Pero de ese desamor  he aprendido algo: que mi madre no me quisiera, no significa que yo no sea digna de ser amada. No he logrado el amor de mi madre pero, por fin, empiezo a quererme a mí misma. Después de todo, mi madre es una persona más. Ahora que puedo, ahora que soy adulta, decido el protagonismo que tiene en mi vida. Escojo con qué me quedo y qué dejo atrás para siempre. Como uno elige las amistades y los amores. La familia es la que toca,y el amor incondicional no existe. (Por pocas que sean, todos ponemos condiciones para querer.)

Y vista desde fuera, mi madre, como todo el mundo, también tuvo cosas buenas.

Su desamor me ha enseñado que la vida está llena de grises. Sitios donde no todo es blanco o negro. Tú no lo sabías, madre. O pensábamos como tú o estábamos en tu contra. Así eres tú, siempre en las trincheras. Pero la vida está llena de matices. ¿No crees que es una lástima no saber apreciarlos?

Hoy, desde la sanadora distancia, te veo como una mujer que intenta mantener el control a toda costa. La novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Segura de estar en posesión de la verdad. Segura de haber sido siempre una víctima. Pobre mamá, tan férrea que ni se da cuenta de que si por algo es digna de lástima es por su incapacidad para amar a los demás tal como son, sin obligarlos, sin atarlos, sin controlarlos.

Pero hoy, ya ves, me he despertado acordándome de tu lado bueno. A decir verdad, como me gustaría ser irreprochablemente perfecta y ecuánime, el juez que hay en mí hoy ha ejercido de abogado defensor tuyo. Y ha recordado momentos buenos con mi madre. Contigo, mamá.

Un domingo, mi madre me enseñó a dividir. Gracias por eso, mamá.

Todos los días de Reyes desde que puedo recordar, el sofá del salón amanecía lleno de cuentos para mí.

Cuentos preciosos,  ilustrados, de tapa dura. Ahí leí a  Andersen y  los hermanos Grimm y hasta «El príncipe feliz», de Oscar Wilde. Aprendí a amar los libros gracias a ti. Gracias por eso, mamá.

En mi vida contigo nunca me faltó un dulce ni un pastel. Aunque tuviera que comer los que tú decidieras y en el orden castrense que tú impusieras.
Y por poco dinero que hubiera en casa, siempre tuvimos regalos. En cumpleaños, en Navidad y en Reyes.

Cuando estaba resfriada, mi madre me hacía un zumo de limón con azúcar. No sé qué cualidades mágicas poseía, pero me hacía desear estar pachucha porque así te preocupabas por mí.

Cuando había fiestas en Barakaldo o en Bilbao, nos llevábais a las barracas: montábamos en las atracciones y comíamos churros , algodón de azúcar y manzanas caramelizadas.

Hasta cuando viniste de operarte de Madrid, de un cáncer que garganta que brotó inesperado y extraño a tus 29 años, nos trajiste dulces. Pero nos observabas, a mi hermano y a mí, con dureza, como si fuéramos culpables de tu enfermedad, de tu tristeza infinita.

Todo lo bueno lo tiñeron, siempre,  tus reproches, mamá. ¿No te das cuenta? Nos acusabas, una y otra vez, de no tener sentimientos. Eramos niños, simplemente. Inconscientes, puede. Insensibles, jamás.
Nos culpaste de tu tumor. No echaste la culpa del cancer a haber vivido rodeada de fumadores toda tu vida( papá, la abuela, la bisabuela) y haberte eso convertido en fumadora pasiva. No. Nosotros te hacíamos gritar y eso te provocó un cáncer. Imagina oír eso durante años. Llevar esa carga, que crees real ( el maravilloso pensamiento magico de los niños que se creen responsables de todas las desgracias a su alrededor) sobre tu espalda y no saber qué hacer con ella. O cómo compensarte por el mal hecho, por inocente que fuera una de tu infelicidad. Esa infelicidad tan densa, tan espesa, tan profunda y absoluta, que lo rodeaba todo.

No te imaginas cómo llegué a odiar tu tristeza.  Pero no a ti. A ti te quería demasiado. Pero esa tristeza que todo lo empañaba y de la que nos culpabas, ¿cómo no odiarla.?
La primera vez que me enfadé contigo maldiciendo que estuvieras siempre triste, me odié con toda mi alma. A mí, no a ti. Preferí pensar que me había vuelto loca antes de aceptar que mi instinto de supervivencia se rebelaba contra ti. Que si tú te empeñabas en ser infeliz recordándonos permanentemente el enorme sacrificio que habías hecho por nosotros, yo ya había tenido mi ración de infelicidad. Basta ya, me dije.  Primero, quise morir. Luego, elegí vivir.
Y hoy, aunque la tristeza me persiga, intento alejarla siempre que puedo. No quiero que se quede a vivir conmigo para siempre. No pienso permitírselo. Por eso río tanto. Te extrañará oirlo, pero la mayoría de los que me conocen lo que recuerdan de mí es mi risa. Aunque tú me digas que río como una tonta, sigo pensando que es más inteligente quien consigue ver el lado cómico de la vida que quien se comporta como Juan Desiderio, siempre triste siempre serio. Reír hace que la vida sea mejor.

Por todo y a pesar de todo, gracias,  mamá. Adiós, tristeza. Bienvenida, alegría.

10 comentarios sobre “Cómo seguir viviendo cuando tu madre no te quiere

  1. Me ha encantado Ana. Mi padre que falleció confirmaba mis sospechas de que yo tenía “algo” que a mi madre la ponía nerviosa. A mis 55 años nunca pude conseguir su amor. Es una herida sangrante y un dolor recuerrente. Mis hermanas miran siempre hacia otro lado. Todo escondido debajo de una alfombra no sea que les salpique. Afortunadamente mi marido me abrió los ojos y me permitió darme cuenta de que vivía en una famiia disfuncional y que tenía derecho a ser amada y que lo merecía. Hago todo lo que puedo por mi familia pero sé que nunca cambiarán. He construido una familia de afectos preciosa que ayuda en mi sanación.

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  2. A mí aún me duele …
    Ella falleció aproveche sus últimos meses cuando ya tenía tiempo para oírme y ponerme atención, le di todo el cariño que pude …
    Tantos años ella no me quiso me negó como hija y nisiquiera yo sé por qué …
    Le Demostré cuanto la quería pero igual ella falleció el último día me pidió tantas disculpas …
    Dios se la llevó ..
    Pero no me dio tiempo a sanar estás heridas ..
    Te extraño mamá no importa si dejaras de quererme otra vez …
    Quisiera que vuelvas te quiero mucho …
    Nunca entenderé por qué no me quisiste pero te quiero mami mucho …

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  3. Sin querer encontré este blog, porque tengo 23 años y estoy pasando la etapa de que hace unos 4 años atrás pude abrir los ojos y darme cuenta que mi madre no me quiere (aunque ella ya me lo ah dicho varias veces)
    Pero no quise aceptarlo.
    Gracias por compartir tu experiencia me ayudo mucho en estos momentos tan amargos que estoy pasando, ahora se que es mi momento de soltar y dejar atrás, ahora soy madre y voy a lograr hacer la madre que yo nunca tuve

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  4. Es increíble Ana. Me has inspirado más de lo que imaginas.
    Tengo 19 años y soy de México. Y acabo de aceptar que esto va a ser un duelo por que es una realidad.
    Siempre había algo mal en mí, algo que corregir y algo que la hacía miserable que nunca alcanzaba a solucionar. Me he rendido en esa batalla. Mil gracias por compartir tu versión.

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