Dicen las frías estadísticas que alrededor de 2000 personas se quedan ciegas al año en España. Y que 3 de cada 4 pierden la visión por enfermedades de la retina. Yo estuve a punto de formar parte de esa aterradora estadística. De esas cifras que indican que, en el mundo, cada año, 7 millones de personas se quedan ciegas.

Perdí la vista de golpe el 10 de enero. Un pequeño círculo negro se situó en mi ojo izquierdo, en una esquina, agazapado, latiendo amenazante. Era un círculo concéntrico, enloquecido, que parecía avanzar sin piedad desde la esquina inferior izquierda de mi ojo. No dolía: el desprendimiento de retina no duele. De forma traicionera, un día, un telón, una cortina oscura, cae ante tus ojos, oscureciendo tu visión. Enseguida supe que mi retina se había desprendido. Esa madrugada acudí a urgencias y el sábado a una clínica, dispuesta a operarme. No, no soy adivina. Desde octubre, mi ojo izquierdo venía avisándome de que no estaba bien. Me había dado unos cuantos avisos antes, pero poco o nada pude hacer para impedirlo. En octubre, unas molestas e inoportunas moscas volantes (los oftalmólogos lo llaman miodepsias) se reprodujeron sin control en mi ojo izquierdo. No eran como las que muchos vemos sobre un fondo claro o cuando hay mucha luz. Eran más numerosas, y ,sobre todo, más molestas, porque empeoraban mi visión, volviéndola borrosa y empañada. El oftalmólogo que me revisó dijo, sin darle mayor importancia, que tenía un pequeño desgarro en el ojo izquierdo. «Eso se arregla fácilmente, dijo. Unos puntitos de láser y solucionado.» Los puntitos resultaron ser 110, nada menos.

Y seguí mi vida normal. Es lo que me aconsejaron. Al día siguiente, seguía con las molestas moscas y acudí de nuevo a la clínica, esta vez más asustada. Una doctora me explicó que el láser no eliminaba las moscas, que tenía que acostumbrarme a ellas y hasta ponerles nombre. El láser no repara nada. En realidad, el mágico láser lo único que hacer es rodear el perímetro del desgarro para impedir que se extienda el «roto». Es un parche, simplemente. ¿Con qué fin? Evitar el temido final: el desprendimiento de retina. Sí, es verdad que con la operación, el 90% de los ojos con desprendimiento salvan la visión. Pero eso deja un peligroso 10% en la cuerda floja de la posible ceguera. Que se lo digan,por ejemplo, a Jesús Vidal, el actor de Campeones, que se quedó ciego a los 20 años a consecuencia de un desprendimiento de retina. Como yo ya había hecho lo que debía y podía hacer, decidí llamar a mis moscas Doña Dorotea en un intento de desdramatizar lo que me pasaba. Y también porque creo que el sentido del humor es lo último que debe perderse en la vida.
Lo malo fue que, poco después de aplicarme el láser, empecé a sufrir destellos. A pesar de su prometedor y fulgurante nombre, los destellos son aterradores. Esas luces son relámpagos que se cruzan ante tus ojos, como cuchillos muy brillantes y afilados. Como un trozo alargado y puntiagudo de espejo. La primera vez que vi un destello fue una noche, a la luz de las estrellas. Pensé ( quise pensar) que era un coche que cruzaba por la carretera, a mi espalda y que, de alguna forma, mi ojo lo había visto, por el rabillo. Cuando volví a ver otro destello, pocos minutos después, ya dentro de la casa, me asusté. No eran las luces de un coche. Algo iba mal en mis ojos, sin duda. Como los destellos aparecían cada vez que mis ojos pasaban de la luz a la oscuridad, empecé a temer quedarme a oscuras. ¿Solución? En casa, encendía una luz en el oscuro pasillo antes de abandonar la luminosa sala. A la hora de internarme en el oscuro párking no podía hacer nada. Ni cerrando los ojos podía escapar a los temibles destellos. No se iban, así que acabé por rendirme y pensar que más me valía acostumbrarme a aquellas indeseadas luces.
Pero tampoco tuve mucho tiempo para preocuparme por los destellos porque, en noviembre, un virus aprovechó para cebarse en mi querido y maltrecho ojo izquierdo en forma de feroz conjuntivitis. Tan virulenta era que apena me permitía abrir el ojo. Tan temible que volvió más borrosa aún mi maltrecha visión durante 15 días. Tan contagiosa, que me obligó a permanecer en casa, sin trabajar, para no extender el virus por doquier.
Como suele pasar en la vida en que lo urgente nos hace olvidarnos de lo realmente importante, mi desgarro pasó a segundo plano, repentinamente olvidado. Estaba demasiado ocupada en curar esa alarmante conjuntivitis de ojos inyectados en sangre y semicerrados.

Pero la película no había acabado. En Navidades, semiolvidado el desgarro y dejados atrás los ojos cerrados y enrojecidos de la conjuntivitis, me tomé unas (creía yo) merecidas vacaciones.
Las campanadas de Año Nuevo me despertaron de mi efímera felicidad. Apenas habíamos tomado las 12 uvas, ansiosos de que el año que empezaba fuera mejor que el que dejábamos atrás, cuando, de pronto, 2 manchas negras con forma de notas musicales de mal augurio se posaron delante de mi ojo. Bajé la cabeza, aterrorizada y me fui a la cama. En apenas unos minutos, la visión de mi ojo izquierdo se cubrió de unos puntitos, semejantes a diminutos copos de nieve. De pronto, un espeso manto de nieve y bruma cubría todo lo que veía, volviéndolo, a la vez, borroso y nublado. Asustada, me tapé el ojo derecho. Mi visión se parecía a la que se ve en un espejo empañado por el vapor en el humeante baño matutino. Sólo que el vaho y la nieve estaban dentro de mi ojo. Miré al fondo de la habitación y ratifiqué mis mayores temores: no veía nada por ese ojo.
Nunca en mi vida había empezado el Año Nuevo acostándome tan pronto. Apenas era la 1 de la madrugada. Confiaba en despertarme bien, como si estuviera dentro de una pesadilla interminable e increíble. Pero cuando desperté, seguía siendo 1 de enero y yo seguía sin ver. ¿Adonde vas el primer día de año en una situación así?
Empecé el 2019 en una clínica, en urgencias. Tenía una hemorragia. Los puntos, la nieve, el vaho, todo era sangre dentro de mi ojo. El oftalmólogo me ordenó reposo hasta que la sangre se reabsorbiera y pudieran ver lo que había debajo. Ahora, las máquinas daban error, incapaces de ver través de la hemorragia.
La hemorragia: ¿tenía que ver con el desgarro? Nadie lo sabía. Por si acaso, reposo relativo y permanecer boca arriba para que la sangre se reabsorbiera por sí sola. Tampoco esta vez, por lo visto, se podía hacer otra cosa, salvo esperar. Nueva baja en el trabajo, nuevo periodo de aislamiento en casa.
Ese 1 de enero me dilataron el ojo. Poco sabía yo que llegaría el 15 de febrero y yo seguiría con el ojo dilatado aun. Dicen que la pupila dilatada es sexualmente atrayente para los hombres, así que, por febrero, debía ser yo, sin duda, una de las mujeres más sexis sobre la faz de la Tierra.
El día 10, mi retina se desprendió. Hacía unas horas, me habían dado otros 220 puntos de láser que solo consiguieron que mis destellos enloquecieran y mi retina se acabara desprendiendo sin remedio.
Ahí estaba, mi mayor temor hecho realidad. Siempre he tenido miedo de quedarme ciega. Miedo y algo así como un oscuro presentimiento, una especie de supersticioso convencimiento de que, tarde o temprano, mis ojos acabarían por traicionarme del todo, negándose a ver. Ser miope ha sido para mí, siempre, la antesala de una ceguera que me acechaba, amenazante, y que acabaría por aparecer, tarde o temprano. Cada visita al oculista representaba una pequeña tragedia. Me sometía a las pruebas de agudeza visual como si fueran un test de inteligencia. Peor aún, pruebas que acabaran demostrando, invariablemente, mi torpeza. Como si no ver o ver mal fuera culpa mía.
En cuanto pude hacerlo, sustituí las gafas por lentillas. Después de todo, «si los demás no saben que soy miope, no lo soy». Igual funcionó mi tramposa mente cuando me operé de miopía. Si me operaba, dejaba de ser miope, esta vez definitivamente. Pero no es tan fácil. Con o sin gafas, con o sin lentillas, con o sin operación, yo seguía siendo miope. Mis ojos seguían siendo miopes. Igual que una persona que se hace la cirugía estética buscando la juventud perdida no se convierte en joven, mi ojo no dejó de ser miope a pesar de los pesares.
Ser miope te convierte en candidato probable al desprendimiento de retina. Quizá por eso, cuando mi retina se desprendió, no me sorprendí demasiado. Sólo me sorprendió que lo que otros describen como un telón negro, a mí me pareció un círculo entre negro y gris que se movía de forma enloquecida e inquietante. Durante un larguísimo fin de semana, permanecí boca arriba, como me dijeron los médicos, intentando impedir que avanzara esa maldita sombra negra. Esa cortina negra, ese telón oscuro que amenazaba con dejarme ciega, velando del todo mi mirada.
El 15 de enero me operaron de desprendimiento de retina. En pocas palabras, extrajeron mi humor vítreo, causante último de las moscas y el desgarro, y aprovecharon para reparar el desgarro. Además, me inyectaron gas en el ojo, con el fin de que empujara hacia arriba mi desprendida retina. Lo peor había pasado. O eso creía yo. Operar, en el caso del desprendimiento de retina, es casi, lo de menos. Lo peor viene después: en el pos-operatorio. Volver a ver depende de que TÚ hagas bien el pos-operatorio. Tenía que guardar reposo durante 1 mes. Los médicos lo llaman así, eufemísticamente, supongo. Durante 24 horas al día debes mantener una postura, única y exclusivamente, distinta según la zona del ojo donde se haya producido el desprendimiento. En mi caso, tenía que estar boca abajo. El objetivo de esta postura obligada e infernal era que la retina quedara fijada, pegada. Mantener la mirada fija en el suelo, cuando era de día; la mirada fija en el cepo sobre el que dormía, por las noches, oscuras por más de un motivo.


Existen aparatos que te ayudarán a mantenerte 24 horas al día con la cabeza baja. La primera noche sin ellos no conseguí dormir, tanto era mi temor a ponerme de lado por error. Por el día, lo que yo pronto llamé mi «potro de tortura» se convirtió en imprescindible para lograr mantener la postura. Por la noche, descubrí que es literalmente imposible dormir con la cabeza boca abajo. Te ahogas, te falta el aire. Una vez más, necesité ayuda.

En medio de todo, mi ojo ( el absoluto protagonista de mis desvelos) no me duele. Apenas unas molestias donde me pincharon para la operación. No, el ojo no me duele: es el resto de mi cuerpo el que se resiente. Durante un mes, cuando me levanto ( sólo para ir al baño o para acostarme), camino con la cabeza gacha, cabizbaja. Mi único horizonte es el suelo. No levanto jamás la vista, ni siquiera por equivocación. Como con la cabeza agachada, sentada en la cama con el plato lejos, para obligarme a estar con la cabeza tan inclinada como sea posible. Duermo boca abajo, con la cabeza metida en una especie de cepo que la mantiene sujeta, para que no pueda moverla. Sustituyo la ducha por el baño, por miedo a que un chorro de agua desprenda mi retina. Mi imaginación y mi desconocimiento me hacen pensar que será mi ojo entero el que caerá y será arrastrado desagüe abajo sin remedio. Así las cosas, me convierto en una especie de «talibán» de la postura boca abajo, como si el aterrador maleficio de la ceguera estuviera esperando un descuido para caer sobre mi. No me relajo jamás.
El esfuerzo es tan grande que, a veces, la ceguera me parece un mal menor y siento auténticas tentaciones de ponerme boca arriba, en un imaginario suicidio ocular que, por supuesto, no me permito ni por un minuto. Me obligo a aguantar, porque en mi mente solo hay un objetivo. No, no es recuperar la visión. No aspiro a tanto, ahora mismo. Sólo me pregunto si podré aguantar boca abajo un mes. Resistir esa postura tan antinatural día tras día. Si pienso en todo el tiempo que me queda por delante, la ansiedad se apodera de mí. Lo importante es alcanzar el final del día sin desfallecer: mantener la postura, dejando de lado el cansancio, el dolor y también, por qué no, la tristeza y el miedo. Es, casi, como en una oposición. Estudias sin pararte a pensar en el resultado. Para no desanimarte y dejarlo todo, Disciplina y ni un paso atrás. Y el dolor físico, la consciencia de cada uno de tus músculos, órganos y huesos, hace que olvides a tu vieja temida enemiga, que te contempla no desde tan lejos, no como una simple posibilidad, sino ya como una probabilidad cercana y temible: la ceguera.
Mi cuerpo entero, mi mente toda, gira alrededor de mi dañado ojo izquierdo. Recién operada, mi ojo es una persiana rota. Una persiana que apenas deja ver, por una rendija, luces y sombras. Me daba terror la ceguera, la negrura total, la oscuridad absoluta. Quizá por eso, pensé: poco o mucho, algo veo. En esa especie de botella que es ahora mi ojo (en parte agua;en parte, gas) lo poco que veo aparece como si estuviera rodeado de agua. Si me tapo el ojo bueno, con el izquierdo veo una imagen movida , desenfocada, como a través del agua. Para poder ver mi mano, debo acercarla mucho a mi ojo izquierdo. Situada delante de mi ojo, justo debajo, a poquísimos centímetros, mi mano parece ondularse, como una fotografía movida. Recupero la visión poco a poco, como un rompecabezas que se va completando, pieza a pieza. Primero, una minúscula rendija en mitad del ojo es mi pequeña mirilla alargada para asomarme al mundo. Luego, la visión se amplía y es un círculo, como un monóculo, dentro del cual están las imágenes. A medida que el círculo va menguando, mi visión va ampliándose, como si mi ojo, por fin, consiguiera salir del agua. Y, de repente, el círculo disminuye, se hace más pequeño y acaba por desaparecer el 30 de enero, 15 días después de la operación.
Así sé que el gas que sujetaba mi retina ha desaparecido. Es un momento especial: cuando la retina tiene que demostrar que puede funcionar sola, sin la red que la estaba sujetando.
Un montón de horas vacías de actividad, aparentemente inútiles, me han enseñado algo: la certeza de que todos los huesos, todos los músculos , todos los órganos del cuerpo pueden doler. Duele la raíz del pelo, a fuerza de presionar la frente contra la herradura de eskay que impide a mi cabeza escapar de la postura a la que me han condenado los médicos este largo, interminable mes. Duelen los codos y rodillas, por hincarme en la cama intentando enderezar la espalda como un gato, sin perder la postura boca abajo, cuando no aguanto más la incomodidad. Duele mi pobre espalda, contraída del cuello hacia abajo; a tramos, retorcida. Duelen mis piernas, cuya sangre deja de circular tras horas inmóviles, dobladas sobre sí mismas. Y hasta duele mi culo, agotado de estar sentado, inmóvil. ¿Quién iba a decir que estar sentado sería cansado?
No puedo ver la televisión, no puedo leer. ¿Qué me queda en esas largas horas sentada o tumbada boca abajo? Pensar, en estas circunstancias, no es conveniente. Descubro, entonces, que entre el 80 y el 90% de la información sensorial que recibimos es visual. Ahora, tengo que pensar en alternativas. Inesperadamente, la radio se convierte en una aliada contra la nada visual que me amenaza. La música de cadena Dial, el humor de Buenafuente y Berto Romero en el Nadie sabe nada de la cadena Ser. Incluso intenté «leer» usando los audiolibros. Tras conocer brevemente la experiencia, puedo decir que, igual que mi reposo no era tal reposo , definitivamente, audioleer no tiene nada que ver con leer.
Ha sido un largo mes. Un mes de descubrimientos, de aprendizaje, de cambios. Mi vida, mi ocio, mis prioridades han cambiado alrededor de mi ojo enfermo. A lo mejor es verdad que todo dolor esconde la posibilidad de un aprendizaje. Yo he aprendido, al menos, una cosa. Que, muchas veces, olvidamos lo importante, preocupándonos por naderías. Y, sobre todo, que, la verdadera lotería en la vida es gozar de buena salud.
Es la primera vez que Leo algo similar a lo que a mí me pasó hace 14 años en el ojo izquierdo. Operada 2 veces en el lapso de un mes termine perdiendo la visión de su ojo y del ojo izquierdo también padezco de esas visiones de puntos negros y telarañas flotantes a las que me tuve que acostumbrar. Dos veces me hicieron láser para asegurar la retina pero siempre estoy con miedo de quedarme ciega…me gustaría contactarte para saber cómo fue que recuperaste la visión luego de la cirugía si es que existe algún otro tipo de tratamiento ya que yo no la pude recuperar. si pudieras escribirme mi correo electrónico es lulipatri@gmail.com. muchas gracias y saludos!
Me gustaMe gusta
Holaa ,y eb cuanto tiempo fue el proceso del que descubriste que no funcionaba del todo bien tu ojo izquierdo ,hasta la operación ,estoy teniendo hemorragia subretiniana y me diagnosticaron al principio del 2016 ,cuando empezó a empeorar mis agudeza visual ,hasta ahora no me e operado
Me gustaMe gusta
Empecé a notar síntomas en octubre y para enero ya se me desprendió y tuvieron que operarme.
Me gustaMe gusta
Y la operación, cuanto tiempo duró,? Anestesia general o local?
Hola, Carmelo
La operación duró alrededor de una hora y fue por anestesia local. Me taparon el ojo y me fui a mi casa. Fue muy aparatoso.
La verdad es que todo lo relacionado con la vista a mí me asusta mucho. Pensar en quedarme ciega era como si todos mis temores se convirtieran en realidad.
Ha pasado el tiempo y, aún así y aunque todo salió bien, no puefo evitar ponerme en lo peor con cada pequeña molestia.
En mayo empecé a ver cosas raras en un ojo y me han dado láser…es una vacuna para no tener un nuevo desprendimiento pero el miedo no hay quien me lo quite.
Un abrazo y gracias por tu interés
Me gustaMe gusta
Y ahora, después de año y medio, lograste recuperar parte de la vision? Que %?
Me gustaMe gusta
La he recuperado toda. 100 por cien. Como secuela, una pequeña catarata que tendrán que opetarme en su momento
Me gustaMe gusta
Espero que estés bien.
Me gustaMe gusta
Sí. Pero ha sido muy muy duro
Me gustaMe gusta
espectacular querida Ana y cuánto me acabas de enseñar..un besazo
Me gustaMe gusta
Gracias, compadre
Me gustaMe gusta