
Andreas Fernández murió sola y atada a la cama de un hospital. Apenas 4 días antes, Andreas había ingresado en el Hospital Central de Asturias por una amigdalitis. No recibió tratamiento. ¿La causa? Se la diagnosticó como enferma psiquiátrica. Etiquetada como enferma mental, Andreas fue obligada por orden judicial a permanecer ingresada en una unidad psiquiátrica. Allí, inmovilizada, atada a su cama durante más de 72 horas, y sola, fue donde Andreas, finalmente, murió. La autopsia fue clara: Andreas murió de meningitis linfocitaria unida a una miocarditis. Las 2, causa de una infección grave que no se tuvo en cuenta, que no se trató, durante su estancia en el hospital. Tenía, solo, 26 años.
En abril de 2017, Andreas Fernández acudió a su ambulatorio varias veces. Tenía amigdalitis aguda. Como los antibióticos no la curaban, Andreas fue a urgencias. 2 veces el mismo día. Una, por los dolores. Otra, cuando la meningitis le hace “oír ruidos”. Andreas no es médico, no sabe qué le pasa. Entonces, por desgracia, menciona que su madre sufría esquizofrenia. A partir de ese momento, los médicos dejaron de escucharla. Y atribuyeron sus síntomas a un origen psiquiátrico. Sin pruebas, sin diagnóstico, sin atender a lo que le pasaba físicamente. Andreas cometió, entonces, un error, un error que le costaría la vida: aceptó ingresar en la unidad psiquiátrica del hospital central de Asturias. Confió en los médicos, se puso en sus manos. Como hacemos todos. Luego, Andreas quiso irse de allí, escapar de un hospital que se había convertido en una inesperada cárcel. Pero no pudo. Ya era tarde. Los médicos consiguieron una orden judicial y Andreas permaneció ingresada, en la unidad psiquiátrica, hasta el 24 de abril, día en el que murió.
Hoy se cumplen 2 años de la triste y evitable muerte de Andreas. Porque Andreas no debió morir. Por su muerte, estos días, 7 médicos se sientan en el banquillo, acusados de negligencia.
El Defensor del Paciente registró 14.335 denuncias por negligencias médicas en 2018. La OMS afirma que, cada año, decenas de millones de pacientes sufren lesiones discapacitantes o mueren por prácticas médicas peligrosas. En Europa, uno de cada 10 pacientes hospitalizados ha sido víctima de alguna forma de daño evitable. Joe Kiani, presidente del Movimiento por la Seguridad del paciente opina que entre 25.000 y 35.000 españoles mueren cada año por errores médicos.
Sean cuales sean los números, lo que parece claro es que no son excepciones. En medicina, un error es fatal porque la vida es lo más valioso que tenemos. Desgraciadamente, el tan socorrido botón de deshacer que hay en nuestros ordenadores no existe en medicina. Muchas veces, no hay vuelta atrás en lo mal hecho. Por eso, la frontera entre el error y la negligencia es muy frágil. Los médicos son semidioses que juegan con nuestro bien más valioso: la vida. Pero, acostumbrados a su poder, parecen olvidar a menudo que aquello con lo que juegan es la vida de un ser humano: única e irrepetible. La vida no es como en un videojuego: algo que se puede ganar, perder o multiplicar. En la vida real, cuando se pierde la vida, es para siempre. Nuestra vida está en manos de seres humanos que pueden equivocarse, qué duda cabe. Pero un error, en medicina, puede ser letal.
Sí, lo dice el Defensor del Paciente. Su diagnóstico es demoledor. Habla de una “Sanidad renqueante por falta de recursos humanos”. De déficit de profesionales, de sobrecarga de trabajo, de falta de inversión, de retribuciones económicas bajas, de listas de espera bochornosas y de escasos minutos para atender a los pacientes en cada cita. Tan poco es el tiempo que pueden dedicar a sus pacientes los médicos que sus reivindicaciones son tener al menos, 10 minutos para cada uno. Eso, por hablar de la atención primaria.
Y es que faltan médicos. En España, en un año, tenemos 2 médicos menos por cada 100.000 pacientes, según el último informe de la Comisión Europea sobre indicadores de salud pública. Y escasean los especialistas, sobre todo en Canarias, Aragón, Cantabria, Extremadura, Navarra, Andalucía, Baleares, Asturias, y las 2 Castillas.
Hay precariedad laboral y huelgas y recortes y jubilaciones que no se cubren. El resultado son listas de espera kilométricas, urgencias colapsadas por gente cansada de esperar una cita que no llega o que tarda demasiado y una atención primaria degradada.
En este triste panorama nacional, canarios, catalanes, castellano-manchegos y andaluces son los españoles a quienes más les toca esperar, obligados, así, a hacer honor a su nombre de pacientes. Hay quien se atreve a decir que “las listas de espera ofrecen a los pacientes un periodo de reflexión para decidir realmente si quieren operarse“. Sería gracioso, si no fuera porque el texto aparece en el II Plan operativo Integral de Listas de Espera. Dice el Defensor del Paciente que las listas de espera matan. Que las cifras de las listas de espera son vergonzosas. Y eso, que quienes hacen las estadísticas, se ocupan de maquillarlas tanto como pueden, en una trampa al solitario que no conduce a nada.
Operaciones mal realizadas, altas dadas antes de tiempo y, no lo olvidemos, una atención deficiente, son las principales causas de fallecimiento del paciente.
Las razones para que se produzcan errores pueden ser muchas. Pero nunca pueden convertirse en excusas. Porque las prisas y la falta de tiempo no pueden ser la razón para que el tiempo de vida de un paciente inocente, indefenso, se termine. Médicos y enfermeras cuidan vidas. Y no puede haber nada que excuse la falta de cuidado.
Escuchar al paciente es fundamental. Y para curar, es preciso escuchar. Y para escuchar, no basta con oír: hay que prestar atención. A la persona y a sus síntomas. A la familia y sus temores. Porque tener miedo a la muerte y a la enfermedad es natural. Y un médico sin tiempo ni ganas de atender, un médico deshumanizado, no puede ser de ayuda.

Hay, sin duda, buenos y malos médicos. Los médicos buenos sanan o, al menos, lo intentan. Los malos merecen ser llamados matasanos. Porque si no curan, pueden llegar a matar.
Andreas se encontró con malos médicos. Médicos que no la escucharon. Médicos que la catalogaron como una enferma mental, médicos que prejuzgaron sin hacer pruebas, como si fueran adivinos. Médicos que, en las prisas del día a día, olvidaron, quizá, su juramento hipocrático.
También Cristian tuvo mala suerte. Cristian murió a los 21 años, de un infarto tras negarle ayuda dos médicos que estaban de servicio a 650 metros escasos.

Por eso, para determinadas profesiones, debería exigirse un plus de vocación o de humanidad. Un extra de vocación. Un examen previo de empatía, de humanidad. Porque no deberían ser simples oficios que se eligen con criterios frívolos. Porque son profesionales que deben cuidar a personas. Prestar atención es, sin duda, lo primero que debe hacer quien se dedica a cuidar personas.
No: no todas las profesiones son iguales. Tratar con seres humanos no es igual que mover papeles y, por suerte, no todos operamos a corazón abierto. Eso tiene la inmensa ventaja de que la mayoría de nosotros no va a matar a nadie en el ejercicio de sus funciones. En todas las profesiones, hay buenos y malos profesionales. Sin duda. Solo que, entre los profesionales de la salud, los malos son dañinos para la salud.
Ningún paciente tiene la culpa de que haya poco personal. Los pacientes no deben pagar las prisas, el exceso de trabajo, la falta de medios o de tiempo o de ganas. Si no, acaban por convertirse en víctimas. Fatalmente, mortalmente. Víctimas indefensas, en manos de quienes deben cuidarnos y, por una causa o por otra, no lo hacen. Una mala atención es imperdonable en quienes han hecho del cuidado su profesión. Que estén deshumanizados quienes más humanos deberían ser es imperdonable.
Andalucía tiene el triste récord de haber sido condenada a la mayor indemnización por negligencia médica.
La noticia ha saltado a la prensa estos días. El Servicio Andaluz de Salud ha sido condenado a pagar la mayor indemnización médica conocida. Nada menos que 4.2 millones de euros por fallos continuados durante un parto.

Hoy, ese bebé es una niña de 4 años ciega, con parálisis cerebral y epilepsia, con retraso psicomotor y con una discapacidad reconocida del 80%. La familia de esta niña seguirá sintiendo el resto de su vida que su bebé, que debía gozar de buena salud, es hoy, gracias a las negligencias médicas, una niña que vivirá siempre entre dolores. Muchos y variados dolores . El dinero, a los padres, les ayudará a atenderla, qué duda cabe. Pero no les sirve de consuelo. Peor aún: siguen esperando de los médicos, una explicación de lo que pasó y unas disculpas que jamás han llegado.
Andreas no es un caso. Cristian tampoco lo era. Y el bebé andaluz tampoco debió serlo. En realidad, ningún ser humano es un caso. O no debería serlo, al menos. Porque si consideras a alguien un caso, lo despojas de su carácter de ser humano. Peor aún, lo conviertes en una cosa. Y, quizás, es eso lo que hay detrás de cada negligencia: el olvido de que, detrás de cada paciente, hay una persona. Única e irrepetible, como la vida.
ma gustao una jarta, ….
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