Cómo descubrir si vives entre personas tóxicas. Las garrapatas: cuando por la caridad entra la peste.


Fue un día cualquiera, a las 2 de la mañana. Yo estaba limpiando la nevera. Junto a mí, Rafa, mi marido, fregaba el suelo. Excepto por la hora ( bastante intempestiva, lo reconozco)quizá la escena os parezca de lo más cotidiana. Salvo por el hecho de que tenemos 2 empleadas en casa: una, los días laborables; otra, los fines de semana. Se supone que cuidan de mi suegra y se ocupan de la casa. Entonces, os diréis, ¿por qué estáis limpiando la casa vosotros? Y, sobre todo, ¿por qué lo hacéis a esas horas? Creeréis, quizá, que somos unos obsesos de la limpieza: gente de esa que anda siempre insatisfecha, pasando el dedo por los muebles para ver si queda polvo encima. Nada de eso. Simplemente, a las chicas que tenemos en casa no les gusta limpiar. Tampoco les gusta que vayan detrás de ellas diciéndoles lo que hay que hacer. Eso ya lo saben. (Que lo hagan, es otra cosa, pero saberlo, lo saben. )

Ese día, esa madrugada, miré a Rafa y me miré a mí misma. Y me enfadé. Conmigo. Y con él. Fue como si en la película de nuestra vida, alguien hubiera activado el botón del flashback y viera mi vida pasar delante de mis ojos. No, no me estaba muriendo. Pero el efecto de tanta lucidez ante mis pupilas fue parecido, os lo juro. Por primera vez en mi vida, me di cuenta. Era mi sino. Las garrapatas me rodeaban. Lo habían hecho, en realidad, toda la vida.

Ahora os estaréis preguntando quiénes o qué son las garrapatas. No, no me refiero a los bichos. Ojalá.  Me estoy refiriendo a ese tipo de persona que se mete en tu vida, a poco que le des pie, quieras o no, que se acopla, que se te pega a ti como una lapa, esa persona que usa y abusa de ti.

Hay quien habla de vampiros emocionales. Otros, los llaman personas tóxicas. La garrapata humana es una variedad especial de persona tóxica. Digamos que, dentro de las personas tóxicas, la garrapata es una especialista.

¿Sabes qué es una garrapata? Una garrapata es ese antipático animalejo que se aloja en otro ser vivo para vivir a su costa. Una garrapata (el animal) es un parásito, un ser que se alimenta de la sangre de otro ser vivo. La garrapata animal no tiene la culpa: es su naturaleza.  Pues lo mismo que estos animales, hacen las garrapatas humanas. Naturalmente, las garrapatas humanas no te chupan la sangre. Todo lo demás que tengas de provecho, seguro que sí. Son personas que entran en tu vida para parasitarte :para vivir de ti, a tu costa, más cómodamente y mejor.

Aquella madrugada de un día cualquiera, me pregunté cómo había empezado todo. Cómo me las había arreglado (por decir algo)para atraer a mi vera a tantas garrapatas. Por qué, a mi alrededor, las garrapatas, crecían y se reproducían como en el mejor de los ambientes, como si hubieran encontrado, por fin, el huésped perfecto. Por Dios, si hasta nuestras empleadas abusan de nosotros, ¿cómo no van a hacerlo los demás?. Entonces, me di cuenta: sobrevivo rodeada de parásitos. Siempre lo he hecho, en realidad.

Todo empezó con Carmen. Carmen fue la primera empleada que tuvimos y resultó ser todo un personaje. Su mayor virtud como empleada era ser española. Después de conocerla, tentada estuve de convertirme en «españolófoba» . A ver,no es broma, si muchos conocen a un sudamericano en toda su vida y, sobre esa endeble base para un estadística, los juzgan a todos, ¿por qué no hacer lo propio con los «nuestros». Pero vayamos con Carmen.

Carmen era una mujer grande. Tan grande como su ignorancia, su mala educación y su desfachatez. Te pongo en antecedentes. Rafa y yo éramos uno pobres inocentes. Fuimos a vivir a una casa, que no era la nuestra, para cuidar de mi suegra, que acababa de sufrir un ictus. Y, de pronto, la mujer que cuidaba de ella, nos expulsó totalmente de la casa. La redecoró a su manera, nos echó del sofá y la sala (todo en una). Y se apoderó hasta del mando de la tele. Ella elegía el canal y,hasta dábamos gracias si le gustaba el mismo programa que a nosotros. Así, podíamos verlo también nosotros. En su inseparable compañía. . Cuando nos atrevíamos a penetrar en el salón en el que reinaba como dueña y señora , cansados de nuestro encierro en la habitación, el olor de sus pies descalzos bastaba para devolvernos a nuestro cubil. Entonces, no sabía que, para una garrapata, el lugar donde se instala se convierte, automáticamente, en sus dominios. Carmen fue una garrapata okupa. Cualquiera que nos observara desde fuera, hubiera creído que ella era la jefa y nosotros, los empleados

Cuando se fue, además, supimos, también, que su sentido de la propiedad ajena era muy peculiar. Y es que las garrapatas son mucho de aplicar lo de «lo mío, mío y lo de los demás, también«. Se llevó consigo (suponemos que de recuerdo) un espejo y algunos perfumes. Por no contar parte de nuestra fe en el género humano y la confianza en los demás.

Así que cuando llegó su sustituta, Dily, nos pareció el paraíso. Imagínate: nos dejaba estar en la sala. Fíjate cuál era nuestro nivel de exigencia con las empleadas. Con eso nos conformábamos. El problema es que Dily se convirtió en una parásita peor que Carmen. Dily no limpiaba. Y eso lo asumimos. Peor fue descubrir que era una auténtica artista ensuciando. ¿Cómo demonios le dices a alguien que se lave o que limpie, sin ofenderle, sin herirle? Así fue cómo nos encontramos, esa madrugada, limpiando por la noche lo que nuestra empleada ensuciaba por el día. Era la solución perfecta para todos. Limpiar nosotros. Y hacerlo de madrugada, a escondidas, para no herir susceptibilidades. No vaya a ser que Dily, tan sensible, tan culta, tan artista y con tantos estudios, se sintiera juzgada en su trabajo.  La limpieza era algo demasiado «vulgar» para alguien tan elevado, no cabe duda. Además, con ella lo di todo por perdido el día que, muy seria y digna, soltó un “ qué obsesión con la limpieza”. Diríais, quizá, que me dio una pista cuando tuve que meter en la lavadora todas las fundas de nuestro querido y recién recuperado sofá, para quitarles el aroma a hembra sin lavar que despedían cada vez que se sentaba ella.   ¿Cómo no sentir lástima de alguien que se considera a sí misma un ser superior pero cuya única forma de ganarse la vida era limpiando? En este caso,sí, por la pena entró la peste. Literalmente,además,

Pero, antes de Carmen y Dily, tuve, también, amigos garrapatas. ¿Qué, si no, era Cipri? Cipri es el tipo de persona al que invitas a un café y acabas teniendo que llamar a los GEOS para poder echarle de tu casa y, en los casos extremos, para que no acabe echándote él a ti. En realidad, debí darme cuenta el primer día que le invité a mi casa. Craso error. Así, sin más, se descalzó y se arrellanó en el sofá, mientras Rafa se retiraba al cuarto, obediente a la orden de mi recién estrenada garrapata particular. Porque las garrapatas son como un cáncer. Poco poco, silenciosamente, se meten en tu vida. Se instalan, se pegan como las lapas. Y Cipri es una garrapata de los pies a la cabeza: un ejemplo perfecto de este tipo de persona tóxica. La primera vez que vas a comer con él, no lleva dinero encima. Y, curiosamente, se da cuenta, justo, al llegar a caja. Pero ahí estás tú, su amiga para decir «no te preocupes», «otro día pagas tú», «yo llevo dinero» o cualquier otra frase que le librará de pagar. Música para sus oídos. Y lo que empieza como una invitación ocasional, se convierte enseguida, en costumbre. Y acaba haciéndose ley. Desde entonces, Cipri se considera automáticamente invitado para siempre. Como si, sin saberlo, hubieras firmado un contrato con él. Pero no importa. Es tu amigo. Sí, repítelo como un mantra, a ver si acabas por convencerte a fuerza de repetirlo. Pero una garrapata no tiene amigos, sólo conocidos, gente a la que parasitar en un momento dado. No creas que es casualidad que la gente huye de ellos como alma que lleva el diablo:su interés se huele a kilómetros de distancia. L

Pero no soy la única víctima de Cipri. Después de todo, conmigo no pasa de ser un simple gorrón (una variedad menor de la garrapata). Peor lo tiene su hermana, en cuya casa vive mi amigo garrapata, desde hace años. Se instaló provisionalmente cuando se separó de su mujer y, varios lustros después, allí sigue. Vamos, que no hay quien le saque de allí ni con agua caliente. Ni que decir tiene que jamás se le ha ocurrido dar a su hermana, a cambio de esta hospitalidad, ni una ayuda.  Eso sí, mientras tanto, se dedica a hacer cuentas de lo rica que se está haciendo su ex con el escaso dinero que él le pasa para la manutención de su hija. Sospecho que hasta tiene una tabla Excell con sus muy particulares cálculos.

¿Y Patri? Patri me pedía dinero porque no llegaba a fin de mes. Hombre, aquí entre nosotros, si ganas 1.000 euros al mes y pagas 1.000 euros al mes de alquiler, tampoco hay que ser de Ciencias para  saber que, más temprano que tarde, las cuentas no te van a salir. Imagina qué cara de gilipollas integral se te queda cuando,después de haberle prestado dinero, la misma apurada Patri a la que has prestado dinero,corre a llamar al Corte Inglés a contratar un cátering para celebrar su cumpleaños.

¿Y Abelardo? El pobre Abelardo no tiene dinero ni para comer. Cómo no apiadarse de él. No pienses mal, al día siguiente, cuando aparece con una ropa que apesta a nueva: ¿recién comprada con tu más que generoso préstamo?. Aparta de ti esos pensamientos negativos, te dices

Pero empecemos por el principio. Cómo reconocer a una garrapata genuina,te dirás. Varias características son comunes a este tipo de personas. Estos personajes son salvajemente egoístas. Brutalmente egoístas. Poseen un capacidad pasmosa de interpretar la realidad en función, única y exclusivamente, de cómo afecta a su gigantesco ombligo. Te pondrá un ejemplo. Daniela es una compañera de trabajo. Su marido ha sufrido un infarto en plenas vacaciones. Pues, lo creas o no, ese no es el problema. Al menos, no para ella. Lo realmente importante es que se ha quedado ELLA, sin vacaciones. El hombre se podía haber muerto. Minucias. Ni se te ocurra mencionarlo. Increíble o no, te soltará un » sólo eso me faltaba: tener que viajar con el «fiambre» a Madrid «. De una forma u otra, la esposa garrapata siempre es ella la sufriente. Lo que a la garrapata le preocupa es su bienestar. Única y exclusivamente. Este tipo de gente nunca pierde de vista lo importante. Y,qué duda cabe, ELLA es, siempre, la víctima. Hasta de lo que les pasa a los otros. Por eso, la fragilidad aparente de las garrapatas es un arma letal que saben utilizar. Quizá por eso , los demás acabamos convencidos de que, bajo ningún concepto, hay que hacerlas sufrir. Así, no preocuparlas se convierte, para los sufridos anfitriones que la hospedan, en su leit motiv. Las garrapatas trabajan notablemente el papel de víctimas. Sus sufrimientos en la vida, reales o imaginarios, son el arma con el que te atrapan.

Para llegar a ser una garrapata de pro, hay que tener algunas cualidades que no todos poseemos. Ten en cuenta que a este tipo de gente, los demás, el mundo en general les debe todo. Compréndelo, la vida no ha sido justa con ellos. Y su fin es cobrarse esta deuda que el mundo tiene con ellos. ¿De quién? De cualquiera que posea lo que ellos no tienen y, creen, se les debe. Eso sí, jamás se comparan con quienes estén en peor situación que ellos. Eso, francamente, les importa un pimiento. Así que al egoísmo unen, sí o sí, una envidia feroz.

Por razones que se me escapan, las personas que se convierten en garrapatas viven con la idea de que el resto de la humanidad ha sido creado con el único fin de ocuparse de ellos. Se diría que sufren una especie de trastorno emocional, algo así como un «autismo«, que les hace pensar que las otras personas han nacido para servirles y atenderles. Que otros seres humanos tengan sus propias necesidades es algo que, podéis creerme, ni se les pasa por la cabeza.

Quizá por eso, las relaciones que se establecen con las garrapatas son tan particulares y fáciles de identificar. Una pista. ¿ Cuando alguien te llama por teléfono sueles preguntarte: «¿qué querrá ahora?«. Entonces, asúmelo: estás siendo parasitado por una garrapata.

Mi conocimiento de estas personas parásitas es bastante amplio. Y es que, antes de empleadas y amigos garrapatas, también me ha cabido el dudoso honor de conocer una familia tóxica-parásita- garrapata muy muy cerquita de mí . Mi familia política son, en ese sentido, una familia modélica. Como en los catetos a los que jugábamos de niñas, hay una madre garrapata; un padre garrapata y 3 hijas, aprendices aventajadas de garrapatas. Viven en una casa comprada por mi suegra. Tienen varios coches, comprados también con el dinero de mi suegra. Todas sus facturas las paga ella, también. Incluso una de las 3 hijas garrapatas va la universidad. Privada y pagada también por su abuela. (No, no estudia la carrera de «cómo ser un perfecto parásito». Esa la ha aprendido a su alrededor sobradamente) Es tan fácil, cómodo y barato domiciliar los recibos en una cuenta ajena. ..

Toda esa familia son huéspedes perfectamente adheridos a un mismo y parasitado cuerpo: el de mi suegra. La mujer sufrió un ictus hace 4 años. Cuando la madre, suegra y, abuela estaba sana, la familia garrapata la recibía en casa todos los días. Allí, con más de 80 años, la mujer fregaba,lavaba, recogía la casa y llevaba a las niñas al colegio. Mientras, la nuera garrapata dormía hasta las 4 o 5 de la tarde. Sí, no os engañéis: también hay madres garrapatas. Y para un parásito de este tipo, ser madre es realmente agotador. Por eso, su labor empieza en el embarazo y acaba en el parto. Como mucho, los hijos sirven para el chantaje emocional a la abuela o al marido, según encarte. Punto final.

En cuanto sufrió el ictus, la querida mamá, suegra y «yaya» se convirtió en un estorbo. Ya no se la esperaba. Ya no se le abría la puerta de la casa. Sí, esa misma casa que ella había comprado . Ya hasta le negaban un plato de comida. Plato que seguía pagando ella, por cierto. Ya desaparecieron esas niñas que «querían tanto a su yaya«.

El comportamiento de la garrapata es, invariablemente, así. Si no le sirves, no le interesas. Y como no le interesas, se aleja. Para una persona de este tipo, tú no eres un ser humano. Tú eres su medio de vida. Única y exclusivamente. Sólo eres alguien ( o algo) de quien servirse. Si no le eres útil, si no sigues su juego, si no cumples tu papel, dejas de interesarle. Y partirá en busca de otro cuerpo al que seguir parasitando. Nunca confundas su insistencia contigo con amor. Una garrapata de verdad sólo siente amor por sí misma. Y otra cosa, no esperes su agradecimiento. No forma parte del ADN de una garrapata de verdad. Lo que hagas por ellos nunca es suficiente. Lo quieren todo, lo dan por hecho todo. ¿Alguna vez has visto que una garrapata animal dé las gracias a quien el hospeda y a quien debe la existencia? No, ¿verdad? Pues el mismo comportamiento podrás observar en la garrapata humana.  Ten en cuenta que este tipo de personas piensa que la vida les debe todo. Además, si alguna vez se vieran obligadas a reconocer que las has ayudado, que te quede claro. Jamás lo pidieron y, si se lo diste, es que lo merecían. Nunca olvides que lo suyo son los derechos, no las obligaciones. Y dar las gracias es una pesada obligación. Para una garrapata, se entiende.

Hay quien dice que por la pena entra la peste. No lo creo. Soy el tipo de persona a la que le preocupa la gente que lo pasa mal. Los que piden en el metro, en el tren y por la calle. Los débiles y los que son maltratados, sean niños, mujeres o ancianos. La gente que sale de sus países y se ve obligada a meterse en una patera en busca de una vida mejor. Los seres humanos que viven en países pobres, donde el agua y el alimento son escasos. Los enfermos que no pueden pagarse sus tratamientos. Me siento responsable de todas las desgracias del mundo. Y me gustaría poder ayudar en todo. Quizá por eso, si alguien me pide limosna o ayuda, suelo dársela. Tal vez por lo mismo, formo parte de Médicos sin Fronteras y de Save the Children.

No me pesa ser así. Yo pensaba que no se puede ser generoso a medias. Que eso significaba no ser generoso. No ponía límites, jamás, a mi generosidad. He descubierto que me equivocaba: no todo el mundo merece mi generosidad. Y, sí, sigo siendo generosa. Con quien lo merece o lo necesita. Y, por supuesto, con quien lo fue conmigo cuando me hizo falta. Pero ya no soy generosa con quien me utiliza. Nunca más con quien abusa de mí. Quizá porque la caridad bien entendida empieza por uno mismo.


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