Por qué quise morir: cuando el suicidio parece la única solución.


Un día, quise morir. Fue una vez y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Lo que pensaba aquel día, no lo recuerdo. Sólo caminaba. Caminé sin descanso durante horas. Sin parar. Sin comer. Sin pensar. Había tomado una decisión. No recuerdo cómo la tomé. No recuerdo cuándo la tomé. Pero era así. había decidido matarme. 

Aquel día empezó como  un día más, un día de tantos. Un día del que no recuerdo apenas nada. No recuerdo, ni siquiera, el día,  el mes, ni el año. Tampoco había pasado nada extraordinario en mi vida. Era un día cualquiera. Sólo que, aquel día,  me levanté decidida, dispuesta a morir. 

Ese día caminé durante horas. Primero, recorrí la margen izquierda de la ría de mi Bilbao, entonces gris, muy lejos del Bilbao turístico de hoy en día, nacido a la sombra del Guggenheim. En esa orilla izquierda de la ría  vivía:  en Barakaldo, una de esas feas ciudades-dormitorio crecidas al calor de los Altos Hornos. Y también caminé por la margen derecha del Nervión. Esa parte me resultaba más desconocida: era y es la zona donde vive la gente de dinero. Chalés, silencio y calles limpias y vacías. Yo apenas la había visitado para acudir a la Facultad donde estudié Periodismo y algunos veranos, cuando íbamos de camino a la playa. 

A pesar de que anduve sin descanso durante horas, no me cansé. Físicamente, no estaba cansada.  Tampoco me paré a pensar.  Ni en nada ni en nadie. Ya había tomado una decisión. Sólo tenía que acabar con todo. De una vez. Para siempre. Era la solución, la única solución.

Me senté en un campo, verde, tranquilo y solitario. Con un cuchillo entre las manos. Nada más. Intenté cortarme las venas. Cuando llegó el momento, después de acercar el cuchillo a mi muñeca izquierda y hacerme una herida diminuta en él, algo me detuvo. No fue mi corazón. Ni siquiera fue el miedo. Mi cabeza me salvó la vida. Mi mente se rebeló contra la muerte. Pensé:¿ por qué tengo que morir?. ¿Qué he hecho  tan malo en la vida para tener que morir?  Entonces, me di cuenta. Me estaba castigando. Creía que merecía morir. Yo sola me había juzgado, sentenciado y condenado, y estaba dispuesta a ser mi propio verdugo.

Si vivía la muerte como un castigo, algo estaba claro: yo no quería morir. Sólo quería dejar de sufrir. Y, entonces, sólo entonces, me di cuenta de que sufría. Porque sólo si sufres mucho, la muerte se te aparece como una liberación. Porque la vida se te hace cuesta arriba y eso cansa.

Apenas tenía 30 años. Pero me sentía vieja, muy vieja. Como si mi vida hubiera terminado hacía mucho, mucho tiempo. Sólo quedaba poner el punto final, el definitivo. Era incapaz de mirar hacia adelante, de ver lo que tenía o lo que podría tener, algún día. Porque, a mis ojos, entonces, no tenía nada. Peor aún, yo no era nada. Y no lo sería nunca. Sólo quedaba certificar esa realidad. Desapareciendo. 

No quise morir porque viviera un mal momento. Tampoco fue un impulso, algo repentino. Llevaba mucho tiempo sintiéndome mal. Mientras creí que mi madre estaba enferma, el miedo a lo que le pudiera pasar me mantuvo viva. Por obligación, porque no era el momento. No era mi momento. Estaba asustaba. Aterrada. Pero cuando todo pasó, cuando lo que tuvo resultó ser un quiste sin mayor importancia, la angustia me rodeó día y noche. No podía más. Quería liberarme. De mí misma. De la vida. De una vida que no era mía.

Yo vivía en una prisión. No tenía barrotes y era mi hogar. Y no sabía, podía ni quería escapar. Pero mi mente era libre. Y pugnaba por huir. No mi alma. No mi corazón. Mi mente enfermaba esperando libertad. 

Mi mundo era muy pequeño, muy limitado. Nunca pasé una noche fuera de casa. Jamás fui de fiesta con amigos. Nunca tuve amigos, en realidad.  El mundo de afuera no existía para mí. Leía mucho, y el de los libros era el único mundo exterior que conocía. Me consolaba, pero llegó un momento en que no fue suficiente.

Nuestra casa era todo mi mundo. Mis padres y mis hermanos lo eran todo. Literalmente. No existía nadie más. Los 7 componíamos un mundo aparte. Y en él, era rara la entrada de la gente de afuera. Hasta los  amigos posibles eran gente extraña, forasteros que podían destruir este pequeño mundo cerrado nuestro. 

Mi vida se fue haciendo más y más pequeña. Salvo unos meses a los 16 años y un par más, a los 19, mi adolescencia y mi edad adulta, hasta más allá de los 30, la viví entre 4 paredes. Mientras fui al colegio, el instituto o la universidad, puede decirse que estuve en libertad provisional. Cuando todo eso acabó, la realidad de mi encierro me aplastó. Literalmente.

No tenía trabajo. Había terminado la carrera. Pero no tenía ningún motivo para levantarme cada mañana.  Mis días eran exactamente iguales cada uno al siguiente. El momento más emocionante del día eran las 8 de la tarde, ni un minuto antes ni uno después. Entonces, salía del salón e iba a la cocina a pelar patatas. ¿Por qué a las 8 exactamente?. Ni idea. Supongo que mi mente necesitaba pensar que  tenía algo que hacer, por poco que fuera.  

¿Mi vida no me gustaba?. Mi vida  no era mía, no me pertenecía.  Ante mis ojos, se extendía, como una amenaza, una larga sucesión de días áridos, estériles, vacíos.  Y por eso, pensé que la muerte sería una liberación. Mi vida era la que había. Y nada más era posible. Otra vida era posible. Pero yo no lo sabía, entonces. No pensaba que nada pudiera cambiar. Así de simple. Mi vida no tenía sentido. Ni metas. Ni ilusiones. Es complicado vivir así. Como mucho, sobrevives. Poco más.

Era mi vida, pero,  a la vez,  no era mía. Mi madre lo era todo. Pero no era suficiente. Ya no. Quería compensarla de la vida que le había tocado vivir. Ahorraba mis pagas para comprarle regalos. Pero era incapaz de hablar con ella, sólo la escuchaba. Cada una vivíamos nuestra propia soledad, nuestro propio dolor, nuestro silencio particular: juntas pero solas. 

Hasta aquel día, yo viví en el silencio. Callaba, callaba siempre. Llevaba tanto tiempo callando, que había acabado por no saber quién era yo, en realidad. Nadie sabía nada de mí. ¿Me había convertido en esa fachada silenciosa que parecía otorgar siempre? ¿O era mi yo oculto el verdadero?. Me sentía, a menudo,  una extraña en mi propia casa. Y, también, me sentía sola. No lo estaba: había gente a mi alrededor.  Tenía a mi familia. Sentirse sola estando rodeada de gente quizá sea la peor soledad que existe.

Ese día descubrí que el precio por callar era muy alto para mí. Yo no quería molestar. A nadie. Ni hacer daño. El resultado fue que mi interior se convirtió en una olla a presión, con muchísimos ingredientes guardados durante toda una vida, que terminó por explotar. Pero no exploté contra los demás, sino contra mí misma. Aquel día, mi mente se rebeló. Contra la vida y, sobre todo, contra el silencio. Ese silencio que me rodeaba siempre. Ese silencio que callaba mi tristeza, mi enfado, mi rabia, también. Y, un día, aquel día, terminé estallando. Yo era como una habitación que lleva mucho tiempo sin ventilar. El aire que me rodeaba estaba viciado. Necesitaba abrir puertas y ventanas. Quitar el polvo. Y respirar. Pero no sabía cómo.

No sabía qué me pasaba. No aspiraba a ser feliz, no era tan ambiciosa. Con estar tranquila, me hubiera bastado. No podía. Dormía mucho. Descansaba continuamente. Pero nada bastaba. Un runrún de malestar perpetuo me  rodeaba. Culpabilidad, vacío, tristeza y la sensación permanente de que nada valía la pena. Una desazón continua, una angustia que me subía hasta el paladar. La culpabilidad apenas me dejaba  respirar.  Mis pensamientos y mis sentimientos me hacían sentir mal. 

Yo creía que estaba loca. Los meses, los años anteriores, me convencieron de mi locura. No sentía lo que tenía que sentir. Lo que yo creía que tenía que sentir, si estaba cuerda. Estaba enfadada por ver a mi madre siempre triste. No debería enfadarme, me decía. Debería sentirme triste yo también. Pero estaba cansada de vivir contagiada de su eterna tristeza. Llegó un punto en que su tristeza me parecía una acusación. Contra mí. Yo no podía hacerla feliz, no podía compensarla por su vida. Hubiera querido  hacerlo. Pero no podía. No pude.

Pero yo no estaba loca.  Hay profesionales de la psiquiatría que dicen que siempre hay una enfermedad mental detrás de un suicidio. Pero yo no  creo que querer morir sea, por sí solo, un signo de locura. En realidad, a veces, lo trastornado es querer seguir viviendo. Yo no estaba loca. Sólo estaba triste, muy triste. Y muy, muy cansada. Cansada de levantarme y mantenerme en pie. Cansada de caminar sin descanso y cansada de estar quieta. Me rodeaba un cansancio infinito. Sólo quería descansar, estar en paz. La máscara que sostenía mi vida, la careta que me protegía, era frágil y precaria y había acabado por desmoronarse. 

Los demás eran extraños. Todo el mundo me resultaba ajeno. Vivía dentro de mi dolor. Y toda yo era dolor. Y vivir así es complicado. Hay quien cree que, si decides morir, cometes un supremo acto de egoísmo. Triste egoísmo, ¿no?. Tuve una compañera en la Universidad cuya madre se tiró por la ventana cuando ella nació. Más de una vez la oí decir que odiaba a su madre por «hacerle» eso. Yo sólo pensaba: «perdona, ¿haberte hecho?; ¿ a ti?». No es a ti, no es a nadie, a quien el suicida mata. Se mata a sí mismo. ¿Puedes, siquiera, imaginar la cantidad de dolor, de sufrimiento, que cabe en una vida para tomar la decisión de acabar con ella? Piensa en la desesperación, en la desesperanza que hay en una vida para querer adelantar el final que, al cabo, nos está reservado a todos.

Quien quiere morir, simplemente, no tiene fuerzas para seguir viviendo. Yo me sentía inútil, inservible, una carga.  ¿Cómo iba a pensar en el dolor de los demás si estaba inmersa en el mío propio?. Nadie se suicida contra nadie. Sería estúpido. A quien más se odia al tomar esa decisión es a uno mismo. A quien más daño se hace. A quien se quiere aniquilar. 

Cuando pensé en morir, cuando quise morir, no pensé en los que se quedaban. Simplemente, en aquellos momentos, yo no formaba parte del mundo. Y el mundo no tenía nada que ver conmigo. Sentía demasiado dolor y, por una vez en mi vida, ese dolor era mío, de principio a fin. Vivía en el dolor y cuando todo tú eres dolor, lo único que quieres es librarte de él. Porque es insoportable. No quería hacer daño a nadie. Para mí, simplemente, el mundo de afuera no existía. Si hubiera existido, yo no hubiera pensado en morir.  Pero nada a mi alrededor me retenía.  No conseguía sentirme unida a nada ni a nadie. No formaba parte de nada. 

Cuando la vida es una pesada carga que no sabes cómo enfrentar, la muerte se te aparece como una liberación. No quieres morir, en realidad. Quieres escapar del dolor, del sufrimiento. Quieres morir porque no encuentras salida. ¿Y si la hubiera?. Esa pregunta fue como la duda razonable que impide a los jurados declarar culpable al reo. Esa duda me mantuvo viva.

Aprendí, aquel día, que yo no quería morir.  Sólo quería que el dolor cesara. Que la vida no doliera tantoQuería seguir viva, pero no sabía cómo hacerlo. ¿Cómo no sentirme tentada por el suicidio cada día, si todo seguía igual a mi alrededor y dentro de mí misma?. Mi vida tenía que cambiar. No podía seguir viviendo como hasta entonces. Había llegado a ese punto sin retorno en el que ya nada puede volver a ser igual. Me faltaban muchas cosas por entender. La principal, por qué la muerte me había llegado a parecer una solución, la única solución. 

Mi prisión no tenía rejas reales, nunca las tuvo. Mis propios sentimientos y pensamientos fueron los barrotes de mi celda imaginaria. Me volví prisionera de mí misma. Creí que esa persona siempre triste; a menudo enfadada era yo. Peor todavía: pensé que yo era así, y que no había forma de ser de otra manera.  Pero no es cierto: cada uno de nosotros podemos ser de muchas formas, según el momento, y la gente  que nos rodea, y el amor o el desamor que haya a nuestro alrededor. 

Necesitaba ayuda. Y, al día siguiente, acudí a un  centro de salud, en su busca. Yo no había ido nunca a un psiquiatra. Tampoco sé por qué pensé que un psiquiatra podría ayudarme. Pero así lo pensé y así lo hice. Sí sabía que yo no podía ayudarme. Y que nadie a mi alrededor podía hacerlo. Tampoco tenía nadie en quien confiar o al que contar qué me pasaba. No tenía amigos. Nunca los tuve, en realidad, pasada la adolescencia. Ni pareja. Mi madre me dijo: » si tú mueres, yo me voy detrás». Era una muestra de amor, seguramente. Pero no pude sentirlo así. No, en aquel momento. Lo único que sentí es que debía vivir por ella. Para ella. ¿Cómo iba a vivir por ella, si no podía hacerlo ni por mí misma?

La vida me pesaba. Yo vivía como en un túnel muy oscuro del que no veía la salida. No sabía encontrarla. Pero la había. Por eso, por lo que aprendí, poco o mucho, escribo esto. Según la OMS, 800.000 personas se quitan la vida cada año. Más aún son las que lo intentan. Seres humanos que sufren y sienten que, a su alrededor, todo se derrumba. Personas a las que la única salida les parece el final, la muerte. Prevenir los suicidios se ha convertido en un objetivo de salud.

Ojalá pudiera deciros a  todos y cada uno de los que, un día, pensáis en morir para acabar con todo, que no, que la muerte no es una solución. Ojalá pudierais oírme. Que lo que te pasa tiene remedio, casi siempre. Aunque ahora tu dolor no te permita verlo. Y, sobre todo, que la muerte es lo único que, realmente, no tiene solución. Si mueres, lo pierdes todo. La muerte es una solución eterna para un problema temporal. Todo es temporal, en realidad, salvo la muerte.

A ti, que piensas en morir como una solución a tus problemas, a ti, querido suicida, déjame pensar que puedo ayudarte. No hablándote de lo maravillosa que es la vida. Sé que ahora mismo, que piensas en morir, no te lo parece. Y te entiendo. Dolorosamente, tristemente, te entiendo. No, diciéndote que seas valiente y te enfrentes a tus problemas. Porque sé que, ahora mismo, no puedes. Te voy a decir sólo lo que me hubiera gustado que me dijeran a mí. Párate. Busca ayuda. Y, sobre todo, no te calles lo que te pasa.

Créeme: esto es sólo un momento, un mal momento. Pasará.  Lo creas o no, pasará. Date tiempo, concédete vida. Todos los días pasa algo bueno. Y un día serás capaz de verlo. Esa es la fuerza de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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