LO QUE NUNCA TE CONTARON DEL CORONAVIRUS


Oficialmente, todo empezó un 14 de marzo. Ese día, el Gobierno declaró el estado de alarma y promulgó un decreto por el que nos obligó a todos los españoles- enfermos o no- a permanecer encerrados en nuestras casas. Sólo así, nos dijo, se podía acabar con el coronavirus. Habíamos oído hablar del virus antes, pero éramos muchos los que no le habíamos prestado demasiada atención. ¿Qué teníamos que ver nosotros con China, el lejano país donde primero se había desarrollado la enfermedad? Anda que no nos pillaba lejos el dichoso virus, allá, en la lejana China…

El 14 de marzo, sin embargo, todos fuimos un poco chinos. Y entendimos por qué, en muchos barrios, los primeros en cerrar sus tiendas fueron ellos. Figúrate, los “chinos”, hasta entonces siempre abiertos. Ellos, que no cerraban ni en domingo. Los mismos de los que corría la leyenda urbana de que hasta dormían en sus tiendas del barrio madrileño de Lavapiés.

A algunos, en el trabajo, ya nos habían mandado a casa unos días antes. A teletrabajar. No pensamos demasiado en lo que aquello significaba. Alguno, incauto, se quejó del aburrimiento de quedarse en casa. Otro, más ingenuo todavía, pensó en descansar y hacer lo que realmente le apetecía, lejos de esas horas esclavas de trabajo. Ninguno pensamos que nos mandaban a casa pero, en realidad, era como si nos enviaran a prisión.

Porque el 14 de marzo, los españoles empezamos a vivir, oficialmente, bajo arresto domiciliario. De la noche a la mañana, todos los españoles nos convertimos en niños castigados, confinados día y noche en nuestras casas. Es por nuestro bien, dicen. Por el bien de todos.

Fuimos niños, además, castigados sin recreo. Casi inmediatamente, se cerraron parques y jardines y hasta las zonas comunes de las urbanizaciones se convirtieron en coto vedado. Se prohibieron los paseos. Se podía salir a la calle sólo para cosas muy determinadas y por poco tiempo. Y, siempre, manteniendo una distancia de seguridad con nuestros convecinos.

Y así fue como nuestros hogares se convirtieron en improvisadas prisiones. Porque nos invitan a quedarnos en casa, pero no es una petición, no es una opción: es un decreto. Y nos repiten tantas veces, al cabo del día, que nos quedemos en casa que empieza a parecer un mantra, o algo peor. La frase «Quédate en casa» se ha convertido en una superstición con la que todos tratamos de convencernos de que, si hacemos lo correcto, la enfermedad nos respetará, pasando de largo.

De fondo, suena la televisión con un único tema: el coronavirus. No propagar el virus es, hoy por hoy, una misión que se ha depositado en nuestras pobres e ignorantes manos. El país, extrañamente, no se ha rebelado. Somos niños castigados pero obedientes.

La televisión repite los mismos consejos, una y otra vez, en un perfecto lavado de cerebro. Estamos informados, qué duda cabe. Incluso demasiado informados. Lo estamos tanto que Fundéu BBVA (la Fundación del español Urgente) ha dado fe de una nueva palabra para describir esta información, a la vez excesiva y deficiente: Infodemia. Demasiada información. Información hasta la extenuación, hasta el agotamiento. En bucle, en un círculo vicioso interminable, como en un kafkiano día de la marmota, como las noticias en el 24 horas. Por si no lo sabes, noticias 24 horas no significa que te actualicen las noticias constantemente, sino que te repiten las mismas, sin descanso, todo el día. Mismas noticias, mismas imágenes.

Quedarse en casa es una obligación. La prueba es que, enseguida, empiezan las multas a quienes no respetan el confinamiento. A quienes salen a la calle sin motivo. Para salir a la calle, en estos días, es aconsejable hacerlo acompañado de un perro, una bolsa de la compra o un justificante del trabajo. Quedarse en casa es una ley y las leyes se cumplen, no se discuten. Por absurdas que nos parezcan. Incluso, a veces, por injustas que sean.

Pudimos ser como los coreanos, pero, puestos a elegir, preferimos ser chinos. En Corea del Sur no se han limitado los movimientos de la población. No se han cerrado las fronteras. ¿Sabéis por qué? Porque el Gobierno ha considerado que las medidas de confinamiento “socavan el espíritu de la democracia”. Han tomado otras medidas, claro está. En cuanto se detectaron los primeros casos, en Corea del Sur empezaron a hacer test para detectar posibles enfermos. En la actualidad, el país ha logrado controlar el contagio y el número de muertos allí es apenas testimonial (174, hasta hoy). Datos a tener en cuenta cuando te enteras de que Corea del Sur es uno de los países del mundo más afectados por la pandemia.

Para nosotros, ya es tarde. En España, la consigna oficial es quedarse en casa. Esa, y no otra, es la solución, la cura contra el virus. Pero quedarse en casa, te lo pinten como te lo pinten, no es una cura. A no ser que seas de los que creen que “muerto el perro, se acabó la rabia”, claro.En todo caso, es la única solución que los españoles, de la mano de nuestro gobierno, hemos encontrado ante algo que nos desborda.

Además, no todo el mundo puede quedarse en casa. Entre otras cosas, porque no siempre existe la posibilidad de teletrabajar. Además, hay empleados que no tienen más remedio que trabajar. Si tu jefe decide que debes seguir trabajando, lo mismo da que seas empleado en un almacén de cerámica o que trabajes en un call center: tienes que seguir yendo al trabajo. Y lo mismo pasa si eres autónomo: vives al día y si no trabajas, no comes.

Así, la primera quincena de encierro obligatorio, hay gente que sigue trabajando. Personal sanitario, guardias civiles y policías, cajeras de supermercados, camioneros, conductores de transporte público y taxistas, empleados de limpieza y del hogar, barrenderos. Y un larguísimo etcétera imposible de enumerar completo.

Empezó, entonces, a darse una paradoja, la primera de una larga lista. Por una parte, se nos decía que debíamos quedarnos en casa. Por otra, había gente que seguía yendo a trabajar. Personas que, al menos los primeros días, acudían a su puesto en trenes, metros y autobuses, tan llenos como siempre. Allí donde la distancia de seguridad es poco menos que imposible. Después, esas misma gente expuesta a diario por obligación debía encerrarse en su casa el fin de semana. Paradójico, ¿no?

Coronavirus-Enfermedades_infecciosas-Infecciones-Madrid-Metro-Cercanias-Madrid_475213272_148408444_1706x960
Primer día de confinamiento en Madrid. Fotografía de El Español

Descubrimos, entonces, que el virus era selectivo. Si vas a trabajar, el virus no se propaga. Si paseas por un parque, al aire libre, en cambio, se difunde. Misterios insondables de un virus caprichoso, que parece atacar todo lo que de ocio hay en la vida y te grita, sin cesar,»trabaja, trabaja, trabaja«. Sin duda, es un virus muy responsable y hasta se diría que un pelín coñazo.

Porque está claro que si sales a la calle, porque sí, te conviertes en un irresponsable, un incívico. Si vas a trabajar, en cambio, cumples con tu deber. Y el virus, que es inteligente, lo sabe. Y ataca selectivamente, claro que sí. Él va anotando, en su libreta de deberes y haberes: » tú has sido bueno, cumpliendo con tu deber, no te ataco«. ¿Sales por ocio?: entonces, te ataco sin piedad.

De un día para otro, salir a la calle sin motivo se ha convertido en el nuevo delito. Y muchas normas te lo recordarán, por si lo olvidas.

Puedes salir a la calle… el tiempo estrictamente necesario para hacer las compras.. .Pero debes hacerlo solo. Las familias conviven juntas, pero está prohibido que salgan juntas a la calle. Por qué. No preguntes o te convertirás en sospechoso. De pensar, en todo caso.

Vives en tu casa con tu pareja y no pasa nada. Pero ¿salir a la calle con ella? Entonces, te conviertes en un ser peligroso, una amenaza potencial, un virus andante. Bueno, a ver, son normas estrictas, pero, a menudo,cambiantes. Primero, te dicen que salgas solo; luego, que si tienes hijos o personas dependientes y nadie con quien dejarlos, puedes llevarlos contigo.

O un día, te aconsejan que no acumules compras, porque el abastecimiento está garantizado. Pero, al siguiente, es un:»por favor, no salgas a menudo a comprar«. Natural, si lo haces, no eres más que alguien que crea problemas o, peor aún, que busca excusas para escapar del encierro. Imperdonable.

Puedes pasear a tu perro, pero solo. Y paseos cortos y necesarios, por el tiempo indispensable. Es que, si te alejas demasiado de tu domicilio, el COVID19 lo sabe y te persigue sin piedad.

Si vas en coche, debes viajar tú solo. Eso dicen las normas, al menos, en un primer momento. Luego, resultó que el virus no era tan listo y no se enteraba si en el mismo coche iban 2 personas, 1 por asiento. Y, más adelante, al percatarse alguien de que existen coches familiares, fue una persona por cada fila de asientos la que podía viajar. Y el virus, una vez más, respetaba las normas. Como tú.

Nadie te explicará cuál es la diferencia entre salir un rato o una hora, a 100 metros o a 1 kilómetro, solo o con tu mujer o con tu hijo. Y nadie lo hará porque no puede hacerlo, así de fácil. Porque no hay diferencia entre salir solo o acompañado; un rato o una hora; por necesidad o por ocio.

Tampoco nadie te explicará por qué la gente se escandaliza por sus convecinos que salen a la calle (demasiado a su juicio), pero contempla sin inmutarse en la televisión Viva la vida, Sálvame, Supervivientes y otros programas, con un gran número de contertulios a los que apenas separa un metro. Naturalmente, todos sabemos que los cotilleos son, también, servicios esenciales. Algo así como el «pan y circo» de nuestros días.

El virus se contagia por contacto, no por el aire. Eso no lo digo yo, lo dice la OMS . Entonces, ¿por qué no decirnos que es suficiente que evitemos el contacto con los demás? A lo mejor, salir a la calle, con las debidas normas de seguridad o distancia, no es tan peligroso. Hazte una pregunta: si de verdad fuera tan peligroso estar en la calle, ¿de verdad crees que habría excepciones? No, nadie saldría a la calle: ni niños ni ancianos, ni solos ni en compañía de otros, ni con perro ni sin él, ni lejos ni cerca de casa, ni por poco ni por mucho tiempo.

A lo mejor (solo a lo mejor) nos podrían haber hecho la prueba del virus a todos. ¿Caro? Más caro nos va a salir a todos mantener el país parado un mes entero. O más.

  • Policías de balcón
Policía de balcón
Fotografía tomada de Colectivo Burbuja ( Facebook)

Empezó, aquel 14 de marzo, un tiempo oscuro para los españoles. Un tiempo que tiene algo de irreal, como de película mala de ciencia ficción. Las personas necesitan de héroes, sobre todo, en los tiempos oscuros. A veces, los hay. Gente que se pone a fabricar mascarillas sin que nadie se lo pida, por ejemplo.

Así empezó todo. La gente empezó a salir al balcón a dar las gracias, aplaudiendo a los que creían que lo merecían. Casi siempre, a los empleados sanitarios.

Otras veces, fueron merecedores de aplausos esos empresarios dadivosos que donaban dinero. Pronto, el asunto empezó a írsenos de las manos. La cuestión era salir al balcón y ya se vería a quién se aplaudía ese día, caramba. Será por gente…

Así que, a las 8 de la tarde, los españoles demostramos nuestra solidaridad de salón asomándonos al balcón, en pleno éxtasis de autocomplacencia. Nos repetimos muchas veces, para autoconvencernos, que España es “un gran país”, “esto lo superamos todos juntos” o que el virus “lo paramos unidos”. Como si el aplauso conjurara el virus. Como una superstición, como quien invoca a sus dioses. Casi como una oración.

A las 8, el Dúo Dinámico y su “Resistiré” pone la banda sonora a nuestra solidaridad, disputándose el escenario en nuestros balcones con el «Sobreviviré» de Mónica Naranjo, el “Color esperanza”, de Diego Torres, el “Puedes contar conmigo” de la Oreja de van Gogh y los «Amigos para siempre”, de Los Manolos. En fin. La música ambiente tampoco ayuda, porque parece que estamos en un musical con moraleja, por Dios. Francamente, con el virus se pierde olfato y gusto, pero, ¿es preciso también perder el oído a fuerza de oír las mismas canciones, una y otra vez?

Por más música que le pusimos a la historia, los tiempos oscuros seguían. Y, lógicamente, donde hay héroes, debe haber villanos contra los que luchar. Y algunos españoles de bien salieron al balcón a buscarlos, cansados, quizás, de aplaudir a los héroes. Y empezaron los juicios. Desde los balcones. Una vez pasada la fiebre de los aplausos, los balcones se convirtieron en algo así como una barra libre de insultos.

El país empezó a volverse loco. El “Quédate en casa” se convirtió en un credo que todos repetíamos, convencidos de su eficacia. La cura para el virus es el confinamiento. Por consiguiente, el que sale a la calle es un delincuente, una amenaza contra la salud. De ahí, a llamar homicidas a los que salen hay un pequeño salto. Y, algunos, lo dieron sin vértigo alguno. Y a gritos.

Peligrosamente desocupados, algunos españoles se han convertido en cotillas viejas del visillo. Y, enseguida, se despertó entre ellos un afán persecutorio, casi policial. El Gobierno apenas necesita policías para hacer cumplir la ley, con tanto policía aficionado.

En estos tiempos, han cambiado los delitos. Te advertirán de que tengas cuidado de los ciberataques, pero la policía (la oficial y la aficionada, de balcón) está ocupada persiguiendo otros delitos.

Mientras los policías se dedican a comprobar que todos estamos debidamente confinados, las mujeres maltratadas, encerradas con su agresor, día y noche, sufren más que nunca. Un solo dato:las llamadas de maltratadas al teléfono 016 han aumentado estos días un 18%. Curioso, los ciudadanos parecen estar más atentos a lo que ven y oyen desde el balcón que a lo que sucede en la puerta de al lado. Y es que hay gente que evita meterse contra el maltratador, alegando que el maltrato es cosa de familia o violencia doméstica, pero corre ahora a telefonear a la policía si sales a la calle. Quizá, porque el peligro propio nos conmueve más que el del otro.

  • El reparto de culpas

Por si fuera fácil la situación, empezó, además, el reparto de culpas. Las concentraciones del 8 de marzo fueron las primeras en ser señaladas. Aunque los primeros casos se produjeron en diciembre y en China, parece que el 8 M tuvo efectos retroactivos y mundiales.

FB_IMG_1585000698758.jpg
Fuente: Twitter

Natural. A estas alturas, abundan los expertos que agitan cuadernos con normas inviolables. Y gente de la calle, convertida en experto, por arte del consumo de muchos telediarios, la información de muchos grupos de WhatsApp y demasiada red social informando y desinformando al mismo tiempo. Porque, a estas alturas, los españoles hablamos de curvas y picos, de Covid 19, de «febrículas» , tos seca y de contagios, como si fuéramos el mismísimo Fernando Simón. Solo repetimos lo que oímos de forma machacona, una y otra vez, asemejándonos a loros sin una sola idea propia. Pero da igual.

Echo_EDICRT20200322_0002_6.jpg
Chiste de El diario

Pero, algunas cosas están claras si acudiste a la manifestación del 8 M y ahora tienes el virus, jódete. Así de claro. Salvando las distancias, lo mismo sucedió en los primeros días del SIDA. ¿Te acuerdas? Muchos pensaban que quien sufría la enfermedad, era poco menos que por un castigo divino: por su promiscuidad, asociada sin remedio y desde nuestro más absoluto desconocimiento, a la homosexualidad. Como pasó al principio con el Sida, el enfermo se convierte en «culpable«. Entonces, por maricón. Ahora, por irresponsable. Aquello duró hasta que el SIDA empezó a atacar a otra gente, pero esa es otra historia.

Cuando algunos se cansaron de culpar al 8 M, el siguiente blanco fácil al que atacar fue el Gobierno. Y es que, en España, el virus lo han propagado, a partes iguales, las manifestaciones del 8 M y el Gobierno. Ese Gobierno seminuevo que se ha encontrado, para estrenarse, con uno de los mayores «marrones» con que puede cruzarse un gobierno, sea del signo que sea. Ese Gobierno que, a juicio del Presidente de Gobierno que lleva todo español dentro, todo lo hace tarde, mal o las 2 cosas a la vez.

  • Madrileñofobia

Y, puestos a repartir culpas, como los chinos están muy lejos, desde algunos puntos de esta España unida ( pero menos) pronto se empezó a señalar a los madrileños. Tampoco había por qué razonar en esto: lo importante era encontrar culpables. Madrid era la provincia más afectada. Pues alguna culpa debía tener los madrileños. Para qué pensar que es más fácil que una ciudad cuya área metropolitana tiene 6.507.184 habitantes y a la que acuden cada año alrededor de 12 millones de turistas, tiene más papeletas en la rifa para coger y difundir un virus que una remota aldea de 20 habitantes. Por simple cálculo de probabilidades.

GOHOME

Los españolitos de a pie ya tenían un nuevo enemigo, un nuevo culpable: Madrid. Ya no se oía un «Madrid nos roba”. La letra de la canción había cambiado y era, ahora, “Madrid nos contamina”. O, como decía mi padre, “qué bueno es tener niños para echarles la culpa”.

Y fue así como desde un remoto, feo y triste pueblo español, de cuyo nombre no merece la pena acordarse, se invita, entre risas, a salir a la caza de los virulentos madrileños. (Difícil tarea, tratándose de un pueblo al que no se asomaría, ni por equivocación, un madrileño.) Y en otro precioso rincón, también olvidable, las pintadas rezaban: «»madrileños, go home«. Y en la ciudad que se decía cosmopolita, digna también de olvido, los vecinos levantaban barricadas para que los de Madrid no acudieran a contaminar sus inmaculadas plazas. Y hasta el presidente de alguna comunidad asomaba a los informativos pidiendo que los madrileños se alejaran de sus costas. Y, todo eso, ocurría antes de que se declarase el estado de alarma. El de histeria, desgraciadamente, ya se había desatado.

Y mientras algunos que presumían de españoles (o «muy españoles y mucho españoles», como diría el ínclito ex presidente de Gobierno, con su gran oratoria) se manifestaban de esa forma, Gabriel Rufián, el malvado, el separatista, el que quiere romper España, escribía en Twitter » os queremos, madrileños«.

Nada extraño en este país tan cainita. Aunque repitamos sin cesar que tenemos un país maravilloso y la mejor sanidad del mundo, a algunos, nos han empezado a sobrar banderas y pinchadiscos aficionados. Y, sobre todo, nos sobra gente con alma de policía dictatorial o de juez implacable y sin piedad de sus vecinos.

  • Vejez y muerte en las residencias

Las cifras, constantemente cambiantes y en alza, marean. Y agobian. Y acaban por agotar y no significar nada, a fuerza de ser solo números. Porque las noticias nos dan el número de muertos, contagiados y curados como si, cada día, estuviéramos batiendo un nuevo y emocionante récord.

Esos números, sin embargo, tienen algo en común. Las noticias jamás olvidan recordarnos la edad de los muertos. Nos dicen que el 85% de los españoles fallecidos tienen más de 70 años y, si te paras a pensarlo, señalarlo con tanta regularidad tiene, en sí mismo, algo de siniestro. Hala, los que tenga menos de 70, suspiren de alivio. Como si las vidas de los mayores no tuvieran valor. O como si hubiéramos olvidado que mortales somos todos. Los mayores de 70, prepárense para ir saliendo.

Hoy, España no es país para viejos. Aunque los holandeses nos reprochen a españoles e italianos la atención excesiva a ancianos, hemos empezado a ¿aprender? en estos tiempos de coronavirus.

Los hay que disimulan pero ya circulan tuits vergonzosos donde se “invita” a los viejos a morir en sus casas. Los prácticos lo llaman no desperdiciar recursos sanitarios

Las residencias, hoy más que nunca, son auténticos morideros. Quizá siempre lo han sido, en realidad. En algunas, los ancianos conviven con los cadáveres de sus compañeros. Ese es el panorama que, a veces, se ha encontrado el Ejército al acudir a desinfectarlas.

Ahora nos damos cuenta de que los asilos no son centros sanitarios, sino guarderías de ancianos. Simples aparcamientos para viejos, lugares donde tener recogidos a los mayores que no podemos o no queremos atender. Pero no son hospitales, no son clínicas. Con suerte, estos centros tienen un médico que atiende a los 100, 200 o 300 internos, un rato al día. Les mira y, como mucho, les receta su ración de pastillas. Poco más.

Y qué decir de los sintecho. Hay quien, de pronto, se da cuenta de que hay gente que está en la calle porque vive allí, sin más. Se han vuelto visibles esos seres humanos que la mayor parte del tiempo nos esforzamos por no ver. Y si ahora los vemos es, sólo, para preguntarnos qué hace esta gente por la calle, «a ver si me va a contagiar».

Dicen que el COVID19 y el confinamiento ha sacado lo mejor de todos nosotros. Permitidme que lo dude. Hemos salido a los balcones a aplaudir. Somos, pues, solidarios. Pero se trata de una solidaridad con horario y matices. Muchos matices.

Los balcones solidarios han dado paso, enseguida, a ciudadanos chivatos, que se han nombrado a sí mismos jueces y policías de sus vecinos. Gente, quizá, envidiosa del que osa salir a la calle mientras él, cívico y responsable, permanece encerrado en su casa. Da lo mismo que seas una enfermera camino del Hospital 12 de octubre, alguien que pasea al perro y «aprovecha» para estar «demasiado» tiempo en la calle o un padre que pasea a su hijo con autismo, al que el encierro agrava sus síntomas.

Aplaudimos al personal sanitario a las 8, desde nuestros balcones. Pero hay enfermeras acosadas por sus convecinos que exigen que se muden de barrio, temerosos de ser contagiados por ellas. Vamos, «cúrame, pero no vivas por aquí

Nos repetimos que «este virus lo paramos unidos». Pero hay pueblos donde el autobús en el que viajan ancianos contagiados para recibir atención sanitaria es recibido a pedradas.

Permanecemos en casa, no tanto por solidaridad como por miedo. No es la generosidad la que nos hace quedarnos en casa: es el miedo al contagio propio y, por qué no, a la multa que nos pondrán si nos pillan en la calle. Algunos podéis llamarlo responsabilidad y civismo, si queréis. Eufemismos puros que disfrazan la pura preocupación por uno mismo, un «no me contagies» gritado a los 4 vientos.

¿Sabéis los que estaría realmente bien? Que, cuando todo esto pase, los aplausos dieran paso a valorar de verdad la sanidad. Y, también, que nos acostumbráramos a preocuparnos por los demás y, sobre todo, por los más débiles, siempre. Porque tenemos la mala costumbre de acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando llueve.

Por desgracia, una vez que pase todo esto, puede que lo olvidemos de nuevo. A menudo, es frágil nuestra memoria. Tenemos esa mala costumbre.

Un comentario sobre "LO QUE NUNCA TE CONTARON DEL CORONAVIRUS"

Replica a jesus Cancelar la respuesta