MAMÁ Y OTRAS MADRES SIN VOCACIÓN


(Breve historia de las madres de mi familia)

La última vez que vi a mi abuela salía corriendo de nuestra casa. Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer, aunque sucedió hace más de 25 años. Mi abuela Julita y su madre, mi bisabuela Facun, acababan de llegar de visita a nuestra casa. Un largo viaje en avión, desde Suecia, hasta nuestro piso, en España.

Apenas llevaban una hora en casa cuando mi bisabuela empezó a preguntar por su pasaporte, misteriosamente desaparecido. Mi madre y mi abuela Julita estaban hablando. De pronto, mi bisabuela volvió a interesarse por el paradero del dichoso documento y mi abuela salió corriendo. Literalmente.

Julita bajó a toda prisa los 2 pisos que la separaban de la calle y dejó a su madre con nosotros. Nunca volví a ver a mi abuela, así que ese es el último y glorioso recuerdo que conservo de ella: su espalda y su culo, mientras escapaba de nuestra casa. La última visión que tengo de ella es algo parecido a una escena sacada de una película de Almodóvar, entre el drama y la risa.

Mi abuela materna fue una pionera en el abandono de ancianos y toda una innovadora, además. Porque hay que reconocer que dejar a tu madre en un piso no es igual que abandonarla en una gasolinera, dónde va a parar. Fue un abandono, por así decirlo, puerta a puerta.

Oficialmente, mi abuela trajo a su madre a nuestra casa de visita porque nos echaba de menos, dijo. Hacía años, más de una década, que no la veíamos, pero, de pronto quería volver a vernos. Llevaba tiempo viviendo en Suecia. Con su hija. Bueno, al lado de su hija, pero en una casa aparte. Es que mi familia, a qué negarlo, siempre ha sido un poco peculiar.

Era la primera vez que Julita la traía a vernos desde que se fue a vivir a Suecia, con ella. Algo extraño, teniendo en cuenta que ella no había dejado de visitarnos puntualmente año tras año desde su partida. También era la primera vez que mi bisabuela subía a un avión. Como ella misma se encargó de contarnos, venía “con el mocordo atravesado”. Imagina coger por primera vez en tu vida un avión con más de 70 años.

Sin embargo, lo creímos. Creímos de verdad que nos echaba de menos. No teníamos forma de saber qué pasaba. Pero no tardamos en descubrirlo. Enseguida, nos dimos cuenta de que Facun no nos reconocía. El tiempo había pasado. Y no precisamente en vano. Hacía mucho tiempo que no nos veía y aquellos niños que ella conoció nos habíamos convertido en adultos todos, menos Itziar, mi hermana pequeña, a la que ni siquiera había llegado a conocer antes.  Seres desconocidos e incomprensibles para ella, a los que no sabía dónde ubicar. Cuestión de tiempo, nos dijimos.

Pero tampoco recordaba a mi madre y eso era más raro: con el paso del tiempo, los adultos cambian menos que los niños, son más fáciles de reconocer. Pero ella dijo que no, que aquella mujer no podía ser Merche, mi madre, su nieta. Merche siempre sonreía, argumentó. Realmente, debía haber pasado mucho tiempo desde ese recuerdo suyo, porque yo no había visto sonreír a mi madre jamás.

Además, con la memoria particular y selectiva que desarrollan los mayores cuando la cabeza empieza a írseles, mi bisabuela olvidó que era madre de Julita, creyendo que su hija era mi madre. Si alguien intentaba hacerle recordar, musitaba, despectiva y lúcida“ a eso no lo he podido parir yo” .

No sólo no nos reconocía a los seres humanos, tampoco conocía las cosas ni los sitios. En la mesa, se quedaba mirando los platos de comida, con extrañeza, y nos preguntaba qué era aquello. Daba igual que, durante años, ella lo hubiera cocinado y hubiera sido ella misma la que dio la receta a mi madre, mucho tiempo atrás. Daba igual que hubiera sido su plato favorito. Ya no sabía qué era aquello.

Además, imaginaba cosas. De pronto, decía que había alguien vigilándola o que había visto un señor en bicicleta cerca de la ventana. Difícil, ya que vivíamos en un segundo piso.

Por si fuera poco, un día, se volvió agresiva. Entonces, la llevamos al médico y supimos qué pasaba. Facun estaba demente. Pronto comprendimos que no nos conocía, pero no era por el paso del tiempo, sino por los desbarajustes de su cabeza, vacía de recuerdos nuestros, perdidos definitivamente. El médico le dio unas gotas y se tranquilizó momentáneamente, pero tenía un único objetivo.  Quería irse a su casa. Y repetía sin cesar, hasta ensordecernos a todos: “quiero irme a mi casa, ¿por qué me tenéis encerrada aquí?” Mi bisabuela no sabía dónde estaba. Y cuando uno no sabe dónde está, sólo piensa en volver al que considera su sitio. Y ella creía que su sitio era Suecia, el lugar donde había vivido los últimos años. Ese era su último recuerdo, ya no recordaba nada más. Nosotros ya no formábamos parte de su vida. Para mi bisabuela éramos una familia que le resultaba vagamente familiar y que la tenía poco menos que secuestrada en un piso.

Entonces, lo entendimos todo. Las prisas de mi abuela por traerla en avión; la visita inesperada, y hasta las carreras de Julita escaleras abajo. Facun estorbaba. Mi abuela Julita no estaba acostumbrada a responsabilizarse de nada ni nadie en la vida: nunca lo había hecho. Una madre demente debió ser demasiado para ella. Eso, y que los vecinos la denunciaron por no ocuparse de su madre. Ay, esos suecos civilizados, asombrados de la soledad de una anciana que desvariaba y que vivía aislada en una casa, con una hija suya viviendo cerca, pero en otra vivienda, y sin ocuparse de ella en absoluto.

Así que, ni corta ni perezosa, encontró la solución. La metió en un avión y la llevó a nuestra casa. Bueno, en realidad, el piso era de su propiedad, lo que supongo que la autorizaba, en su particular modo de ver las cosas, a invitar a vivir allí a quien ella considerara oportuno, sin consultarnos, sin preguntarnos y, sobre todo, sin contarnos la verdad. Muy del estilo de mi abuela.

Nosotros vivíamos en un piso de 3 habitaciones. Cuando mi bisabuela volvió a casa (cuando mi abuela la trajo de vuelta, quiero decir), éramos ya 7 personas allí: mis padres y los 5 hijos. Eso, sin contar al perro, el gato y los pajaritos de todo tipo y plumaje que vivían allí. En mi casa, queremos mucho a los animales. A los de 4 patas, me refiero. Por lo que sea, a todos nosotros nos resulta más fácil ser cariñosos con ellos que con nuestros semejantes. Quizá porque es menos arriesgado: ahí tienes amor incondicional y nadie te pide nunca explicaciones, eso es verdad.

Para acogerla, fue precisa mucha voluntad y un ejercicio de tetris considerable. Nuestra casa se convirtió en el camarote de los hermanos Marx. A pesar de que nos turnábamos para dormir en el sofá o en la cama, en la misma habitación que mi “bisa”, todos preferíamos el sofá. Mi “bisa” imaginaba cosas y yo, particularmente, siempre he sido muy asustadiza. No ayuda mucho que, a oscuras, cuando te vas a acostar, una voz de trueno como la que ella tenía, preguntara qué era todo ese tinglado o que gritara que no se podía pegar un ojo con ese jaleo.

Yo había decidido, justo ese año, preparar unas oposiciones. Mal momento, vive Dios. Pero estudiar era imposible: tener una habitación para mí era inviable y, además, mi cabeza pensaba en cualquier cosa menos en el temario que, todo hay que decirlo, tampoco es que fuera entretenido.

Sin embargo, con ser triste, la situación tenía momentos cómicos. Mi padre era el desencadenante de esos impagables momentos de risa. El pobre pensaba que mi bisabuela no se acordaba de nosotros por el tiempo que había pasado desde la última vez que nos había visto. La demencia de Facun no le cabía en la cabeza. Así que, pacientemente, cogía una pizarra y trataba de explicarle quién era quién en la familia, dibujándole una especie de árbol genealógico mientras narraba: “ésta es tu hija Julita; ésta que está aquí, tu nieta Merche y éstos, tus bisnietos: Ana, Luis, Susy, Marta e Itziar.  No sé cuánto duraron sus clases. El final lo puso la “alumna” con un descarado “si te pongo la castaña, ¿me la pintas también?”

Así que ese era el panorama. Mi bisabuela, demente y preguntando constantemente por su pasaporte, temerosa de quedar atrapada para siempre en la cárcel que éramos nosotros para ella. Mi padre, inocente, inútilmente empeñado en hacerle recuperar una memoria perdida para siempre. Cuando la gente dice eso de «éramos poco y parió la abuela», sin duda, pensaban en nosotros.

No sabíamos qué hacer. En nuestra casa, mi “bisa” se volvía loca. ¿Meterla en una residencia? No teníamos dinero. Y, después de todo, para estar en una residencia, ¿por qué no estar en Suecia?

Cómo solucionar aquello. Alguien tenía que hacerlo. No podía ser mi padre, ocupado como estaba entre su trabajo y ese gusto por la enseñanza recién inaugurado y tan pronto frustrado por su rebelde alumna. Además, mi padre jamás decidía nada en casa. Rara vez opinaba, so pena de oír despreciado hasta el menor de sus juicios. Como para meterse en aquel fregado…

¿Mi madre? Mi madre se paseaba por la casa, con cara de pena, esperando que las cosas se solucionaran por sí solas. Cosa que, por supuesto, jamás sucedió. Por la misma razón, su incapacidad para hacer nada, permaneció casada con mi padre hasta que él murió. Quizá esperando un príncipe que la rescatara milagrosamente, en el último momento, como buena aficionada a los cuentos de hadas y a las películas americanas con final feliz. A todo esto, por supuesto, siguió durmiendo con mi padre, en la habitación de matrimonio.

Mi hermano Luis vivía en su propio mundo, un universo paralelo. Afortunado, por ser el único chico, conservaba su cama, además de vivir del todo ajeno al pequeño drama familiar que se desarrollaba en su propia casa, pero que estaba a miles de kilómetros de su música, sus películas y sus cuadernos, rellenos no sabíamos de qué anotaciones con su letra prolija y su bonita caligrafía.

Susy, la favorita de mi bisabuela Facun, era el apoyo de ella y de mi madre. En cuanto a Itziar, apenas era una niña, por más que mi “bisa”, en su demencia (o en su clarividencia, eso nunca lo sabré), la acusara de ser una víbora.

Así que, puestos a hacer algo, sólo quedábamos Marta y yo, oficialmente designadas para ir y venir al consulado a ver si conseguíamos hacer entrar en razón, por la vía diplomática, a mi desaparecida abuela, esa que salió corriendo como alma que lleva el diablo.

Nosotras 2 fuimos, en aquella ocasión, las perfectas soldados de la familia. Había que hacer algo y nosotras estábamos convencidas de la bondad de nuestra acción. Se trataba de lo mejor para mi madre, una vez más. Y en eso éramos todos los miembros de la familia, entonces y siempre, expertos.

Entonces, Marta aún no era un clon de mi madre, como lo sería años después, en que las 2 me escribían cartas a medias o respondían a mis wasaps en tono amenazante. Supongo que han encontrado, la una en la otra, la media naranja perfecta que no han tenido ninguna en la vida real. Hoy, las 2 son 2 caras de una misma moneda. Sólo que es difícil saber quién es la cara y quién la cruz. Comparten el tono y el gesto adusto y agrio en la cara, reacio a la sonrisa. Con los años, descubrí que Marta había heredado una cualidad materna fundamental: reescribir la historia a su manera. Ha vivido siempre en casa con papá y mamá. Toda su vida ha ahorrado en alquiler o compra, amén de tener la cocinera gratis y los cuidadores del niño, también por cuenta de la casa. Todo eso ella lo pinta con un asombroso e increíble yo he cuidado de mis padres. Sí, esos que, en realidad, le han criado el hijo. Puede que yo viviera en una novela cuando era una niña. Puede. Pero mi hermana Marta también vive en una novela. Uno de esos libros baratos, llenos de consejos y frases motivadoras tipo Mr. Wonderful. Ya sabéis, del estilo de “quien tiene magia, no necesita trucos” y chorradas así. Mi hermana, en su reconstrucción particular de la vida, es la hija sacrificada, que vive con sus padres y los cuida. Por supuesto, jamás ha hecho nada semejante.

Pero eso, ya digo, sería después. Mucho después, cuando yo pasé a ser la mala oficial de la familia, supliendo en el papel a mi abuela Julita. Tampoco me importa mucho el papel que me han asignado, a decir verdad. Los malos son muy útiles en cualquier historia. Y, además, ¿cómo habría buenos sin ellos?

Esta es una pequeña historia, de aquel día, de mi familia o, más bien, de las mujeres de mi familia, las protagonistas de la vida familiar siempre. En realidad, es la historia de un día que marcó un antes y un después en las relaciones familiares.

Una historia en la que mi “bisa” debía ser la protagonista porque ella era la víctima. De su demencia y de su hija. Pero el papel estelar se lo arrebató mi madre rápidamente.

Mi familia, esa secta.

Mi familia era una familia como tantas. Eso pensaba yo, por aquel entonces. Pero no era así. Algunas familias son como sectas. Y la mía era así. No sé si me explico: hay un líder que toma las decisiones y un grupo de seguidores, desprovistos de pensamiento propio, que se limita a obedecer. El líder, si es bueno, ni siquiera necesita dar órdenes: de su mano, llegas tú a las conclusiones que él quiere y actúas en consecuencia. Así era mi familia. Aunque, entonces, naturalmente, yo no lo sabía.

Mi familia estaba llena de secretos, de cosas de las que nunca se hablaba. De gente que había desaparecido sin más de nuestras vidas. Y así, también, desapareció mi abuela un día. Sin una lágrima. Sin un lamento. Sin un “os echaré de menos” por su parte; sin un “te echaremos de menos” por la nuestra.

Hablábamos, pero no nos comunicábamos. Charlábamos, pero jamás sobre cosas importantes. Nunca sobre lo que sentíamos o lo que esperábamos de la vida. Jamás, de lo que nos preocupaba o nos angustiaba. No teníamos costumbre.

En mi casa, por lo que fuera, tampoco solíamos preguntar mucho. Y, sin embargo, había tanto que preguntar. Nuestros padres no nos contaban nada y nosotros no preguntábamos, tampoco. Quizá por eso, no nos extrañamos cuando Facun se fue y tampoco preguntamos por qué volvía cuando lo hizo años después, de la mano de mi abuela.

Era una familia de mujeres. Hombres por los alrededores, había pocos. Ni abuelo ni bisabuelo. Pero dejemos a los hombres fuera de esta historia. Más que nada, porque en la familia materna, los hombres no abundan. Como mucho, obsequian con el apellido a sus vástagos. Poco más. Apenas eran un nombre, en el caso de mi abuelo y ni siquiera eso, en el de mi bisabuelo. Ni una fotografía. Ni una mención. Nada.

Mi padre vivió toda su vida para trabajar. Trabajos duros, desagradables, que nos permitían a todos nosotros vivir y convivir sin pensar demasiado en él y en su vida. Mi padre bebía demasiado. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, parecía feliz a su manera.

Cuando decidí hacer mi primera entrevista, en la Facultad de Periodismo, no le elegí a él, sino a mi madre. Cómo no. Mi madre actuaba siempre como si fuera una reina a la que hubiera arrebatado su trono algún malvado. Y nosotros, sus pobres e inocentes hijos, resultamos ser esos malvados. A nuestro pesar, sin querer, y, peor aún, sin enterarnos.

Ser madre no debe ser fácil. Supongo, porque nunca lo he sido. Tampoco es que ella tuviera muchos modelos para aprender. No la crio su madre, sino su abuela. Y a su madre, a su vez, la cuidó una tía en lugar de su madre. Cada una a su manera, supongo que hicieron lo que pudieron.

Mi madre, mi abuela y mi bisabuela fueron, además, madres por accidente. Y eso se notaba. Como en cualquier oficio que se ejerce sin pasión, sin ganas, faltaba vocación para el papel. Imagina: si ser madre con ganas es difícil; sin ellas, debe ser una auténtica tortura. Para ellas, no lo dudo. Para los hijos que las sufrimos, sin duda lo es.

Son madres que no quieren serlo. Y en una injustísima revancha, convierten su desgana en un inicio de vida complicado para los hijos. No se paran a pensar que, si ellas no quisieron ser madres, sus sufridos hijos jamás pedimos nacer. Puede que ellas hicieran poco para ser madres (algo, sí). Pero, desde luego, nosotros no hicimos nada para convertirnos en sus hijos. No elegimos a nuestros padres. Igual que no elegimos patria en la que nacer.

Las madres, no sé si lo sabes (yo tardé en descubrirlo) no son siempre criaturas mágicas, seres llenos de sabiduría y bondad que iluminan con su dulce luz la vida de sus hijos. Son personas normales, mujeres que han parido un hijo, a veces porque lo deseaban; otras, por casualidad. Convertirse en madre no convierte a ninguna mujer en mejor persona de la que fuera previamente, ni en más sabia. Pero los hijos, a veces, queremos pensar que sí y las colocamos en un lugar que nos sitúa en una difícil posición cuando nos decepcionan o nos hacen daño.

En mi familia materna, había una pequeña tradición familiar, inaugurada por mi bisabuela y seguida por mi abuela. Las 2 fueron madres solteras; las 2, tuvieron una sola hija. Mi madre estaba destinada a seguir esa pequeña costumbre de la familia cuando se quedó embarazada de mí, todavía soltera. Para romper el maleficio, se casó y, en lugar de tenerme sólo a mí, tuvo 4 hijos más. A su manera, rompió la tradición.

Mi madre, la víctima perpetua.

Pero mi madre no era feliz ni como esposa, porque no quería a su marido, ni como madre, porque le faltaba vocación. Así que eligió otro papel y se aferró a él para siempre: el papel de víctima. Este, hay que reconocerlo, lo ha desempeñado siempre muy bien, plenamente metida en él de principio a fin.

En la vida, hay gente que es víctima por las circunstancias particulares que le toca vivir. Mi madre, desde luego, tenía motivos sobrados para sentirse una víctima. Se casó con alguien a quien no quería con apenas 19 años y tuvo 5 hijos antes de los 40. Pero hubo una cosa que aprendió muy bien y muy pronto: los beneficios de comportarse siempre como la víctima, pasara lo que pasara. Y, en aquel triste episodio con mis abuelas, aprovechó este aprendizaje al máximo.

Ser víctima en sí no tiene nada de bueno. Pero ejercer de víctima tiene sus ventajas. Y mi madre lo sabía. Si hubiera que escribir un libro “El Manual de la perfecta víctima o cómo conseguir que todo el mundo gire a tu alrededor”, Merche sería perfecta.

Porque hacerse la víctima tiene ventajas, lo creas o no. Tú sufres, eso nadie lo niega, pero lo que haces, en realidad, es comportarte como si sólo tú sufrieras: ese es el quid, esa es tu victoria. Te conviertes en la reina del sufrimiento. De esta forma, un poquito manipuladora, consigues que la labor de los demás sea ocuparse de que dejes de sufrir. Sobre todo, porque tú no puedes hacer nada: sólo sufrir y, además, exhibir tu sufrimiento para que todos puedan verlo y compadecerse de ti. Tu sufrimiento se convierte en un dedo acusatorio contra los demás. Los demás no tienen sentimientos, sólo tú los tienes. Ellos no pueden sufrir tanto como tú lo haces. Así, al cabo del tiempo, el lema familiar era «que mamá no sufra«, pues todo giraba en torno a ella y su dolor.

Mi madre no fue nunca niña y se convirtió, de adulta, en una adolescente permanente: ultrasensible, inmadura y egoísta. No sólo porque en su cartera llevara fotos de Gary Oldman en lugar de de sus hijos (que también) sino porque siempre se comportó como si todos los demás debiéramos asumir un papel de adultos que ella se negó a adoptar nunca.

Si tenía mi madre una cualidad era la de ser siempre la protagonista. Para ser protagonista, en realidad, lo único preciso es que los demás acepten ser secundarios. Y nosotros estábamos resignados a nuestros papeles de segundones en la obra que se representaba, a diario, en sesión continua, en mi casa. Mi madre era como la “Dama dama” de la canción de Cecilia: tenía que ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Todo el mundo, nuestro pequeño mundo, giraba a su alrededor. Ella era el Sol y nosotros, los planetas. Pasara lo que pasara, lo importante era que mamá no sufriera. Ese era el mandamiento familiar supremo y todos lo seguíamos, obedientes.

Mi familia era como una secta. Mi madre era la maestra, la líder, y los demás, los adeptos que la obedecíamos ciegamente. Para formar parte de una secta, es preciso creer, tener fe. Nosotros creíamos en mi madre y eso era suficiente para obedecer sin cuestionar.

Mientras tanto, ella, aparentemente frágil, nos manejaba a todos con mano firme. Mi padre la apodaba » la sargento de hierro«. Mis hermanas, «la alemana”.

Ni siquiera necesitaba dar órdenes, tal era su dominio sobre todos nosotros. En euskera, madre se dice ama y, en el caso de la mía, era la dueña de todos nosotros. Mi madre no se metía en nada, pero leía lo que escribíamos Luis y yo, rebuscando en nuestros cajones, y no conocía el concepto de privacidad. Todos éramos de su total y absoluta propiedad.

Que mi madre mandaba, lo sabíamos todos. Lo sabía mi padre, que aprendió a ver a su familia a escondidas, pues la única familia tolerada en casa era la materna, que se limitaba a mi abuela y mi bisabuela. Para ser exactos, la familia, estrictamente, éramos solo nosotros 7; 8, cuando vivía mi bisabuela con nosotros. Todos los demás eran “la parentela”, en palabras de mi madre.

Mi madre tenía el mando. Y no sólo de la televisión, por cierto. Que manejara el mando de la tele siempre, sin excepción, sin concesiones, era, sólo, un símbolo de quién mandaba en la casa.  Sólo uno más, y, ni de lejos, el más importante. Porque que mandara en lo que veíamos en la tele era lo de menos. La televisión, después de todo, no es el centro de la vida de nadie. Salvo que seas un anciano que vive en una residencia y esa sea la única distracción a tu alcance. No era el caso. Después de todo, no vivíamos en un asilo, sino, más bien, en “La casa de Bernarda Alba”.

No, mi madre jamás me puso, ni nos puso a ninguno, la mano encima. Hay formas mucho más sutiles y eficaces de dominar a alguien, de doblegarle, de hacerle daño. Las palabras. Ella sabía cómo usarlas. Tampoco necesitaba levantar la voz. Aunque nos acusara de haberla dejado muda, culpándonos absurdamente de su cáncer de garganta. Todo el mundo sabe que ese tipo de cáncer se desarrolla en cuanto chillas mucho, por supuesto. Nótese el sarcasmo, por favor.

A menudo, mi madre se lamentaba de no poder vernos por un agujerito. Yo creo que lo que realmente le pesaba era no poder leernos el pensamiento, porque era lo único de nosotros que le estaba vedado.

Mi familia y mi casa era como una cárcel, llena de normas y rutinas impuestas por mi madre, a las que ninguno osábamos desobedecer. Y cuando digo ninguno, eso incluye a mi padre. Para todo había normas, reglas y horarios. Mi madre necesita poner orden hasta para dejarnos comer los pasteles de una bandeja a mis hermanos y a mí.

Por ejemplo, en verano, sí o sí, cuando hacía bueno, mis hermanas y yo teníamos que ir a la playa. No es un castigo, diréis. Pues sabed que todo lo que se convierte en una obligación, deja de apetecer automáticamente. Pero eso daba igual: hacía bueno, había que ir a la playa. Lo peor, lo extraño es que no se contemplaba otro escenario, ni por asomo. La disidencia de cualquier clase, en casa de mamá, se paga con el repudio, con la expulsión de una familia en la que solo ella decide y los demás, a lo sumo, se limitan a ser “palmeros” que aplauden. O callan.

Cuando era niña, yo no tenía ninguna llave para escapar de aquella prisión, excepto la imaginación. La imaginación nadie puede arrebatártela y te salva muchas veces, créeme. Quizá por eso, cuando era pequeña, imaginaba que era la protagonista de una novela. En realidad, más que la protagonista, un personaje más de un libro. Pensaba en mí en tercera persona, como si las cosas le pasaran a otra persona, no a mí.  Imaginaba que contaba lo que me pasaba a los demás. Esa capacidad de ver las cosas desde fuera, esa especie de esquizofrenia, me dio perspectiva. Y me salvó de enloquecer.

Yo, por aquel entonces, creía (o quería creer) que mi madre era un ser superior. Infalible, intachable y admirable. Sus opiniones no eran opiniones: eran la verdad. Su forma de ver la vida, la única posible. Era como si yo no tuviera cerebro, como si ella me hubiera absorbido. Como estar en una secta. Como tampoco tenía amigos y hablar con cualquier persona de afuera se consideraba poco menos que una traición, no sabía que lo que yo vivía no era lo habitual. Que la convivencia se hace de cesiones y que las cesiones no van siempre en la misma dirección.

Mi madre nunca tuvo mucho don de gentes. Apenas salía de casa, ni siquiera para ir de compras, y sólo se relacionaba con nosotros, hasta el punto de que había gente en Barakaldo que creía que mi padre era viudo. “Qué más quisieras”, respondía ella, al oírselo comentar, siempre amorosa. Su mundo se circunscribía a las películas y las novelas. Sin embargo, se comportaba como si fuera una mujer de mundo sofisticada y elegante, Dios sabe por qué. La expresión de que alguien no valía nada le gustaba particularmente y da una idea de la importancia que le otorgaba al aspecto físico de las personas y también, por qué no, de la muy alta estima que tenía de sí misma en este sentido. A menudo repetía que una pierna suya valía más que todo mi padre entero. Nunca supe cómo se medía o pesaba tal cosa, pero ella lo decía plenamente convencida.

Se comportaba conmigo más como una amiga que como una madre y me contaba cosas de su relación con mi padre que hubiera no querido escuchar jamás. De hecho, hace poco, en una serie, un adolescente, al recibir confidencias de ese tipo de su madre, le espetó algo que debería haberle dicho yo entonces: ¿no tienes amigas? Pero, claro, yo sabía la respuesta. Cómo iba a tener amigas si mi madre se pasó años enteros sin salir apenas de casa.

Cuando mi “bisa” fue abandonada por su hija en nuestro piso, nadie pensó en ella. Ni su hija, que la dejó en nuestra casa y salió corriendo. Ni mi madre, que, una vez más, se las arregló para acaparar todo el protagonismo y la tristeza del momento.

Retrato de mi bisabuela.

Pero esta no es la historia de mi madre, sino la de mi bisabuela. Y cuando imaginéis una abuela, por favor, olvidad los clichés, porque si algo no era Facun es eso, un cliché.

Facun era una mujer excepcional, muy especial, nada común. Si al decir la palabra “bisabuela” te ha venido a la cabeza una imagen de plácida ancianita con toquilla, bórrala de tu mente cuanto antes. Nada que ver con mi “bisa” Facun.

Facun es, con diferencia, la persona más libre que he conocido jamás. No le gustaban los horarios: comía y dormía cuando le venía en gana, como los gatos. ¿Se puede ser más libre que cuando se vive sin horarios, sin sujetarte a un reloj? No imagino mayor libertad.

Ella solía decía que le hubiera gustado ser titiritera. En sus tiempos, había cantado y tenía incluso un nombre artístico, Rosa Marina. A menudo, me he preguntado cómo sería la convivencia entre alguien tan libre como ella y alguien como mi madre, que parecía aspirar a convertirse en un árbol, sin moverse jamás de su casa, de su barrio, de sus gustos. Durante muchos años, esas 2 personas tan distintas convivieron, entre la vergüenza de mi madre y la despreocupación de mi bisabuela. Yo crecí con ambas. No sé si se llevaban bien o mal. Sólo sé que, un día, cumplidos largamente los 70 años, mi bisabuela se fue de casa. Con su hija. A Suecia, en la otra punta de Europa

Mi bisabuela nació en 1900 y toda su vida fumó como un carretero. Celtas, Ducados: tabaco negro, de ese que nadie fuma hoy en día. Cuando le dolía algo, echaba un trago de licor 43, que usaba como medicina. Nunca la vi enferma. Jamás llevó sostén y, por lo que recuerdo, juraría que tampoco era muy aficionada a las bragas. En general, nunca le preocupó lo que la gente dijera de ella. Digo en general porque, poco o mucho, a todos nos importan las opiniones de los demás. De hecho, cuando conoció a mi padre, ella llevaba un vaso de vino en la mano para hacer un postre, y le preguntó «¿no creerá usted que soy alcoholista?» Lo cual tenía su gracia: preguntarle eso a un Varela como mi padre, perteneciente a una familia que dice de sí misma, sin complejos: «los Varelas somos o locos o borrachos”.

A mi bisabuela la llamaban en Bilbao «la cojonuda», imagina por qué: no se callaba jamás y, a la menor discusión, soltaba un improperio tipo “grito lo que me sale del higo” que desarmaba al contrincante sin remedio. Hoy día, sería una pobre sincericida. Entonces, el mundo era menos políticamente correcto, por suerte o por desgracia.

Facun era muy generosa, aunque Generosa fuera el nombre real de su madre. Mi madre decía de ella que, en cuanto alguien le comentaba que algo que llevaba puesto le gustaba (un anillo, un collar…) se lo regalaba, sin más. Esa cualidad no es hereditaria, porque su hija Julita era todo lo contrario. Yo tengo la teoría de que las hijas, en su intento desesperado de no parecerse a sus madres, acaban yéndose al extremo contrario. Es una teoría mía, sin ninguna base, más que la observación muy atenta de mis semejantes.

Mi familia era una familia como las demás. O eso pensaba yo, hasta que pasó aquello con mis abuelas. Facun era, en realidad, mi bisabuela, pero todos la llamamos siempre abuela. Normal. Mi “bisa” vivió con nosotros casi toda la vida. Primero, con mis padres, cuando se casaron. Después, cuando fuimos llegando los hijos, con todos nosotros. Un día de pronto, decidió que quería irse. Y se fue, sin más.

Por qué se fue. No lo sé. Para nosotros fue así, de repente, pero algo de planeado debió tener aquello cuando se fue, de la noche a la mañana.

Además, mi abuela no se fue a un barrio cercano ni al pueblo de al lado. Ni siquiera se quedó en España. Se fue a miles de kilómetros, a vivir a Suecia. Con su hija. A primera vista, nada extraño, salvo porque se odiaban la una a la otra y jamás habían vivido juntas. También es verdad que no se fue a vivir con ella, sino al mismo pueblo, pero cada una en su propia casa.

Si alguien sabía algo de poner tierra de por medio, esa era Facun, desde luego… Aquello parecía más una huida que otra cosa. Durante años sólo supimos de ella por sus cartas, tan expresivas como llenas de faltas de ortografía, en las que nos contaba, a su manera, cómo era la vida en Suecia. Sobre todo, la comida “aquí todo es congelado” y el clima “siempre hace frío”. Era una mujer mayor, sorda y que no sabía sueco. A pesar de todo, se las apañó para vivir en Suecia muchos años, sola y a sus anchas.

No recuerdo que nos asombráramos mucho cuando la “bisa” se fue. Pero hay que reconocer que el hecho de que una mujer de más de 70 años abandone la casa y la familia donde ha vivido prácticamente toda su vida, es extraño, como poco. Generosa, desinteresada y sentimental, mi madre exhaló un suspiro y dejó escapar un “justo ahora, cuando más la necesitaba”. En fin. A mi madre, si no le eres útil, dejas de interesarle rápidamente.

De qué huía Facun tardé mucho en entenderlo. Sólo lo entendí cuando yo también necesité poner distancia para ver las cosas claras. A veces, la lejanía te proporciona una perspectiva que no se alcanza mirando las cosas desde muy cerca.  Lo que es lo mismo que decir que, a veces, los árboles no te permiten ver el bosque.

Pues igual que se fue un día, otro, muchos, muchos años después, volvió. Dijo mi abuela que “nos echaba de menos. “Bueno, en mi familia, no se dicen esas cosas: somos todos más bien ásperos, así que la frase debería habernos chocado, como poco. No somos esas familias de las películas que se dicen “te quiero” y “te extraño” a cada segundo. Deberíamos habernos dado cuenta de que aquello era una aportación de mi abuela para justificar que, tantos años después, mi bisabuela, de pronto, volviera a nuestra casa.

A mi bisabuela nunca le gustaron mucho los hombres. La razón, no la conozco. Lo que sí sé es que en aquella época, sus odios tuvieron un objeto principal: fueron directamente contra mi padre. Mi padre era el responsable de su encierro en nuestra casa, porque así lo vivía ella que se sentía encerrada, atrapada en nuestro piso.

 

De buenos y malos: mi abuela Julita.

Mi familia era como todas en una cosa, al menos. Cada uno tenía su papel asumido y lo representábamos todos a la perfección. Por encima de todo, como en cualquier familia, los papeles de malos y buenos, cuando se adjudicaban, se hacía de forma definitiva, eran inamovibles. Por supuesto, mi abuela Julita se convirtió, aquel día, en la mala oficial de la familia. Y ese día, sin duda, lo fue. Cuando una persona hace algo así es difícil recordar que alguna vez, quizá, hizo algo bueno. Además, la verdad es que no recuerdo nada bueno que hiciera por mí o mis hermanos.

Aquel día aprendí que un solo episodio de nuestra vida puede marcar la diferencia sobre cómo nos verán los otros después. Para mí, mi abuela es sólo aquella mujer que salió corriendo escaleras abajo, abandonando a su madre en nuestra casa. Sin pensar en nosotros y, sobre todo, sin pensar que su madre no era una maleta que se deja en la casa de otros, en una particular versión del juego “tú la llevas”.

Quizá mi abuela es sólo eso porque, antes de aquel día, poco sabía de ella, excepto que venía a visitarnos una vez al año, forzando nuestra expulsión de nuestras camas y habitación, en su favor, desterrándonos al salón, al mueble-cama plegable de la sala o a la habitación de mi hermano.

Era esa mujer que traía pocas cosas de regalo y se llevaba muchas para ella. Que, una vez, subió por equivocación a otro niño a casa, confundiéndolo con mi hermano, tanto era lo que nos conocía. La misma señora que, de vez en cuando, nos mandaba dinero como regalo de cumpleaños. La que no quería llevarnos a ninguna parte porque no le gustaban los niños. Esa mujer que, mientras su marido estaba muriéndose, seguía comprando muebles para el jardín mientras la madre de Arne murmuraba “pobre Arne”.

Mi abuela era tan egoísta que pensar en los sentimientos de otro ser humano era, para ella, imposible. Julita fue esa madre que nunca ejerció de tal, esa abuela que lo es sólo una vez al año y esa esposa que cuando su marido murió soltó un escalofriante «mejor muerto que con otra» que me hizo poner en cuarentena el presunto amor que sentía por él.

Nunca quise mucho a mi abuela. Creo. Yo era una de esas niñas moralistas y sabihondas, una de esas muchachas redichas que creen saberlo todo. Para mí, mi abuela sólo era una mujer ignorante, que hablaba sin saber y se ufanaba de no ser lista porque » a los hombres las mujeres listas no les gustan«. Después de todo, a ella le había ido muy bien en la vida sin serlo. Hoy día, tendría éxito como concursante de reality o colaboradora de Sálvame, para que os hagáis una idea.

Además, era difícil intimar con ello. Cuando venía, si yo pasaba un rato con ella en el salón, mi madre me recibía en la cocina con un “por fin te has acordado de que tienes madre”. Imagina el alcance de mi abandono en una casa de 90 metros cuadrados.

También es verdad que ni yo ni ninguno de mis hermanos la conocíamos demasiado. Julita y Arne venían a pasar unos días a nuestra casa una vez al año; 2, como mucho. Casi siempre que venían, mi madre y ella discutían por viejas historias que conocíamos poco y que nos importaban todavía menos, pero que usaban como eficaces dardos la una contra la otra. Mi abuela no crio a mi madre y nunca supe por qué. Y mi madre no es precisamente el tipo de mujer que perdona fácilmente. Lo cierto es que, hubiera pasado lo que hubiera pasado, jamás la perdonó. Y eso saltaba a la vista en cada visita.

Arne era el marido de mi abuela. No era mi abuelo por sangre. Yo me enteré de eso por casualidad. (Bueno, más que por casualidad, porque una compañera de clase me preguntó cómo era posible que si mi abuelo era sueco, yo me apellidara Martínez.) No era nuestro abuelo de verdad, pero, para mí y para todos mis hermanos, siempre fue el abuelo: el único y el más querido. También hay que decir que al otro, al padre de mi padre, lo habíamos visto menos aún, apenas un par de veces o 3 en toda nuestra vida. Arne era un hombre educado, culto y amable. Jamás entendí qué pudo haber visto un hombre como él en una mujer como mi abuela Julita, hasta el punto de haberse casado con ella. Quizá es verdad eso de que el amor es ciego, por más que yo no lo entienda.

Solo recuerdo haber visto llorar a mi padre en 2 ocasiones. Una, precisamente, en una de esas discusiones que, para ser más entrañable aún, tuvo lugar en una fiesta navideña. En aquella discusión me enteré de que si mi abuela hubiera sido más rápida ayudando a mi madre, yo no hubiera nacido. Cuando lo oyó, mi padre se echó a llorar, no sé si por mí, por él o por los 2. La otra vez que le vi llorar fue cuando murió Arne.

Mi padre venía del entierro del suyo (mis 2 abuelos murieron con 2 días de diferencia) pero mi madre le soltó la noticia como si volviera de estar con su amante o algo parecido. El pobre no había acabado de girar la llave en la puerta cuando mi madre le espetó, a bocajarro, «Arne ha muerto«. Un consejo: nunca contratéis a mi madre para dar noticias con tacto y delicadeza. Obviamente, no es lo suyo. De fondo, casi parecía oírse, «Arne ha muerto y tú no estabas”…»Esa es otra cualidad que mi madre no ha perdido con los años: la de hacerte sentir culpable hasta de respirar. Eso, en esas circunstancias. Si, además, disfrutas, estás condenado al infierno de su mayor desprecio. Reírse, por ejemplo, es algo incomprensible para mi madre, quizá porque ella jamás lo ha practicado

El caso es que llegó un día en que Arne dejó de venir con mi abuela a vernos. Tampoco supimos el porqué. Pero cuando desapareció de nuestras vidas fue para siempre. Entonces, dejó de apetecernos ver a nuestra abuela, esa que era nuestra abuela de verdad pero que sentíamos tan ajena.

Pero volvamos a la historia principal, esa historia que empezó con mi bisabuela depositada en nuestra casa, por su hija, como una maleta olvidada.

En este triste episodio, todos cumplimos nuestro papel habitual en la familia.

Mi hermano Luis ni preguntó ni hizo nada. Ni para bien ni para mal. No creo que se enterara, siquiera, de lo que sucedía a su alrededor.   Mi hermano a menudo no sabe lo que pasa en la familia, refugiado en un “nunca me cuentan nada”. Un papel bastante agradecido, también.

Mi hermana Susy, la preferida de Facun, fue, igual que entonces, ahora y siempre, el bastón de mi madre, acompañándola en casa. Bajo ningún concepto, mi madre podía quedarse sola en casa, indefensa y dolorida como estaba. Para Susy, que mi madre no sufra ha sido siempre su leit motiv. Pobre Susy. A ello ha encaminado su vida, aparentemente por gusto, aunque su perpetuo semblante entre triste y enfadado, diga lo contrario.

 ¿Y mi madre? Mi madre no dijo nada. Cuando mi bisabuela Facun regresó (cuando mi abuela la hizo regresar, más bien) se encerró en una tristeza mayor de lo habitual. Una tristeza muy oportuna, por otra parte. Empezó a pasearse por la casa con expresión de “por qué me tiene que pasar esto a mí”. Simplemente, esperó que los demás descubriéramos lo que ella quería. Es decir, que adivináramos lo que había que hacer. Increíble o no, se puede dictar órdenes sin levantar la voz, desde el silencio más absoluto, eso lo sabíamos en mi casa todos. Si sale todo bien, mérito mío, que doy las órdenes en la sombra. Si sale todo mal, yo no hice nada: estaba demasiado triste para actuar.

Así fue cómo los demás debimos posponer nuestras tristezas particulares, siempre menos importantes que la suya, para tomar decisiones y hacer cosas. Cosas que remediaran la tristeza perenne de ama. Así fue cómo mi madre se convertía en la protagonista en una historia que debía ser la de mi “bisa”.

Mi hermana Marta y yo anduvimos de la Ceca a la Meca. Llevamos a mi bisabuela a visitar a una de sus hermanas, que vivía en Bilbao, intentando que se acostumbrara a vivir con nosotros, de nuevo. Cuando vimos que aquello era imposible, que sólo quería regresar a Suecia, empezamos a acudir al Consulado para ver si conseguíamos que Julita aceptara a su madre de vuelta y por medios oficiales. Pero mi abuela jamás volvió a cogernos el teléfono. Ni a nosotros ni a la gente del consulado. Si lo hacía, aducía ser una empleada de la casa y contestaba en sueco “con un fuerte y sospechoso acento español”, según nos decían en la embajada.

¿Cómo solucionamos nosotros el problema? No encontramos ninguna solución. Así que, tristemente, el final de esta historia le tocó encontrarlo a mi padre. En su papel de siempre, ese que nadie le disputaba, el de proveedor, se encargó de pedir en el trabajo el préstamo para que mi bisabuela pudiera viajar de vuelta a Suecia. Como siempre, mi padre no preguntó nada. Igual que nunca se había cuestionado por qué Facun vivía con nosotros, no hizo pregunta alguna cuando se había años atrás a Suecia, ni pareció extrañado de esta su última vuelta a casa. Mi padre nunca preguntaba: aceptaba, aparentemente sin cuestionarse nada, lo que mi madre decidía. Obedecía, sin más.

Así que compramos un pasaje de ida a Suecia. Y metimos a mi bisabuela en un avión, rumbo a su casa. Esta era la segunda vez en su vida que Facun viajaba en avión. Como un paquete que nadie quiere y se devuelve al remitente con un sello plantado en el reverso. Aquella fue la última vez que la vimos. Nunca más supimos de ella.

Ya lo veis. En mi familia, no somos de esa clase de gente que abandona a sus mayores, como si fueran perros, en las gasolineras. Tenemos más clase que esa gente y, sobre todo, mucha más imaginación. Nosotros preferimos abandonarlos en los aeropuertos.

No sé si mi bisabuela murió en paz o no. Espero que sí. Sé que ninguno de nosotros mostró hacia ella, cuando realmente nos necesitaba, más consideración que con un equipaje con el que nadie quiere cargar.

A raíz de aquella historia, mi madre y mi abuela dejaron de hablarse. Mi bisabuela murió sola, en un país extraño. Mi abuela murió sola, muchos años después, en el mismo país.

Cuando supo que mi bisabuela había muerto, tiempo después, mi madre puso una foto suya en la librería del salón de casa, en un lugar de honor. Ahí descubrí la forma de ganarse el amor de mi madre: tienes que ser un bebé, un muerto o, en su defecto, un animal doméstico. Mi madre quiere a los muertos, los animales y los bebés por el mismo motivo: ninguno habla y, por tanto, jamás van a llevarle la contraria.

Por suerte, yo no soy madre. Si no, mis hijos quizá me cuidarían igual que mi madre y mi abuela cuidaron a las suyas. Ojo, que tampoco es tan malo. Además, yo ya he viajado en avión, así que juego con ventaja. Con suerte, mi madre vivirá aún y pondrá una fotografía mía, junto a la de mi bisabuela, en un estante del salón.

3 comentarios sobre “MAMÁ Y OTRAS MADRES SIN VOCACIÓN

  1. Me ha mucho gustado leerte. Tu madre se parece mucho (muchísimo) a la mía. Veo al leerte las mismas marcas que mi madre dejó en mí. Por suerte ambas hemos aprendido a tomar distancia, a salirnos de la ‘caja’ y a enfocar adecuadamente. Felicidades, escribes muy bien.

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