LA MODA DE HABLAR DE LA SALUD MENTAL O POR QUÉ NO CONTAR A NADIE TUS PROBLEMAS MENTALES


«10 personas al día se suicidan en España. Yo he tenido que volver a mirar el dato. ¿Si digo diazepám, por qué todos sabemos de lo que hablo? ¿ Cuándo nos hemos acostumbrado a vivir medicados?«. Así fue el discurso ante el Congreso de los Diputados de Iñigo Errejón, en marzo de 2021, hace casi un año. Cuando terminó de hablar, un diputado gritó «¡Vete al médico!». Y así empezó en España a hablarse de salud mental. Por un lado, con un discurso sensato que pretendía, o eso creo, dar qué pensar. Del otro lado, lo de siempre, la ignorancia, la burla y la falta de respeto a las enfermedades mentales.

Cuando empieza a hablarse de salud mental, te dices: «qué bien, ya tocaba que se pudiera hablar sin complejos de nuestras dolencias psíquicas, de los sufrimientos emocionales de tantos de nosotros«. Pero pronto descubres que no hay motivo para alegrarse. Que hablar de salud mental no significa, de verdad, ocuparse de ella y, sobre todo, que la salud mental se ha convertido en un tema de conversación más, una moda como otra cualquiera. Igual que pasó con el #Me too o con muchas de las tendencias que proliferan a diario en las redes sociales. Y no tardarás en descubrir, asombrada, que el asunto se nos ha ido un poco de las manos, como pasó con los aplausos en tiempos de pandemia. Que empezamos por aplaudir a los sanitarios y terminamos por aplaudir a cajeros, barrenderos, hosteleros, camioneros y así hasta el infinito, o, más bien, hasta que nos cansamos. Era como si temiéramos que si olvidábamos aplaudir a alguien, a quien fuera, ese olvido fuera a condenarnos a una pandemia más larga. Y, sí, debimos olvidar a mucha gente, porque ya llevamos 2 años con la COVID 19 de compañera inseparable de vida.

Pues con la salud mental ya estamos en el punto en que hablamos de ella demasiado. Yo diría que hasta sin venir a cuento. Se ha convertido en una moda más. Otra moda, como todas las modas, destinada al olvido. Total, que intentando visibilizar la salud mental (palabra tan de moda y tan fea, por cierta), hemos acabado por frivolizarla y convertir en banal lo que no lo es, lo que no puede serlo. ¿Cómo podría serlo algo que entraña tanto dolor para mucha gente?.

Se me ocurre que nos está pasando, con la salud mental, un poco como en los tiempos del destape, que en España, pasamos de que las mujeres fueran en el cine tapadas hasta el cuello y vestidas de negro (un negro que retrataba unos tiempos tristes, recatados y oscuros) a que hubiera, por todas partes, tetas, culos y pubis peludos, extraños felpudos para los ojos de hoy, habituados a la más aséptica depilación. Y que esa exhibición ocurriera a todas horas antes nuestro virginales ojos. Por resarcirnos, supongo. Por compensar. Para los más jóvenes, recordaré lo que fue la época del destape. Resulta, érase que se era, un país, España, en el que, un día, desapareció la censura. Y los españolitos empleamos esta recién inaugurada libertad en crear un cine nuevo. De nuevo la verdad es que tenia poco, porque nació ya rancio (no confundir con «vintage», por favor). Y de cine, baste decir que los protagonistas solían ser los ínclitos Fernando Esteso y Andrés Pajares. A este último, por cierto, el apellido le iba pintiparado para solazarse en un escenario, el de su apellido, bien frecuente en sus películas. Las películas consistían, básicamente, en muchachas de buen ver correteando de aquí para allá balanceando unos pechos que mostraban a la mínima de cambio, sin que lo exigiera el guion ( más bien escueto, a juego con los ropajes de las actrices) y sin venir a cuento, la mayoría de las veces. Todo ello para solaz de los españolitos ( que no españolitas) que podían, así, irse librando de sus represiones acumuladas durante años de censura y oscuridad.

Así, igual que con el destape, nos está pasando con la salud mental. Y de la vergüenza de hablar de los problemas psicológicos o psiquiátricos de cada uno, de ocultarlos como el secreto más escondido, hemos pasado al extremo contrario. Si vivíamos censurados, callados, avergonzados, ahora, lo contamos todo. Nos pregunten o no. Es que hoy es eso lo que toca: se trata de divulgar a los 4 vientos nuestras dolencias mentales, con un exhibicionismo que es, casi, tan contra natura como el ocultamiento total de antes. Como decía Aristóteles, «en el justo medio está la virtud«. Pues otra vez se nos ha olvidado y, como siempre nos pasa a los españoles, o no llegamos o nos pasamos.

A ver, no nos volvamos locos, pero, sinceramente:¿no tienes la sensación, últimamente, de que todo quisque tiene una depresión o deseos de suicidarse? Ahora, de pronto, como brotados de debajo de las piedras, cualquier famoso que se precie nos cuenta que lleva medicado 1 año o 2. «Todos somos del club de la pastilla«, se atreven a apostillar los más osados. Permíteme que lo dude.

Es verdad que hay que convertir en normal ( normalizar es otra de esas palabras detestables que están en boga) que, igual que te puede dolor el cuerpo, es tu mente la que puede estar mal. Sí, está bien quitar el estigma que normalmente acompaña a cualquier sufrimiento psíquico o psicológico. Eso es cierto. Pero¿ dónde estaba toda esa gente escondida hasta ahora? Y, sobre todo, ¿ a qué viene ese furor por exhibir ante todos nuestros problemas más íntimos?

Cuando yo empecé a estar en tratamiento (vale, sí, yo también), me sucedió algo similar a lo que ocurre ahora, que quizá explique esto. De pronto, sientes que llevas toda la vida callada y empiezas a contarlo todo. Y, con el tiempo, cuando ya es tarde, te das cuenta de que contarlo todo también es un error. Quizá no lo sea para los famosos, que pueden frivolizar con su vida privada sin demasiadas consecuencias. Pero en la vida real del común de los mortales, ten por seguro que si tus semejantes descubren tus » demonios» interiores, se alejarán de ti, te temerán y, muchos, menospreciarán o minimizarán tus dolencias con un «problemas tenemos todos«.

Y, para que veas que no exagero, ahí tienes algunos ejemplos que he extraído de la prensa actual. Yo recuerdo, sin esforzarme demasiado y sin salir del apellido Martín, al menos a 3 famosos que, últimamente, nos han contado sus dolencias mentales. De Dani Martín, del que ya teníamos alguna pista con el nombre de su grupo, «El canto del loco«, a Ángel Martín, que hasta ha escrito un libro, que da un poquito de miedo, sobre su brote psicótico, «Por si las voces vuelven«, pasando por Javi Martín, que nos relata sus pensamientos suicidas. Y no, no son familia, aunque se apelliden igual los 3. Es pura coincidencia.

Por cierto, ir al psicólogo o al psiquiatra tampoco es la panacea, que no te engañen. Que parece que todos los problemas mentales se solucionarían si tocáramos a más profesionales por cabeza. Depende, que diría un gallego. Puede que estar mal te haga necesitar ayuda. Pero no siempre la vas a encontrar en un psicólogo o en un psiquiatra. Así que ni se te ocurra sacralizarlos y, mucho menos, convertirlos en dioses. Si tienes suerte, mucha suerte, el profesional te ayudará en un camino en el que aprenderás a entender lo que te pasa y superarlo o, al menos, caminar con ello el resto de tu vida sin demasiado dolor. Las cicatrices permanecerán siempre y eso conviene saberlo.

Pero, ay, si tienes mala suerte. Entonces, te encontrarás con un extraño que no te escuchará o que querrá guiar tu vida a su manera. olvidando que tú eres tú y que no todo vale para todos, y los habrá hasta los que cuando oses cuestionar sus métodos, se refugiarán en su torre de presunto experto y te despacharán con cajas destempladas. De ahí saldrás con tus problemas, más los que te haya creado su mala terapia. ¿Lo peor? Que la próxima vez te cuestionarás si es buena idea ir a un psicólogo o a un psiquiatra, porque empezarás a desconfiar del daño que te pueden hacer. Terrible, pero cierto. Me ha pasado a mí y le pasó a Ángel Martín, al que trató un psicólogo que era un imbécil. Dicho por el interesado, que yo no conozco al psicólogo de marras. No es incompatible, por si lo dudabas, ser tonto y haber estudiado Psicología.

A lo largo de mis años de terapia, tengo que decir que he encontrado más malo que bueno, tanto en el caso de psiquiatras como en el de psicólogos.. Exceptuando María, la primera psiquiatra que me atendió en Osakidetza, y de Nieves, en Madrid, que dio con la única medicación acertada para mí, el resto de médicos que me he topado se ha limitado a preguntarme, sin demasiado interés, cómo estaba y extender recetas de todo tipo de medicinas e ir bajando o subiendo la dosis, según lo que escuchaban, que solía ser más bien poco, la verdad. Algunos medicamentos, los tomé sólo una vez, tras sentirme zombie un día entero; otros, me dejaban dormida sin más, que es una forma fantástica de los médicos de tranquilizarte, dejándote dormida. La inmensa mayoría no me hacían más efecto que atontarme más de lo que suelo estarlo habitualmente. No, gracias.

En cuanto a los psicólogos, también he conocido a unos cuantos, hombres y mujeres. Del ramillete amplio que me ha tratado, Isabel fue la primera. Me atendió, gratis, durante años en el ambulatorio de Barakaldo y, después, se las arregló para seguirme atendiendo como pudo cuando yo ya vivía en Madrid. Me ayudó a entender, entre otras cosas, que mi madre era mi problema, pero escucharlo era doloroso. Creo que nunca le agradecí su ayuda y lo siento de verdad.

Así que, ya lo sabes, no todos los psicólogos son buenos. A ver, han estudiado una carrera, y hasta ahí, todo correcto. Pero igual que en Periodismo no es lo mismo un periodista del corazón que un corresponsal de guerra, entre los psicólogos pasa igual. Y te aseguro que si te toca una Patiño de la psicología cuando necesitas un Pérez Reverte, poca ayuda vas a conseguir. A mi me han tocado en gracia algunos de estos psicólogos que de tal tienen sólo el título. Por lo demás, nula empatía y cero comprensión. Lo peor es que, cuando todo acaba, te quedas con la sensación de «y, ahora, otra vez a contarle mi vida a otro«. Acabas por rendirte.

Pero, a lo que íbamos, esta moda de «todos estamos un poquito locos, qué guay todo» tiene un pelín de impostado, de forzado. Reconoce que si fuera, pongamos por caso, Pedro Sánchez el que dijera que siente deseos suicidas al tener que enfrentarse a la oposición, a los efectos de la pandemia o a tener que posicionarse en la guerra entre Rusia y Ucrania, te echarías las manos a la cabeza y hasta se te escaparía un » pues sí que estamos buenos«. Otra cosa es el mundo del artisteo, donde, todo hay que decirlo, se juega un poco con la idea romántica que equipara estar un poco loco con ser más creativo. Otro mito romántico que conviene desmontar, por cierto.

En el trabajo y hasta con tus amigos, hacer semejante exhibición de tus » carencias«, que así describió un jefe mis periódicas visitas al psicólogo, no te sumará puntos, doy fe. Como mucho, algunos aprovecharán para decir, a la mínima de cambio, que «se te va la pinza».

Da igual que se les vaya más a ellos que a ti: el caso es que tú has descubierto tus cartas y eso, por regla general, es peligroso Pasa como con «salir del armario». Aunque no lo creas, sigue saliendo caro. A no ser, claro, que te llames Jorge Javier Vázquez y trabajes en Telecinco.

Todo lo que te convierte en diferente de la media, te señala, te marca con una especie de letra escarlata. Igual tú no puedes verla, pero el resto del mundo no la olvida. Tú decides si quieres ser, para siempre, el depresivo, el rarito, el loco o si prefieres guardar el secreto para tus íntimos.

Mi consejo es que te guardes tus cuitas emocionales para ti. Porque, por muy de moda que esté hablar de salud mental, ser el diferente, el etiquetado como enfermo, a menudo, te saldrá caro. Ya sabes, «eres esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios«. La moda de hablar de salud mental pasará, como todas, y tú serás, para siempre, el desequilibrado entre tus conocidos. Un consejo más: déjalo estar. Súfrelo en silencio. Te irá mejor, seguro.

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