En mis sueños, conduzco camiones. Ni despierta ni dormida tengo carnet de conducir, así que siempre que conduzco( mi padre, que era camionero y del cual parezco haber heredado ese oficio en mis sueños repetidos, diría guío) voy por la vida onírica un poco como Farruquito. Pero en la vida real, no soy tan osada, así que viajo en metro. Y observo el paisaje a mi alrededor. Al decir paisaje, me refiero a la gente que viaja conmigo, claro. Es el único que se divisa desde el metro de Madrid. A nuestro alrededor, siempre hay curiosidades que ver, por más que a menudo creas que es todo igual, siempre repetido. No lo es. Esto no es una tertulia a la que asisten siempre los mismos tertulianos, de profesión, «sus tertulias», como decía un compañero mío. Ya sabes, esos que saben de todo o, al menos, de todo opinan. Todólogos, los llamo yo. Seguro que, si ves mucho la caja tonta, habrá tertulianos de esos a los que ves más que a alguna gente de tu familia ( salvo en bodas, entierros y comuniones, claro). No, aquí asisten al programa cotidiano que se desarrolla ante nuestros ojos, cada día, gente distinta. Si viajas conmigo, seguramente, tú prestarás atención a cosas, situaciones o personas distintas a las que yo veo.
Así que, hoy, como todos los días, voy en el metro, camino del trabajo. Y miro lo que hacen mis compañeros de viaje. Todos lo son, compañeros, durante el tiempo que dura el trayecto. En la vida, pasa igual: toda la gente con la que nos cruzamos es nuestro compañero: a veces, un rato; otras, menos, toda la vida. Así que el trayecto en metro es algo así como una metáfora de la vida, un viaje más.

¿Qué veo? La mayoría de viajeros lleva la cabeza gacha, la vista fija, perdida, en el móvil; a veces, en ordenadores portátiles o en tablets. Juegan, leen wasaps y, a veces, hasta aprovechan el trayecto para ver películas o series. Algunos sólo duermen. Las distancias en Madrid son tan grandes que en los cotidianos viajes da tiempo a casi todo. Si te descuidas, hasta a ver una o varias temporadas de tu última serie favorita. Otros pasajeros van leyendo. Unos en el móvil o el libro electrónico; los más clásicos, en formato papel. Hace tiempo que ha dejado de ser garantía de algo que la gente lea. Ya ni siquiera lo es que alguien escriba. A ver, hoy día publica libros casi cualquiera. Aún no me he recuperado del shock de saber que escribió uno Paz Padilla y que los Reyes la invitaron a Palacio (dicen que por su contribución a la literatura) cuando descubro que Kiko Rivera planea hacer lo mismo. A ver, que yo no soy ninguna intelectual y me da la misma risa floja Kiko Rivera escribiendo un libro que Mario Vargas Llosa osando escribir un libro sobre Galdós, después de leerse los más de 100 que escribió Don Benito, deprisa y corriendo, durante la pandemia. Mala idea atragantarse con una lectura por obligación, pues a eso suena, si nunca sentiste el deseo de leer antes a quien pintó como nadie Madrid . Un libro de encargo sobre quien no conoces y no valoras no puede ser más que un «truño», que los escritores, por muy premio Nobel que sean, también pueden perpetrarlos. Pero me he desviado del tema.
Los hay, también, en el vagón, que hablan por teléfono, casi siempre a voces, revelándonos sus intimidades a todos, innecesariamente y sin ningún pudor. A veces, me pregunto qué hacíamos en los tiempos premóvil, tan apegados estamos ahora al cacharro de marras. Hoy, en el andén, se ha subido conmigo al metro un hombre que mantiene una conversación a gritos con su padre. Le pide su DNI y su número de teléfono y le explica que le van a dejar sin móvil unos meses, pero le dejarán llamar a unas cuantas personas, de las que tiene que dar los datos previamente. No puedo evitar preguntarme si la razón por la que le han quitado el móvil es para protegernos a sus semejantes de sus gritos, aunque sé que es imposible. Ya en el vagón, llama a su hija y, también a voces, le cuenta lo mismo. El resto de pasajeros asistimos a la conversación entre la sonrisa y el asombro. Eso nunca deja de sorprenderme, que la gente cuente su vida así, en voz alta, ante todos. Una chica lleva una bolsa que dice «Sube el tono«. Es de L’Oreal, así que debe referirse al tono del tinte, pero me digo » no, por favor, que no lo suba más«.
Poco después, asisto con asombro a la conversación que mantiene una mujer con alguien de su familia repitiendo, una y otra vez, «a la abuela que le den» y lindezas por el estilo. Hay un letrero en las paredes que recomienda que hablemos en voz baja, pero no sé si alguien lo ha leído. Para eso habría que levantar la cabeza y eso rompería la regla no escrita que rige en los breves trayectos: no establecer contacto visual con los otros, esos desconocidos amenazantes que viajan a diario con nosotros.
Yo, en cambio, miro mucho. En eso, soy una rara avis y sigo siéndolo aunque llevo en Madrid más de 20 años. Dice Javier Cámara que él, cuando llegó a la capital, daba los buenos días a todo el mundo. Yo, sin atreverme a tanto, sigo mirando a mi alrededor. Como los búhos o como los niños, que no disimulan, voy siempre con los ojos muy abiertos. Porque sé que detrás de cada persona hay una historia, que me gustaría conocer, aunque sea brevemente. Así que observo sin cesar. Aunque me gusta mucho leer, nunca he conseguido hacerlo en un viaje. No más allá de unas líneas. Tampoco puedo hacerlo en la playa. Necesito, para leer, un cierto clima que no encuentro así, entre la gente. Además, la verdad, lo que hay a mi alrededor me atrae demasiado como para concentrarme en un libro.
Hoy voy sentada. Desde mi barrio, al sur de Madrid, hasta Sol, donde hago transbordo hacia Bilbao, el lugar donde trabajo ahora, hay unas cuantas paradas. 8, para ser exactos. En la estación de Embajadores, que se distingue fácilmente porque casi siempre huele mal, se ha subido al vagón, entre otra gente, un chaval, casi un niño. Lleva una mochila colgada al hombro. Come algo que parece un bocadillo o una empanada y lo hace como sólo se come a esa edad: absolutamente concentrado en la tarea, maravillosamente inconsciente y, sobre todo, benditamente olvidado de todo, de las calorías y hasta de su entorno. Pero, por aquello de que «hoy es un día magnífico, ya verás cómo viene alguien y lo jode«, de pronto, un hombre, de pie frente a él, empieza a protestar. Al final, farfulla entre dientes «ya se lo podía haber comido en el andén.» Pienso qué más le dará a él, qué le importará, donde se come el chaval el desayuno. El chico no responde y sigue comiendo, pero ya menos feliz, más consciente. Tiene los ojos mirando al frente. Cuida mucho que no se caiga una sola miga al suelo del vagón. Para ello, envuelve con sumo cuidado el bocadillo en el papel. Supongo que cree que al hombre enfadado le preocupa que manche el vagón de metro. Pero no mira al hombre. No responde a sus provocaciones. Al cabo de un rato, inopinadamente, sin venir a cuento, el hombre dice: «que aproveche«.
Tardé en darme cuenta de que lo que le molestaba al señor ( por decir algo ) era que, para comer, el chico tenía que bajarse la mascarilla. Entonces me percaté de que la vida no ha vuelto a ser igual desde que empezó la pandemia. Nos hemos vuelto, algunos, un poco obsesos con la mascarilla. De forma algo absurda, también. Porque cerca del hombre, hay una mujer que lleva el tapabocas, sí, pero por debajo de la nariz, una modalidad bastante extendida entre los que quieren cumplir con la norma pero están ya un poco hartos de llevar bozal. Un poco más allá, va una chica cuya mascarilla fue blanca 3 olas antes.( Por cierto, no sé vosotros, pero yo ya perdido la cuenta de por qué ola vamos). ¿Os habéis fijado? Pasa bastante eso, que la gente reconvierta en permanentes las mascarillas de un solo uso. De ahí a llevar como protección un trapajo de color sospechosamente turbio, va un paso. Sí, te protegerás del coronavirus, pero mira a ver si no pillas, como mínimo, las 7 cosas que, por cierto, nunca supe cuáles eran.
Al final, la única conclusión que saqué en claro es que hay gente que disfruta con el mal ajeno. Gente agria que parece envidiar la felicidad de los otros. Y se obstinan en fastidiarles, en poner obstáculos para conseguir que sus semejantes sean tan tristes como ellos. Hablo de esas personas que parecen desayunar vinagre todos los días. Nacidos para gruñir, los llamo yo. En la obra de Jardiel Poncela, «4 corazones con freno y marcha atrás«, los personajes ingieren un elixir gracias al cual no envejecen ni mueren. Sin embargo, la gente a su alrededor, como es natural, sigue con esa vieja y antipática costumbre de envejecer y morir. Uno de los personajes dice, como el colmo de la felicidad, al ver cómo le adelantan en el camino hacia la muerte todos sus contemporáneos,» lo que me llevo reído«. Pues hay gente así: más que ser felices ellos, ansían la infelicidad ajena. Son felices a condición de que los otros lo sean un poco menos. Les pasa como al envidioso del cuento que, al ofrecerle que pida algo a condición de que a la otra persona se le conceda el doble, pide que le saquen un ojo a él, de forma que al otro le saquen los 2. Bellísimas personas, sin duda. Y puede que hasta lo sean. Sólo que hay que ahondar mucho para encontrarles ese fondo luminoso.
Todos tenemos días buenos y malos, pero existe gente que es desagradable de lunes a domingo sin interrupción. Como una jornada laboral, pero sin fin de semana y sin descanso alguno. Gente que no prodiga la amabilidad. Seres a los que les cuesta hasta dar los buenos días. Yo tenía una compañera así, a la que apodaba «Miss Brazos» por lo orgullosa que estaba de ellos, que un día nos preguntó si tenía que saludar todos los días. Algunos sugerimos la posibilidad de que lo dijera el lunes y el saludo fuera válido para toda la semana, como una especie de bono. A la mujer parecía que le descontaran del sueldo las palabras amables, tanto le costaba usarlas.
Y me digo, como siempre, que la amabilidad es un bien escaso, en desuso. La amabilidad a cambio de nada, sin esperar recompensa. Porque un hombre que es amable para conquistar a una mujer o una mujer que lo hace para conquistar a un hombre, eso es una estrategia. Cuando se es amable, se es sin seleccionar el destinatario. No es la amabilidad un traje reservado para las ocasiones especiales ni para gente escogida. Si eres amable de esa forma, desengáñate, no lo eres: algo buscas. Yo tuve un amigo, que lo fue de verdad durante un tiempo, que se levantaba de la mesa sin contemplaciones cuando se acercaba a nosotros una compañera que no le gustaba, que le caía mal. Es verdad que la mujer era bastante pesada, pero siempre me pregunté si hubiera hecho lo mismo si la susodicha se hubiera parecido a Cindy Crawford, por poner un ejemplo.
A mi hermana Susy, por ejemplo, le gusta aparcar el coche ocupando 2 espacios. Nunca ha tenido un coche grande, así que la única explicación para semejante comportamiento es el deseo de fastidiar. Mi hermana practica, como mucha otra gente, la amabilidad a la inversa. La descortesía, la falta de consideración a los demás. No encuentro, por más que busco, un término antónimo a amabilidad. Curioso.
Y la amabilidad, la consideración con los demás, se ve en todos los detalles. Hay gente que se esfuerza por abrir paso a los demás. Personas que ceden el asiento con prontitud a los mayores, las embarazadas o a cualquiera que crean que lo necesita. Gente que sonríe a los compañeros de viaje. Son personas que hacen la vida más agradable a los otros. Un pequeño gesto de amabilidad basta para marcar la diferencia. La gente amable, los gestos amables, se observan en cada pequeño detalle.

Igual que hay gente nacida para fastidiar o, al menos, para complicar y hacer la vida de todos un poco más fea, por suerte, hay otros, como mi amigo Jesús, nacido para convertir la vida de los otros en más fácil y mejor. Pero la falta de amabilidad existe, qué duda cabe, aunque no dé yo ahora con la palabra exacta para describirla. En cualquier viaje, te encontrarás con usuarios que se tiran en plancha, a la caza del asiento libre, arrollando a su paso a todo bicho viviente e ignorando el «dejen salir antes de entrar«, que es de primero de viajero de metro. También te encontrarás gente que humaniza su bolso, su chaqueta o su mochila, sentándolos en un asiento junto al suyo. Sólo para impedir que alguien se siente a su lado. Hablamos de manspreading cuando los hombres se abren de patas, se despatarran a sus anchas en el asiento como si llevaran un imaginario caballo entre las piernas, obligándonos, a los que nos sentamos a su lado, a jibarizarnos para caber en el asiento junto al suyo. Pero no sólo los hombres lo hacen. Hay personas, mujeres y hombres y viceversa, que se sientan entre 2 asientos, a veces porque su volumen les impide caber en uno solo. Otras, porque pensar en que los demás también quieren sentarse ni se les pasa por su pequeña y egoísta cabecita.
Gente que usa la barra que hay para agarrarse en el vagón para recostarse en ella. Con lo cual, impiden que el resto de viajeros pueda sujetarse en ella. Mochileros que olvidan que ocupan el doble y que van golpeando a todos a diestro y siniestro con la ciega mochila, convertida en arma semiletal. Gente que impone sus gustos musicales a todo el mundo, llevando puesta la música a todo volumen. Gente que no se lava e invade el mundo con su olor a humanidad ligeramente podrida.
Ciclistas que colocan la bici atravesada frente a la puerta o en el sitio reservado al carrito de bebés. Se entiende: la mayoría creen que las bicis son sus hijos. Hoy en día, que todo lo que nos pasa es síndrome de algo (y se da en llamar síndrome de la cabaña al sufrimiento por volver al trabajo normal tras un tiempo largo de teletrabajo, o síndrome de la cara vacía al miedo de algunos a dejar atrás la mascarilla) a falta de un nombre en condiciones, diré que yo sufro ciclistofobia. Odio el ciclocentrismo, ese pensar que si vas en bicicleta el mundo entero debe abrirte paso y retirarse ante el rey de la pista, ese peligroso conductor sin carnet que todo lo invade.
Lo dicho: ser amable debería ponerse de moda y hasta convertirse en tendencia, a ver si así los comportamientos amables se prodigan más. Aunque no lo creas, la vida de todos mejora gracias a los gestos amables. Clint Eastwood decía en una de sus película «Alégrame el día«. Eso es lo que consigue la gente amable: que la vida, al menos por un rato, al menos junto a ellos, sea más alegre y feliz.
eres una Galdosiana que retrato más real, afortunadanadamente yo voy en privado
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Jesús, mio caro amico.
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