EL DÍA QUE MI GATA AMANECIÓ CIEGA


Cuando me desperté ese sábado, era casi la 1 de la tarde. Itxi no se había levantado en toda la noche del sofá de la sala, donde dormía. Y, eso, era extraño. Casi a diario, nos despertaba varias veces en la madrugada, raspando frenéticamente las mesillas de nuestra habitación o el cabecero de la cama, en un intento de llamar nuestra atención. Una y otra vez, Rafa o yo, nos levantábamos y probábamos a contentarla con agua, comida o golosinas. Al final, hartos de levantarnos sin averiguar qué quería y deseosos de dormir tranquilos, la mayoría de los días acabábamos encerrándola en una habitación, como a una niña a la que se castiga por portarse mal.

Pero ese sábado 11 de febrero, la gata seguía acostada, quieta, muy quieta, en el sofá. Era raro, ya digo, pero en ese momento sólo se me ocurrió pensar “qué bien se ha portado hoy la Itxi”. Después, enseguida, al observar cómo bajaba del sofá, le dije a Rafa “la gata no ve”.  Itxi no bajó de un brinco, como solía. Levantó una pata en el aire, frente a ella. Era como si tratara de averiguar dónde acababa el sofá, antes de descender. Después, en el suelo, empezó a caminar, recorriendo la sala de punta a punta. Se chocaba con los muebles y se golpeaba, pero seguía dando vueltas, como un león enjaulado. Parecía querer aprender dónde estaba cada cosa, descubrir el sitio de cada mueble, de cada pata de mesa, de su bebedero con el agua fresca, de su arenero. De todos y cada uno de los objetos que encontraba en su camino, convertidos, de golpe y al mismo tiempo, en guías y obstáculos en su camino. Como si hiciera un mapa mental de su casa, de su entorno.

Miré a mi gata asombrada y, por qué no decirlo, admirada también. Pensé que si hubiera sido yo la que despertara un día cualquiera descubriéndome ciega de la noche a la mañana, lo primero que habría hecho seria lamentarme, deprimirme o asustarme. O todo a la vez. La ceguera me asusta muchísimo y fue mi primer e inevitable pensamiento cuando sufrí un desprendimiento de retina hace ya 4 años. Pero Itxi es «sólo» una gata. Asi que ella no se paró a pensar. Lo que hizo, inmediatamente, sin perder un minuto, fue ponerse a caminar. Esa mañana de sábado, mi gata aprendió a valerse sin ver, intentando suplir lo que sus ojos ya no eran capaces de hacer usando sus bigotes, su olfato, su oído y, sobre todo, caminando sin parar, como si no hubiera tiempo que perder. Recorría los escasos metros del salón (en nuestro caso, salita)una y otra vez, aprendiendo, recordando, memorizando.

Itxi daba vueltas y más vueltas. Sin descanso. Como si la ceguera la hubiera enjaulado en un círculo cerrado que nosotros no veíamos. A ratos, era como si se hubiera vuelto loca. Sus ojos estaban muy abiertos y sus pupilas, totalmente dilatadas. Nos asustamos mucho. Pensamos que se estaba muriendo. Que la ceguera era un avance en la enfermedad renal que le habían detectado en diciembre, y que iba a morir de la peor forma imaginable, deteriorándose todos sus órganos rápidamente, fatalmente. Al cabo de un rato viéndola andar y andar, decidimos llevarla al veterinario. No habíamos comido, pero daba igual. Dejamos a Elvis en casa y nos encaminamos al único hospital veterinario que conocíamos. Vetsia, se llama. Habíamos llevado allí a nuestro perro Elvis cuando le atropellaron el primer verano con nosotros, 6 años atrás cuando salió corriendo al oír un petardo en fiestas. Fue en Vetsia donde le atendieron y le curaron, entre otras cosas, de un neumotórax. Elvis habia estado ingresado alli unos días y estuvo tranquilo y a gusto con las chicas que lo atendían, así que teníamos buen recuerdo del sitio. El hospital estaba en Leganés, donde entonces vivíamos. Ahora, aunque habíamos vuelto a vivir en nuestra casa, en San Fermín, la clinica veterinaria del barrio estaba cerrada y no teníamos ni tiempo ni ganas de buscar otro sitio. Así que volvimos allí. Pronto descubrimos que el lugar, en manos de un fondo de inversión, seguía en el mismo sitio pero ya no era el mismo.

Cuando llegamos al hospital, en la recepción charlaban una administrativa y una veterinaria. Ninguna nos saludó, como si no nos hubieran visto ( quizá también se hayan quedado ciegas ellas, pensé) o como si fuéramos invisibles. Hay gente así por todas partes: te ven pero no te miran. Tampoco dijeron «les atendemos en un momento, en cuanto acabemos«. Se llama educación, pero hay quien la usa bastante poco, como si se les desgastara al usarla en demasía. Aún habiendo terminado de hablar con la doctora, la recepcionista se tomó su tiempo antes de dignarse dirigirse a nosotros. Después, nos hizo algunas preguntas para localizarnos en la base de datos de la clinica y, finalmente, nos pidió que nos sentáramos a esperar que nos atendieran.

El lugar parecía una nave, un almacén. Unos tubos fluorescentes daban una luz mortecina y como polvorienta al lugar. La luz blanca, el frío helador y el numeroso personal que andaba deprisa, de un sitio a otro, como pollo sin cabeza, convertían el ambiente en desolador.

En la sala de espera, había una pareja sentada esperando en una esquina . Les trajeron a su perro, un bichón maltés blanco con una gran cicatriz que le recorría toda la espalda, huella sin duda de una operación reciente. El animalillo se revolvió, alegre, al ver de vuelta a sus amos de nuevo.

A otro lado, un enorme labrador rubio se empecinaba en salir a la calle, alejándose del amenazador lugar, tirando de la correa que le sujetaba con fuerza. O, al menos, lo intentaba.

Un par de mujeres sujetaban, con expresión preocupada, una bolsa con pienso para su perro, que debía estar internado allí y al que iban a visitar. 

Poco después, entró un hombre ciego, al que la antipática recepcionista ayudó a sentarse junto a nosotros. Sujetaba en sus manos la correa de un perro. El animal se acostó junto a su dueño en cuanto le liberaron de su ingreso.

Pero en la salita no hablábamos unos con otros, como si el dolor de nuestros animales nos absorbiera demasiado como para ocuparnos del resto.

En una esquina había un televisor encendido que nadie miraba. Emitía  publicidad de las bondades de la clínica, en bucle, como yo imagino que podría ser la programación torturante y lavacerebros de las sectas. O como los noticiarios 24 horas de la televisión. 24 horas de noticias, dicen. Lo que olvidan mencionar es que son siempre las mismas, siempre repetidas.

En una pared, 3 o 4 máquinas vendían agua, café y algunas chucherías. Curiosamente, no había a la vista ningún bebedero para los verdaderos clientes del lugar, los animales. Junto a las máquinas de café, un matrimonio se proveía de bebidas para calentarse el cuerpo en aquel sitio gélido mientras esperaban que atendieran a su perro, más interesado en recibir mimos de cualquier persona a su alrededor ( feliz él) que preocupado por el entorno.

Ya llevábamos un buen rato en la sala de espera cuando, por fin, nos llamaron. Y nos hicieron pasar a otra sala. Era una estancia especial para los gatos (y sus dueños, claro). Las paredes eran unos cajones de madera donde dejar a los mininos en sus transportines. Distantes de los perros, a salvo de ellos.

Por lo demás, a nuestra gata le disgustan tanto sus congéneres felinos como los canes, asi que daba lo mismo qué tipo de animal estuviera cerca. Unos carteles anunciaban que el aroma a feromonas en el cuarto tranquilizaba a los gatos. Pero Itxi, con sus pupilas dilatadas y sus orejas gachas, parecía inmune a esos efectos calmantes. También parecía ajena a nuestra voz. Estaba demasiado asustada como para percibir semejantes sutilezas.

Al cabo de un rato, una chica muy joven nos atendió. A nosotros: a Itxi ni la miró ni la tocó. La muchacha se quedó ante una mesa, sentada frente al ordenador, rellenando un formulario. Nos hacía una pregunta tras otra, pero no parecía escucharnos con demasiada atención, porque nos repetía las mismas preguntas una y otra vez, o nos preguntaba de nuevo acerca de cosas que ya le habíamos contado. La odiosa burocracia lo teñia todo de un color pardusco y parecía que a aquella chica le preocupaba más rellenar el cuestionario que mirar cómo estaba Itxi. En ningún momento se acercó a la gata. Tras rellenar el aparentemente infinito formulario, insensible al sufrimiento de nuestra gata y a nuestra propia ansiedad, corrió a informarnos de que tenía que hacernos un presupuesto. Sólo cuando lo aceptamos, firmamos y pagamos los 600 euros presupuestados, empezó a escucharnos y, por fin, se levantó de su silla para auscultar a Itxi. Poco más hizo.

No nos preocupaba el dinero. Lo que no acabábamos de entender era que ingresar a nuestra Itxi fuera condición imprescindible para que la atendieran o, al menos, la miraran. En ningún momento, nos ofrecieron ninguna alternativa que permitiera llevarla a casa y tratarla allí, con los medicamentos que nos indicaran.

Decía Machado que » todo necio confunde valor y precio«. Y, seguramente, todos los que estábamos allí pecábamos de eso, de tontos que pensaban » si nos cobran tanto, muy buenos y experimentados tienen que ser, ¿no? » La conclusión sobre la experiencia cojeaba visiblemente cuando empezabas a fijarte en los empleados. Todos ( y eran muchos los que pululaban por allí) sin excepción eran muy jóvenes, extremadamente jóvenes, demasiado jóvenes incluso como para haber acabado la carrera. Casualmente, la clínica estaba justo pegada a una academia que formaba a futuros profesionales. Inevitable pensar que gran parte de los que nos atendían eran becarios o gente en periodo de formación. En cuanto a los dueños del hospital, en la actualidad es un fondo de inversión. Eso lo supimos después y fue cuando entendimos que allí lo importante era, sobre todo, que aquello fuera un negocio y que el negocio fuera rentable.

Itxi debía quedarse ingresada 48 horas para someterse a algo que llamaron fluidoterapia. No nos explicaron demasiado en qué consistía. O no lo entendimos, angustiados como estábamos. Sí nos quedó claro que la administración de fluidos aliviaría su enfermedad renal. De los ojos no nos dijeron nada. O nos dijeron muchas cosas, según se mire. Podía ser un desprendimiento de retina o podía deberse a una subida de la presión arterial. No sabían, tampoco, si podría o no recuperar la vista. La chica que nos había estado atendiendo nos habló de que la gata estaría en una habitación con música, feromonas y vigilancia permanente. Parecía una comercial hablándote del mejor hotel imaginable y, por un momento, nosotros olvidamos que mi gata necesita tiempo para adaptarse a cualquier sitio nuevo cuando la llevamos de vacaciones, y eso aunque estemos nosotros con ella. Que necesita, al menos, un día para oler el lugar y familiarizarse con él. Ahora, además, no eran unas vacaciones: se había quedado ciega y, de repente, la dejábamos sola. ¿Qué pensaría, qué sentiría, encontrándose lejos de nosotros, en un sitio nuevo y desconocido que, además, no podía inspeccionar para quedarse tranquila?

Al volver a casa ese día eran ya las 9 de la noche. Nuestra casa, sin Itxi, parecía extrañamente vacía, casi deshabitada. Y el tiempo sin ella se hacía largo, muy largo. Como sólo iba a estar ingresada 2 días, para no inquietarla visitándola y desapareciendo al poco rato, decidimos no ir a verla. Pero cuando, pasadas las 48 horas nos llamaron para contarnos que estaría más tiempo ingresada, fuimos a visitarla de inmediato.

Itxi, en la clínica

Lo que la chica que nos atendió había descrito tan idílicamente casi como un balneario para gatos no era más que una simple caja de madera con una pequeña colchoneta de espuma, un arenero y un cacharro con agua (no demasiado limpia, todo hay que decirlo). Itxi estaba acostada atrás del todo, pegada a la pared y refugiada detrás del arenero. La gata estaba aterrorizada, con los ojos muy abiertos y las orejas agachadas.

Nada más verla, como si leyera mis pensamientos, Rafa le dijo a Itxi :» no te hemos abandonado, eh, estamos aquí«. Cuando nos oyó y cuando la acariciamos, Itxi ronroneó pero no perdió su cara de espanto en ningún momento. Se movió sólo una vez y lo hizo para acostarse en la caja de arena, cosa que nunca antes había hecho. Itxi tenía la boca ligeramente abierta y, en varios momentos, boqueó como un pez fuera del agua, como si le costara respirar. Preguntamos a una de las chicas el porqué y nos dijo que aquello obedecía al estrés por estar ingresada.

Pero, después de una hora y pico acompañándola, nos dimos cuenta de que apenas comía ni bebía. Nuestra gata es una niña mimada, acostumbrada a que le demos de comer de nuestra mano a poco que nos lo pida, sentándose a esperar delante del comedero. Nadie iba a hacer eso allí, naturalmente. Así que nos volvimos a casa con una preocupación añadida a las que ya teníamos. Y es que parece difícil curarse cuando ni siquiera comes ni bebes.

Además, iba pasando el tiempo y nadie nos daba ninguna información sobre su vista. Su ceguera repentina era el motivo por el que la habíamos llevado pero a ese respecto no nos decían nada. Se empeñaban en contarnos como algo novedoso, que hubieran descubierto ellos, su insuficiencia renal, enfermedad que ya conocíamos de antemano y que ya sabíamos que no tenía solución. Sólo se podía ralentizar su avance, nada más. No se hacen diálisis ni trasplantes a los gatos. Y, como apuntó una de las empleadas, «no va a durar hasta los 18 años» . A eso le llamo yo tacto, delicadeza y empatía, tres en uno. En definitiva, empezábamos a preguntarnos qué hacía allí Itxi y cuánto tiempo iba a alargarse aquello.

Al día siguiente, muy temprano, nos llamaron por teléfono para avisarnos de que Itxi había empeorado. No sabían si tenía un edema o una neumonía, algo del corazón o del tiroides. Pero respiraba mal (eso sí lo sabían) y querían hacerle pruebas, más pruebas. A estas alturas, nos empezaban a parecer demasiadas, dada su debilidad. De momento, le habían retirado la fluidoterapia y puesto oxígeno. Nos informaron de que tendríamos que pagar unos 400 euros más por todos los exámenes que planeaban hacerle. Como era poco lo que sabían y muchas las opciones posibles, parecía que le iban a hacer un chequeo de arriba abajo. Pero también nos dijeron que la gata no se dejaba manipular. Itxi se porta siempre muy bien en el veterinario, así que aquello nos escamó y nos inquietó.

«Ponte en su lugar», me dije. Y eso hice. De repente, te despiertas ciega un sábado cualquiera, te ĺlevan deprisa y corriendo a un lugar infernal donde tus amos te dejan sola, cosa que rara vez hacen, y lo primero que hacen allí es encerrarte en una jaula y pincharte una y otra vez. Que si ahora un par de análisis de orina. Que si después, otro par de análisis de sangre. Entre medias, alguna ecografía. Además, a cada rato, pastillas para la tensión y gotas de varias clases para los ojos. Y todo eso lo estaban haciendo unos extraños a los que ni siquiera veía y cuya pericia, por lo poco que habíamos podido ver, variaba entre la inexperiencia, la ineptitud, y el miedo a que la gata les hiciera daño. No era una conclusión precipitada. Ya el primer día, para hacerle una ecografía y un análisis de orina fuimos Rafa y yo quienes tuvimos que sujetarla mientras una de las empleadas le hacía la eco con demasiada lentitud para mis nervios y la chica «rellenaformularios» miraba con temor a nuestra fiera gata, que ya apenas llega a los 3 kilos y a la que se le marcan todos los huesecillos, como si de un tigre de Bengala se tratara.

Cada vez más asustada, pregunté a la veterinaria» ¿y si nos la llevamos a casa? Y fue categórica: «eso sería peor». En casa, dijeron, se pondría más nerviosa. Quedamos en ir a visitarla por la tarde, cuando saliéramos de trabajar, pero ambos tuvimos un mal presentimiento: la sensación de que nuestra gata iba a morir e iba a hacerlo en la jaula de un veterinario y sola, amén de asaeteada a pruebas sin descanso. Moriría como si la hubiéramos abandonado. Como si, al quedarse ciega, nos hubiéramos deshecho de ella. Así que volví a llamar y avisé de que cuando acudiéramos esa tarde nos llevaríamos a la gata de vuelta a casa.

Aquella mañana era 14 de febrero. El día de San Valentín, nuestro tercer aniversario de bodas fue una mañana de martes eterna, que no se acababa nunca. El reloj iba tan despacio que daban ganas de agitarlo para cerciorarnos de que funcionaba o para hacer que se moviera más rápido. Temimos no llegar a tiempo. Y tuvimos miedo de que, al llegar, nos entregaran no a nuestra gata cálida y viva sino su frío cuerpo. 

Cuando por fin llegaron las 3 de la tarde, corrimos al hospital. Yo solo quería pagar, recoger a Itxi y llevármela a casa. Pero nada fue tan sencillo ni tan rápido como yo esperaba. Para empezar, a pesar de que ya nos habían adelantado por teléfono lo que teníamos que pagar y de que habíamos avisado de que íbamos a llevárnosla a casa, la factura no estaba preparada cuando llegamos. Mis cálculos de que uno de nosotros subiera a por la gata mientras el otro pagaba para así salir de allí cuanto antes se fueron al traste.

Así que subimos los 2 a recogerla. En el ascensor, la chica que nos acompañó( la misma de la frase delicada sobre la esperanza de vida de Itxi) nos soltó un «ahora veréis cómo está» que a mí, a estas alturas ya bastante nerviosa, me sonó a que no iban a dejar que nos la lleváramos así como así. Por eso respondí sin más preámbulos: «nos la vamos a llevar a casa«. Vi su gesto de desaprobación y añadí, con todo el dolor de mi corazón, «es que estoy viendo que se va a morir aquí» a lo que ella respondió, mascullando entre dientes, con un desalmado «pues morirse en casa, ahogándose, no es que sea muy bueno«. Ya no quise contestar, consciente de que la chica estaba tratando de hacerme sentir mal, de manipularme. Como si, con mi actitud, al llevarme la gata conmigo, condenara a Itxi a la muerte. Vimos un segundo a la gata. El simple hecho de haber llegado a tiempo, que Itxi siguiera viva, fue un gran alivio. Le repetimos a la chica que nos la llevábamos y, un tanto malhumorada, dijo «pues esperadme abajo«, cerrándonos el ascensor y advirtiéndonos de que tendríamos que firmar un alta voluntaria. Abajo, intentamos que nos hicieran la cuenta antes de irnos, pero esta vez tampoco lo conseguimos. Sólo cuando bajó la chica ( sin nuestra gata) pudimos firmar el alta voluntaria y pagar. Rafa se empeñó en comprobar la cuenta, pero yo sólo quería abandonar ese tenebroso y lúgubre lugar cuanto antes. En cuanto pagamos, por fin nos trajeron a Itxi y la chica nos explicó, deprisa y corriendo, algunos detalles sobre su medicación ( pastillas para la tensión, gotas para los ojos, nada para respirar mejor) . Confieso haberla escuchado con la mirada puesta en la puerta, ansiosa por escapar cuanto antes de allí, no fueran a impedírnoslo. Finalmente, la empleada de aquel siniestro lugar nos despidió con una frase que sonó a sentencia de muerte» si sobrevive a esta noche, llevadla a vuestro veterinario, no dejéis que sufra«.

La escasa amabilidad, fingida, del primer día había desaparecido definitivamente. Más que para curar animales, los empleados parecían haber sido formados como comerciales dispuestos a conseguir que aprobáramos que se les realizaran todo tipo de pruebas. Fueran o no pertinentes o necesarias. Educados como eficaces confeccionadores de presupuestos infinitos y cuanto más elevados, mejor. Imaginaba a los dueños del sitio (desde hacía algunos años, ya digo, un fondo de inversión) dedicando horas y horas de formación a que los futuros profesionales aprendieran a vender bien el producto ofertado, leáse exámenes y análisis de todo tipo y jaez. Sin importar si servían. Sin medir las consecuencias e implicaciones. Sin tener en cuenta el estado de los animales.

Cuando por fin llegamos a casa, no podía dejar de mirar con temor a Itxi. Respiraba a boqueadas. Le faltaba el aire. Temí que nos hubiéramos equivocado al sacarla del hospital. Pero sólo durante un segundo. Enseguida me di cuenta de que su «cura«, la fluidoterapia, se les había ido de las manos porque la verdad es que cuando la llevamos al hospital respiraba con normalidad. No me gusta mucho recurrir a Internet en temas médicos. Todo es terrorífico si lo consultas en Google, igual o peor que si lees los prospectos de las medicinas. Pero no pude evitar la tentación. Entre otras cosas, leí que un exceso de fluido podía haber encharcado el pulmón de la gata. Fuera la que fuera la causa, el caso es que Itxi se ahogaba y pensé que no sobreviviría a la noche, haciendo acertado el pronóstico agorero de la empleada de Vetsia.

Pero al día siguiente, ignorando los malos presagios, Itxi seguía viva. Respiraba mal, muy mal. Así que pedí permiso a mi jefe para teletrabajar y quedarme en casa con ella. No sabía qué hacer. Por un lado, temía llevarla al veterinario del barrio a que le hicieran más perrerías. Por otro, sabía o intuía que no iba a curarse sola. Además de lo mal que respiraba, no conseguí que comiera nada y a duras penas logré que bebiera algo. A estas alturas, aunque parezca increíble, sus ojos habían pasado a ser un tema secundario. Yo estaba acostada, mirándola con temor y acariciándola cuando me llamó la veterinaria del barrio. Los de Vetsia la habían avisado de que habíamos sacado a la gata de la clínica contra su opinión, presuntamente experta. A nuestra veterinaria le dije la verdad: que Itxi respiraba mal y que yo no sabía qué hacer. Me ofreció llevarla a la clínica a una hora en que no hubiera otros animales en la sala de espera y ponerle algo que la ayudara con la respiración. A las 3 de la tarde, metí a Itxi en su transportín y la veterinaria le pinchó unos broncodilatadores. Nada más llegar a casa, noté que Itxi respiraba mejor. Incluso se animó a beber agua sola, por fin. Hasta entonces, apenas había bebido el agua de una jeringuilla que Rafa se ocupaba de obligarle a tomar cada cierto tiempo, inquieto por si se deshidrataba.

Hemos vuelto varias veces a la veterinaria del barrio, en San Fermín. Tras unos pocos días de inyectarle broncodilatadores, Itxi respira bien de nuevo. Para recuperar el apetito, le puso, un par de días, una especie de gel en la oreja. Respecto a su ojos, al parecer la causa de su ceguera repentina fue una subida de tensión provocada por su insuficiencia renal . Así que ahora, debe tomar a diario una medicación para regular su presión. Durante unos días, para nuestra alegría, su vista pareció mejorar. Nos dijeron que eso podía suceder. Pero desde el día 1 de marzo, ha empeorado de nuevo. A estas alturas, ya sabemos que, para ella, las subidas de tensión se traducen en ceguera.

Itxi se ha hecho mayor de repente. Con 13 años, todos dicen que mi gata es una anciana. Ahora, duerme mucho. Más que nunca. Por fin, descansa, después de un tiempo en que ni apoyaba la cabeza. La mantenía en vilo, temerosa, como en tensión permanente, porque no respiraba bien. Así pasó varios días. Aunque sólo se levanta para beber, comer e ir a su arenero, han quedado atrás esos primeros días en que no pegaba ojo, incapaz de apoyar la cabeza porque se ahogaba. Ahora, casi siempre parece plácida. Pero por las noches, ve todavía peor que de día. Por eso suponemos que de día ve, al menos, luces y sombras.

Itxi, a la vuelta de la clínica

Los animales de compañía viven tan poco tiempo que te da la sensación de que, un día, son cachorros imparables y al siguiente, ancianitos enfermos que pasan el día dormitando.

Al mismo tiempo que mi gata se ha hecho viejita, mis días y noches se han vuelto inquietas. Soy como la madre primeriza de un bebé que vigila cómo y dónde está su hijo continuamente, temerosa de que se caiga y se haga daño o de que le pase cualquier cosa terrible si no está atenta siempre. Además, mis sueños son terroríficos. Lo malo es que la peor pesadilla es despertar y ver que Itxi está ciega y yo no sé cómo puedo ayudarla. Y eso me produce una tristeza infinita que lo impregna todo como una bruma pesada.

En casa, han cambiado muchas cosas desde que Itxi está enferma. La gata ha tomado posesión de nuestra habitación y hasta duerme con nosotros. En su propia almohada, encima de un albornoz que fue mío y es ahora su sábana.

Casi siempre tumbada, Itxi mira al frente o hacia abajo con una mirada perdida en sus maravillosos ojos verdes que, de noche, parecen casi transparentes. Esos ojazos que, a mí, me parece increíble que no sean capaces de ver.

Además, ahora soporta a Elvis. Itxi solía mirar a mi perro Elvis un poco por encima del hombro, todo hay que decirlo. Cuando él jugaba, alborotador, ella entrecerraba los ojos, altiva y orgullosa, y seguía lamiéndose el lomo, como si se asombrara de que el bicho armara semejante jaleo jugando con una pelota o un globo. Si se acercaba demasiado a ella, Itxi le bufaba, como advertencia. Si pasaba delante de él, esperaba que se retirara antes de dignarse cruzar ella. En resumen, no le gustaba tenerlo cerca, como si su presencia en la casa fuera una broma de mal gusto que duraba ya demasiado. Pero ahora, después de 7 años conviviendo a regañadientes con él, tolera su presencia sin bufidos. Elvis se ha percatado del cambio y, tras unos días manteniéndose a distancia de ella por temor, se acuesta de nuevo con nosotros, sin miedo ya a su reacción.

Ahora, cuando Itxi lo encuentra por la casa, pasa de largo ante él, pero ya no le bufa. Se comporta como lo haría uno con alguien a quien no soporta pero acaba por aceptar que es de la familia y no va a desaparecer así como así. A veces, hasta mueve el rabo al oírle. Le observa con menos desprecio, seguramente porque no le ve. Le olisquea a menudo, muy de cerca, pegada a él, y Elvis se queda quieto, muy quieto, aceptándolo. Es el hermano pequeño que teme al mayor y, al mismo tiempo, haría cualquier cosa por ser aceptado por él.

En cuanto a nosotros, procuramos dejar las cosas en el mismo sitio, de manera que Itxi se aprenda los obstáculos en su camino y los esquive, sin darse golpes con ellos. Porque Itxi, a veces, se olvida que no ve y cualquier objeto fuera de su sitio habitual se convierte en una trampa, en un peligro, para ella.

Cuando por fin pudo respirar con normalidad, Itxi empezó a ronronear más que nunca. Más tiempo y con más fuerza. Como si agradeciera nuestra presencia. Como si la enfermedad, la ceguera , el tiempo en aquella jaula infernal o una combinación de todo la hubieran vuelto más vulnerable. O más cariñosa. Yo siempre había deseado que Itxi fuera más afectuosa, menos áspera. Pero en este momento, era inevitable pensar que era su enfermedad la que la había vuelto así, y eso no me gustaba. Porque yo quería que estuviera sana. Por eso mismo, cuando, al cabo de unos días, empezó a morderme cuando creía que yo ya la había acariciado en exceso ( según su criterio, claro) me alegré, como si hubiera recuperado a mi gata de siempre.

Hoy, mirándola, he recordado todas las veces que he sido feliz sólo con eso, tan sólo mirándola. Muchas veces, viéndola dormir al sol, he pensado: «no se puede ser más feliz» y he deseado haber nacido gata. O, al menos, tener esa capacidad de disfrutar de cada rayo de sol, ese dormir placentero y gozoso, a la vez calmado y voluptuoso. Ronronear sin disimulo cuando eres feliz y tirar un bocado cuando no quieres que los demás te molesten. O, por qué no, echar a correr de repente, con una alegría salvaje.

Tuve un amigo que decía querer más a su gata que a su novia. Entonces, me parecía una barbaridad. Hoy, por fin, lo entiendo. Porque cuando se quiere a un gato, se le quiere tal y como es. Y eso, sin duda, es amor. En realidad, si lo piensas, lo que habría que hacer es, como diría Cortázar:

“Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad”.


6 comentarios sobre “EL DÍA QUE MI GATA AMANECIÓ CIEGA

  1. Victor Hugo, A Dumas y George Sand, entre otros célebres escritores, fueron grandes amantes de los gatos. Pero dudo que ‘Chanoine», ‘Mouche’, ‘Le Docteur’ o ‘Minou’ hayan tenido un homenaje literario más sentido que el de Itxi. Un placer de lectura inteligente.

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