LA RAE ME CONFUNDE:EL DÍA QUE LAS ALBÓNDIGAS ME SEPARARON DE LA ACADEMIA


Querida RAE:

No sé por dónde comenzar esta carta que tantas veces he empezado dirigida a ti. Reconozco que tu última decisión respecto a la tilde en la palabra sólo/solo ha sido la gota que ha colmado el vaso de mi paciencia y me ha decidido a terminar esta misiva, iniciada a menudo a lo largo de los últimos años. Años que han estado marcados por mis desencuentros contigo, lo reconozco con dolor.

Todo empezó con una tilde. Hubo un tiempo, que recuerdo con una pizca de nostalgia, en que cuando solo equivalía a solamente se escribía con tilde. Es decir, sólo. Durante muchos años, todos los que aspirábamos a la corrección ortográfica lo escribimos así. Con su lindo acento. Pero un buen día decidiste que esa tilde no procedía, según las reglas ortográficas generales del español. Normas que, por cierto, te habías saltado tú para tildar la palabra. Pocas veces algo relacionado con el lenguaje ha provocado semejantes discusiones entre la gente.  La tilde sí/ tilde no se debatía entre unos y otros como en una guerra fratricida librada entre hablantes de la misma lengua común. Hasta los hubo pelín exagerados, como el escritor y académico Arturo Pérez Reverte que llegó a decir que “le enterrarían con las tildes puestas”.

Sólo opino que no estoy solo cuando escribo sólo con tilde, lo que hago sin complejos cada vez que lo necesito; algo que, como escritor profesional que soy, me ocurre a menudo. A mí me enterrarán con las tildes puestas, demostrativos pronominales incluidos, que ésa es otra.

Pues hace unos días, tú, la RAE, admitiste que quien lo considerara necesario podía acentuar sólo(de solamente) para distinguirlo de solo (de solitario). Terminaba así, en tablas, la batalla incruenta que manteníamos contigo los que seguíamos acentuando el sólo, como antes (por costumbre o por el convencimiento de que así se evitaban confusiones). Ahora nos permitías volver a ponerle la tilde. Fue como si te rindieras: nos tolerabas el acento de marras. Y digo tolerar porque lo hacías con desgana y condescendencia. Por una parte, recordándonos que la tilde es innecesaria e incorrecta. Por otro, advirtiéndonos que es recomendable seguir sin acentuar la palabra. En total, son varios ya tus vaivenes con la tilde de marras. Primero, con(acento); luego, sin tilde y ahora, según (a nuestro gusto). Parece que estamos recitando las preposiciones, caramba.

Y precisamente esa es una de las cosas que te reprocho, querida RAE: que ya no sé a qué atenerme contigo. Que vas y vienes sin criterio, sin rumbo, como pollo sin cabeza. ¿O sólo me lo parece a mí? No, no soy yo la única que murmura entre dientes un “la RAE, ahora, cualquiera sabe”. De un tiempo, a esta parte, no sé qué ha pasado. Pero ya no te comprendo. Cada vez te siento más lejana, como si me estuvieras traicionando. A mí y a todos los amantes del español correcto. Viendo «El cazador«, el concurso de la 1, me he dado cuenta de que cada vez que una pregunta incluye en su enunciado tu nombre, los concursantes se echan a temblar, llenos de dudas. Incluso los cazadores lo hacen. Un ejemplo: “¿cuál de estas 4 palabras no está incluida en su diccionario?”.  Las opciones son murciégalo, culamen, mutear y haiga. La respuesta correcta es mutear, la única de las 4 palabras que no consta en el diccionario. El concursante ha fallado. El cazador ha acertado con un inquietante: “voy cogiendo el tranquillo a la RAE

Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador. Porque si la tilde marcó una crisis en nuestras relaciones, estas se enrarecieron aún más con las albóndigas. Podría decir que fueron ellas las que me separaron de ti.  En realidad, para ser más exacta, fueron sus hermanas bastardas las que se me atravesaron: las malditas almóndigas. Estaba viendo la televisión un día cualquiera. Mientras cocinaba, Karlos Arguiñano afirmó, con absoluta seguridad, que era igual de correcto decir albóndiga que almóndiga. Por supuesto, no le creí. A ver, que una cosa es saber hacerlas y otra, escribirlas o decirlas como debe ser. Decidida a ir más allá, corrí al diccionario. Cuando lo consulté, me encontré con que la palabra aparecía escrita de las 2 formas: con m y con b. ¿Significaba eso que le dabas la razón a mi paisano cocinero? Después descubrí que la palabra, con la m maldita intercalada, está en el diccionario desde 1726.  Pero en el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) aparece la siguiente advertencia: «no debe usarse la forma almóndiga, propia del habla popular de algunas zonas«. Pues te toca a ti explicárselo a Karlos Arguiñano, ya te digo.  

La pregunta es: entonces ¿por qué están en el diccionario? Te lo he preguntado hace unos días vía Twitter. He aquí tu respuesta:

Es decir, se supone que si leo un texto antiguo y me encuentro con alguna de esas palabras ¿no voy a saber su significado actual sin consultar el diccionario? Me infravaloras. A ver, que leo a diario textos mucho más oscuros, ortográficamente hablando, y no tengo problemas para interpretarlos.  ¿Crees que, si me encuentro con la almóndiga, la toballa o el asín no voy a saber a qué equivalen actualmente? ¿En serio, George?

Tengo que decir que, a pesar de tu respuesta, sigo sin entender por qué te empeñas en llenar el diccionario de palabras desusadas que son actualmente o vulgares o incorrectas o ambas cosas a la vez.  Es como si pretendieras tomar nota de todas las incorrecciones posibles de nuestro idioma, como un vulgar notario. O como si te limitaras a levantar acta de todo lo que se dice y escribe, sea o no correcto. Me temo que, si esa es tu intención, no vas a dar abasto.

Igual que en las casas hay que hacer limpieza general de vez en cuando para que no se acumule la suciedad, habría que arrancar algunas páginas o palabras del diccionario. Si no, fíjate lo que pasa: que alguien coge el diccionario y, al ver la palabra impresa, piensa que es correcta. Al final, son palabras que son testigos inútiles de una realidad olvidada y que sólo consiguen crear confusión entre los hablantes. Dice Arguiñano (que entiende más de alimentos que de lengua) que el frigorífico no es un cementerio de animales muertos. Apliquémoslo al diccionario. Tampoco él debería convertirse en un mausoleo de palabras olvidadas.

almóndiga

1. f. desus. albóndiga. U. c. vulg.

Aquel día, temí que detrás de las indeseables almóndigas llegaran las temidas “cocretas”. Por suerte, no fue así. Ya tenía miedo de indigestarme con tanta letra puesta donde no le tocaba. Tú dices que es una leyenda urbana lo de que la “cocreta” esté en el diccionario. Pero tendrás que reconocer que, a estas alturas, a casi nadie le extrañaría esa grafía para las queridas croquetas.

Aquellas almóndigas me sentaron fatal. Se me indigestó esa “m” inoportuna. Pero, para mi desgracia, no tardé en cruzarme con unos albericoques que, también, se me atragantaron. Atónita, descubrí que la palabra era correcta, tanto como albaricoques, aunque sólo se usa en 2 lugares, Aragón y Burgos. Por suerte, pensé. Permíteme dudar de que todos los localismos o regionalismos figuren en el diccionario. Incluir algunos aumenta la confusión reinante.

albericoque

1. m. Ar. y Burg. albaricoque.

Ese albericoque entre tus páginas me sentó mal. Esa intrusa “e” fue como un hueso clavado en mi garganta sin remedio. Mis dolidos ojos se prepararon para que metieras, a golpe de calzador, entre las páginas de tu diccionario “mondarinas”, “zenorias y hasta al malocotón de los mercadillos de barrio. Por suerte, no ha sido así.

Así andaba, de sobresalto en sobresalto, cuando un maldito e incorrecto asín salió a mi encuentro. Me revolvió el estómago del todo. Aquello ya era demasiado. Porque ese feo asín también estaba en el diccionario, campando a sus anchas. Con una nota que decía que es un vulgarismo, tal que así, que diría Forges:

asín

De así, con la n de otras partículas.

1. adv. vulg. así.

A estas alturas, empezaba a temerme lo peor y el sudor se me mezclaba con las lágrimas, que brotaban de mis ojos ante tanto despropósito. Cogí una toalla y la miré con desconfianza. Acababa de encontrarme la obsoleta toballa en el diccionario. Raspaba, y mucho esa “b” entrometida actualmente.

toballa

  1. f. desus. toalla (‖ pieza de felpa).

En la calle, un vagamundo me miraba con pena, como si quisiera que le arrancara esa letra“m” que le empobrecía.

vagamundo, da

  1. adj. p. us. vagabundo. U. t. c. s. U. t. c. vulg.

A través de la ventana, volaban los equivocados murciégalos, ominosos, como si sus sílabas dadas la vuelta les hicieran confundir su torpe vuelo. Mientras, en el zoo, los crocodilos nadaban amenazantes, como si las letras mal puestas les enfadaran.

murciégalo

Del lat. mus, muris ‘ratón’ y caecŭlus, dim. de caecus ‘ciego’.

  1. m. desus. murciélago. U. c. vulg.

Crocodilo, era la forma original de la palabra ‘cocodrilo».

1. m. p. us. cocodrilo.

Todas las palabras que he mencionado, sin excepción, están en el diccionario. Si me fijo, veo que llevan delante una abreviatura a la que yo no había prestado demasiada atención, debo confesarlo: «desus.» (=desusado) o «vulg.» (=vulgar, esto es impropio del habla culta). Se supone que esto aclara que se trata de palabras que ya no se utilizan en nuestro lenguaje actual o que si se incluyen, se hace de manera vulgar y, por consiguiente, incorrecta

Con las indigestas almóndigas descubrí que no todas las palabras que aparecen en el diccionario son correctas. Para mi sorpresa, el diccionario no es el paraíso de las palabras correctas, como yo creía. Porque allí conviven en extraña orgía con las palabras correctas (las buenas) términos antiguos, vulgares e incorrectos(intrusas) que convierten al manual en un absurdo museo de palabras olvidadas. 

Algunas palabras se incluyen como vulgarismos o anglicismos españolizados sui géneris o como términos en desuso. Te dan ganas de decir “no vale”, como en un juego de niños. Porque es esa una convivencia extraña y forzada entre palabras correctas y palabros que no lo son pero que presumen de su falsa validez, por su existencia entre las páginas de un diccionario. Confraternizan a regañadientes el bluyín (ese engendro supuestamente español que requiere 2 lecturas antes de reconocer su significado) y el pantalón vaquero. Y no me pongas mala cara, ni me confundas con un personaje de Forges si te digo que eso ha sido un órsay como la copa de un pino. Porque la palabra está en el diccionario y se supone que es la correcta para españolizar el “offside”. Vamos, el fuera de juego. Por lo que sea, en cambio, en el caso del juego limpio, la RAE sí ha incluido la palabra en inglés( fair play) y en español. Lo extraño es que no hayas propuesto un “ferplei”o algo por estilo, dado esa extraña creencia de tus académicos de que escribir la palabra inglesa como se pronuncia en español ya supone españolizarla.

Pareces tener, querida RAE, un síndrome de Diógenes que te hace guardar todas las palabras habidas y por haber, por si en algún momento sirvieran para algo. Para poder interpretar textos antiguos, dices. De momento, para lo que sirve su presencia en tu diccionario es para confundirnos a la mayoría de los hispanohablantes de a pie.  Y para hacernos pensar que por esa puerta abierta cada vez más ancha pueden entrar «fragonetas“o“aradios” o”amarrones o “arrascarse” y tantas y tantas barbaridades que hemos ido escuchando a lo largo de nuestras vidas y que son indignas de su inclusión entre las páginas del diccionario. O eso creo.

Hablemos de palabras nuevas

Si por una parte te resistes a tirar las palabras viejas; por otra, ya no sé qué decir de esas palabras nuevas que incluyes en el diccionario. Hablo de esas con las que, cada año, puntualmente, nos obsequias, como si de un regalo navideño se tratara. 

Algunas las recoges de la calle. Y se nota. Ahí tienes algunas de tus más recientes adquisiciones: quedada, empanado, rayarse, notas o bocas. Se acepta pulpo como animal de compañía. Si el diccionario de la RAE incluye términos coloquiales de moda en un determinado momento puede acabar convertido en una especie de manual inservible de palabras coloquiales que acabarán por desaparecer más pronto que tarde. Ya sabes que la moda es, precisamente, lo que pasa de moda. Quizá no procede convertir el diccionario en un acta que lo recoge todo. Sin criterio, sin filtro y, sobre todo, sin sentido. Así no hay manera de que el lema de “limpia, fija y da esplendor” te represente.  Además, que ya te conocemos y sabemos lo que te cuesta, luego, borrar las palabras del diccionario, por anticuadas que se queden…

Testigos de lo que pienso, ahí están el dabuten, el tronco y otras palabras pretéritas. Son propias de un tiempo ya lejano pero ahí siguen, impertérritas y ajenas a lo obsoletas que están hoy en día. Vamos, que una cosa es tomar nota y otra, anotar todos los términos coloquiales o el argot de una época, cuya vida es de una obsolescencia tan programada como la de los electrodomésticos. O más, incluso.

Y en esa misma línea, en los últimos años, las páginas del diccionario incluyen términos como finde, chuche, chupi, copiota o culamen. Pero ¿esto es un diccionario o el diario de un adolescente que ha trasnochado y que quiere ahorrarse letras en los mensajes de wasap?  Porque yo ya no sé, la verdad.

El sexo y todo lo que lo rodea no es ajeno al cambio lingüístico. Y ya están campando a sus anchas en el diccionario, palabras que, casi con toda probabilidad, perdurarán impresas en él más tiempo que aquello que definen, como poliamor, pansexual cisgénero o transgénero También son recientes adquisiciones meme, selfi (así escrito, por cierto) y postureo.

Sueño, y hasta tengo pesadillas, con algunas palabras que, según tú, son españolas o aspiran a serlo: el órsay y el “jol”. La primera ya está en el diccionario y es una mezcla mala y fea (tiene de todo, la pobre) del inglés “offside” pronunciado un poco al estilo del Príncipe Gitano. La segunda aún no la has metido, pero junto con “balé” por ballet no tardarán en teñir de espanglish nuestro diccionario español. Sugieres ‘jol’ para ‘hall‘ y argumentas que aunque la adaptación del anglicismo es innecesaria, la grafía ‘jol’ sería posible y correcta en nuestro idioma. Posible y correcta, puede, pero aún no he visto semejante palabro, de un español macarrónico, escrito en parte alguna. Confieso que tampoco espero verlo, porque, así, de buenas a primeras, me sonaría a un invento del particular lenguaje humorístico de Chiquito de la Calzada.

Son 2 de esos intentos tuyos por librarte de la influencia del inglés. Como bluyin, cederrón, jonrón o zum y otros tantos términos aceptados por ti, querida Academia, que parecen salidos de una mente con poco gusto. Y que aparenta haber usado el traductor de Google para convertirlos al español. Presunto español ese, que es una mezcla extraña entre el inglés y el castellano.

Los anglicismos

Porque esa es otra, querida RAE mía: ¿qué te pasa con los anglicismos, por Dios? A veces, te los tragas sin filtro alguno. Ahí tienes al trol, al coach, y al bot, junto al hacker o al cracker, el backstage y el establishment y tantos otros a los que has permitido invadir nuestro diccionario español. A veces, los incluyes simplemente poniéndolos en cursiva y los traduces, como si el diccionario de la RAE fuera un ejemplar de Collins traductor inglés español. En otras ocasiones, pretendes españolizarlos a lo bestia. Y ya no sé qué es peor. Porque, ay, las opciones válidas que se te ocurren, a veces, en español:  caterin, marquetin, pirsin, sexi, yudo, esmoquin, campin, mánayer ojaquear.  “Mátame, camión”, que decía el personaje suicida de Berlanga. Porque a estas alturas, estoy ya por cortarme las venas. Que algunas hay que leerlas 2 veces para saber su significado. ¿O no?

Otras veces, sin embargo, mi todavía querida RAE, te empeñas en luchar en batallas perdidas de antemano. Olvidas que el inglés es el rey absoluto ya de todo lo que suene a actual, incluidas redes sociales. El inglés se impone y, a veces, poco se puede hacer contra ello.  En ese capítulo de las derrotas, te persiguen el email, el link, el online y el mutear, el influencer o el hastag. Te resistes a incluir todas estas palabras en tu diccionario.Y argumentas que existen perfectas traducciones al castellano de ellas: el correo electrónico, el enlace o vínculo, el silenciar, el influyente o la etiqueta. Cierto.

Pero, en otras ocasiones, intentas traducir al español palabras que ya han pasado a formar parte de nuestra forma de hablar. Dices que «si triunfan, bien, y si no, no pasa nada”. Y para el Diccionario panhispánico de dudas, propones para ‘backstage‘ usar la palabra ‘trascenio’ (como si no existiera ya la ignorada bambalina); para ‘bullying‘, ‘acoso escolar’ o para ‘hall‘, ‘vestíbulo’, ‘entrada’ o ‘recibidor’. Hasta aquí, todo correcto. Cuestión de acostumbrarse. Después de todo, son palabras decentes, español del bueno, por decirlo de alguna forma. Pero, no contenta con esto, vas más allá y te envalentonas, proponiendo que cambiemos el ballet por el balé. Todavía es una propuesta, pero sólo se me ocurre decir “a buenas horas, mangas verdes”.  Todo empezó con el whisky, que te empeñaste en españolizar con güisqui. La palabra nunca ha llegado a usarse y lo sabes. Se lee con tanto disgusto que muchos juraríamos que el whisky escrito güisqui sabe peor. Y seguimos prefiriendo el whisky. Pero hace poco, inasequible al desaliento, has propuesto una nueva forma de escribirlo: wiski. Me reservo mi opinión ante la insistencia tan inusitada de rebautizar la bebida escocesa. A ver, que en nuestro diccionario hay muchas palabras cogidas directamente del inglés, no vamos a ponernos exquisitos a estas alturas.

En resumen, que a veces, aceptas los anglicismos sin más. Otras, te empeñas en traducir lo que ya se ha instalado entre nosotros sin remedio. Vas de un extremo a otro y cuando creo que vas a condenar y casi castigar con multa su uso (como, por cierto, pretende hacer la primera ministra italiana Giorgia Meloni con todos los extranjerismos) voy y me encuentro en el diccionario con un fair play conviviendo, sin necesidad, con su pura traducción al castellano, el juego limpio. O con el container y el contenedor cohabitando entre las hojas del diccionario.

De tildes

El año 2010, aquel en que decidiste eliminar las tildes de solo/sólo marcó el principio de una crisis en nuestras relaciones. Por entonces, ya te había perdonado unos cuantos cambios que no entendía sin reprocharte nada.  Empezaste por quitarnos algunas letras del abecedario. Fue en 1994 cuando la “ch y la “llfueron expulsadas de nuestro diccionario, de tu diccionario. Llevaban con nosotros desde la primera ortografía de Nebrija. Vamos, que eran anteriores incluso a las fatídicas y rancias almóndigas.

También nos empezaste a arrebatar tildes. Los acentos en las palabras monosílabas están prohibidos oficialmente desde ese 2010. Les habías dado un periodo de gracia de unos años, para que desaprendiéramos esa Ortografía anterior, la que sí tildaba los monosílabos cuando tocaba. Los convertiste en ciudadanos de segunda, sin derecho a sus tildes cuando les correspondían. Los marginaste, desnudándolos de sus acentos cuando les tocaban.

Con ello, incluiste en tu eliminación inmisericorde los acentos en guion, que parece más deslavazado sin la tilde; ion, truhan, frio, friais, lie, lio, hui, huis. Cuando dejó de acentuarse la fe, fue como si todos nos volviéramos un poco más descreídos.  Nuestra sagrada RAE se convirtió en alguien ajeno a nosotros, que ponía y quitaba acentos a su antojo.

Porque no quedó ahí la cosa y también nos arrancaste de cuajo los acentos de los demostrativos. Ay, esos este, ese, aquel y sus variantes femeninas y plurales, que ahora cuando van solos se pasean tristes en su condición de pronombres desnudos de tildes. También decidiste que no había por qué incluir tilde en la letra “o” cuando iba entre cifras. Otro acento gráfico que juzgaste innecesario. Y añadiste una norma más: cuando la palabra se puede escribir con o sin hache, mejor sin ella.

Así que nos propones quitar la “h” de hala. Con lo bonito que es poder distinguir el ala del pollo del hala exclamativo. Como, por suerte, nos das a elegir, seguiré asombrándome, con hache, y batiendo mis imaginarias alas sin hache.  El caso es que este desprecio a las haches algunos lo acogieron con alborozo.  Se lo tomaron tan en serio que decidieron olvidarse de ella incluso cuando no existían las 2 opciones. Es broma. Eso ya lo hacían sin esperar tus recomendaciones ni pedirte permiso.

Además, decidiste que se podía eliminar la “ps” inicial de psicólogo, psiquiatra. De esta forma, algunos pudieron perpetrar negro sobre blanco palabros como sicólogo o siquiatra, que vienen a ser lo mismo que la palabra original, pero con menos estudios, a juzgar por lo iletrados. Ya ni respeto por la etimología te queda, querida RAE.

Así que primero nos quitaste letras, luego acentos y, al final, nos has acabado volviendo locos con las palabras. Entre las que entran y las que no se deciden a salir, el diccionario es un batiburrillo en el que ya es complicado saber lo que vale y lo que no, una especie de rastro que lo mismo comprende palabras preciosas dignificadas por escritores como Quevedo o Javier Marías como horrores que no llegan a la categoría de palabras y que solo servirían para escribir una canción de Rosalía.  Como mucho.

Lo mismo que pasó con la tilde del solo/sólo, te sucedió con iros e idos. Aquí también te comportaste cual veleta, permitiéndonos el uso de iros en el modo imperativo. A ver, que aquello fue un poco como rendirse a la evidencia porque a ver quién es el guapo que ordena “idos” sin que a su alrededor se carcajee todo quisque. Con peros, eso sí, advirtiéndonos que sigue siendo más correcto ese idos, que rara vez utilizamos, so pena de ser tachados de pedantes.

Por todas estas cosas que te estoy contando, hace tiempo que nuestras relaciones ya no son tan cordiales como antes. Desconfío de ti, siento que me has fallado. Antes, tú y tu diccionario erais mis musas. La pregunta que solía hacerme cuando oía una palabra era “¿está en el diccionario?” Si figuraba en él, ya estaba todo dicho. La palabra valía, existía, es decir, había pasado la criba de la Academia para ser aceptada entre sus páginas. El vocablo había aprobado el examen y, por tanto, era correcto. El diccionario era el lugar de las palabras correctas. O eso creía yo. Yo acudía al diccionario para resolver mis dudas, convirtiéndolo en mi oráculo particular . Yo era la alumna y el diccionario lo habías creado tú, la RAE, mi maestra respetada. Ay, qué tiempos. Pero esa relación se fue deteriorando a fuerza de decisiones incomprensibles por tu parte y desilusiones por la mía. Antes, resolvías todas mis dudas. ¿Sabes una cosa? Ahora eres tú quien me las crea, a menudo. Y que hace que dude de todo.

Gracias a la televisión (para que luego digamos que no es educativa la caja tonta) supe que hay unas cuantas palabras que se pueden escribir de 2 y hasta 3 formas distintas. Vale lloriquear y llorisquear. Y táper se puede escribir: túper, táper y tóper. (Con lo sencillo que es decir fiambrera, qué manera de complicarnos la vida). Y también he aprendido que da lo mismo escribir en seguida (así, separado) que enseguida (todo junto) o enfrente que en frente. Vamos, que hay palabras que se pueden escribir juntas y separadas.

Por si fuera poco, hay palabras avariciosas que permiten la doble y hasta la triple acentuación. Se puede decir y escribir ole y olé; mama y mamá; papa y papá y hasta psiquiatra y psiquíatra, que es lo que voy necesitando a estas alturas con semejante orgia y orgía (que también valen las 2) de palabras. En total, son casi 200 las palabras con esta peculiaridad. Este reciente descubrimiento me ha dejado ojiplática, palabra, por cierto, recién incorporada al diccionario de la RAE y que aprovecho para estrenar sin complejos.

Tu empeño en arrebatar la tilde a algunas palabras como solo, guion o truhan choca con tu afán por mantener casi 200 palabras con doble y hasta triple acentuación. En el primer caso, afirmas que las reglas ortográficas no justifican su acentuación y las desnudas de la tilde que las vistió hasta hace relativamente poco. En el segundo, alegas que como se pueden pronunciar de formas distintas, bien está esta doble y, en ocasiones, triple acentuación. En esos casos, siento que eres como el niño que va perdiendo en un juego pero, sabedor de que la pelota es suya, cambia las reglas para que encajen y poder seguir ganando. En una palabra, tengo la impresión de que nos haces trampas. Quizá por eso, siento que ya no puedo confiar en ti.

Encima, nos dices, querida RAE, que el hecho de que una palabra esté en el diccionario no significa que sea correcta. El resultado es que en sus páginas convive, en pie de igualdad, lo correcto y lo incorrecto. Nuestra peculiar Biblia de la lengua se ha convertido en un acta que lo registra todo, malo y bueno. Es un pastiche en que caben igual los términos correctos y los incorrectos; el español castizo, el inglés puro y las traducciones peculiares a un castellano extraño y donde las palabras desusadas, recuerdos de un tiempo pasado, conviven con términos de moda recién adquiridos. Y, también los vulgarismos y términos coloquiales con las palabras pertenecientes a un correcto español. ¿Qué pintan en el diccionario conceto o dotor? Pero ¿qué desgobierno es este?

Pero, amiga mía, ¿no te das cuenta de que, así, lo único que haces es confundirnos a todos? Con tantas posibles variantes,nos desconcertamos y ya no sabemos si todo es correcto o si nada lo es. En fin, que no se sabe si la Academia quiere simplificar el lenguaje o volvernos locos a los españoles o hispanohablantes en general.

Siento que tu mayor logro, de unos años para aquí, es que has conseguido que dudemos de todo. Que has pasado de ser un referente a una institución que, cada vez más, nos hace dudar de lo correcto. Yo no soy la misma desde que sé que la almóndiga está en el diccionario. Miro desconfiada las toballas y se me traba la lengua con los murciégalos. Encima, algunas de tus palabras nuevas me resultan extrañas. Como si las hubieras metido en el diccionario con calzador, a la fuerza.

Ya sabes, que me aprietan los bluyines más que los vaqueros y me daña los oídos el papichulo. Puntocom es una palabra española de pleno derecho, pero yo creo que su formación debe romper alguna regla del español correcto. Si no, la verdad es que estéticamente deja bastante que desear, lo siento.

Para despedirme, decirte que ya sé que no soy nadie para enmendarte la plana. No soy María Moliner resucitada ni Lázaro Carreter redivivo y no aspiro a ocupar ningún sillón vacante en la RAE. Sólo soy una hispanohablante más, una española que ama su lengua, que fue la de Cervantes y mi amado Galdós. Y hasta dudo de si el español sigue siendo la misma lengua que ellos usaron. Quizá, entre todos, la estamos pervirtiendo, convirtiéndola, sin transición, en la letra de una canción pegadiza de Chanel, que conserva de aquel español bien poco.

Lo único que no quiero es que mi querido idioma se convierta en un inglés apenas maquillado, ni en un espanglish feo, ni en un argot de la peor calle ni en un cementerio de palabras que ya no se usan. Ni, tampoco, en una listado de palabras de moda destinadas al olvido más pronto que tarde.

Pensaba hablarte en esta carta de más cosas. De ese durante, mediante, versus y vía que un buen día añadiste a la lista de preposiciones que algunos habíamos memorizado y grabado a fuego en nuestra infancia. Pero los cambios son muchos, tantos que mucho de lo que estudiamos hace ya tiempo no sirve de nada: hay cambios en los nombres de los tiempos de los verbos, en los de los complementos y un larguísimo y descorazonado etcétera. Me recuerda los innecesarios cambios de libros de texto de un año para otro cuando lo único diferente es la portada y el año de publicación. En estos casos, pasa lo mismo: cambias los nombres, pero el contenido sigue siendo idéntico. Pero otro día hablaremos de la gramática. Esta carta es, ya, muy larga. Y no quiero, por hoy, hacerte más reproches.

Sólo un comentario final, a modo de despedida. Hace unos días, he leído las declaraciones de Clara Sánchez, recién nombrada académica. Emocionada por la discusión que se ha abierto a raíz de la tilde en la palabra solo/sólo, propone abrir el debate de la b” y la “v”. Es verdad que la ortografía despertando pasiones no es un espectáculo habitual. Pero, no he podido evitarlo: un escalofrío me ha recorrido el cuerpo de arriba abajo. Me temo lo peor.

8 comentarios sobre “LA RAE ME CONFUNDE:EL DÍA QUE LAS ALBÓNDIGAS ME SEPARARON DE LA ACADEMIA

  1. Siempre he sido un fiel entusiasta de la RAE, la he visitado tantas veces como mi ignorancia me lo hacía necesario.
    Hoy sigo visitándola pero para lo contrario, sí, para comprobar que sus pulidas y esplendorosas páginas no están tan brillantes ni esplendorosas como dicen sus cuidadores.
    He leído en una extensisima carta dirigida a la RAE, ( La RAE se ha vendido al lenguaje de la calle, traicionándonos a los que pensamos que el diccionario estaba para recoger lo correcto y que su palabra era algo poco menos que sagrado y por tanto indiscutible. )
    Palabras que las hago mías como si se las hubiese dictado yo, palabras que acepto y comparto y a las que se le pueden añadir muchas más.
    Claro que se ha rendido al lenguaje de la calle, que eso no es lo malo, lo malo es que admite voces y palabras que proceden de los barrios marginales de otros países – que ni siquiera proceden del nuestro, y las incorpora a nuestro rico lenguaje sin ningún pudor ni recato a pesar de ser frases carentes de toda forma culta, intelectual ni educativa, eso sí, están impregnadas de homofóvia , machismo,odio, incitación a las armas, a las drogas, al sexo y a un larguísimo etc.

    Me pregunto si a todas estas palabras las han pulido, les han dado brillo y esplendor ?

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  2. Lectura de obligada recomendación para alumnos de la ESO con curiosidad y ganas de aprender, además, de modo entretenido. Ejemplo de crítica con ingenio respetuoso y desde el conocimiento. Enhorabuena!

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